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A principios de marzo, Gabriel tuvo que marcharse a Bilbao durante un fin de semana para hacer entrega de una escultura, un velero abstracto de bronce que iba a colocarse en la entrada de un club náutico que se inauguraba una semana después.
El club había organizado un cóctel el sábado por la tarde para que se descubriera la escultura, donde Gabriel daría un pequeño discurso que había preparado a conciencia, repleto de frases grandilocuentes sobre el arte y la creación.
Acudirían periodistas, políticos y gente bien de Bilbao, algo con lo que Gabriel se sentía, citando a Ingrid, «completamente en su salsa».
Además, durante el invierno latente, Nora había hecho una gran amistad con Ana, la abuela de la amiga castellana de Camilla: salían a pasear, charlaban por teléfono y todos los jueves por la tarde habían tomado la costumbre de acudir al bingo del pueblo, cada una con su pequeña cartera de polipiel llena de monedas de doscientas pesetas y las bocas resecas a causa de la avidez que sentían por la copa de coñac que las esperaba.
«Otras abuelas quedan los domingos para ir a misa, y nosotras lo hemos cambiado por el bingo, ¿qué pasa?
En los dos sitios intentan engañarte, pero por lo menos en el bingo, si tenemos buena tarde, podemos volver con algo en el bolsillo», argumentaba Nora cada vez que Gabriel la advertía en tono de broma sobre la ludopatía geriátrica.
Ese fin de semana de principios de marzo en el que Gabriel estaba en Bilbao, Ana y su nieta habían invitado a Camilla y a Nora a una casa de campo.
También estarían los padres de la amiga de Camilla y su labrador negro, Rayo.
Para terminar la reubicación, Adam decidió irse a dormir a casa de Naoko y Esteban, que habían comprado una PlayStation a su hijo y este había convocado a su grupo de amigos para celebrarlo con una noche de vídeojuegos y pizza.
Por lo tanto, aquella noche de sábado, a eso de las nueve, mientras una lluvia fina pulverizaba el jardín oscurecido, Ingrid recorrió el salón con la mirada y resopló: no recordaba cuándo había sido la última vez que tenía una noche para ella sola.
Encendió la chimenea, se puso ropa cómoda —un viejo chándal Adidas y unas zapatillas de paño grises— y se preparó una cena a base de queso y embutido.
Puso también un cuenco con pepinillos y otro con lechuga fresca.
Cortó pan, abrió una botella de vino y se sentó frente al fuego a hacer un poco de zapping .
Sin prisa, terminó la cena y abrió una caja de bombones que le habían regalado una pareja de cónsules suizos a los que había llevado a la Alhambra esa semana.
La lluvia empezó a intensificarse, y su sonido, al caer sobre el tejado, se asemejaba al ruido blanco de un viejo televisor estropeado.
A eso de las doce, Ingrid se tumbó en el sofá, se echó una manta por encima y se dejó amodorrar por el sopor del vino y de la lumbre, que se reflejaba en los cristales y proyectaba sombras titilantes en el techo y en las paredes.
Poco a poco empezó a sumirse en un sueño leve y pegajoso, de donde fue rescatada a los pocos minutos por una oleada ácida de excitación que se presentaba completamente por capricho y sin justificación alguna.
Notó que su vagina se humedecía y que el aire del pecho se le entrecortaba al salir de sus pulmones.
Apagó la televisión y se quedó a solas con el repiqueteo de la lluvia y con el crepitar de la chimenea, a solas con aquel rubor que empezó a satisfacer bajándose los pantalones y las bragas, asaltada por pensamientos inconfesables, acariciándose sin prisa los labios mayores y metiendo poco a poco su dedo índice en el interior de su vagina, completamente desbordada por un caudal de flujo acuoso y caliente.
Ingrid siguió frotando y combinando diversas formas de estimulación que empezaron a abotargar sus sentidos, a llenar su interior de un placer que se acumulaba esperando a poder liberarse, un placer que la llevaba a saturar su cabeza de imágenes prohibidas de hombres con los que apenas se permitía fantasear, pero que esa noche afloraban con la nitidez de la pasión desatada.
Y cuando ya se aproximaba la explosión que Ingrid buscaba con una desesperación que prácticamente la disociaba de la realidad física, lo escuchó.
Fue una especie de «clac» que provenía del patio trasero, lo suficientemente audible para sacar a Ingrid del trance en el que se encontraba.
Sus manos quedaron paralizadas y el hechizo se empezó a disolver.
Se quedó quieta, escuchando. Lluvia. Fuego.
Nada más. Así que decidió darse una segunda oportunidad.
Cerró los ojos, empezó a acariciar su clítoris muy despacio, con cuidado de no sobreestimularlo, pero a los pocos segundos volvió a sonar, quizá aún más fuerte: «clac».
