Una fábula sueca 11
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Fue similar a uno de esos procesos violentos que, tras un estallido furioso, de repente se detienen y pasan a un estado latente, un estado cuyo movimiento es casi imperceptible tras el arrollador choque inicial, como la fecundación de un óvulo en un encuentro sexual desesperado, o el crujido luminoso que inicia a una tormenta de verano en mitad de la noche, o la explosión cegadora que dio origen al cosmos y que comenzó a esparcir por el vacío el calcio que ahora forma nuestros huesos, el hierro que circula por nuestras arterias y, en definitiva, la materia de la que estamos hechos.

Así ocurrió con las suecas: tras el estallido inicial de las visitas, las peticiones, las conversaciones y las fotografías, todo se detuvo durante los meses de invierno, como si hubieran entrado en una oscura y paciente hibernación, pero dejando en Ingrid el estado latente del óvulo, de la tormenta y de la explosión primigenia del universo.

Solo que, en su caso, no fue un proceso físico, sino mental, pues ni Ingrid ni nadie de su círculo podía quitárselas de la cabeza desde que aquella noche de principios de diciembre abrieron el sobre con las fotografías de Hans. Proceso, latencia, espera.

Las fotos estuvieron sobre la mesa hasta la mañana siguiente, cuando Ingrid las metió en el sobre junto con la documentación y lo llevó todo al consulado, no sin antes echarles un último vistazo y darse cuenta, al mirarlas a la luz del día, de un detalle que guardaría exclusivamente para sí con el objeto de no alimentar más a la bestia del morbo que había nacido en su grupo de amigos: el fondo blanco sobre el que estaba la cabeza de Hans era, sin lugar a duda, una sábana.

Esa tarde dejaron a Nora en casa, y Gabriel e Ingrid fueron con los niños a patinar sobre hielo en una pista que acababan de inaugurar en Granada.

Después pasearon por Puerta Real, dejándose conmover por la tenaz luminiscencia de la decoración de Navidad, por aquel ambiente frío y seco que arrastraba en su brisa el aroma nostálgico de las castañas asadas, por las oleadas de gente abrigada, encogida al atravesar las callejas del centro, deseosa de comprar y relacionarse.

Cenaron en un restaurante mexicano prácticamente en silencio, alienados por una incesante música de mariachis que sonaba en el local a todo volumen.

Al llegar a casa, Ingrid leyó a Camilla una de las historias de su libro de fábulas suecas.

En ella, dos hermanas soñaban a diario con dos criaturas, una especie de trols que movían la boca para hablar pero que no emitían sonido alguno.

A medida que las niñas soñaban con ellos, empezaron a cobrar forma poco a poco debajo de sus camas durante las noches.

Cada mañana, cuando despertaban, las niñas se asomaban y los trols estaban un poco más completos.

Un día amanecían con un brazo nuevo, o quizá con ojos, o se les había formado la nariz.

Así, hasta la mañana en que cobraron vida y salieron de debajo de la cama para, sin mediar palabra, encerrar a las niñas en un desván bajo llave.

Después bajaron a la cocina y se hicieron pasar por ellas.

Las niñas, por mucho que gritaban y golpeaban la puerta, no encontraban respuesta.

A base de asomarse por un ventanuco sucio que había en el desván —para ello tenían que subirse una encima de la otra—, se dieron cuenta de que sus padres también habían sido sustituidos por otra pareja de trols, ya que veían a las cuatro criaturas salir de la casa para recoger los huevos del gallinero o para ordeñar las dos vacas de la familia, siempre moviendo las bocas sucias y tenebrosas como si hablaran, pero sin emitir sonido alguno.

A veces olía a pan a través de las rendijas del suelo del desván y, poco a poco, las niñas empezaron a sentirse débiles a causa de la falta de alimento y agua, ya que los trols no les daban absolutamente nada.

Una noche, presa de la desnutrición e imaginando que no les quedaba mucho tiempo de vida, la hermana mayor, desesperada, le pidió a la pequeña que soñara con los trols.

«¿Para qué?», preguntó la hermana pequeña. «Ya me basta con verlos a través de la ventana, con sufrir lo que nos están haciendo. ¿Por qué querría soñar con ellos?».

«No», contestó la hermana mayor. «Nosotras los hemos creado, así que nosotras podemos destruirlos. Soñemos eso. Que los destruimos».

Y las hermanas, a causa de su debilidad, se quedaron dormidas.

—¿Y qué pasa después? —dijo Camilla, incorporándose de la cama, prácticamente gritando.

Adam también se giró hacia Ingrid, que sostenía el libro bajo la lamparilla.

—No lo sé. La fábula termina así.

Los niños la miraron con asombro.

—¿Cómo va a terminar así? —dijo Adam con indignación.

—Sí, ¿qué pasa con los trols? —preguntó Camilla.

—Supongo —dijo Ingrid con voz dulce, cerrando el libro— que es una de esas historias en las que cada uno decide lo que pasa al final.

Los niños seguían mirándola con cara de no estar para nada convencidos con aquella explicación.

—¿Por qué? ¿Por qué tengo que imaginar yo el final?

Ingrid dudó.

—Supongo que porque es bonito que pase lo que tú quieras. ¿Qué crees que ocurre después?

—Pues claramente, que las niñas mueren —dijo Adam—. Que se duermen y no se despiertan.

