16 #2
Y la mujer, mirando ahora a la espalda de Jesús transportando la cruz hacia su muerte, rompió a llorar por completo.
Ingrid le agarró una mano, que estaba seca y áspera, y después la otra.
Las personas que tenían más cerca las empezaron a mirar, y la mujer se abrazó a Ingrid.
«Ya, ya», le decía Ingrid, «ya», mientras ella lloraba y le impregnaba su camisa azul de seda con lágrimas cálidas, lágrimas que parecían brotar del interior de una grieta oscura.
Y ahí, abrazadas, la mujer repitió lo mismo un par de veces: «Mi hijo murió en enero, en enero».
Pero en cuando se perdieron los tambores y la gente se empezó a dispersar con pereza, la mujer, de forma entrecortada y prácticamente hablando entre jadeos, le dijo a Ingrid que su hijo se llamaba Maxi y que murió en enero, en enero, repetía, que un alud lo había sepultado en la cara norte de Sierra Nevada y que estuvo todo un día agonizando, un día, un día de enero.
Y siguió llorando, vertiendo lágrimas volcánicas sobre el hombro sedoso de Ingrid, quien solamente acertaba a pensar que, a pesar de haber perdido a su hijo, aquella mujer, a todas luces creyente, no se había rebelado contra los designios divinos: al contrario, estaba allí, tres meses después de que su hijo hubiera muerto en un sudario de nieve —Ingrid recordó el caso, que había aparecido en prensa y televisión—, para postrarse ante las fuerzas que se lo habían arrebatado, para rezarle con ansia y pasión y fe y abnegación y arrepentimiento y humildad al padre invisible que estaba, al igual que ella había hecho, entregando a su hijo.
Todos estos pensamientos golpearon a Ingrid con tal fuerza que, al recuperar la atención, al volver a la plaza sumida en el crepúsculo gaseoso de las velas y del humo turbio de incienso, se dio cuenta de que la mujer se había marchado y de que todo lo que quedaba de ella era un cosquilleo en el oído y una mancha ya tibia en su hombro izquierdo.
Lo vivido en aquellos días convirtió su mente en un amasijo de incertidumbre y compasión que la mantuvo en un estado febril hasta el miércoles, que fue cuando Katja llamó por teléfono.
Fue la propia Ingrid quien contestó, quien se encontró de frente con aquel tono zalamero de Katja que tan bien conocía y que tanto había temido en el pasado.
Sin embargo, la nueva Ingrid, la Ingrid compasiva que había respirado el incienso hasta abotargar su mente con sentimientos potenciados por la fuerza de lo primigenio, no contempló esta vez amenaza en el tono de Katja, sino simpatía y ganas de agradarla cuando la sueca le dijo:
—Hola, Ingrid, cariño. Verás. Es que… Espera Hans, que estoy hablando por teléfono, hombre.
No, espera un momento, solo un momento. Perdona, Ingrid, guapa, es que Hans está muy pesado.
Espera, hombre. Vale, ya. Ya estoy. ¿Oye, cómo estáis?
¿Todo bien? Mira, te llamo para comentarte que mañana Hans va a estar aquí en casa todo el día.
Ya te dije que está muy mayor. Muy mayor.
Le cuesta muchísimo desplazarse. Está el pobre…
fatal. Lo veo muy trastornado últimamente.
—Pobre… —dijo Ingrid casi sin darse cuenta.
—Sí, bueno. Pues como te digo, mañana vamos a pasar aquí el día. Y como no conviene mucho que salga, hemos pensado que podríais venir a merendar. Toda la familia.
—¿Merendar?
—Sí, sí… Una merienda, todos juntos. Os venís después de comer y pasamos un buen rato, ¿qué os parece?
Tenemos muchas ganas de veros, de que vengáis a casa.
—Pausa, silencio—. Mira, por un lado, Hans te podría firmar el pasaporte de una vez.
Y por otro, pues nos gustaría enseñaros esto y recibiros en nuestra casa.
Ya que tú siempre nos has recibido tan bien en la tuya, nos encantaría corresponderos.
—No sé, Katja. No me gusta mezclar el trabajo con…
—No, no, cariño —la cortó Katja—. No lo veas así.
Nosotras ya somos amigas, no lo consideres trabajo.
Lo del pasaporte es… una anécdota. Eso es, sí.
Una anécdota. Lo dejamos listo en un minuto y se acabó el trabajo, ¿verdad?
Claro que sí. Estoy segura de que a los niños les va a encantar venir.
Además, podréis conocer a los padres de Vinbär, a los perros…
Anda, mujer, venid. Ya verás, vamos a pasar un rato estupendo.
Y, en ese momento, fueron los nuevos sentimientos de Ingrid los que tomaron el control para contestar:
—Vale, está bien. ¿Qué llevamos?
