17 #4
Adam bajó y Katja retomó la conversación con Camilla para contarle que aquella colina frondosa y con forma de taza invertida era conocida como el Monte del Oso porque en su base había una cueva muy peligrosa en la que se decía que, mucho tiempo atrás, había vivido un oso que mataba a todos los agricultores que se acercaban.
Katja creía que la leyenda no era más que una patraña para disuadir a la gente de que se adentrase en una cueva extremadamente peligrosa.
La conversación se extendió unos minutos más hasta que Ingrid reparó en que Adam tardaba mucho en regresar.
Nora propuso empezar de una vez la merienda, así que Katja lideró una vez más la comitiva para poner rumbo al salón.
Cuando le tocó a Gabriel bajar, solamente Nora e Ingrid quedaron en la azotea, esperando su turno para acceder a la escalera.
—¿Y el padre? —preguntó Nora en sueco.
—Yo qué sé, mamá. Hemos venido a eso, pero ese hombre no aparece.
—Lo mismo está en su habitación, esa que había en la cochera. ¿Quieres que les pregunte yo?
—Bueno, esperemos un poco, a ver. Quizá están esperando a sacar la merienda o algo así. Katja me dijo ayer por teléfono que le cuesta mucho moverse.
Dada su nueva óptica benévola, Ingrid llevaba toda la visita intentando ser paciente, empática y cariñosa con aquellas dos mujeres a las que se había propuesto no juzgar; pero ellas no se lo estaban poniendo fácil.
Lo único que Ingrid pedía era algo realmente sencillo: que Hans firmase el documento de una vez.
—¡Chicas! —Katja se había asomado al hueco de la escalera—. ¿Todo bien?
—¡Sí, ya bajamos! —dijo Nora.
Cuando llegaron al salón, encontraron a Adam sentado en el sofá, con gesto muy serio.
—¿Qué tal, cariño? —le preguntó Ingrid.
—Bien, bien. Un poco molesto, nada más. Pero bien, no te preocupes.
—Bueno, pero es mejor que no tomes nada, ¿vale?
—Le vamos a preparar una manzanilla, seguro que le sienta muy bien —dijo Katja—. Voy a la cocina, vuelvo enseguida.
—¿Os ayudo? —preguntó Nora.
—No, no, quédate ahí tranquila. Sois los invitados. —Al ver que todos estaban de pie, tensos, Katja insistió—: Pero sentaos, sentaos tranquilos, de verdad. Voy a por la merienda, ahora vuelvo y os cuento una anécdota muy graciosa, ya veréis.
Así que la familia se quedó a solas en el salón.
Nora, Ingrid y los niños se distribuyeron en los sofás; por su parte, Gabriel se quedó de pie y empezó a curiosear.
El árbol de Navidad emitía una versión chirriante de Jingle Bells desde un minúsculo altavoz.
Gabriel ojeó sin interés los libros que había en la estantería y después se acercó a la ventana para contemplar la vega.
—Tienen buenas vistas —dijo.
—Sí, la vega es preciosa —comentó Nora—. ¿Por qué tendrán los cristales ahumados?
—Supongo que por el sol que debe de entrar por la tarde —dijo Ingrid.
Gabriel se acercó al cristal.
—¿Están tintados? —preguntó. Y puso un dedo sobre el vidrio. Al moverlo, una línea blanca y reluciente apareció en la superficie—. ¡Hostia! —exclamó retirando el dedo y girándose con una sonrisa incrédula—. ¡Que es mierda!
Ingrid y los niños se echaron a reír, y Gabriel cambió el gesto de guasa al ver la línea impoluta que había dejado en la ventana. Se miró el dedo. Su yema tenía el color negruzco azulón de una ciruela seca.
—¿Qué hago?
—Limpia toda la ventana —dijo Ingrid riendo—. Lo mismo no se dan cuenta.
Gabriel le contestó que era muy graciosa y por algún motivo empezó a soplarle a la cicatriz que había dejado en el cristal, posiblemente intentando que el polvo circundante tapase la línea, pero aquello era polvo sólido, polvo incrustado, polvo de décadas.
La familia sonreía, divertida, cuando Elina entró en la habitación con una bandeja que contenía una cafetera, una tetera y la caja de galletas que ellos habían llevado.
Gabriel disimuló como pudo y se sentó en uno de los sofás junto a Adam.
Con el objetivo de que nadie se diese cuenta, frotó el dedo sucio contra la parte baja del sofá.
Katja miró el cristal en cuanto entró, pero retiró la mirada de inmediato y no dijo absolutamente nada.
Las dos se habían retocado los escotes, mucho más generosos que un momento atrás.
La merienda transcurrió con rapidez y pocas conversaciones, con Adam muy serio, con una sucesión interminable de cuatro villancicos en bucle sonando desde el árbol de Navidad, con Katja regañando al aire cada vez que sonaban los gruñidos y con la caja de galletas danesas como único alimento ofrecido por las anfitrionas, quienes habían estado hora y media anunciando que merendarían «cosas ricas».
Cuando todo estaba ya agotado, Ingrid hizo un comentario intentando dar por terminada la merienda y haciendo amago de levantarse y coger su bolso.
Estaba a punto de preguntar por Hans, pero Katja la cortó.
