10 #4
En ese momento, a modo de conclusión, toda la estancia fue cubierta por una capa de silencio.
Un silencio pensativo, un silencio amarillento a causa de la gran cantidad de luces bajas y de velas que había sobre los muebles y en los rincones.
Únicamente lo quebraban, levemente, algunos ruidos lejanos de platos y vasos que provenían de la cocina, donde Viktor y Elise preparaban el postre.
A través de las cristaleras del salón se veía cómo una leve brisa agitaba los árboles del jardín.
Era una noche fresca, una noche agradable de otoño que arrastraba hojas, que renovaba vida y presagiaba incertidumbre.
Era una noche bonita, nada que ver con la noche que estaba por venir, la fatídica noche que todos recordarían para siempre y que prácticamente tendría como protagonistas a los mismos comensales.
Una noche para la que aún faltaban unos meses.
Y entonces, en mitad de aquel silencio gaseoso y reflexivo, a Andrés se le ocurrió algo.
Con ello corroboró lo que parecía: una persona sagaz, rápida de pensamiento.
Berta estaba agarrada a su brazo, como queriendo protegerse de todo lo que se había dicho en la narración de las suecas.
El cirujano apuró su copa de vino, levantó la cabeza y dijo:
—Si te han traído el sobre con la documentación, dentro estarán las fotografías del padre. Podríamos echarles un vistazo, a ver qué aspecto tiene.
Todos levantaron la vista. Todos se miraron.
Aparecieron algunas sonrisas. Sonrisas de travesura.
Las miradas convergieron en Ingrid, que parecía debatirse internamente entre el veneno de la curiosidad que tanto Andrés como el vino habían introducido en ella y su inflexible responsabilidad en todo lo relativo a su tarea consular.
Aferrándose a su naturaleza, Ingrid intentó luchar.
—Eso es privado —musitó en voz baja.
Pero inmediatamente, como si todos los comensales estuvieran esperando justamente esa respuesta, el aire se llenó de reproches en tono divertido, de «nooo», de «¡pero por qué eres así!
», de «venga, mujer», de «vamos, mujer», de «¿pero es que no te da curiosidad?
» que empezaron a sacar una sonrisa a Ingrid, a doblegarla como cuando a uno de los dos participantes en un pulso le fallan las fuerzas y empieza a dar su brazo a torcer.
Finalmente, fue Nora quien dio la puntilla, acertando directamente en donde más dolía a Ingrid: en la obligación de la anfitriona de satisfacer a sus invitados.
—¡Pero, mamá! —contestó Ingrid, dando un último manotazo de ahogada. Todos se rieron al unísono, conscientes de su inminente victoria. E Ingrid claudicó—: Bueno, está bien.
La presión popular se tornó en euforia y Gabriel se levantó de la mesa y corrió hasta donde estaba el sobre. Se escucharon algunos «¡ábrelo!», pero Gabriel, sonriente, hizo un gesto de pedir calma.
—Tenemos las copas vacías —dijo entre risas—. Así no se puede. ¡Elise! —gritó—. ¿Puedes traer otra botella de cava, por favor?
En apenas unos segundos, Elise apareció en el salón con una botella y un enfriador lleno de hielo.
La descorchó con gran habilidad y empezó a llenar las copas, terminando por la de Gabriel.
Viktor llegó con una bandeja enorme que contenía un surtido de chocolates. La depositó en el centro de la mesa.
—Buen provecho —dijo sobriamente.
Pero todo el mundo miraba a Gabriel, que, ya con su copa llena, rasgó la solapa del sobre.
—Vamos allá —dijo, concentrado en su labor.
Es curioso cómo la mente es capaz de invadir los recuerdos insuflándoles circunstancias completamente artificiales, manipulándolos para engañarnos a su antojo: hay quien diría que somos juguetes en manos de nuestra mente, dueña de los retales del tiempo que permanecen en nosotros.
Años después, cada vez que Ingrid recordara aquella cena —y posiblemente alguien más entre los comensales— sentiría frío de inmediato.
Un frío que, según la manipulación de su mente, se adueñó de la estancia como un espectro invisible mientras Gabriel abría el sobre, mientras sacaba y descartaba de inmediato aquellos documentos insólitamente rellenos con bolígrafo verde y extraía el pequeño sobre en el que venían las fotografías.
