Una fábula sueca 17 #6
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17 #6

A medida que a Ingrid se le iba acostumbrando la vista, se iba dando cuenta de que en el suelo había ropa.

También vio, en una esquina, varios cuencos con comida de perro.

¿Sería aquella la habitación que vio el hijo de Matilde?

Miró hacia arriba. Dos pequeños ventanucos que podrían dar perfectamente al jardín.

—¿Te has metido en el establo, Hans?

Katja avanzó hasta el fondo de la habitación. Ingrid la siguió, notando blandura bajo sus pies a causa de la ropa que había esparcida por el suelo. Katja abrió una pequeña cuña de la puerta. Se volvió hacia Ingrid:

—Vaya día tiene, el pobre. ¿Hans? Hans, sal, por favor. Solamente tienes que firmarnos el pasaporte. Solo hacer tu firma, ya está.

No hubo respuesta y, en lugar de terminar de abrir la puerta, Katja miró al suelo y empezó a frotarse los ojos. Ingrid lo vio normal, dada la cantidad de polvo que flotaba en el ambiente. Pero a los pocos segundos se dio cuenta de que Katja estaba llorando. Sorbió un par de veces y se recompuso.

—¿Sabes? —le dijo a Ingrid. Su voz sonaba levemente entrecortada—.

No podríamos… vivir sin la pensión de Hans.

Hacemos todo lo que podemos para ganarnos la vida.

Todo lo que te puedas imaginar. Pero es difícil.

Ingrid… ¿Sabes lo que dicen de nosotras en el pueblo?

¿Sabes cómo nos tratan? La gente, Ingrid.

La gente es cruel. Y aunque haya aprendido a ignorar todo eso, en el fondo me da pena.

Me da pena sobre todo por Elina. Que, por cierto, esto que voy a decir, me gustaría que quedase entre tú y yo.

—Ingrid asintió—. Elina es un lastre. Un gran peso que llevo con mucho orgullo.

Dentro de unos años, dos, tres, Elina se quedará ciega.

—Las nubes se abrieron y por el ventanuco entró un poco más de luz, que permitió a Ingrid ver un enorme mosaico gris de telarañas que cubrían el techo y las esquinas formando una especie de guirnaldas tristes—.

Ciega… con todo lo que eso implica, tanto para ella como para los demás.

Pero ella aún no lo sabe. Es algo que por ahora Jimmy y yo le mantenemos en secreto.

Nos limitamos a darle sus tratamientos y a esperar.

Ingrid… —Katja la miró fijamente con ojos húmedos—.

Necesitamos esa pensión. El pasaporte caduca en mayo.

Si no lo renovamos, perdemos la ayuda que nos permite salir adelante.

Por favor. Por favor —repitió—, deja que Hans me lo firme a mí.

Silencio. Ante aquel discurso, Ingrid atisbó un resquicio de su compasión recién perdida, pero apretó los dientes y contestó:

—Katja, lo siento muchísimo. —Pese a su inquietud con tintes de enfado, intentaba hablar con un tono calmado y cariñoso—. De verdad que lo siento. Pero sabes que me debo a un procedimiento. Lo juré con mi cargo, y lo pienso respetar.

Katja no dijo nada, sino que se dio la vuelta con aire resignado y abrió por completo la puerta de la cuadra.

—¿Hans?

Las dos mujeres entraron. El aire era fresco y vivo, y la carga de oxígeno despejó de golpe la mente de Ingrid, embotada a causa de la humedad algodonosa de las estancias anteriores.

Todo lo que había en la cuadra era paja en el suelo y una gran ventana abierta de manera obligatoria, ya que estaba completamente destrozada.

—Se ha escapado —dijo Katja con aire de urgencia—. Joder, otra vez se ha escapado. Tiene que estar fatal. Vamos arriba, Ingrid. Tengo que hacer una llamada.

Subieron a paso rápido mientras se cruzaban con algunos perros que saludaban a Katja moviendo la cola con gesto de devoción antes de perderse en las entrañas de la casa.

En el salón todos estaban en completo silencio.

Nora leía una de las revistas del corazón suecas.

Los niños tenían caras aburridas y apenas quedaban un par de perros sentados en la esquina.

No había rastro de César. Cuando las vio aparecer, Gabriel miró a Ingrid con un gesto que era la viva imagen de un interrogante.

—¡Elina! —gritó Katja. Todos la miraron.

