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Y la situación desembocó en un arrebato de pasión.
Gabriel empezó a besarla con verdadera desesperación, y la respiración de Ingrid se entrecortó, al igual que se entrecortó la sangre de sus venas.
Notó cómo su vagina se lubricaba intensamente y cómo sus pezones se convertían en pequeñas rocas magmáticas.
Empezaron a quitarse la ropa, primero la de ella, que se quedó totalmente desnuda en cuestión de diez segundos, iluminada por las luces anaranjadas de las lamparitas, y justo cuando Gabriel se sacaba la camiseta —a Ingrid le excitaba mucho ver el enorme bulto de su pene tallado en el pantalón del pijama—, se escuchó un ruido en la puerta de la habitación.
Ambos se quedaron inmóviles y los gestos de pasión dieron paso a una tensa y pétrea escucha. Nada.
—¿El viento? —susurró Gabriel.
—Puede ser —susurró Ingrid.
Pero, justo en ese momento de falso convencimiento, se volvió a escuchar.
Y es curioso cómo ese sonido es tan absolutamente reconocible, cómo una vez que lo hemos oído, nunca lo olvidamos: el sonido de un gato rascando una puerta.
Ingrid se metió dentro de la cama a toda velocidad y Gabriel se puso la camiseta.
Se desplazó el pene hacia abajo para minimizar la erección y abrió la puerta.
En cuanto hubo abierto apenas un resquicio, Vinbär entró como una exhalación, con el cuerpo medio agazapado, y se metió debajo de la cama de matrimonio.
Gabriel miró a Ingrid, que le devolvió un gesto incrédulo.
Después se asomó al pasillo, donde Camilla estaba sentada con la espalda apoyada contra la pared.
—Vinbär quería salir de mi habitación. Le abrí y se vino aquí. Yo no quería molestar, pero él se puso a llamar a vuestra puerta.
—No pasa nada, cielo. Vamos a dejarlo hoy que se vaya acostumbrando, ¿vale? Quizá confíe más en los adultos porque se ha criado entre adultos.
Camilla puso cara de conformarse con la explicación.
—Vuelve a la cama, cielo. Que ya es tarde.
Camilla abrazó a su padre y echó a andar camino de su habitación. Cuando Gabriel volvió, vio que Ingrid le señalaba a un punto del techo mientras sonreía.
—Mira.
La habitación de matrimonio tenía el techo muy alto y abuhardillado; la parte inclinada terminaba en una viga horizontal de madera que recorría toda la pared opuesta al cabecero.
Debajo de la viga ya empezaba la pared vertical.
Y, encaramado a la viga, Vinbär miraba al matrimonio con ese inconfundible aire de estoicismo felino.
—¿Cómo ha llegado ahí? —preguntó Gabriel con incredulidad.
—Se ha subido a la silla y luego a la cómoda. Después ha saltado al armario… y listo. Ha sido impresionante.
—Joder con Vinbär… —dijo Gabriel.
Y así se disolvió la pasión. Hablaron un poco en la cama y decidieron dejar al gato ahí. De querer salir, pensaron, seguro que volvería a rascar la puerta.
—Dicen las suecas que transmiten paz —dijo Ingrid antes besar a Gabriel en la frente y de apagar la luz.
Poco a poco, mientras Ingrid caía en el sopor pastoso del sueño, Gabriel empezó a inquietarse.
El viento había crecido hasta convertirse en un leviatán que rugía envolviendo la casa, que agitaba los árboles, el tejado, la corteza de la tierra.
La habitación se había sumido en una penumbra grisácea de sombras y bultos, y mientras los primeros suspiros de la respiración recién dormida de Ingrid comenzaron a solaparse con los bramidos del vendaval, Gabriel fue presa de una sensación que al principio no supo definir, una especie de estado de alarma que, de primeras, parecía injustificado.
Pero al cabo de un momento, sin poder evitarlo, se puso a pensar en las suecas.
En aquello que le había dicho Katja acerca de los desconocidos que acechan en las ciudades.
¿Había sido aquello una advertencia? ¿Una amenaza?
¿Una confirmación de lo que Ingrid siempre intuyó?
¿Un siniestro capricho de la casualidad?
Era como si se hubiera producido un trasvase de inquietudes desde Ingrid, que gracias a una especie de epifanía decía haber empatizado con ellas, hacia Gabriel, quien empezaba a sentir por primera vez un tibio regusto de desconfianza.
¿Y si en realidad su mujer siempre hubiera llevado razón?
¿Y si los ingentes esfuerzos de Gabriel por que disipara su acritud hacia aquellas dos mujeres, de su defensa a ultranza del espacio familiar, habían sido una manzana envenenada que Ingrid había terminado por morder?
Se dio la vuelta y miró hacia la viga. Desde su atalaya, Vinbär lo miraba con unos enormes ojos verdes que emitían ese brillo tornasolado y ancestral de los felinos en su tránsito de la noche.
Gabriel se incorporó y se sentó en la cama.
Un caudal de ideas entremezcladas, similar al del viento que zarandeaba el jardín y atravesaba su pensamiento, de tal modo que acudían a su mente un sinfín de razonamientos que convirtieron aquella noche en un collage de ideas siniestras, agrias, un mosaico rasgado que le recordó a las obras que había visto hacía poco cuando acudió con Ingrid a una exposición de un taller de pintura y diseño que un compañero suyo había realizado con reclusos de cinco prisiones.
Finalmente, ante la seria amenaza de una noche en blanco, decidió abrir la mesilla de noche y echarse a la boca un diazepam de 10 miligramos.
Y mientras la pastilla iba adueñándose de su sistema nervioso y apaciguándolo, al tiempo que ablandaba toda aquella amalgama de pensamientos turbios para sustituirlos por un tejido similar a la nieve que aparecía en aquellos televisores antiguos cuando se perdía la señal, a Gabriel se le cruzó una última idea, un latigazo que provenía de la boca de Katja, pero no de aquel día, sino de su primera visita, cuando Gabriel se puso de su parte para que Ingrid hiciese una excepción con el pasaporte.
Katja le había hablado de sus gatos egipcios, de los que había dicho: «Son como cámaras», y también: «Si uno los adiestra correctamente, son capaces de comunicar muchas cosas de las que han visto».
Adormilado por los crecientes efectos del diazepam, Gabriel le echó una última mirada a Vinbär, que se erguía impasible sobre su viga, ojos luminosos y gesto indiferente, pura contemplación de los habitantes de la cama.
Antes de caer rendido al sueño, le asaltó una intuición borrosa: que el gato estaba encaramado en el lugar exacto en el que cualquier empresa de seguridad colocaría una cámara de vigilancia.
El mundo se apagó. El viento cesó.