Frío. Mucho frío. Temblores, vaho, nieve, dolor de articulaciones. Hielo.
—¿No hace mucho calor? —dijo Naoko, pero eso Ingrid no lo recordaría jamás.
Lo que sí recordaría —cómo olvidarla— fue la cara de Gabriel al sacar las fotos de Hans del pequeño sobre marrón.
Su gesto jocoso, su cara de niño travieso se convirtió de inmediato en una mueca pálida, congelada en el cauce del tiempo a causa de una sorpresa que aún no acertaba a descifrar y solamente intuía guiado por un instinto primario.
Acto seguido, masculló algo ininteligible y lanzó las dos fotos de Hans al centro de la mesa, y aquellos dos rostros idénticos quedaron esparcidos en silencio junto a los postres, junto a las velas, junto a las copas espumeantes de cava.
Y precisamente fue Andrés, el instigador de la broma, quien reaccionó, corroborando lo que Gabriel intuía sin siquiera saber que lo intuía, lo que todos encajaron como un golpe que les diera por la espalda una sombra indescifrable que se esconde en un desván oscuro, como un hálito de regusto frío, muy frío. Helado.
—Este hombre está muerto —dijo Andrés cogiendo una de las fotografías.
Es curioso cómo funciona el espectro emocional humano.
De haber habido un observador externo, insensible, imparcial, que no participase sentimentalmente de la experiencia grupal de aquella mesa, habría contemplado cómo, en apenas una décima de segundo, todos aquellos rostros habían pasado de una euforia dulce y blanda, casi palpable en el ambiente, una euforia que ahondaba en los placeres atávicos de la experimentación colectiva, a unas muecas que reflejaban que sus almas, de repente, caminaban sin explicación sobre la milimétrica línea previa al precipicio de la desolación. Solamente habló Gabriel:
—No tiene por qué estarlo, ¿no?
Andrés cogió la otra fotografía. La miró fijamente y le dio la vuelta, mostrándola al resto de comensales como el voluntario que sale al escenario en un número de magia y al que le dicen: «Muestre su carta al público, por favor». Dijo:
—Por supuesto que lo está. Estas pupilas son las de un cadáver. He visto decenas, quizá cientos. Y este hombre, sí o sí, está muerto.
Nora, intentando pelear contra el elefante que acababa de colarse en la habitación, argumentó en su basto español:
—Es verdad que está pálido y tiene un gesto… raro. Pero a lo mejor él es así.
—El gesto —dijo Andrés con voz firme, rozando un tono deliberadamente pedagógico— es, evidentemente, el de una persona muerta.
Pero la evidencia no es ni su rostro ni su color.
Son las pupilas. —Y, levantando de nuevo la fotografía y señalándola con el dedo índice de la otra mano, apostilló—: Las pupilas de un cadáver no se pueden disimular.
—Dios mío —dijo Naoko echándose la mano a la boca.
—Además —añadió Andrés mirando fijamente la cara color tiza de Hans y arrugando la frente—, diría, casi con total certeza, que, en el momento de hacer la fotografía, este hombre llevaba menos de dos horas muerto.
No había un observador externo aquella noche para ver cómo aquellas personas, que llegaron felices, conscientes de la seguridad de su mundo que podríamos llamar burgués o de clase media-alta, siendo acordes al vocabulario de la época, abandonaban en silencio la casa de Ingrid como si se hubieran introducido en una fotografía de tonos pálidos y, en ese momento, estuvieran atravesando el jardín, despidiéndose con besos tímidos y fugaces y poniendo rumbo al funeral de Hans, que los miraba indiferente con su presencia de momia fresca.
No, no había ningún observador externo que pudiese contemplar los restos desvencijados dejados por el torbellino que había emergido de aquel pequeño sobre marrón, pues los únicos ojos ajenos a la familia que quedaron en la casa tras las despedidas fueron los de Hans, quietos sobre la mesa ya recogida, vacíos, de un azul blanquecino similar a de la piel de un cachalote, unos ojos que según Andrés habían quedado congelados para siempre sobre un papel cuando apenas llevaban un par de horas navegando por el vacío oscuro de la muerte.