15
Era domingo por la tarde. Uno de esos domingos de finales de marzo en los que el viento es frío y tibio al mismo tiempo, como si fuese presa de algún conflicto irresoluble.
Ingrid había subido con Gabriel y Adam al trastero que tenían en una zona del torreón para buscar unas bolsas con raquetas de tenis que Adam necesitaba llevar el lunes al instituto.
Como suele ser habitual cuando uno acude al pasado, se les fue la mañana embelesándose con la cantidad de objetos familiares que iban apareciendo en el trastero, todos ellos asociados a recuerdos casi olvidados que regresaban al mundo como cometas tiránicamente anclados a sus órbitas.
Así que cuando escuchó el timbre, Ingrid gritó desde el torreón:
—¿Va alguien?
—¡Sí! —gritó Nora en sueco—. ¡Yo abro!
Y, como siguieron inspeccionando cajas con ropa de bebé impregnada en aroma de las bolsitas antipolillas, carpetas con dibujos del colegio, álbumes llenos de fotografías en blanco y negro, triciclos sin ruedas y muñecas con cara de estar sumidas en la crueldad del olvido, se olvidaron por completo de que un rato atrás había sonado timbre, hasta que por fin encontraron la bolsa con las raquetas de tenis y se decidieron a bajar del torreón, completamente sobrepasados por el embrujo de la nostalgia.
Y abajo se encontraron con una escena que los dejó descolocados: Katja y Elina, sentadas en el sofá grande, juntas, pegadas la una a la otra como dos reses en una noche de frío y hablando con Nora y Camilla, que se habían sentado en el sofá pequeño.
Las cuatro sonreían con sinceridad y despreocupación.
—¡Anda, ya están aquí! —dijo Nora señalando a Adam, que fue el primero en llegar al salón.
—¡Mira, mamá! —exclamó Camilla con una gran sonrisa. Luego, se giró hacia su abuela y le preguntó con tono ansioso—: ¿Lo puedo abrir ya?
—Espera, cariño —dijo Nora, también sonriendo—. Espera.
Ingrid bajó los últimos peldaños, vio las caras alegres de las mujeres y de Camilla y no pudo sino forzar una sonrisa de aire nervioso y preguntar:
—Vaya… ¿Qué pasa aquí?
—Katja y Elina me han traído revistas suecas —dijo Nora enseñando un ejemplar de Søra, una revista del corazón muy popular entre la clase media sueca de los noventa y los dos mil. Había unos diez ejemplares más sobre la mesa.
—¡Cotilleo! —gritó Gabriel caminando hacia la mesa.
Katja y Elina se levantaron al mismo tiempo y se acercaron a saludar a Ingrid. Su aspecto parecía mucho mejor que unos meses atrás y sus perfumes eran femeninos y penetrantes. Rotundamente almizclados.
—¡Hola, cariño! ¿Qué tal todo? —preguntó Katja besando en las mejillas a Ingrid. Llevaba una minifalda que Ingrid juzgó al momento como excesivamente corta.
—Bien… bien… —dijo Ingrid.
Pero toda la atención de la sala se centró de repente en Nora, que puso sobre el sofá un transportín del que salió un gato.
Cualquier persona sin conocimiento alguno acerca del pedigrí felino hubiera dicho sin pestañear que era un gato de raza.
Tenía un porte augusto, elegante. Camilla cogió el gato en brazos.
Era incapaz de contener la emoción, una emoción que manifestaba dando pequeños chillidos de alegría mientas acariciaba al animal, que era absolutamente manso. Antinaturalmente manso, podría decirse.
—Nos lo han traído ellas —dijo Nora, exonerándose de cualquier responsabilidad.
—¿Por qué? —preguntó Ingrid.
Sorprendentemente, fue Elina la que contestó:
—Es un regalo. Un regalo para Gabriel. Nos dijo que le gustaban los gatos. Nosotras tenemos gatos. Le regalamos uno. Este.
Ingrid miró a Gabriel. Katja se adelantó:
—Es uno de nuestros gatos egipcios, un macho joven.
Ha tenido un problema en un testículo, así que lo hemos castrado, por lo que ya no nos sirve para criar.
Es tan manso y tan bueno que hemos pensado que es perfecto para que viva con una familia.
—Katja se detuvo un momento para sonreír y acariciar la cabeza del gato, que seguía en brazos de Camilla.
Ante la caricia de la sueca, el gato entornó los ojos con un gesto placentero—.
En La Umbría ya no está bien, con todos los perros y el lío que tenemos.
Allí no puede vivir un gato castrado, sin todos sus instintos. Se moriría de miedo.
—Lo mataría César —dijo Elina, pero nadie le hizo caso.
Adam se había sumado a su hermana y acariciaba también al gato, que mostraba una calma imperturbable mientras ronroneaba y miraba a todas partes con curiosidad, moviendo de vez en cuando la nariz para olfatear el aire.
—Desde luego, el gato es precioso —dijo Gabriel.
