Una fábula sueca 17 #5
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17 #5

Ingrid, que era quien estaba más cerca de la puerta, no pudo evitar asustarse ante lo que entró por la puerta.

Obviamente era otro perro, pero no tenía nada que ver con el resto, que permanecían agazapados y temerosos, intentando ocupar los rincones más lejanos de la sala.

César era enorme, de morro afilado, imperial, salvaje, agresivo solamente por estar presente.

Gabriel miró a Ingrid. Camilla se apretó contra ella.

—Tranquila, nena —le dijo Katja—. César está ya muy mayor. Hace algunos años… Entonces sí que habrías tenido motivos para asustarte.

Elina se echó a reír ante el comentario.

César se acercó a ella y le dio con el morro en la axila.

Estuvo a punto de tirarla de la silla. Acto seguido, empezó a pasearse por la zona de los sofás, miró al resto de perros y a los miembros de la familia, uno por uno.

Su andar era augusto, aunque velado por unas maneras universales de anciano.

Uno de los perros hizo ademán de levantarse y acercarse a Katja, y apenas hubo dado un paso cuando César gruñó, enseñándole unas mandíbulas ferales y negruzcas.

El perro retrocedió y César se acercó a Katja.

Ella posó la mano en su cabeza. Llevaba un anillo con una piedra verde bastante grande, e Ingrid pensó que, de ser una esmeralda de verdad, esa sortija costaría mucho dinero.

—César es un ejemplar raro —explicó Katja mientras acariciaba su enorme cabeza—.

Hace quince años, una perra se nos escapó.

Se adentró en el bosque y apareció a la semana, preñada.

No sabemos de qué. El caso es que tres meses después nacieron dos cachorros muertos y César.

—Al escuchar su nombre, el perro la miró—.

Nunca hemos permitido un cruce. Cada vez que ha ocurrido, porque esas cosas a veces pasan, los cachorros han sido ahogados nada más nacer y echados al bidón.

—Camilla se echó la mano a la boca, e Ingrid hizo amago de decir «Katja» para cortar el discurso, pero la sueca se sobrepuso y continuó—.

He de reconocer que César ha sido un perro…

complicado. —Lo acarició—. Sí, complicado.

También bastante caprichoso y un poco agresivo, todo sea dicho.

—Agresivo —dijo Elina.

En ese momento, César se lanzó hacia Camilla.

Al igual que había hecho con Elina, intentó meter la cabeza bajo su axila para que lo acariciara.

Ante el rechazo de la niña, Ingrid empezó a decir «César, César», Camilla también dijo «¡César, no, César!

» y Katja y Elina se unieron al coro llamándolo, «César, César, ven aquí».

Y de repente, ante aquel «César» superpuesto en los labios de cuatro mujeres al mismo tiempo, volvió a su memoria aquella chiquilla que fue a su casa confundida, agotada, mostrando claramente un cuadro de estrés postraumático y que, cuando colapsó definitivamente, solo pudo atinar a decir una palabra que repitió unas cuantas veces de forma completamente aterrada, y resulta que en aquel momento su hija y ella misma repetían exactamente la misma palabra que Hilda, la pobre criatura de la melena de color maíz —«Allí desaparecen personas»— que vivía casi perdida entre los pliegues de su memoria y que, al igual que Camilla justo en ese momento, solo podía repetir, para intentar canalizar su miedo y su angustia: «César, César… ».

—¡César! —dijo de nuevo Camilla.

Y en ese preciso instante, en una fracción de segundo, en un destello, Ingrid despertó.

Todos sus buenos sentimientos, toda aquella epifanía compasiva que llevaba arrastrado unas semanas se desmenuzó del mismo modo que se disuelve el vínculo de la fiera con el domador trajeado o el hechizo del prestidigitador, y llegó el momento en el que el pobre voluntario pone su mejor cara de idiota para regresar al mundo antes de que caiga el telón.

Para Ingrid, las sombras se retiraron de repente y tuvo una visión cristalina de la realidad, en la que comprobó que todo seguía más o menos en su sitio.

Lo primero que hizo fue reprocharse fugazmente a sí misma haber llevado a su familia a esa casa y, lo siguiente, gritar con ferocidad:

—¡Ya está bien!

Todos la miraron al mismo tiempo, César incluido. Pasados unos segundos, volvió la calma.

—Katja, gracias por vuestra hospitalidad, pero como sabes, hemos venido a que Hans me firme el pasaporte. Y no hemos visto a Hans en toda la tarde. Así que, si no está aquí, nos vamos a marchar ya.

Katja le mantuvo la mirada durante unos segundos. César había retrocedido y ahora estaba pegado a la sueca, mirando también a Ingrid. Hubo un silencio denso, lleno de palabras solamente dichas con miradas. El gesto de Katja se relajó. Sin rodeos, dijo:

—Verás, Ingrid. Hans ha tenido un ataque esta mañana.

Le suelen dar con frecuencia, cada vez más.

Está muy mayor, se perturba. Le da… ¿cómo dice Jimmy?

—Miró a Elina esperando una respuesta, pero Elina se limitó a devolverle la mirada con gesto inexpresivo—.

Enajenación. Eso es. Se vuelve loco, grita, le da por encerrarse y a veces por fugarse.

