Una fábula sueca 17 #3
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17 #3

—Lo hace para dar por culo. Para dar por culo, nada más, la muy zorra.

—Katja miró las caras atónitas y medio asqueadas de la familia y tuvo que explicar que Margarita era una de sus perras; de hecho, una de sus mejores hembras.

A requerimiento de Camilla, confirmó que todos sus perros tenían nombres humanos y, luego, volvió a gritar hacia el fondo del pasillo—: ¡Margarita, zorra asquerosa! ¡Te vas a enterar!

Ingrid estuvo a punto de decirle que no le gustaba que se hablase así en presencia de los niños, pero Katja echó a andar a toda prisa hacia atrás y abrió la puerta que había justo al lado de Ingrid.

—Esperad, que voy a poner periódicos. Creo que hay algunos en esta habitación.

La comitiva se paró y Katja entró. Del interior de la habitación salía una extraña luz vibrante, bastante más brillante que la que emitían los candelabros artificiales de las paredes. Todos se quedaron en silencio. Se escuchaba murmurar a Katja mientras buscaba.

—Joder, tienen que estar por alguna parte… Tienen… que… estar…

Involuntariamente, Ingrid se asomó. Apenas tuvo que girar la cabeza para mirar el interior de la habitación.

Dentro había varios caballetes con cuadros empezados, todos llenos de figuras humanas alargadas y extrañas, pero casi ni se fijó en ellos porque su atención se desplazó de inmediato hacia un rincón, al lugar de donde procedía la estela de luz cálida.

Allí había una mesita redonda, baja y de madera oscura, cuyo perímetro estaba completamente atestado de velas moradas, todas encendidas y supurando cera y vapor.

Dentro del círculo que formaban las velas y antes de retirar la mirada y volver al pasillo, Ingrid intuyó ver un tricornio de guardia civil sobre lo que parecía ser un trozo de piel de animal recubierto de pelo marrón claro y visiblemente ensangrentado.

Se separó de la puerta todo lo que pudo, y Adam la miró con cara de estar empezando a agobiarse.

A los pocos segundos, Katja salió con el periódico y extendió bastantes hojas sobre aquel charco que convertía la moqueta roja en negra.

—Ya estoy. Es que si no lo secamos, esto va a estar oliendo semanas. Bueno, si queréis vamos arriba. Aquí no hay mucho más que ver. Seguidme.

El grupo, de nuevo con Katja a la cabeza, volvió sobre sus pasos y subió por la escalera mientras Katja hablaba acerca de los gatos, que vivían en un cobertizo que había en la parte de atrás de la casa.

Después explicó cómo funcionaba la cría de gallinas y habló sobre las mermeladas que vendían a una conservera local y sobre los encurtidos que envasaban cada temporada.

Escuchando todo aquello, y con la visión de Elina dándole una patada a una gallina, Ingrid pensó que las suecas eran mujeres perfectamente preparadas, tanto física como anímicamente, para vivir en la Edad Media.

Un enorme cambio se hizo patente al subir las escaleras, pues la segunda planta era luminosa, con las paredes pintadas de blanco y el suelo de una piedra granate que parecía de baja calidad a causa de su veteado en exceso artificial.

—¡Bienvenidos a nuestro hogar! Aquí arriba tenemos la cocina —dijo Katja avanzando por el pasillo, encabezando nuevamente la comitiva—, un baño, dos habitaciones pequeñas, que son las nuestras; para qué más, ¿verdad?

Y aquí —dijo mientras recorría todo el pasillo a paso rápido hasta llegar al fondo y abrir unas puertas dobles de madera y cristal opaco— está el salón. Lo mejor de la casa.

Todos entraron al salón, que era una estancia exageradamente grande.

Mucho más grande que el salón de la casa de Ingrid y Gabriel.

La luminosidad contrastaba con la deliberada penumbra que acaparaba del resto de la casa.

Gabriel, entornando los ojos, calculó rápidamente que aquel salón tendría no menos de cuarenta y cinco metros cuadrados.

Estaba bastante descargado, lo que acrecentaba la sensación de amplitud.

Tenía lo que podría intuirse como dos ambientes.

La parte más cercana a la puerta parecía ser la zona de descanso, en la que había dos enormes sofás y una mesa de centro alta con enaguas verdosas, cubierta con un tapete de croché blanco.

Un mueble empotrado en la pared contraria soportaba una televisión visiblemente antigua y un aparato de vídeo vhs de marca Grundig junto al que había una decena de cintas de vídeo tdk .

La zona del fondo parecía una especie de despacho.

En el centro se ubicaba una mesa de trabajo con un ordenador que, a diferencia del televisor, parecía ser un modelo moderno.

Al lado tenía un módem de alta velocidad y bastantes carpetas abiertas de las que salían multitud de papeles muy desordenados, como si un oficinista hubiera sido sorprendido por un terremoto, o quizás por el inminente nacimiento de su primer hijo y hubiera salido a toda velocidad dejando sobre la mesa documentos sin guardar, bolígrafos destapados e incluso sus gafas abiertas y sudadas.

