17 #2
—Sííííí, aquí están los zombiiiiis, y te van a cogeeeer… —Agarró a Camilla por la camiseta, que empezó a reír a gritos y a intentar zafarse—. ¡A tiiiiiiiiiii!
—Ya, ya por Dios —dijo Ingrid con media sonrisa—. Que pareces tú más crío que ella.
—¡Elina! —dijo Nora. Y levantó una mano (en vano) para intentar saludar a la sueca, que salió fugazmente de la casa, rodeada por algunos bultos negros que entraron a toda velocidad en lo que parecía ser una especie de cobertizo.
Elina miró durante un par de segundos hacia el coche con su rostro vacío, se giró, le dio una patada a una gallina para que entrara en una caseta de madera que había frente a la fachada y entró a toda prisa en el cobertizo sin modificar su gesto, su postura y su aire de boba abatida.
Poco después, la segunda cancela se abrió.
Gabriel aparcó en la parte izquierda de aquel pedregal al que nadie, absolutamente nadie, habría llamado jardín.
Desde allí, si se miraba hacia el norte, se podía ver todo el enorme terreno boscoso que Matilde le había contado a Ingrid que pertenecía, sabía Dios por qué, a las suecas.
Katja salió a recibirlos. Venía eufórica, histriónica, nerviosa, con un afán explícito de sobreactuar.
—Ay, ¡qué ilusión de que estéis aquí! ¡Venid, venid todos! ¡Pero por qué habéis traído nada! —dijo cuando Adam le entregó la caja de galletas danesas que Nora había comprado esa mañana.
Besó a Ingrid, a Gabriel y a Nora. Acarició la cabeza de Camilla y dijo que les iban a enseñar la casa.
Que pasaran a través del garaje porque la entrada principal no estaba «muy presentable».
A simple vista, aún parecía pervivir en ellas aquella costumbre tan de los noventa de enseñar exhaustivamente las viviendas.
Elina se unió a la comitiva balbuciendo algo ininteligible y todos pasaron al garaje, una habitación luminosa gracias a una gran ventana de madera que se incrustaba en la parte alta de la pared opuesta a la entrada y que no guardaba ningún coche, sino que parecía ser una especie de sala de estar a medio hacer, carente de un propósito mínimamente plausible.
Más de la mitad de la habitación estaba ocupada por útiles de albañilería: palas, cuerdas, espuertas con cemento, sacos de arena, garrafas de agua…
Todos notaron aquel olor al entrar. Era pútrido y nauseabundo.
Y todos esbozaron ese gesto raro, esa mueca de incomodidad que provoca un choque olfativo desagradable.
Pero todos, incluso los niños, intentaron de inmediato evitar que no se les notase, así que se forzaron, cada uno en sus respectivos pensamientos, a cambiar rápidamente su gesto de asco por otro, por una mueca amable, como los buenos invitados que no se molestan ante los olores desagradables repentinos.
Al fin y al cabo, eso hacen las personas educadas.
—Perdonad por el desorden. Pasad por ahí, que tenemos esto lleno de trastos.
—¿Estáis de obra? —preguntó Gabriel.
—Sí, acabamos de hacer un par de cosas. Las hemos tenido que hacer Elina y yo porque los albañiles nos dejaron tiradas.
Esa panda de sinvergüenzas… —Katja esbozó una mueca agresiva—.
Dicen ser hombres, pero no lo son. Bueno, solo son hombres para lo que les conviene.
No saben cumplir una palabra. Mirad —dijo Katja señalando a un extremo de la habitación—.
Aquello lo hemos hecho nosotras. Está recién terminado.
Todos miraron hacia el muro contrario, donde había una estructura de cemento pegada a la pared. Algunos puntos destellaban cuando les incidía la luz de la ventana.
—¿Qué es? —preguntó Ingrid.
Katja la miró incrédula ante la pregunta.
—Pues un sofá, cariño. Un sofá de obra.
—Ah, sí, claro.
—Le hemos puesto teselas, trocitos de vidrio cocido de colores. Estilo Gaudí. Tú lo apreciarás, como escultor que eres.
—Sí, por supuesto —dijo Gabriel.
—Sofá —dijo Elina—. Daño en la mano —añadió.
—Estamos esperando a que termine de secarse el cemento para ponerle los cojines. Esta habitación es muy húmeda, así que le está costando un poco de trabajo. Va a quedar precioso.
Ingrid pensó en la inutilidad de aquel sofá. Quien se sentase en él solo tenía la opción de mirar la pared de enfrente. Además, era completamente deforme: cualquier plano, cualquier línea de aquella horrible estructura tenía curvatura o desviación.
—Es muy original —dijo Nora sonriente.
—Gracias —dijo Katja—. Bueno, subamos.
—Pero se detuvo un momento para añadir—: Aquella puerta lleva al semisótano, a lo que llamamos la parte de Hans.
Adora meterse ahí. Prácticamente no pisa otro lugar de la casa.
En Suecia hacía igual, tenía un sótano enorme que usaba muchísimo.
Le encanta la oscuridad a ese hombre. No está hecho para este país.
