Una fábula sueca 15 #2
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15 #2

El resto de la visita transcurrió de manera cordial, con Nora contando —a requerimiento de las suecas— multitud de historias sobre Ingrid que avergonzaron un poco a la protagonista, quien se limitaba a reír con nerviosismo y a rescatar pequeños fogonazos de entre la amalgama opaca de sus recuerdos.

Las suecas también contaron algunas anécdotas sobre sus maridos y sobre sus perros, de los que hablaban con auténtica devoción.

Nadie hizo referencia alguna al pasaporte, pero indudablemente era algo que estaba presente de algún modo en el ambiente, como una sutil vibración telúrica en el suelo, como un lejano acúfeno que provoca un sentimiento de irrealidad en quien lo escucha.

Y es que, respecto al documento, Ingrid ya había recibido una advertencia por escrito por parte del equipo de Klara Pålson, la nueva cónsul general, una mujer joven y extremadamente seria, cordial a su manera, apremiándola a entregarlo, ya que —al igual que ocurría en la época de Therese Lindgren— a la diplomacia sueca no le gustaba nada que los documentos oficiales permanecieran en ese limbo legal que transcurre entre la expedición y la entrega.

Pero Ingrid no dijo nada. No nombró a Hans ni preguntó por él.

Todo transcurrió como si aparentemente no existiese un historial previo de obsesiones, como si ellas no llevaran meses siendo dos espectros agazapados en ese desván oscuro del pensamiento en donde habitan nuestros temores.

Terminado el café, las suecas se levantaron y dijeron que tenían que marcharse ya. E hicieron una última pregunta:

—¿Cómo vais a llamar al gato?

Hubo gestos de duda e Ingrid dijo que ya lo pensarían. Fue Camilla quien se adelantó:

—¡Ya lo tengo! ¡Lo quiero llamar Vinbär!

—¿Grosella? —preguntó Adam traduciendo la palabra al español—. Menudo nombre estúpido.

—¡Eh! —exclamó Camilla, que tenía el gato en brazos.

—Oye, pues a mí me gusta —dijo Nora.

—A mí también —secundó Ingrid.

Todos menos Adam coincidieron en lo apropiado del nombre y el animal quedó bautizado por mayoría absoluta.

Hubo despedidas aceptablemente cariñosas y la familia se preparó para cenar.

Nora metió en el horno unos lomos de salmón regados con vino blanco y recubiertos de una capa de eneldo fresco y preparó una ensalada de pepino, espárragos y aceitunas.

Mientras se horneaba el pescado, Gabriel e Ingrid se pusieron los pijamas y los niños no dejaron en paz al pobre Vinbär, que intentaba reconocer y olisquear la casa, pero que, dada su extrema mansedumbre, no tenía más remedio que sucumbir a las caricias y apretones de los niños, especialmente de Camilla.

Fuera, el viento arreciaba y los cristales restallaban con vibraciones sordas.

Cenaron en la cocina, alumbrados por la luz tenue y levemente anaranjada que emitía la lámpara que colgaba sobre el centro de la mesa.

El telediario informaba a volumen bajo en la pequeña televisión colocada sobre un mueble estrecho pegado a la pared de azulejos blancos.

Apenas hablaron en toda la cena, y la Ingrid del pasado —la Ingrid de escasas horas antes— hubiera argumentado que aquel silencio, aquel evidente hastío que mostraba la familia mientras engullía el pescado y se empapaba de noticias trágicas, era fruto de la inevitable inquietud que las suecas introducían en la casa siempre que aparecían.

Era, para la Ingrid del pasado, como si dejaran el abatimiento en el aire tras exhalarlo desde sus dos pares de pulmones.

Pero la nueva Ingrid había decidido mirarlas con otra óptica, con ese filtro de benevolencia, algo de lo que tantas veces se arrepentiría en el futuro.

Tras la cena, la casa cayó en un sopor de domingo.

Ingrid subió al cuarto de los niños a leerles una de las fábulas suecas (en esta ocasión, una familia de trols intercambiaba su bebé con el de unos reyes para que fuera criado como una princesa), Gabriel se puso en la televisión un partido de fútbol que acompañó con el último vino de la botella que habían abierto para la cena y Nora se fue a su habitación con la pila de revistas Søra a sumergirse en las miserias ajenas.

Mientras tanto, Vinbär dormitaba sobre el sillón Poang en el que siempre se sentaba Ingrid.

Parecía que el animal llevara toda su vida en la casa.

—Mamá —preguntó Camilla mientras Ingrid cerraba el libro y lo colocaba en la librería—. ¿Podemos dormir con Vinbär?

—Pues, cariño… —Ingrid se sentó al filo de la cama y arropó a su hija—.

No sé si él querrá. Supongo que tardará algún tiempo en acostumbrarse a la casa y no sé dónde le apetecerá dormir hoy.

Lo mismo no quiere estar encerrado en una habitación que no conoce.

—Pero, ante la mueca de decepción de su hija, Ingrid propuso—: ¿Quieres que lo intentemos?

—¡Sí, porfa!

—Está bien, voy a ver si puedo traerlo.