—Pobre —dijo Nora ante la pausa de Katja—. Eso es la edad, seguro.

—Hoy ha tenido un brote y se ha encerrado en el sótano.

—Paró de hablar para evaluar el gesto de Ingrid, que era imperturbable—.

Si quieres, solo si quieres, más que nada por ayudar al pobre Hans, puedes darme el pasaporte y yo bajo al sótano para que lo firme. A mí, si voy sola, suele hacerme caso.

Katja alargó la mano hacia Ingrid, que tenía el bolso con el pasaporte pegado a su costado izquierdo. Camilla aún ocupaba el lado derecho, encogida, casi en posición fetal. El anillo verde refulgía en el dedo anular de Katja. Ingrid ni se lo pensó:

—Lo siento, Katja, pero no estoy autorizada a hacer eso. Hay un protocolo, y yo no pudo entregar un pasaporte sin firmar.

Conforme hablaba, lanzó una mirada fulminante a Gabriel que él entendió de forma meridiana. Esta vez no pensaba abrir la boca para abogar por las suecas.

—Pero, cariño, no lo estás entregando —argumentó Katja—. Esto es simplemente el proceso de firma.

—Sí, sí lo estoy entregando, Katja. En el momento en que el pasaporte sale de mis manos, lo estoy entregando.

Y no estoy dispuesta a tolerar más irregularidades.

Si quieres, bajamos al sótano. No me importa.

Que Hans salga un momento y eche una firma.

Un garabato. Solamente necesito ver cómo lo firma y se acabó, es vuestro.

Si quieres, lo intentamos y terminamos con esto de una vez.

Katja pensó. Cuatro, cinco segundos. La familia, Elina, César y la enorme amalgama de perros guardaban un silencio expectante.

—No lo sé, Ingrid. Es que se pone… fatal.

—Ataque —dijo Elina.

—En ese caso, nos vamos a ir ya, Katja.

Katja volvió a pensar.

—Bueno, está bien. Por probar no perdemos nada. Venga, vamos a bajar. Pero te lo advierto, está un poco alterado.

—Yo solo necesito que firme. Puede firmar alterado.

—Pues vamos. Sígueme.

Katja se levantó e Ingrid hizo lo mismo. Después se colgó el bolso y dijo:

—Ahora venimos.

Katja, bolígrafo en mano, e Ingrid, pasaporte en mano, recorrieron el pasillo y bajaron de nuevo al garaje.

El olor pútrido persistía, y las nubes, mucho más densas que cuando llegaron, hacían que el ambiente fuese más oscuro y húmedo.

Abrieron la puerta del garaje, que daba a una pequeña escalera descendente. Katja habló por primera vez.

—Baja detrás de mí. Es estrecha.

La sueca tiró de un cordel para encender una bombilla que emitía luz triste.

Tras bajar la escalera llegaron a un semisótano lleno de humedades en donde había un inmenso bidón y diversos muebles con herramientas y trastos arrumbados.

Un olor químico muy potente invadía toda la estancia.

Hacía mucho calor, e Ingrid notó cómo su frente y su labio superior empezaban a transpirar.

—Esta es la sala de la caldera. Ven por aquí, es ahí al fondo. Primero está la habitación de Hans y detrás, el establo. Antes teníamos un caballo, pero murió.

Atravesaron la habitación y llegaron a una puerta de madera con aspecto de estar fabricada con tablas unidas.

Katja golpeó la puerta. Dos, tres veces.

Ingrid vio una rata cruzar fugazmente desde la parte inferior del bidón de gasoil hasta uno de los muebles.

No hubo respuesta, así que Katja volvió a golpear la puerta, esta vez con bastante más fuerza.

—¡Hans! —dijo acercando la boca a la madera—. Hans, ¿estás ahí? La cónsul quiere que firmes el pasaporte. Sal un momento, por favor.

No hubo respuesta, así que Katja empezó a aporrear la puerta, primero con el puño izquierdo y después con el derecho. Finalmente, se giró.

—No quiere abrir. Hoy está fatal. —Dio un paso hacia la cónsul para ponerse realmente cerca. La miró a los ojos y dijo—: Tengo la llave, pero el problema es que podría ponerse agresivo al ver a una desconocida. Déjame el pasaporte, Ingrid. A mí me hace caso. Me lo firma en un momento y salgo.

A punto. A punto estuvo Ingrid de dárselo. Pero no, porque la palabra clave, aquel «César», había roto el encantamiento.

—Katja, ya hemos hablado de esto arriba. No puedo entregar un pasaporte sin firma.

Katja lo hizo de nuevo. Se tomó esos cuatro, cinco segundos para pensar su respuesta.

—Está bien —dijo—. Tú lo has querido.

Sin más, se sacó del bolsillo un llavero de Minnie Mouse que llevaba una sola llave, se giró y abrió la puerta. Entró.

—¿Hans? —preguntó.

Ingrid dio un paso dentro. Olor humano. Penumbra. Polvo flotante. Dio otro paso y pudo ver la habitación. Más polvo. Miseria. Ambiente similar al de una catacumba a reventar de restos humanos, de huesos brillantes y terrosos perdidos en el mar de los siglos.

—¿Hans? —dijo Katja.