—No podéis iros sin que el hombre de la casa tome un poco de licor, ¿verdad, Elina? —Elina asintió. Ante la mirada de extrañeza de la familia, Katja apuntó—: Es costumbre en nuestro pueblo. En una visita, se debe ofrecer una copa al hombre de la casa.
Nora pensó que aquellas dos mujeres tenían toda la pinta de inventar las costumbres de su pueblo a su conveniencia. Total, pensó, nadie lo comprobaría.
—No, no, de verdad —dijo Gabriel—. No me apetece. Además, tengo que conducir.
—Vamos, hombre. Las tradiciones son las tradiciones —dijo Katja—. ¡Elina, trae una copa para Gabriel!
Elina salió y volvió con un vaso ancho y una botella de whisky Jean Beam. Sirvió una copa generosa y se la puso delante a Gabriel.
—Para el hombre —dijo.
Afortunadamente, a Gabriel le gustaba el whisky, pero se sentía ridículo siendo blanco de las miradas de todo el grupo esperando a que bebiese, Katja y Elina ilusionadas, el resto de la familia hastiado ya y con la sensación naciente de que estaban siendo sutilmente retenidos.
Gabriel intentaba beber a sorbos rápidos y pensaba que en unos minutos estaría medio borracho.
Cuando ya le quedaba poco whisky y Nora conversaba con Elina sobre los gatos, esforzándose por usar el mismo vocabulario y la misma sintaxis que uno usaría con un niño de cuatro años, un golpe retumbó en la puerta del salón.
Todo el mundo paró de hablar y miró hacia la puerta. Inmediatamente, sonó otro más.
—¿Ya te has escapado? —le preguntó Katja a la puerta.
La respuesta fue un gruñido y otro golpe seco en la puerta.
Como si retomase una conversación anterior, Katja se volvió hacia Ingrid:
—Además, no os podéis ir aún. No os hemos presentado a los perros.
Y sin decir nada más, Katja se levantó y abrió levemente la puerta, lo justo para poder salir, y la volvió a cerrar.
Tras los cristales opacos —opacos de verdad— se intuía una sombra oscura.
En el pasillo se escucharon ruidos de puertas abriéndose, a los que sucedieron ecos de patas nerviosas, respiraciones y bramidos.
Elina dijo algo en voz muy bajita pero la familia, atenta a lo que ocurría en el pasillo, no la escuchó. Solo a Gabriel le pareció oír algo.
—¿Qué? —preguntó.
—Que si habéis terminado —dijo Elina—. De merendar —añadió, mirando la caja de galletas.
—Sí, sí —contestó Gabriel—. Hemos terminado.
—Mejor —musitó.
En ese instante, se abrió la puerta del salón.
Fue Camilla quien gritó. Adam se limitó a subir las piernas al sofá en un gesto de defensa primario.
Gabriel apretó la mandíbula ante aquella masa negra de perros enormes que entró corriendo, ocupando el salón, todos excitados, todos babeando y gruñendo.
Solo uno de ellos habría servido para impresionar a una persona, y allí entraron unos diez rottweilers brillantes y musculosos que empezaron a saltar a los sofás, a restregarse contra sus dueñas, a comer de la caja de galletas mientras Camilla gemía aterrada y Katja decía: «Tranquila, niña, no te van a hacer nada».
Lo cierto es que los perros apenas prestaron atención a nadie que no fueran sus dueñas.
Poco a poco se fueron calmando, y Katja dijo:
—Bueno, queridos, estos son Raúl, Tania, Betty, Jorge, Roberto, Samuel, Liana, Elena, Sara… y la zorra de Margarita.
La perra agachó la cabeza, como si fuese plenamente consciente de lo que había dicho Katja.
—Pero ¿cómo podéis vivir… con todo esto? —preguntó Nora.
Ellas no parecieron entender la pregunta.
Haciendo un esfuerzo por explicarse, Katja dijo que los perros eran su vida.
Que no solamente representaban un sustento económico —explicó un poco acerca de la venta de cachorros y de los certámenes caninos—, sino que eran para ellas una gran motivación en sus vidas.
Que sin los perros, sin su cariño y sin su lealtad, ellas no serían nada.
Mientras, los animales estaban calmados, sentados, tumbados algunos.
Margarita apuraba las últimas galletas y lamía los bordes interiores de la caja.
Camilla se había abrazado a Ingrid y los miraba con recelo.
—¿Queréis ver lo mejor? —preguntó Katja.
Nadie respondió, pero ella se echó las manos a la boca y dio un silbido enorme, un silbido de cuchillo de punta afilada, de daga, de alambre cercenado, al que siguió un silencio absoluto.
—¿Dónde estará? Por Dios, cada día está más sordo.
Pasado un minuto, se escuchó un ruido en el pasillo.
—Ahí viene —dijo Elina.
De repente, todos los perros echaron a andar al mismo tiempo con aire asustado y se apelotonaron en la zona de la mesa, agazapándose junto a la librería y al árbol de Navidad, que emitía una versión chirriante y metálica de All I want for Chrismas is you .
Los pasos en el corredor se hicieron cada vez más audibles, y los empezó a acompañar una respiración ronca y furiosa.
—¡César! —dijo Katja—. ¡César! ¿Dónde te habías metido?