—¡No! —exclamó Camilla—. ¿Cómo va a pasar eso en un cuento? Yo creo que las niñas sueñan con los trols, y que consiguen que les abran la puerta y justo después… se destruyen.

—¿Se destruyen? Qué estupidez.

—¡Adam! —dijo Ingrid.

—Se deshacen —replicó Camilla con voz de explicar una obviedad a alguien irritantemente obtuso—. Igual que se formaron. Pero al revés —concluyó la niña, haciendo una mueca de dignidad, como si hubiera resuelto un enigma lógico.

—Bueno, lo dejamos aquí. Como habéis visto, los finales abiertos son buenos para la imaginación.

Y ahora, a dormir. —Ingrid besó a Adam, que recibió el gesto con reticencia, dada su nueva actitud preadolescente, y abrazó a Camila, que correspondió a Ingrid con dulzura—.

Me quedo con tu final —le susurró mientras la abrazaba.

Tras dar las buenas noches, Ingrid apagó la luz de la habitación de los niños, cerró la puerta y recorrió la casa, que ya reposaba en calma, poniendo orden en pequeños detalles: algún cojín fuera de su sitio, un vaso con agua sobre algún mueble y cosas así.

Mientras lo hacía, no podía evitar sentir el reflujo amargo de su propio cinismo, pues aún resonaba en el eco de su memoria reciente ese «Me quedo con tu final» que le había dicho a su hija, una frase de consuelo que se mezclaba en su cabeza con la imagen indeleble de aquel desván húmedo y apenas iluminado por un ventanuco en el que los cadáveres de las dos hermanas, con sus vientres hinchados, se empezaban a pudrir en una sucesión infinita de días lentos y pesados, días lluviosos, días de fábula sueca, para terminar siendo apenas un puñado de huesos brillantes y lechosos esparcidos por el desván, olvidados por la familia de trols que hablaba con palabras silenciosas que no podían ni tan siquiera ser arrastradas por el viento.

Y así transcurría el invierno. En un estado de latencia estable, con Ingrid balbuceando continuamente en sus pensamientos sobre si las suecas volverían, si la llamarían, sobre qué le dirían y qué contestaría ella…

Eran las invitadas perpetuas a la fiesta mental de Ingrid.

No obstante, tramitó el pasaporte de Hans, que tardó un par de semanas en llegar al consulado, e Ingrid no pudo reprimir un escalofrío al ver de nuevo la foto, esta vez enmarcada en la seriedad de un documento oficial.

De hecho, Peter, el encargado de imprimir los pasaportes en Málaga, cuando la llamó para ofrecerle unas entradas para un festival de música al que no podía asistir, le comentó: «Menuda cara de muerto tiene el del pasaporte que te envié el lunes. No creo que renueve muchos más ¿eh?».

Fue un invierno de cenas con invitados prácticamente cada sábado en las que tuvo que pedir a su marido que evitase o apagase el tema de las suecas, ya que se había convertido en una especie de catalizador del caudal conversacional de los grupos que Ingrid conseguía reunir.

Gabriel, por cierto, apareció en casa un par de viernes más completamente fuera de sí, desaforado de pasión, como un hoplita tras sobrevivir a la feroz batalla de Platea, como un animal irracional en celo que arrastraba a Ingrid sin mediar palabra a la cama, al sofá, al suelo, y que la penetraba sin mediar palabra con un salvajismo casi doloroso, y que eyaculaba entre espasmos antes de desaparecer escaleras arriba, sin decir absolutamente nada, presa de una aparente desubicación cuya causa, como hemos dicho, Ingrid no llegaría a conocer nunca.

El invierno latente fue rápido, tranquilo, un transcurrir de mañanas afiladas, frías como lejanías de Velázquez, como cadáveres expuestos al sol a los que ya se les empiezan a ver los huesos.

Fue también el invierno en el que Therese Lindgren enseñó al mundo lo que significa escuchar a un corazón que se declara en estado de rebeldía, ya que en un mismo día y sin ofrecer algún tipo de indicio o pista previos, un martes tosco de enero, dimitió de su cargo de cónsul general y de su cargo de esposa, agarró a Erik, su amante agazapado hasta ese día entre las sombras, y cogió un avión hacia Suecia prácticamente con lo puesto, arrojada por completo a vivir en paz su felicidad con aquel hombre a quien deseaba antes de que la oscura inercia de lo secreto marchitara su amor, consciente como nadie de que es imposible forcejear contra el tiempo.

Ingrid habló varias veces por teléfono con ella.

Se había incorporado a su antiguo bufete de abogados y Erik había encontrado trabajo en una escuela de auxiliares de vuelo en la que enseñaba protocolo.

Habían alquilado una casa a las afueras de Estocolmo, una casita con valla y jardín donde vivir con fervor y dulzura la vida que merecen aquellos que decidieron escuchar ese latido incesante que provocan los corazones apasionados cuando quieren que luchemos por un amor imposible.

Y, poco a poco, con la calma de un goteo silencioso que una roca cubierta de musgo vierte sobre un río, el frío dio paso a una primavera que resolvió por fin la latencia, y trajo consigo el producto generado por la explosión que había dado inicio al proceso que permanecía dormido: Ingrid recibió dos visitas que lo precipitaron todo. Absolutamente todo.