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—Llamar a Viktor y Elise (preguntarles también por la semana siguiente!!!!)
—Llamar Guadalupe (¿viene con Roberto? ¿Niños?)
—Ordenar estudio
—Regar interior, exterior si no llueve
—Cafetera
—Llevar arreglos ropa
—YO
—Llamar Pierre → ¿Pasaporte?
—Cena niños
—Que Adam arregle el sótano
—Enviar email a Klara Pålson. Confirmar fechas.
—Supermercado cena: huevos, salmón (grande), 16 solomillos, alcaparras, aceitunas, ¿servilletas?
, jabón de manos, patatas pequeñas (2 bolsas), café (3 o 4), bolsas de basura pequeñas y grandes, eneldo, aceite girasol, té negro, cuña queso, algo de embutido, yogures Camilla, casera blanca, pasta cangrejo, galletas merienda, crema depilatoria. ¿Cerveza?
—Depilarme
—18:00 → Merienda casa Katja y Elina. Coger pasaporte y galletas.
A tenor de estas anotaciones, no es difícil imaginar que Ingrid tuvo una mañana ajetreada.
Viktor y Elise quedaron en aparecer el viernes sobre las cuatro para ayudar a preparar la cena y montar la mesa.
Guadalupe, una diplomática mexicana a quien Ingrid adoraba por su carácter resuelto y divertido, confirmó su asistencia a la cena, y también la de su marido, Roberto, y la de Ernesto y Lupita, sus hijos.
Ordenó someramente el estudio, regó las plantas de interior —dejó sin regar el jardín porque la previsión anunciaba fuertes tormentas para el Viernes Santo—, mandó a Gabriel a comprar una cafetera nueva a la tienda de electrodomésticos del pueblo —«la blanca, ¿eh?
»— y no llevó a arreglar la ropa a la tienda de costura porque se vio forzada a sacrificar alguna tarea cuando miró por cuarta vez el reloj.
Nadie salvo la propia Ingrid conocía el significado de la anotación « yo ».
Llegado su turno, también la tachó. Después telefoneó a Pierre, quien le confirmó que, en efecto, había un pasaporte sueco retenido en Auxerre, una ciudad situada al sureste de París que, en palabras del propio Pierre, era «uno de esos nuevos nidos de moros».
Al terminar, Ingrid habló con sus hijos sobre la cena del viernes.
Los niños estaban muy ilusionados porque asistirían dos parejas de hermanos con los que se llevaban muy bien: los hijos de Jutta y los de Guadalupe.
Los seis instalarían su cuartel general en el sótano, donde tenían un sinfín de juegos de mesa —ouija incluida, pero eso Ingrid no lo sabía—, bicicletas para hacer alguna escapada, dos librerías repletas de cómics y una televisión donde conectar la PlayStation que llevaría Ruud.
Con respecto a la cena, solo dijeron una palabra: pizza.
Así que Ingrid la incluyó en la lista del supermercado con el boli verde y envió a Adam —«Y usted también, señorita, si quiere atiborrarse de pizza, ayude a su hermano»— a arreglar el sótano.
Estaba tachando en la agenda la tarea del sótano cuando Gabriel apareció con la cafetera —«Lo siento, cariño, no había en blanco»—, un trasto negro que Ingrid pensó en devolver de forma inmediata, idea que olvidó instantáneamente porque subió a toda prisa al consulado a enviarle el correo electrónico a Klara Pålson, que llevaba unos días apremiándola a contestar «confirmando y/o modificando» la propuesta de calendario consular.
Era un calendario que abarcaba el segundo semestre del año, donde venían anotados multitud de eventos, reuniones y ciertas fechas límite para resolver asuntos protocolarios y administrativos.
También tenía que confirmar su asistencia —«Indique sí o no junto a la propuesta».
Ingrid marcó sí— a la cena homenaje a los cuerpos consulares que se celebraría en Estocolmo el 31 de noviembre.
Le hacía mucha ilusión acudir a aquella cena y conocer a los reyes de Suecia, pues había algo en la monarquía que a Ingrid le atraía de forma irracional, a sabiendas de que su opinión en público era tajantemente contraria a una institución que calificaba como medieval, pero por la que sentía una inconfesable admiración en secreto.
Terminó de redactar el correo y anotó en la agenda, ya en la parte correspondiente a la semana siguiente: «Buscar hotel Estocolmo.
Posibles fechas 30 nov - 3 dic». Después cogió el coche —«Joder, ya son las doce y media»— y condujo a toda prisa hasta el supermercado, donde además de lo anotado en la lista compró dos pollos asados y una ración extragrande de patatas fritas en la zona de comida preparada.
La familia —a excepción de Adam, que decía estar mal de la barriga y tomó caldo de verduras— devoró el pollo.
Ingrid, después de comer, se sentó un rato en el sofá, donde dio una rápida cabezada mientras Nora veía una telenovela absurda en la que una mujer había suplantado la identidad de su hermana para seducir a un tipo exageradamente bronceado, un tipo que tenía aire de cantante melódico o de playboy puertorriqueño, pero que trabajaba como cirujano plástico en un hospital hecho a todas luces de cartón piedra, y que había operado la cara a la hermana de la suplantadora, a la que de paso había dejado embarazada de gemelos.
