Una fábula sueca 13
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—Han sido ellas.

—Cariño, por Dios, no digas tonterías. ¿Cómo van a ser ellas? ¿Cuándo?

—Pues yo qué sé, Gabriel. Alguna de las veces que han estado en casa. Cuando les abrió mi madre, por ejemplo. Conque una la distrajera, la otra pudo haber cogido las llaves del cajetín perfectamente.

—¿La tonta o la medio ciega?

—¿Ya estamos?

—…

—Gabriel, ¿de verdad piensas que no han podido ser ellas?

—Pues es que lo veo muy retorcido, qué quieres que te diga. Veo más probable que las hayamos cogido alguno de nosotros y no nos acordemos.

—¿Las has cogido tú?

—No, yo no las he cogido… Espera, entra por esa calle. La comisaría está ahí. Creo que se puede aparcar al fondo, hay una especie de plaza.

—…

—…

—Pues yo tampoco las he cogido. Ni mi madre. Ni los niños.

—¿No usaste ese juego para hacer la copia de tu madre?

—No, la hice de las mías. Yo no he tocado esas llaves en años.

—…

—…

—…

—¿Sabes lo que me jode de todo esto?

—…

—Que ya están otra vez. Que han creado una incertidumbre continua dentro de mí. Dentro de nuestra casa, de nosotros. Que ellas…

—¡Ingrid!

—…

—¿No te das cuenta de que lo has creado tú sola?

¿De que ellas no han hecho nada? Ellas solamente han venido, han presentado una solicitud y te han pedido un favor.

Un favor relativamente pequeño. Ya está.

No es tan descabellado. ¿Que son raras? Sí.

Son raras de cojones. Pero el ambiente no lo están contaminando ellas. Lo estás contaminando tú.

—…

—Ahí tienes hueco. Mételo de frente.

—…

—…

—…

—Ingrid, cielo, perdona. No, no te pongas así. Perdona. Solamente quería decirte que…

—¿Sabes… sabes cómo me sentí con un desconocido dentro de nuestra casa? ¿Con un hombre que salió de nuestra cocina y lo único que hacía era mirarme con esa cara de loco? ¿Con ese aire de… suficiencia? ¿De estar perdonándome la vida?

—No, cariño. No lo sé. Ven, anda. Lo siento, cielo. Lo siento muchísimo. Ven. Siento que te tuvieras que enfrentar a esa situación. Pero ahora vamos a poner una denuncia. Y en casa haremos lo que haga falta. Las cerraduras ya están cambiadas. Estamos seguros, cielo.

—Fue tan…

—Ya, cariño, ya. Pero ya ha pasado, y vamos a evitar que pase más. Pero, cariño…

—…

—Cariño, no puedes obsesionarte así con ellas. Era algo que ya estabas superando, que estábamos superando. Y no podemos volver ahí. ¿Vale? No podemos volver.

—…

—¿Vale, cielo?

—Vale. Sí. Está bien.

—…

—…

—Toma, suénate. Y vamos a ponerle la denuncia al hijo de puta ese.