Y Katja estalló de ilusión. Le dijo que obviamente no tenían que llevar nada y que los esperaban a las seis en su casa de La Umbría.
Le dio unas indicaciones básicas para encontrar el camino, que tenía cierta dificultad si no se tomaba la ruta adecuada al empezar a subir a la urbanización, y volvió a celebrar intensamente que Ingrid hubiera aceptado.
La llamó «cariño», «cielo», «guapa» y sobre todo, «amiga».
Toda la vida habría de recordar Ingrid el día que Katja la llamó «amiga».
Por la noche, durante la cena, Ingrid informó a la familia acerca de la cita del día siguiente y, pese a que Gabriel puso cara de extrañeza, no se comentó demasiado.
Solamente Nora dijo que a ella le apetecía el plan, «por variar un poco», y Adam hizo un ligero intento de escaquearse que Ingrid cortó de inmediato.
Ya en la habitación, Gabriel, el nuevo elemento receloso de la pareja, sacó el tema de la merienda, quizá abrumado por la actitud que mostraba su esposa, una actitud que hacía apenas unos días habría sido completamente impensable.
Comentó, visiblemente airado, que en qué momento ella, Ingrid, pensaba que ir a merendar a casa de aquellas dos, aquellas quienes le habían causado, por si no lo recordaba bien, tanta inquietud, miedo, ansiedad, nervios y noches sin dormir, y que ella, Ingrid, lo sabía perfectamente, y que él, Gabriel, no entendía por qué, de repente, merendar en su casa era una buena idea.
Y que joder, que no tiene sentido, cariño.
Finalmente, a modo de colofón, Gabriel, mientras se metía en la cama, dijo con todo el aire malicioso que encontró disponible en sus pulmones:
—Si hasta el domingo pasado pensabas que ellas estaban detrás del tío que se coló en nuestra casa, Ingrid, por Dios.
E Ingrid fue incapaz de explicarle a su marido su nueva coyuntura interior, el pensamiento naciente que se había visto reforzado por un agente externo.
Pensaba que Gabriel no lo comprendería y, además, aquel hechizo, aquella epifanía de la que era presa, formaba parte de algo demasiado íntimo como para compartirlo con los demás.
Así que se limitó a mirar por la ventana en silencio, a contemplar el jardín sumido en su penumbra de bultos negros, el pueblo mal iluminado al fondo como en una película balcánica y las nubes sangrantes que presagiaban lluvias lejanas.
Pasados dos o tres minutos, se giró lentamente y dijo con una timidez casi infantil:
—No sé. Pienso que puede ser una oportunidad.
Gabriel no hizo la pregunta que se le vino a la cabeza, y convirtió aquel momento en una de esas situaciones que quedan definidas por lo que no se dice, en las que es mejor no preguntar para no saber.
Concretamente, no saber para qué era una oportunidad.
Porque la respuesta que Gabriel hubiera querido obtener a la pregunta que no hizo era que la oportunidad estaba relacionada con conseguir la firma del pasaporte y poco más.
Y la respuesta que Gabriel pensaba que podría haber obtenido a la pregunta que no hizo tenía más que ver con una oportunidad de conocer mejor a dos mujeres injustamente juzgadas en el pasado cercano, a dos pobres viudas que luchaban contra la fría hostilidad del mundo.
Eso es lo que no quería escuchar y por eso no preguntó.
Por eso apagó la lámpara de su mesita de noche y sumió la habitación en un silencio nuboso, un silencio impregnado de un aire de color gris mate incapaz de reflejar la luz agonizante que entraba por la ventana.
Ya a oscuras, Ingrid también se metió en la cama.
Pensó en el día siguiente, en la enorme cantidad de cosas que tenía que hacer.
Reflexionó acerca de que debería dejarse más tiempo libre en vacaciones, pero acto seguido se preguntó a sí misma: «¿Libre para qué?
». Finalmente, mientras notaba cómo se iba adormilando, pensó en la merienda, y su actitud con respecto a las suecas volvió a ser positiva, impregnada en compasión.
Y es que Ingrid era presa de un sortilegio similar al de un tigre domesticado por un domador de circo, o quizá aún mejor sería compararla con un pobre voluntario hipnotizado por un prestidigitador.
Víctima de un sentimiento potenciado por un agente externo, Ingrid había caído en el hechizo inevitable, pero, al igual que el tigre o el voluntario de la sala de variedades, a quien una simple palabra clave pronunciada por la persona adecuada basta para traer de vuelta a al mundo, ella también tenía su palabra de seguridad, apenas un par de sílabas que romperían por completo el encantamiento y la sumirían de nuevo en la turbidez de la realidad.
La palabra clave de Ingrid sería pronunciada al día siguiente, y obviamente no podía ser otra que no fuera «César».
—Hasta mañana —dijo Ingrid.
Pero Gabriel simulaba dormir y, cuando uno se hace el dormido, es preferible no contestar.