Cuando Ingrid despertó, el cirujano y la suplantadora se besaban —sin lengua, como en las películas de los años cincuenta— y Nora dormía.
Subió al baño, se duchó, se depiló las axilas, las piernas, las ingles y el pubis —Gabriel se lo pedía y ella accedía pese a que la depilación púbica le provocaba un par de días de picores afilados— y, finalmente, con todos los propósitos cumplidos a excepción de los arreglos de ropa, que terminaron por no hacerse nunca, por ser olvidados ante lo que estaba por venir, Ingrid dispuso a la familia —«¡Niños, nos vamos!
¡Gabriel, mamá, venga!»— y todos se montaron en el coche y pusieron rumbo a La Umbría. A la casa de las suecas.
—¿Hoy no has ido a ver procesiones? —preguntó Camilla mientras salían a la autovía.
El día estaba envuelto en un gris pesado, como un anticipo de las tormentas que la previsión vaticinaba para el Viernes Santo.
—¿No has visto que no he parado? —contestó Ingrid con sequedad, sin dejar de mirar a través de su ventanilla.
Nadie dijo nada más.
Ingrid contemplaba cómo se acercaban las montañas medio nevadas y cómo la vega inmensa de La Umbría se abría paso a lado y lado, convirtiendo la carretera nacional en una minúscula cicatriz.
Miraba en silencio los cultivos de primavera lustrosamente crecidos, verdes como enormes alfombras, y recordaba todas las veces que había recorrido aquel camino —y que nunca había culminado— cuando se obsesionó con las suecas.
Recordaba aquellos viajes secretos, aquellos escarceos fallidos, con una mezcla de compasión, de frustración y de pena por sí misma, y un regusto amargo le afloraba al paladar cada vez que evocaba aquellos meses de finales de otoño, aquella espiral obsesiva en la que se extravió.
—Madre mía —dijo Gabriel mientras atravesaban la carretera principal de La Umbría, flanqueada por enormes árboles desvencijados y algunos comercios medio abandonados—, esto es un poco siniestro, ¿no? Parece un pueblo de hace veinte años.
—¿Por qué, papá?
—No sé, Adam. Me da esa sensación. Todo parece… más antiguo. Mira ese bar. Y esa gasolinera, con su taller rollo Medio Oeste —dijo señalando al lado izquierdo de la carretera—. ¿No parecen de una peli de miedo?
—Un poco sí —dijo Camilla—. De zombis.
Hacía un día algo frío para ser mediados de abril, y una bruma baja cubría el suelo levemente mojado, como si alguien hubiese extendido una gran gasa.
Dejaron atrás La Umbría, rodearon el lago Mamut, que despertó mucha curiosidad en Nora y en los niños hasta tal punto que pidieron hacer una excursión en verano, y cogieron la senda que subía hacia Los Picos rodeando el lago.
El camino era terroso e intrincado, como si quisiera complicar deliberadamente la vida de quien no lo conociese.
Ingrid comentó las indicaciones que le había dado Katja, Gabriel dijo un par de veces «tiene que ser por aquí» antes de efectuar sendos giros y, finalmente, antes siquiera de que apareciera el cartel con el número 4, reconocieron la casa.
¿Cómo no hacerlo, después de haber hablado tanto sobre ella?
Es curioso que normalmente, cuando se nos cuentan muchas cosas de alguien o de algo que no conocemos, nuestras expectativas tienden a jugarnos una mala pasada y la imagen de ese alguien, de ese algo, suele decepcionarnos, suele arrancarnos un: «Pues no es para tanto».
Pero hay veces, muy pocas, en las que las expectativas no solo se cumplen, sino que la realidad las supera con creces.
Aquel fue uno de esos casos. Cuando Ingrid y Gabriel bajaron del coche para llamar al timbre y se situaron frente a la primera cancela, ambos pensaron por separado algo muy similar: que aquella casa y aquel terreno seco, leñoso e inhóspito eran la viva imagen de la desolación.
Katja habló a través del interfono:
—Os voy a abrir la primera cancela. Meted el coche y esperad un poco mientras recogemos a los perros. Es que se ponen bastante nerviosos.
Ingrid y Gabriel se miraron y subieron al coche.
La primera cancela se abrió despacio, emitiendo chirridos sordos, e Ingrid no pudo evitar pensar en Karl forzándola para escapar de allí.
La cancela se cerró cuando la atravesaron.
Y allí se quedaron, como Karl y Rose el día de los disparos, el día de los perros, el día del miedo.
—Vaya, la casa es enorme —dijo Gabriel.
—Pero enorme —coincidió Nora agachando la cabeza para poder mirar hacia arriba por la ventanilla—. La esperaba más pequeña. Es del tamaño de una de esas casas de famosos. Solo que está un poco…
—Horrible —dijo Adam poniendo en voz alta el sentir común—. Es… siniestra.
—¿Te imaginas que es aquí de donde salen los zombis? —dijo Camilla riendo.
Gabriel se dio la vuelta poniendo voz de narrador teatral.