—¿Qué pasa? —preguntó Gabriel.

Nora soltó la revista.

—¡Rápido, llama a Jimmy! —le indicó Katja a la otra sueca.

Elina, que estaba junto al teléfono, no reaccionó. Miró a Katja como debían de mirar los indios a los conquistadores la primera vez que aparecían en sus poblados, gesticulando y hablando lenguas indescifrables.

—¡Elina, joder! ¡Lla-ma-a-Ji-mmy!

Elina reaccionó como activada por un mecanismo oculto, levantó el teléfono y empezó a marcar.

—¿Se puede saber qué pasa? —preguntó Gabriel, ya con aire de enfado.

Contestó Katja:

—Que Hans se ha vuelto a escapar.

Elina terminó de marcar y miró a Katja. Preguntó, en un tono más alto de que empleaba habitualmente:

—¿Abajo?

—No, joder. No ha podido bajar porque la trampilla estaba cerrada, y él no puede abrirla.

Elina se limitó a tenderle el teléfono a Katja con su gesto de boba imperturbable.

—Jimmy —dijo.

—Dame, por Dios —dijo Katja aproximándose a Elina y cogiendo el teléfono—. ¿Jimmy?

No dijo nada durante más de un minuto. Parecía estar escuchando, pues asentía y su rostro iba cambiando. Hizo un par de gestos exagerados de alivio y resopló.

—Gracias a Dios, menos mal. Bueno, pues tranquilízalo y después pasamos nosotras a por él. Sí. Sí. Es que si vamos ahora se va a poner como el otro día. Sí. Y tanto, muy alterado, sí. Sí, entiendo. No, no. Claro. Después nos vemos. Muchísimas gracias, Jimmy. Vale, vale, cariño. Adiós. Adiós.

Katja colgó y se giró.

—¿Jimmy? —preguntó Elina.

Katja le habló a Ingrid.

—Ha ido a casa de Jimmy. Últimamente, siempre que se escapa se va ahí. Afortunadamente. Las primeras veces se metía en el bosque y cuando lo encontrábamos venía lleno de picaduras, arañazos y completamente cagado encima. Ahora va a casa de Jimmy.

—Jimmy —dijo Elina.

—Jimmy es médico —continuó Katja—. Él lo sabe calmar. Le da algún sedante y charla un rato con él. Hans lo escucha.

Nadie dijo nada. Fue Gabriel quien rompió el silencio.

—Creo que deberíamos irnos —dijo tras ponerse en pie.

—Sí —dijo Ingrid—. Nos vamos. Mamá, niños.

La decepción podía verse de forma limpia en el rostro de Katja, que apenas habló hasta que la familia se montó en el coche. Las cuatro ruedas estaban completamente empapadas de orina de perro. Cuando Gabriel arrancó, Katja dio un par de golpecitos a la ventanilla de Ingrid. La cónsul la bajó.

—Katja… Siento… sentimos muchísimo lo ocurrido. Mañana Hans estará calmado. Siempre lo está después de estos episodios. Si te parece bien, podemos pasar por tu casa para que firme el pasaporte. Queremos dejaros tranquilos de una vez.

Ingrid tenía voz cansada, gesto cansado, aire cansado. Alma cansada.

—Mañana es fiesta, Katja. El consulado está cerrado.

—Es Viernes Santo —apuntó Nora, que también había bajado su ventanilla.

—Cierto… —dijo Katja pensativa—. Es Viernes Santo. Un día… peculiar. ¿Estaréis por casa?

—Bueno, estaremos preparando todo lo de la cena, ¿no? —dijo Nora.

Ingrid hubiera matado a su propia madre en ese momento.

—¡Anda! ¿Dais una cena? ¡Qué bien!

—Bueno —dijo Ingrid, hastiada—. Es una pequeña reunión de amigos. Algo íntimo.

—Sí, claro, entiendo. ¿Te parece bien entonces que pasemos un momento con Hans a lo largo del día? Ni siquiera entraremos. Sales un segundo a la puerta y Hans te firma el pasaporte. Seguro que Jimmy hoy lo deja —Katja hizo el gesto de poner comillas con los dedos— como la seda.

—Mira, Katja —dijo Ingrid—, haz lo que quieras. Yo solo quiero que Hans firme de una vez.

—Perfecto, pues mañana será el día. ¡Adiós!

Gabriel quitó el freno de mano y el coche avanzó.