Mientras Katja hablaba, Camilla caminó hacia el sofá, guiada por su innata curiosidad. Cuando llegó hasta él, Katja se dio cuenta y reaccionó:
—¡Nena! —gritó—. Deja eso, que está fresco y se puede estropear.
Ingrid reprobó a su hija:
—Camilla, cariño, no te separes, anda. Vente.
Y Camilla se volvió, con el rostro completamente desencajado ante lo que había percibido. Pero nadie reparó en su cara porque el grupo, en fila india, ya subía las escaleras. De vez en cuando se escuchaban rugidos lejanos y ladridos que replicaban otros ladridos que se apagaban de forma inmediata.
—Nosotras hacemos vida en la segunda planta —decía Katja mientras subía—. La primera es para invitados y para alojamientos. Os la enseño rápido, veréis qué bonita es.
—¿Alojamientos? —preguntó Nora.
—Sí, a veces nos sacamos un dinerito alojando jóvenes. Normalmente, solo por unos días. Así que tranquila, Ingrid. No somos competencia.
Ingrid, al final de la fila, intentó hacer un sonido de medio risa que apenas se escuchó.
El grupo llegó a la primera planta. Estaba atravesada por completo por un enorme pasillo de moqueta roja.
A la izquierda, nada más subir, este se ensanchaba en una especie de recibidor en cuyo centro había una mesa, algunas sillas bajas y un mueble bar con bebidas alcohólicas y vasos.
A la derecha se oponían tres puertas, presumiblemente habitaciones.
Olía a humedad animal, a una mezcla a partes iguales entre moho y sebo.
No había una sola ventana y la iluminación, tenue, anaranjada y titilante, provenía de apliques colocados en las paredes que imitaban de forma artificial tanto el aspecto como la luminosidad de las velas.
Las paredes estaban empapeladas en un color burdeos, casi ciruela, que combinado con el rojo de la moqueta conferían al pasillo un aire sangriento, como si uno se introdujera en una gran arteria.
Obviamente, lo que más llamó la atención de la familia fueron las esclusas.
Cada tres o cuatro metros, el pasillo se interrumpía a causa de unas puertas dobles similares a las que aparecían en las tabernas de las películas del oeste, solo que estas no eran libremente abatibles, sino que tenían un cerrojo y únicamente abrían en una dirección. Hacia fuera.
—Las pusimos por los perros —explicó Katja—.
Hemos tenido que instalar este tipo de puertas por todo el pasillo para que no anden a sus anchas.
Tomamos la idea de la cancela de la entrada y la reprodujimos en esta planta.
A veces molestaban mucho a los invitados.
La mayoría de los perros saben abrir puertas normales, así que se colaban aquí arriba.
Pero desde que pusimos estas… Imposible.
En ese momento, se escuchó un ruido de patas chocando con madera, un nuevo eco de gruñidos y bastantes ladridos superpuestos.
—¡Jorge! ¡Raúl! ¡Dejad a Tania tranquila! ¡Como sigáis así, os voy a mandar a César! ¿Me estáis escuchando?
Los gruñidos se apagaron de inmediato y el grupo cruzó la primera esclusa.
Allí encontraron una estructura similar a la del tramo anterior: un recibidor a la izquierda —esta vez en lugar de mesa y sillas había dos sofás verdes de aspecto aterciopelado e incómodo— con un mueble bar a rebosar de botellas y un par de puertas cerradas a la derecha.
Ingrid, que iba a la cola junto a Gabriel, le susurró al oído a su marido:
—¿Pero qué coño es esto?
En ese momento, a Gabriel lo asaltaba un único pensamiento: que no hacía falta haber estado en una casa de putas para reconocer una al instante.
Imaginaba aquel pasillo en una madrugada de sábado, con aquella moqueta sangrienta y aquellas velas temblorosas convertidas en un local de copas tardías a rebosar de puteros furiosos, de individuos inexplicables.
Pero contestó, en un susurro aún más inaudible que el de su mujer:
—Un lugar muy siniestro.
Katja, ilusionada, risueña, seguía explicando su casa como si se tratase de la visita guiada a un palacio italiano. De vez en cuando volvía a regañar a Jorge y a Raúl. Quizá por eso, Nora le preguntó por los huéspedes mientras Elina abría las segundas puertas abatibles. Katja seguía narrando:
—Pues ahora mismo no se aloja nadie. Está la cosa un poco floja, la verdad.
No obstante, estamos contentas con los animales, porque hemos vendido hace poco un par de camadas de…
¡Hostia! —gritó justo al abrir la puerta doble—.
Esperad, esperad, no paséis. Que Margarita ya ha hecho de las suyas.
Bueno, sí —dijo tras evaluar la situación—, podéis pasar, pero con cuidado de no pisarlo.
Podéis pasar por el lado derecho, que parece seco.
Ingrid no lo vio, pero lo olió.
—Margarita, mala —dijo Elina.
—Sí, Margarita mala —confirmó Katja—. Se va a enterar esa zorra.
Justo tras las puertas dobles, una gran mancha de orina empapaba aproximadamente un metro cuadrado de la moqueta.