Ingrid bajó al salón y cogió al gato, que emitió un leve maullido modo de protesta.

—¿Te lo llevas? —preguntó Gabriel.

—Los niños quieren dormir con él.

—Pues podría pasar perfectamente por un peluche.

—No sé yo… adoptar un gato… —dijo Ingrid acercándose a las escaleras con Vinbär en brazos. Gabriel se encogió de hombros y sonrió con picardía. Ingrid añadió—: Cariño, me quedo ya en la habitación. Estoy molida.

—Yo subo pronto. Recojo esto un poco y me subo. El partido es un tostón.

Con el gato en brazos, Ingrid se quedó quieta contemplando el salón.

Miró cómo las ventanas se movían con nerviosismo a causa de los latigazos del viento.

Allí clavada, se dio cuenta de que estaba justo en el mismo sitio en el que el visitante se quedó de pie, mirándola a ella tras emerger de la cocina.

Su imagen le vino a la cabeza con una nitidez inusitada. Gabriel se dio la vuelta.

—¿Te pasa algo?

Ingrid pensó un poco más. Cinco, diez segundos, y dijo:

—Acabo de recordar una cosa.

Gabriel arrugó la frente. Era un gesto muy suyo para mostrar curiosidad.

—El visitante…

—¿Sí…?

—Que llevaba una flor. Llevaba una flor en la mano. Lo había olvidado por completo y me ha venido de repente.

—¿Una flor?

—Sí, una flor.

—¿Te acuerdas de qué flor era?

—Creo que era un crisantemo. Estoy casi segura. Un crisantemo de color violeta. No, más oscuro. Púrpura.

—Qué raro, ¿no?

—Sí, no sé. Tampoco es que haya mucho de normal en la situación.

—No, desde luego —dijo Gabriel—. ¿Tenemos crisantemos en el jardín?

—No, qué va. Nunca hemos tenido.

—¿Por qué lo dices con ese énfasis?

—Porque no me gustan. Son las flores que se ponen en los cementerios.

Gabriel sonrió.

—Pues a mí sí me gustan.

Ingrid también sonrió antes de subir la escalera.

—Pues para ti todos.

Ingrid no tuvo más remedio que conmoverse ante la sonrisa de Camilla cuando apareció con Vinbär en la habitación. Soltó al gato sobre la cama y el animal olisqueó el aire tibio y se sentó cerca de los pies de la niña.

—¡Parece que le gusta! —exclamó Camilla.

—Bueno —replicó Ingrid—. Intenta no agobiarlo. Que esté tranquilo, ¿vale, cielo?

—Vale, mami.

—Buenas noches, mi amor —dijo Ingrid besando a Camilla. Adam ya estaba dormido. Ingrid le dio un beso en la frente y salió.

Ingrid encendió las lamparillas de noche de su habitación, se cepilló los dientes y se puso a leer.

Tenía sueño. Estaba leyendo La insoportable levedad del ser y, a pesar de que le gustaba la propuesta filosófica de Kundera, pensaba que el libro era realmente descorazonador, así que se le estaba pasando por la cabeza sustituirlo por algún best seller más amable.

Al poco rato llegó Gabriel, que se echó en la cama de costado, mirando hacia su mujer:

—Cariño —dijo con voz serena.

Ingrid levantó la vista del libro y se subió las gafas. No contestó.

—Me gustaría saber cómo te has sentido hoy. Con las suecas, me refiero. ¿Estás bien? Te he visto… rara. Me has descolocado un poco.

Ingrid cerró el libro y lo dejó sobre la mesilla. El viento agitaba con fuerza la persiana, parecía ahogarse en su interior.

—Sí —confirmó Ingrid—. He estado rara. He estado rara también para mí misma. —Hizo una pausa—. No sabría explicarlo, pero, de repente… Te parecerá una tontería, con todo lo que he dicho sobre ellas. Pero…

—…

—He empatizado con ellas.

Gabriel levantó muchísimo las cejas. Ingrid se echó a reír.

—¡No te rías de mí! —dijo sonriendo.

—¡Pero si no he dicho nada!

—No sé, es que las he visto ahí, sentadas con mi madre, tratando bien a los niños, trayendo el gato…

Y, ¿sabes?, solamente he visto a dos mujeres normales, a dos mujeres que luchan.

Y me ha dado por pensar que quizás el padre no estaba en el sótano atado, que no está muerto, sino enfermo… En fin, yo qué sé. Que me he ablandado.

En ese momento, Gabriel saltó a horcajadas sobre ella. Ingrid gritó y se echó a reír al mismo tiempo, moviendo las piernas como un animal aprisionado. Gabriel presionó sus codos contra la cama, inmovilizando sus brazos y la besó.

—Así que… —La besó otra vez. Ella pudo oler el poso avinagrado del vino en su barba—. Mi chica dura se ablanda…

Ingrid trazó un gesto sonriente de inocencia, una cara de «pues sí, qué le vamos a hacer».

—¿Sabes lo que nunca se ablanda?

—¡Tonto! —dijo Ingrid dándole un manotazo en el brazo a Gabriel, que restregaba su pene, erecto y aprisionado por el pantalón, contra la barriga de Ingrid.