12 #2
Ingrid se quedó unos minutos —más tarde le sería imposible decir cuántos— completamente quieta, casi paralizada, como si el hombre le hubiera contagiado aquella calma imperturbable que parecía llevar puesta como un manto invisible.
Después, caminando muy despacio, mirando a través de las cristaleras a la noche oscura llena de vegetación en movimiento, cerró la puerta y fue al teléfono.
Como pudo, le explicó a Gabriel lo que había ocurrido.
Él estaba de copas en Bilbao, y tuvo que salir del local para que pudieran entenderse, ya que el volumen al que sonaba Wannabe de las Spice Girls era atronador.
Fue ese tipo de conversación telefónica complicada en la que el asunto es difícil de explicar y difícil de entender al mismo tiempo.
Cuando consiguieron entenderse, Gabriel le dijo que llamara a la Policía de inmediato y que él a su vez iba a llamar a Iberia para intentar adelantar el vuelo.
Ella masculló un «No importa, cariño, estoy bien, déjalo», y colgó.
Marcó el número de la Policía, explicó todo lo ocurrido —esta vez con más acierto, pues ya le había quedado claro con su marido que la historia no era sencilla de narrar y menos aún si empleaba un lenguaje completamente atropellado— al agente que la atendió y unos minutos después, una patrulla llamó a su puerta.
Eran dos hombres calvos vestidos de paisano que le enseñaron la placa y pasaron.
Ingrid les contó lo sucedido y los agentes le pidieron que encendiera las todas las luces posibles.
Uno de ellos miró —con lo que a Ingrid le pareció cierto aire de desprecio— la botella de vino medio vacía.
Fueron al patio interior, donde intentaron averiguar sin éxito por dónde había entrado el hombre.
Había dejado de llover y la humedad del ambiente saturaba la respiración.
—¿Qué hay detrás de ese muro?
—La casa del vecino —dijo Ingrid—. Está bastante más alta que esta. En la calle de arriba. Por eso el muro es tan alto.
—¿Y dice que apareció por esa puerta? —preguntó uno de los policías señalando la cocina.
—Sí, exacto. —Los tres caminaron hacia la cocina y volvieron al salón—. Yo estaba ahí, en el sofá. Él entró, rodeó toda la habitación y salió.
—Y no dijo nada.
—Nada.
—¿Gesticuló?
—No. Se limitaba a mirarlo todo. Como si sintiera curiosidad.
—Y no le suena de nada.
—No, de nada. Estoy segura.
Los agentes salieron al jardín, ahora iluminado por todas las luces que Ingrid había encendido. Registraron absolutamente todo mientras Ingrid permanecía de pie en la entrada, muerta de frío, arrebujándose lo máximo posible la rebeca de lana que se había puesto encima del chándal.
—Señora —dijeron a modo de conclusión mientras entraban de nuevo al salón—. No hay señal alguna de la presencia de ese hombre. No hay nada forzado. No hay huellas ni marcas de por dónde ha entrado o salido.
Ingrid miró hacia atrás, hacia el suelo de la habitación, pero el camino de gotas que había dejado el visitante a su paso ya no existía. Pensó involuntariamente en la palabra «efímero».
—¿Qué me recomiendan hacer?
—Bueno —dijo uno de los policías—. En primer lugar, si hoy no se siente segura, algo que me parece totalmente comprensible, le diría que durmiese en casa de alguien. De unos amigos, o de familiares si los tiene.
—Por otro lado —continuó el otro—, creo que su casa es segura, y creo que no es fácil entrar.
Pensamos… —hizo una pausa; miró a su compañero y siguió—, y esto es solamente una conjetura, que es posible que ese hombre tuviera llave.
Que haya entrado cuando usted no estaba en casa y se hiciera con ella.
Porque, según nos ha dicho, por la tarde la casa estuvo varias horas vacía, ¿verdad?
—Ingrid no contestó—. Señora, ¿sabe si hay alguien que haya podido copiar sus llaves?
¿O tener acceso a ellas de algún otro modo?
Ingrid se quedó helada. De repente imaginó al visitante agazapado en la parte oscura del patio interior, cubierto por su impermeable, esperando durante horas a entrar al salón a dar su paseo.
Lo imaginó también mirándola en silencio mientras se masturbaba.
Eliminó esos pensamientos para poder contestar.
—No, no sé. No sé quién… —A Ingrid le estaba costando trabajo hablar y procesar aquella información al mismo tiempo.
—Es normal. Tómese su tiempo. Piense en alguien que haya podido copiar la llave.
Pero tenga en cuenta que esta idea es solamente una suposición.
Quizá el hombre ha podido colarse de alguna manera.
Es cierto que, a priori, no se nos ocurren muchas, pero, señora, créame que hemos visto de todo. En materia de asaltos a casas, ellos…
Ingrid dejó de escuchar porque un fogonazo de claridad había acudido a su mente enturbiada por la confusión.
—¿Será posible que…? —masculló en voz baja, y echó a andar hacia el recibidor.
Los policías la acompañaron, e Ingrid abrió un cajetín de madera que había junto a la puerta por la que había salido el visitante al jardín.
En el cajetín se guardaban, colgadas sobre unos pequeños ganchos, todas las llaves de la familia que no solían usarse: las de repuesto del coche, las de los hoteles o la copia del mando de la cochera.
Años atrás, Gabriel había puesto etiquetas junto a los ganchos para que no se extraviara ninguna, así que identificar cuál faltaba fue fácil, inmediato.
Junto a la etiqueta « llaves repuesto casa », lo único que había era un gancho vacío.