Todas las paredes estaban decoradas con cuadros que tenían la misma estética de figuras alargadas que Ingrid había visto en la habitación de las velas —así la llamaría a partir de ese día, «la habitación de las velas»—.

Y al fondo, detrás de la mesa, una librería —mitad libros, mitad objetos variopintos intercalados— culminaba el escaso mobiliario de la habitación.

Las cuatro grandes ventanas tenían los vidrios ahumados.

Una gran pintura de un matador de toros con la cara deformada en sentido vertical y las orejas élficas ocupaba toda la pared de la televisión.

Detrás del torero, dentro del ruedo, aparecían dos hadas con los pechos al descubierto y un par de bestias draconianas.

Katja, sin dar muchos detalles, dijo era un cuadro de su marido pintado por ella, «pasado por el filtro de su mundo interior».

«Muy bonito», dijo Ingrid. Pero lo más curioso de la estancia era sin duda el enorme árbol de Navidad completamente decorado, iluminado y musicalizado que se alzaba junto a la mesa.

—¿Eso que suena son villancicos? —preguntó Camilla a Gabriel. Ingrid hizo amago de lanzarle a su hija una mirada fulminante, pero Katja intervino.

—Sí, cariño. A Elina —explicó señalándola— le encanta la Navidad, es su pasión. Y los villancicos la mantienen en calma. Yo ya me he acostumbrado. Casi ni los escucho.

—Navidad —dijo Elina.

—Es raro escuchar villancicos cuando no es Navidad —dijo Camilla.

—Bueno —dijo Katja sonriendo—. Supongo que no está prohibido, ¿verdad?

Ingrid y Gabriel sonrieron con cara de circunstancia y Camilla respondió, también sonriente:

—No, es verdad. Claro que no.

—Pues a mí me resultan agradables —dijo Nora, empeñada ese día en poner ese punto de cordialidad que tienen los buenos visitantes.

—Bueno —dijo Katja cambiando de tema—.

Vamos a ir merendando. Pero primero, os quiero enseñar la terraza.

Ya veréis qué vistas, venid. Dejad las cosas ahí y seguidme.

Será solo un momento, y enseguida tomaremos cosas ricas, ya veréis.

Dejad, dejad las cosas. No vayáis cargando con nada porque la escalera es estrecha.

Ingrid y Nora dejaron sus bolsos sobre la mesa del sofá y los niños, algo acalorados a causa de la densidad del ambiente saturado, colocaron sus sudaderas sobre una silla.

Subieron —uno a uno— a la azotea a través de una escalera de madera, estrecha y algo inestable que había entre la cocina y el salón.

Las vistas eran realmente bonitas. Desde allí arriba se veía gran parte del lago, las montañas con sus puntas aún nevadas y el tapete verde que era la vega de La Umbría, además de un sinfín de bosques sin nombre y varios pueblos blancos y silenciosos.

La masa nubosa había crecido y el ambiente empezaba a ser plomizo y turbio. La tempestad se gestaba en silencio.

—Vaya —dijo Ingrid con asombro mientras el aire le hacía bailar el pelo—. Menudas vistas tenéis, Katja.

—Sí, la verdad es que no nos quejamos. No hay cosa que más le guste a Elina que subir aquí a ver las estrellas. Le encantan las estrellas.

—¿Hasta dónde llega vuestro terreno? —preguntó Gabriel.

—Pues —Katja se dio la vuelta para orientarse hacia la zona boscosa que empezaba tras la casa en dirección norte— prácticamente hasta el inicio del Monte del Oso, que es aquella colina donde está la antena. No entiendo mucho de medidas ni de hectáreas, la verdad. Pero son un buen puñado.

—Buah —dijo Gabriel haciendo visera con la mano—. Es muchísimo terreno.

—Sí, la verdad. Pero no requiere apenas nada de mantenimiento.

No hay cultivos ni animales, así que no nos da mucho trabajo.

Conseguimos que un muchacho venga un par de veces al año a limpiar un poco el suelo y poco más.

Nos viene bien tenerlo para pasear a los perros.

Es uno de los secretos de la fuerza y la salud de nuestros perros, que disfrutan del bosque.

—¿Por qué se llama Monte del Oso? —quiso saber Camilla.

—Eres curiosa, ¿eh?

—Sí, sí que lo es —corroboró Gabriel, poniendo una mano sobre el hombro de Camilla.

—Mamá —interrumpió Adam hablándole a Ingrid en voz baja—. Me encuentro mal.

—¿Qué le pasa? —preguntó Katja con voz afectada.

—Que está con la tripa mal desde ayer. ¿Qué necesitas, cariño?

—Ir al baño —dijo Adam tocándose la barriga.

Antes de que Ingrid contestase, Nora preguntó:

—Oye, ¿y Elina?

—No sé —dijo Katja mirando hacia atrás—. Seguro que se ha puesto a preparar la merienda. Dejadla, muchas veces va a su aire. Ahora aparecerá.

—Necesito ir al baño —dijo nuevamente Adam.

—Claro, cariño, claro —dijo Katja—. Baja la escalera y la puerta de enfrente de la cocina es el baño.