Una fábula sueca 16
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Uno de los procesos emocionales más potentes que hay en el interior del ser humano ocurre cuando la aparición de un nuevo sentimiento se ve reforzada, bien por búsqueda consciente o por azar, con un agente externo que estimula dicho sentimiento, que le otorga apoyo en su nueva razón de ser.

En ese caso, esa nueva sensibilidad se apodera tanto de nuestro interior que resulta abrumadoramente imparable.

Esto es algo especialmente frecuente en el enamoramiento.

Todo aquel que ha estado enamorado alguna vez es incapaz de olvidar el vuelco ácido y febril que provoca en el alma el simple hecho de recibir una llamada inesperada, un mensaje espontáneo, un roce furtivo bajo una mesa de la persona amada que confirma que hay alguien al otro lado, y que ese alguien está ahí, sintiendo lo mismo.

Y, en ese momento, se experimenta tal incendio emocional, tal inflamación, que uno no puede evitar sentirse el ser más poderoso que pisa la faz de la tierra.

Pero este proceso, lógicamente, también puede darse en la otra orilla, en los terrenos del odio.

En las zonas oscuras del alma. Empezar a odiar a alguien y que ese alguien diga o haga algo que sirva de contrafuerte a esa rabia naciente, que genere un mar de lava capaz de devastar cualquier resquicio de sentimientos positivos que quedasen hacia esa persona en nuestro interior.

En el caso de Ingrid, lo que brotó en su alma fue ese estado de empatía hacia el mundo en general y hacia Katja y Elina en particular, esa nueva forma de verlas que ya le comentó a Gabriel en la cama aquel domingo ventoso en que adoptaron a Vinbär.

Y lo más curioso de la ecuación fue el estímulo potenciador, el combustible que hizo que ardiera el pasto de la compasión; y es que Ingrid sucumbió ante la fuerza de lo ancestral, ante la manipulación del folclore primitivo.

Ingrid se vio doblegada por algo a lo que se sentía completamente inmune: la superstición religiosa.

Hasta aquel año, y a pesar de que ya llevaba más de una década en Granada y de que, dada su condición diplomática, solía asistir a todos los eventos imaginables, Ingrid no había visto una sola procesión de Semana Santa.

Solía utilizar esa semana, en la que el resto de los miembros de la familia tenían vacaciones, para tomarse también unos días libres y viajar, normalmente al extranjero, correspondiendo a las invitaciones de los diplomáticos a quienes había agasajado en Granada.

La familia entera había aprovechado las Semanas Santas para visitar Roma, Londres, Dublín, Varsovia…

, y así hasta más de una decena de ciudades.

Pero aquel año, con Nora en casa y con Ingrid siendo presa de cierta inestabilidad emocional que la hacía tender a la inmovilidad, decidieron pasar las vacaciones en casa, organizando planes cercanos y descansando.

El Domingo de Ramos hicieron una ruta por el campo en la que visitaron un paraje de Sierra Nevada donde se sacaron fotografías familiares, almorzaron sentados sobre un pedregal en el que aún quedaban tímidos restos de nieve agonizante y contemplaron enormes aves que los sobrevolaron emitiendo graznidos tristes, chillidos que reverberaban con intensidad en el eco rocoso de los barrancos.

Ir a ver las procesiones fue idea de Gabriel:

—Creo que no hemos visto una sola procesión en todo el tiempo que llevas en España —comentó tras apurar el vino que le había sobrado de la cena, ya de pie en la cocina.

—¿Seguro? —preguntó Ingrid mientras colocaba en el lavavajillas los platos sucios.

Los niños, agotados a causa de la caminata, habían subido a su habitación con Vinbär y Nora estaba cambiándose de ropa.

—Segurísimo. Piénsalo. Creo que esta es la primera Semana Santa que nos quedamos aquí.

E Ingrid pensó un momento mientras programaba el lavavajillas, que arrancó con un pitido seguido de un rugido mecánico, y finalmente le dijo a Gabriel que sí, que llevaba razón, que ahora que lo comentaba era posible, más que posible, de hecho, que nunca hubiera visto una procesión.

Así que planificaron rápidamente bajar a Granada la tarde siguiente, el lunes, e Ingrid cogió el teléfono y llamó a unas cuantas personas por si querían ir con ellos.

No consiguió mucha compañía, solo a Naoko y a Esteban les apeteció el plan, pero durante las llamadas, que Ingrid hizo sentada en el Rincón con una copa de vino tinto y un platito en el que había puesto unos bombones helados que mordisqueaba entre llamada y llamada, se empezó a gestar una cena.

