10 #3
El sábado, Ingrid y Gabriel quedaron con Naoko y Enrique un par de horas antes de la cena para darse una sauna y charlar un rato.
Era algo que solían hacer: preparaban todo lo necesario para el evento durante el día, y cuando Viktor y Elise llegaban a primera hora de la tarde para dejarlo todo listo de cara al servicio —montar la mesa, hacer los cócteles, cortar y tostar el pan, sacar la cristalería, calentar las salsas, adecentar el salón para la llegada de los invitados, dejar la comida lista para servir—, Ingrid y Gabriel se metían en la sauna durante algo más de hora, normalmente con alguna pareja de amigos a la que citaban antes para compartir aquel ritual que para ellos era una especie de terapia, una purificación del cuerpo y del espíritu.
Naoko y Esteban eran unos de sus compañeros de sauna favoritos y además, Naoko solía cortarle el pelo a Gabriel antes de la sauna.
Eran de ese tipo de matrimonios que parecían no pasar nunca por una crisis; no ya crisis de pareja, sino ni tan siquiera crisis personales.
Reían, eran comprensivos, amables y atentos a los detalles.
Siempre recordaban todo lo que se les contaba, cada una de las anécdotas y preocupaciones que suelen ser materia de olvido para la mayoría de i nterlocutores.
Aquel día, Ingrid y Gabriel necesitaban especialmente la sesión de sauna.
Llevaban un par de meses raros, relacionándose entre ellos a base de impulsos extremos, bien mostrándose una hostilidad de enemigos, bien arrebatados por una pasión desaforada como la del día anterior, así que ambos parecían requerir una dosis de calma y estabilidad emocional.
Cada vez que Ingrid pensaba en ello, en la tormenta sentimental que estaba viviendo en su matrimonio, usaba a las suecas como chivo expiatorio: desde que aparecieron, todo era más gris, más hostil, más complicado.
Y así lo expresó en la sauna mientras Naoko la miraba con atención:
—Sí, más complicado. Como más gris. No sé…, simplemente me siento así. Y no me gusta sentirme así.
E Ingrid volvió a escucharlo. Esta vez, de alguien que no esperaba. De la paciente, equilibrada y comprensiva Naoko.
—Ingrid, como veo que esto te afecta… —Gabriel hizo un amago de interrumpir, pero Naoko subió en poco la voz para imponerse—.
Yo, poniéndome en tu lugar, tendría muy claro lo que hacer.
Les daría el pasaporte sin firmar, y que lo firme el padre en casa si está enfermo.
Ya está. —Naoko puso su mano sobre el antebrazo de Ingrid, sudoroso, resbaladizo—.
¿Que nos saltamos la norma? Pues sí, un poco.
Todo se ha hecho bien menos una cosa. Pero es un hombre mayor, impedido.
Y ellas parecen dos personas… complicadas, ¿no?
—Naoko hizo una pausa antes de exponer su conclusión—.
Yo les entregaría el pasaporte. Es lo que haría.
Ingrid no dijo nada. Se quedó seria, pensativa. Sus tres compañeros de sauna la miraban expectantes. Y todo lo que dijo, por respeto a no quebrantar la paz del momento, fue:
—Bueno, ¿subimos?
Porque Ingrid tenía algo muy claro: su integridad no era negociable.
Subieron en silencio, se ducharon, se vistieron y los invitados empezaron a llegar.
Las expectativas que Ingrid había depositado en aquel grupo estaban más que justificadas: ya en el cóctel que tomaron de pie en el salón, la conversación y el ambiente fueron excelentes.
Animada por Martha y Berta, que obviamente encajaron entre sí al instante en una especie de conexión británica, Ingrid empezó a beber a un ritmo mayor del que estaba acostumbrada.
Andrés, el cirujano, parecía un hombre sereno y amable que llevaba camino de pasar «la prueba de la gente» con nota, ya que iba presentándose a todos los invitados y daba conversación con una facilidad asombrosa.
Ingrid sintió mucha ternura hacia él por lo bien que estaba tratando a Nora.
Le había servido una bebida y hablaba con ella con atención y una enorme sonrisa. Ingrid se acercó a Berta y le dijo:
—Andrés parece fantástico.
—Pues claro que lo es —dijo Berta con sarcasmo—. ¿Qué esperabas?
—Llevas razón. No debería ponerte en duda.
—Y espero —dijo Berta levantando un dedo acusador— que nos pongas algo rico de comer. Porque Andrés me iba a llevar a cenar al Sevilla.
—Vaya… —dijo Ingrid—. Qué nivelazo, nena. Espero que podamos estar a la altura. Y hablando de la cena… —Ingrid levantó la voz para que la escucharan los comensales—. ¡Pasamos al comedor!
Todos cambiaron de estancia con las copas en la mano, charlando animosamente y con las mejillas arreboladas a causa de la calefacción.
A medida que transcurría la cena, la conversación mutaba a temas cada vez más controvertidos, pues se pasó del cine y de la pintura a asuntos como la política, los derechos de los animales —algo que parecía preocupar bastante a Enrique—, las medidas sociales del Ayuntamiento o los problemas de okupas que estaban surgiendo en las casas a medio urbanizar que había en la zona exterior el pueblo.