Ingrid paró de inmediato. Se subió las bragas y los pantalones y se incorporó, atenta.
Aguzó el oído, pero no hizo falta. Un nuevo ruido se escuchó en la misma dirección, pero, a diferencia de los anteriores, que provenían claramente de fuera, del patio interior, este había sonado en la cocina.
Ingrid se levantó y empezó a pensar en qué hacer, pero no tuvo tiempo de tomar ninguna decisión: la puerta de la cocina se abrió y de ella salió un hombre. Ingrid emitió un grito involuntario que no escuchó y el hombre se quedó quieto, mirando a Ingrid. Tranquilo.
Se quedaron mirándose unos segundos, fijamente.
—No te acerques —dijo Ingrid con una voz nerviosa, muy diferente a la suya, una voz que parecía pulverizar adrenalina.
El hombre no dijo nada. Se limitó a seguir mirando a Ingrid. Quieto, con un gesto serio e inmutable.
—¿Qué quieres?
No hubo respuesta. Solo mirada. Sin gesto, sin alma.
—¡¿Qué quieres?! —gritó Ingrid.
Sin cambiar el gesto ni el aire serio, casi ausente, el hombre empezó a andar.
Dos, tres pasos en dirección a la parte interior del salón.
Miró levemente a su alrededor. Al techo, a la chimenea, a la mesa con los restos de la cena y a la botella de vino, iluminada por el fuego ondulante, abandonada a medio beber.
Ingrid también se movió, pero en sentido contrario.
La mesa baja y el sofá mediaban entre ella y el hombre.
—Mi marido viene de camino —dijo Ingrid—. Es policía. Está a punto de llegar. ¿Me oyes?
Pero el visitante, sumido en su mutismo implacable, mostraba una absoluta indiferencia.
—¡¿Qué quieres?! ¡Di algo! ¡Qué!
Nada parecía turbarlo. Despacio, siguió andando hacia el interior del salón, e Ingrid también caminaba al mismo tiempo, dejando siempre entre ella y el hombre unos tres metros de distancia, como dos pistoleros esperando a desenfundar en una calle polvorienta y terrosa de western .
En un fogonazo de raciocinio, Ingrid se obligó a tomar conciencia de su aspecto para recordarlo.
Era rubio, de formas fuertes y robustas, más redondas que cuadradas.
Llevaba una densa barba color corcho y una melena corta.
Su cara daba la impresión de ser un óvalo dorado, como el sol que aparece en mitad de la bandera de Argentina.
«¿Unos cuarenta años?», pensó fugazmente.
Ingrid empezó a sudar, notaba de repente un calor asfixiante.
El hombre siguió andando, rodeando el salón, camino de la puerta que salía al jardín.
Miraba los muebles, los cuadros de las paredes, los objetos que decoraban los rincones.
Todo ello con un gesto de curiosidad despreocupada, con un cinismo tácito y parsimonioso.
Ingrid no sabía qué hacer ni qué decir ante el silencio del visitante, pero empezó a intuir que no iba a hacerle daño, y tuvo la sensación de que todo aquello estaba ocurriendo a base de pulsos energéticos de baja frecuencia, como si la realidad que ella conocía hubiera cambiado de normas.
El hombre terminó de dar la vuelta completa al salón, e Ingrid hizo lo mismo en dirección opuesta, dando exactamente los mismos pasos que él había dado.
Llevaba un impermeable azul marino que dejaba un rastro de gotas por donde iba pasando, e Ingrid pudo fijarse en que llevaba una flor en su mano derecha: un crisantemo de color púrpura.
Miró en dirección a la puerta y de repente se giró hacia Ingrid.
Fue el único gesto rápido que hizo, pues parecía provenir de una realidad en la que todo ocurría a cámara lenta.
Ingrid le aguantó la mirada y el miedo empezó a aflorarle.
Los ojos del extraño eran acuosos y distantes, de ese azul del que están hechos los hielos perpetuos que hay en los glaciares de Finlandia.
Y ahí estuvieron. Quince, veinte segundos mirándose a los ojos, él junto a la puerta, ella frente a la chimenea; él, tranquilo e impasible, y ella, aguantándose las ganas de llorar de la impotencia.
Finalmente, el visitante se giró hacia la puerta del jardín, la abrió y salió.
Un caudal de aire helado y húmedo a causa de la lluvia fina que caía en diagonal se empezó a colar por la puerta que el hombre había dejado entreabierta.
Ingrid solamente tuvo un pensamiento: que aquello no había sido real; pero observó el rastro de gotas que había dejado el visitante y ahí, de pie, mirando hacia la puerta que dejaba entrar en su casa el aire de un invierno moribundo, tuvo que aceptar que un desconocido se había paseado por su salón un sábado por la noche como un gato que entra por una ventana abierta, como un fantasma que se desliza por el hueco de la chimenea y empieza a vagar por los pasillos.