De tal modo que, para cuando terminó la ronda telefónica y subió a la habitación, donde hizo el amor de forma dulce con Gabriel antes de quedarse dormida, ya estaba en marcha la maquinaria social, y la cena del viernes contaba con un buen puñado de asistentes que, lógicamente, no sabían lo que les esperaba: ¿cómo iban a saberlo?

Ingrid empezó a notarlo el mismo lunes, aunque la culminación se llevó a cabo el martes.

Era una especie de abotargamiento mental, un remolino de sentimientos confusos causado por la contemplación de la gente boquiabierta, los penitentes, el color dorado, las luces, el humo áspero de incienso, la música solemne, los pasos meciéndose bajo el aire tibio de la tarde, el barroquismo, las velas, las flores de muerte que rodeaban a las figuras, los sacerdotes rezando, las ancianas sobrecogidas, las caras lánguidas de las vírgenes, los rosarios cimbreándose en los varales de los palios.

A la tercera procesión, Ingrid se empezó a sentir realmente impresionada, hasta el punto de que Naoko, indiferente, acostumbrada, posiblemente un poco hastiada, le preguntó si se encontraba bien.

Ingrid respondió que sí, aunque reconoció que se notaba algo dispersa a causa del ambiente.

Gabriel y Esteban lo achacaron al gentío, siempre agotador, así que propusieron ir a tomar algo y dar por concluida la jornada procesional.

Decidieron caminar un rato para escapar del centro, donde era absolutamente imposible pedir porque la gente rebosaba en las tabernas, y terminaron en un restaurante italiano en el que Ingrid, ausente, sentía los inicios de su epifanía particular, del refuerzo que todo aquel ambiente había causado en sus nuevos sentimientos compasivos.

Por eso volvió a proponerle a Gabriel salir de procesiones al día siguiente.

Pero su marido, sorprendido, dijo que con un día había tenido bastante, y que además quería trabajar en una escultura que tenía completamente paralizada desde hacía más de un mes, una especie de Orfeo niño que tocaba un instrumento de viento indeterminado.

A Ingrid aquella escultura le parecía un trasto horrible.

Los niños dijeron que no les apetecía salir y Nora tenía planes con Ana, la abuela de la amiga castellana de Camilla, con quien formaba un dúo cada vez menos inocente a ojos de Ingrid, sobre todo en términos de alcoholismo y ludopatía senil, pero Ingrid había tomado la decisión de que todo aquello era cosa de ellas, que ya eran grandecitas para saber en qué vicios malgastaban sus pensiones.

Volvió a telefonear a unos cuantos amigos, pero lo único que consiguió fue engrosar la nómina de invitados a la cena del Viernes Santo, que ya superaba la quincena.

Así que, al día siguiente, decidió volver sola a las procesiones, y aquella epifanía que se había activado el día anterior volvió a inundar su alma de forma más intensa todavía mientras Jesús del Gran Poder atravesaba la Plaza de las Pasiegas y pasaba apenas a un metro de Ingrid, que se veía envuelta en el recio vapor del incienso y en la luz amarilla de los cirios, luz superpuesta a la del sol de abril.

Un sentimiento de amor la inundó de forma irrefrenable.

Aun así, Ingrid reparó en que la mujer que estaba a su lado, contemplando absorta la figura del Nazareno y murmurando rezos entre dientes, lloraba de forma arrebatada y febril.

La miró, contempló su llanto carente de cualquier atisbo de vergüenza y, sin darse cuenta, Ingrid se echó a llorar también, lo que provocó que la mujer llorase aún con más intensidad.

Es curioso con qué facilidad se contagia la pena.

—¿Está bien? —le preguntó al final Ingrid a la mujer secándose las lágrimas.

Para ello tuvo que levantar mucho la voz, ya que la inmensa banda de tambores estaba pasando junto a ellas antes de introducirse en la Catedral persiguiendo al Nazareno, que sufría la pasión de su cruz meciéndose de lado a lado, despacio, como si no quisiera caminar hacia un destino funesto, un destino sellado por la irremediable tragedia.

La mujer, una rubia de unos cuarenta años, vestida de una forma que a Ingrid le pareció descuidada y que lucía unas enormes raíces negras bajo un tinte rubio maíz, se aproximó a Ingrid, casi boca con oreja para salvar el estruendo de los tambores y del gentío, y, haciéndole cosquillas con su aliento en la parte media del oído, le susurró:

—Mi hijo murió en enero.

Ingrid se giró y la miró. La mujer le aguantó la mirada.

La banda entró en la Catedral detrás del Nazareno, lo que hizo que Ingrid, contemplando los ojos empapados de la mujer, pudiera hablarle sin acercarse tanto como ella.

La brisa de abril arrastraba el olor dulzón de las flores de primavera.

En el cielo apenas había un par de nubes desgarradas.

—Lo siento muchísimo. De verdad. Muchísimo.