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Por mucho que Ingrid subrayara que aquello había sido un allanamiento a un edificio diplomático y por mucho que exigiese al agente que lo anotara explícitamente en la denuncia, Gabriel e Ingrid salieron de la comisaría con la sensación de que la Policía no les había prestado la atención que creían merecer.
El agente que los atendió tomó nota de todo en un ordenador terriblemente antiguo que se bloqueó tres veces —tras las que hubo que empezar de nuevo el relato, provocando que a Ingrid cada versión le sonara más inverosímil que la anterior—, y después los hicieron pasar a una sala que parecía ser una especie de archivo donde le ofrecieron un álbum fotográfico lleno de retratos amontonados de asaltadores de casas.
En cuanto Ingrid vio los rostros de la primera página —una mezcla de soviéticos con aire de haberse rebelado contra la miseria y de rateros de barrios marginales repugnantemente delgados y sin dientes—, supo que el visitante no iba a estar allí.
Pasó las páginas con despreocupación y, cuando terminó el álbum, le dijo a Gabriel:
—No tiene nada que ver con esta gente.
Gabriel miró al agente apostado en la puerta, que dio un par de pasos hacia ellos y les dijo:
—¿Nada?
—No, nada —dijo Ingrid—. Aquí no está. ¿Qué hacemos ahora?
—Por nuestra parte, ya hemos terminado, señora.
Así que una hora después de haber entrado en la comisaría, Ingrid y Gabriel regresaban a casa con una copia de la denuncia redactada en un lenguaje tosco e infantil y una absurda conclusión que le había servido al Policía para levantarse de su silla e indicarles con el brazo extendido la dirección de la puerta de salida: «Señora, no podemos denunciar a una persona si no sabemos quién es, ¿entiende eso? ».
—Panda de inútiles —dijo Gabriel montándose en el coche.
Ingrid sonrió. Siempre le había gustado que a su marido le dolieran sus asuntos.
La noche del visitante, tras despedir a la Policía, Ingrid llamó a Berta para ver si podía ir a su casa, pero su socia estaba en un hotel de Barcelona con Andrés, que tenía un congreso de cirugía de tobillo.
Sin darle detalles, le dijo a Berta —quien lógicamente se mostró preocupada por aquella llamada intempestiva en la que Ingrid hablaba apenas con un hilillo de voz frágil— que no pasaba nada, que se quedase tranquila, y se sentó junto al teléfono, agenda en mano, sin saber a quién llamar.
Tras permanecer más de diez minutos en ese estado, se dijo a sí misma que no dejaba de resultar curioso que si la llamada fuese para invitar a una cena o para salir a tomar unos vinos, no dudaría ni un segundo.
Pero al tratarse de una emergencia nocturna, comprometedora, violenta, no era capaz de marcar ningún número, y era consciente de que esa actitud brotaba de algún lugar cercano al que ocupa esa terrible sensación llamada «miedo al rechazo».
Así que se limitó a meter algo de ropa en una bolsa de viaje, a montarse en el coche y a conducir hasta el Odysseus.
Fernando, el recepcionista, se sorprendió muchísimo al verla cruzar el vestíbulo, toda ella rostro lívido y cara de espanto, pero Ingrid se apresuró a tranquilizarlo:
—Mi hijo ha invitado a casa a un montón de adolescentes y no me dejan descansar. Dame una habitación, por favor.
Y allí medio durmió, en su propio hotel, soñando con caminitos de gotas en el suelo, con miradas recias y cínicas, con chubasqueros azules que le decían palabras que no sonaban, igual que aquellos repugnantes trols de la fábula sueca.
Cuando despertó, un sol rosáceo, medio ensangrentado, comenzaba a asomar detrás de Sierra Nevada, y la ventana mostraba una fila horizontal de gotas condensadas que provocaron en Ingrid un leve desasosiego.
Por su parte, Gabriel consiguió adelantar el vuelo y llegó a Granada sobre el mediodía.
Condicionado por la llamada de su esposa, por el repentino sentimiento de alarma que se había instalado dentro de él, le fue inevitable sentir un leve extrañamiento cuando entró a la casa.
Todo estaba absolutamente igual, pero había algo distinto en el ambiente, y es que todos reconocemos inmediatamente el aire de nuestro hogar, es algo que nos aporta una tranquilidad atávica y que nos une a la parte inmaterial del mundo.
Y cuando Gabriel cruzó el umbral de la puerta, notó un aire diferente, «contaminado», según se dijo a sí mismo.
Dio un paseo por toda la casa, expectante, como si aquel hombre estuviera todavía por allí, esperándolo agazapado para darle uno de esos crueles sustos de las películas de terror.
Cuando terminó de recorrerla entera, tomó conciencia de que lo único que quedaba del visitante era una leve contaminación terrosa en el aire de su hogar.
Tras abrazarse y hablar durante más de una hora, copa de vino en mano, Ingrid y Gabriel acordaron no contar el incidente a la familia.
Querían que los niños y Nora se ahorrasen esa sensación de intranquilidad que los estaba atosigando.
Después fueron a la comisaría esperando que allí se ocuparan del asunto, que los recibiese un detective que encargara un retrato robot del visitante o algo por el estilo, pero todo fue rápido y ofensivamente superficial, así que en los días posteriores fueron tomando decisiones.
Por un lado, Ingrid habló con Klara Pålson, la cónsul general que sustituyó a Therese Lindgren —joven, seria, sofisticada— para comunicarle el allanamiento de manera oficial.
Esta le solicitó un informe consular por escrito —en el que Ingrid tenía que jurar que ningún documento consular sueco ni de ningún otro país había sido sustraído— y, tras presentarlo, la embajada apenas tardó un par de días en instalar en la casa un servicio de alarma de máxima seguridad.
Además, Ingrid y Gabriel recorrieron minuciosamente cada rincón de la casa y del jardín, cada linde con las parcelas vecinas y decidieron que Gabriel haría algunos ajustes en el jardín y en el patio trasero para aumentar la seguridad, como elevar la reja del patio o poner un poco de espino en la verja que daba a la calle lateral, lo cual dio pie a que Nora y los niños hicieran preguntas que fueron atajadas por Ingrid siempre con la misma argumentación férrea e irrefutable:
—Es un nuevo protocolo estándar de protección diplomática.
Ante aquella razón inamovible, Nora ponía gesto de dudoso convencimiento y seguía haciendo sus cosas. Los niños, por su parte, se miraban con cierta incredulidad, pero al igual que su abuela, seguían haciendo sus cosas. Todos tendemos siempre a hacer nuestras cosas, no nos queda otra.
Hemos dicho que fueron dos visitas las que lo precipitaron todo.
La primera fue la del desconocido del chubasquero, que puso a Ingrid y a Gabriel en un estado de tensa inquietud.
La segunda tuvo lugar apenas unos días después, y fueron ellas, Katja y Elina, que trajeron además algo consigo. Algo para Gabriel.