—Pues yo veo bien que ocupen casas que el banco tiene paradas —dijo Gabriel—. En este país, los bancos pueden hacer lo que quieran, pasar por encima de los derechos de los demás.
—Pero es legal —protestó Enrique—. Lo que hacen, nos guste o no, es legal. Y los niñatos que se meten en sus casas, la mayoría son una panda de vagos que se quiere aprovechar del sistema.
Gabriel y Enrique se llevaban tan bien que discutían sonriendo.
—Vale, puede que haya alguien así, pero también hay gente desesperada.
Gente que no tiene oportunidades. ¿Y por qué no puede utilizar una casa vacía que una entidad usurera ha fabricado por cuatro duros y va a vender por una millonada?
¿Has visto a la familia que hay en los bloques de arriba del todo? Esa gente está desamparada.
—Mucho sinvergüenza es lo que hay aquí. Media España trabajando en negro. Con todo lo que no se declara en este país, la gente que menos tiene podría vivir mejor —apuntilló Enrique buscando una especie de frente común que parecía residir en la evasión de impuestos.
—Y a nosotros —dijo Luis, el marido de Jutta, que era funcionario— mirándonos con lupa. Hasta el último céntimo. No sabéis la que me ha dado Hacienda este año. Y eso que me pagan ellos.
—Pues solo tienes que ver cómo me cobraron los albañiles que me hicieron el cuarto de baño —dijo Gabriel con un gesto de dar la razón a Luis—.
Más de la mirad en negro. Y ahora, que hemos tenido problemas con la mierda de obra que hicieron, a ver quién reclama. Pero vamos, que ahí el tonto fui yo.
—¿Esos son los que te hablaron de las suecas? —preguntó Jutta.
—Sí, el capataz. Un imbécil que parece un zombi.
—¡Coño! —exclamó de repente Berta mirando a Ingrid, como accionada por un resorte—. ¿Por eso te acercaste el jueves a hablar con ese tipo?
—¿Qué tipo? —preguntó Gabriel mirando a Ingrid.
—El albañil, el que estaba en el hotel —continuó Berta—. Dijiste que era el que te había hecho la obra del baño.
Ingrid estaba un poco bebida, y eso la hacía sentirse menos susceptible de lo habitual. Atravesaba una de esas ebriedades que conducen por la senda de la sinceridad extrema.
—Pues sí —dijo Ingrid mirando a Gabriel y a Jutta, que estaban sentados uno al lado del otro—. Vi al capataz, al de La Umbría, y me dio curiosidad. Así que me acerqué y le pregunté por las suecas.
—¿Y qué te dijo? —quiso saber Luis.
—Nada. Se hizo el loco. Me dijo que no te había hablado de ellas —dijo dirigiendo la mirada a su marido.
—¿En serio?
—Y tan en serio.
—¿Qué suecas? —preguntó Martha con curiosidad. Todos se estaban animando mucho con aquel tema que parecían compartir.
—¿Las dos que vinieron el lunes? ¿Las brujas? —preguntó Nora con sorna, también algo achispada por el vino. Le habían quitado los yesos un par de días antes y estaba sufriendo bastantes dolores en las muñecas mientras se le habituaban de nuevo a la vida activa.
—Sí, mamá. Las que vinieron el lunes. Y yo no he dicho nada de brujas. Eso lo dijo precisamente el capataz.
—Pero anticiparon la muerte de tu rosal —dijo Jutta.
—Eh, un momento —dijo Carla—. Yo quiero saber esta historia.
—¡Y yo! —dijo Martha.
—¿Qué pasó con el rosal? —preguntó Berta—. Es verdad que al llegar me he dado cuenta de que no estaba, pero se me ha olvidado preguntarte.
Así que, por aclamación popular, Ingrid y Gabriel tuvieron que contar la historia de las suecas.
Era la primera vez que se hacía una recapitulación completa, una síntesis de todas las interacciones con «las hermanas no hermanas», como las llamó Jutta.
La parte narradora —Ingrid, Jutta, Luis, Gabriel— fue aportando datos sobre ellas que se amontonaban como los estratos de un corte geológico: encuentros, conversaciones, apariciones, escenas, cronología…
, y, alimentados por la exposición conjunta, alentados por la experiencia compartida, se recrearon en motivos escabrosos: en cómo Karl y Rose tuvieron que salir huyendo tras los disparos, en los pagos sexuales al suegro de Matilde y en el padre abandonado en el sótano, atado a una barra metálica, alimentado con comida de perro.
Finalmente, a modo de conclusión, Ingrid dijo:
—Así que mi rosal murió. Se pudrió sin que fuera capaz de salvarlo.
—Y ellas te lo advirtieron… —dijo Naoko, pensativa.
Ingrid había omitido deliberadamente la comparación del rosal con sus hijos porque si el hecho de pensarlo le causaba un daño agudo y agrio en todo su interior, no quería ni imaginar en qué se convertiría aquel dolor al verbalizar las palabras que Katja había grabado a fuego en sus estratos más profundos. En sus estratos de madre.
—Pero aún queda algo —añadió Gabriel—. El lunes vinieron a traer el sobre.
—Me lo dieron a mí —intervino Nora—. Ingrid estaba en Granada.
—De hecho, fue la tarde que nos presentaron, Martha —aclaró Ingrid—. En la exposición.
—Ah, cierto —dijo Martha.