—Sí, sí —dijo Ingrid, viendo que estaba completamente sola—. Es precioso, pero creo que deberíamos hablarlo en familia. No sé, coger un animal así, por impulso…
—Vamos, Ingrid… —dijo Katja con un tono de voz nuevo que poseía un timbre algo más grave y persuasivo—.
Nosotras provenimos del norte de Suecia.
Ya me ha contado tu madre que una parte de tu familia también es de allí.
Así que sabrás que en nuestra región está muy mal visto rechazar la ofrenda de un animal.
Son lo más valioso en el norte. Aceptadlo, por favor. Significa mucho para nosotras.
Los niños le estaban poniendo un cuenco de leche al gato, que empezó a lamerla con timidez al principio y con fruición a medida que la iba saboreando.
Fuera del cuenco caían minúsculas gotitas blancas que se integraban en el suelo, como los primeros copos de nieve tímida que deja el invierno en diciembre.
—¿De qué parte del norte sois? —preguntó Gabriel.
—Del campo —respondió Elina con aspereza.
La ternura de la escena empezó a contagiar a Ingrid, que bajaba la guardia por segundos sin darse cuenta y miraba a sus hijos sonriendo, y al mismo tiempo sucumbía al encanto de aquellas dos mujeres que tanto la habían atormentado.
En un atisbo luminoso, se dijo a sí misma que no podía vivir en aquel estado de alerta, en tensión.
Que eso deja marcas. Delante de ella tenía a seis personas sonrientes, que se relacionaban con normalidad, y empezó a entender las razones que todos le daban para que no fuera tan desconfiada con ellas.
Mientras las suecas seguían hablando con Nora y los niños, comenzó a generarse un nuevo sentimiento dentro de Ingrid, una especie de velo compasivo que la llevó a verlas con un nuevo prisma, a verlas como dos mujeres peleando por su hueco en el mundo, y nada más.
Empezó a pensar que quizás ellas no habían cogido el juego de llaves de repuesto, que no habían enviado al desconocido.
Que su padre tal vez tenía una enfermedad degenerativa que le hacía tener ese semblante mortecino y que su rosal murió por una plaga inusual o por un repentino cambio en el PH del suelo. Así que dijo:
—¿A alguien le apetece un café?
Gabriel la miró con un gesto de perplejidad y Nora se giró hacia ella diciendo:
—¡A mí!
Las suecas también aceptaron e Ingrid echó a andar en dirección a la cocina.
Nora se levantó y fue tras ella. Los niños se pusieron a hablar con Elina sobre los cuidados del gato.
Ella les dijo, en un sueco rudimentario, lento y casi silabeado, que tenían que comprar una caja con arena y cepillarlo cada día.
Que comprasen pienso con sabor a salmón, nunca de pollo.
Mientras, Katja se acercó a Gabriel. Despacio y con un andar sigiloso.
Retirados, al fondo del salón, Ingrid y Gabriel contemplaban la escena de la familia junto al gato, equiparable a una escena costumbrista de Murillo: «Familia sueca junto a gato».
—Ya veréis cómo os viene bien. Estos gatos cazan muchos ratones y pequeñas serpientes. —Hizo una pausa para sonreír al ver cómo Camilla movía un hilo y el gato lo perseguía—. Además, a los niños les dan mucha vida; y a los adultos, mucha calma.
Gabriel se giró hacia ella. Ella también se giró para mirarlo. Sus ojos eran globos llenos de vida, de mundo, de incesante actividad cerebral.
—Aquí no hay serpientes.
Katja se quedó unos segundos pensando.
—Sí, bueno, es cierto —dijo entrecerrando los ojos—.
Es que estoy acostumbrada al campo. Siempre he vivido en el campo.
En La Umbría tenemos bastantes culebras, ¿sabes?
Y algunas, grandes… Suben del lago Mamut cuando viene el frío.
—Katja hizo una pausa y miró a Gabriel—. En la ciudad hay otras cosas… ¿no?
—Sí, claro —dijo Gabriel por inercia. No sabía si le estaba preguntando algo.
Ambos se giraron y dejaron nuevamente de mirarse, pero se notaba que ella tenía ganas de añadir algo más.
Permaneció un par de minutos contemplando un punto lejano, indeterminado, como si alguien de repente le hubiera susurrado al oído: «Katja, intenta encontrar el lugar donde termina el horizonte».
Después se recompuso, volvió a la realidad y dijo:
—Creo que ya te lo comenté: los gatos egipcios son como cámaras de vigilancia. Es increíble, lo ven absolutamente todo. —Hizo una pausa y, de forma ostensible, cambió de tono—. Por ejemplo, si entrase un desconocido a casa.
Gabriel, que permanecía relajado, mirando la escena de Murillo y escuchando los desvaríos de Katja, se giró inmediatamente hacia ella, accionado como un resorte ante la palabra «desconocido».
La miró con ojos interrogantes, pero justo en ese momento Katja esbozó una gran sonrisa y echó a andar hacia Ingrid, que entraba al salón con una gran bandeja sobre la que humeaba una cafetera italiana.