10 #2
Berta se quedó mirando con curiosidad cómo Ingrid daba la vuelta por el comedor y salía al jardín.
Al fondo, la lona que cubría la piscina emitía una suave vibración a causa del viento que bajaba de las montañas.
Ingrid llegó hasta el capataz entre las miradas del resto de obreros, dirigidas básicamente a sus piernas y a sus tacones amarillos.
—Disculpe —dijo al llegar a donde el hombre descansaba—. No sé si se acordará de mí. Hará unos meses me hizo un baño junto a la piscina, era una casa que…
—Claro —cortó el obrero sin dejarla terminar—. Claro que me acuerdo.
Después, pensó con calma. Pareció procesar un bloque de información al que le costó acceder.
—Ya le dije a la empresa que tiene que reclamar a consumo. La empresa se lo dijo a su marido. —El hombre parecía incómodo, algo que intentó solventar dando un gran trago a su litro de cerveza.
—No, no. No vengo por eso. Déjelo. Quiero preguntarle otra cosa.
El albañil enroscó el tapón con sus enormes manos. La cerveza espumaba dentro de la botella a causa del continuo movimiento al que era sometida. No dijo nada. Ingrid prosiguió.
—Cuando estuvo en nuestra casa, usted le comentó a mi marido algo sobre dos mujeres. Dos mujeres suecas que viven en La Umbría.
El hombre apretó el entrecejo. Su cara de bobo adoptó un matiz de flagrante desconfianza.
—¿Qué pasa? —preguntó sin entonación alguna.
—Que quiero que me hable de ellas.
—No sé nada de ellas.
—Pero usted le habló a mi marido sobre ellas.
—No, no lo hice.
—Pues él me dijo que sí. Que usted las relacionó conmigo, al ser yo también sueca, ¿recuerda?
—Se equivoca, señora. Yo no hice nada de eso.
Ingrid no sabía cómo reaccionar ante semejante muestra de cinismo.
—Entonces… ¿Mi marido me ha mentido?
El albañil abrió con parsimonia la cerveza, bebió hasta dejarla prácticamente terminada y enroscó de nuevo el tapón. Miró a Ingrid a los ojos por primera vez y dijo:
—No tiene por qué haber mentido. Se habrá equivocado.
Y echó a andar hacia la sala de calderas.
Ya de regreso a la ciudad, mientras cruzaban la ronda sur de Granada, Berta le preguntó por el acercamiento al obrero.
Ingrid solventó la pregunta explicando que aquel tipo había dirigido la obra del jardín de su casa y quería comentarle una cosa.
Nada importante. Y para que Berta no continuase por ahí, ya que Ingrid la conocía lo suficiente como para saber que iba a seguir preguntando por el dichoso albañil a menos que consiguiera un buen cambio de tema, dijo en tono sonriente:
—Ah, por cierto. Cena el sábado en mi casa. Te esperamos, ¿vale?
Berta pensó. Lanzó una sonrisa de anticipación.
—Pues… en principio, he quedado.
Ingrid se volvió hacia ella.
—¡Pero bueno! ¿Con quién?
—Con… —Berta esbozó un gesto travieso— Andrés.
—¡Pero…! ¿Cómo te lo tienes tan callado?
—¡Eh, eh! ¡Tú mira a la carretera! —exclamó Berta echándose a reír.
—Pues empieza a hablar por esa boca —remató Ingrid.
Así que Berta le contó que estaba conociendo a un hombre.
Que se lo tenía tan callado porque sabía lo pesada que se iba a poner.
Que se llamaba Andrés, que eso ya lo había dicho, y que era cirujano traumatólogo.
Que sí, que cirujano de verdad, de operar rodillas y caderas.
Que sí, que habían quedado unas cuantas veces, sobre todo a cenar.
Que sí, que le gustaba. Que no, que prisa no tenía ninguna.
Que sí, que se había acostado con él. Que no sabía, que cinco o seis veces.
Y que como siguiera metiéndose con ella no le iba a contar nada más.
—Pues claro que me vas a contar. Si en el fondo te encanta cuando te sonsaco, reconócelo.
Berta se echó a reír.
—Oye —continuó Ingrid—. ¿Por qué no vienes con él a la cena? Me encantaría conocerlo.
—No sé… —dijo Berta arrugando la boca en una mueca indeterminada—. No sé si estamos en ese punto.
—¿Qué punto?
—Pues el punto de llevarlo a cenas con amigos. Apenas nos hemos visto unas cuantas veces.
—Anda ya, tonta. Eso no es ningún punto. Todo es decirle: «Andrés tengo una cena, me encantaría que vinieras», y seguro que acepta. Anda, que lo vamos a pasar muy bien.
Berta parecía pensar. Sopesar.
—Y además, te sirve como prueba.
—¿Qué prueba?
—Pues la prueba de la gente, cariño. Si lo único que hacéis es quedar los dos solos para comer y follar, nunca vas a saber cómo se comporta con la gente. Y eso es fundamental . Venga, por favor… —Ingrid impostó un tono de súplica alargando las vocales—. Venid el sábado…
—Prueba de la gente… ¡Tú lo que quieres es cotillear! —dijo Berta riendo—. Que a mí no me la cuelas.
—¡Pero bueno! ¡Por quién me has tomado!
—Mira —resolvió Berta—. Yo le pregunto a ver si le apetece, pero sin forzarlo. Es un tío bastante sincero y directo. Así que, si prefiere el plan que teníamos, me lo dirá y lo mantendremos. ¿Te parece bien, doña cotilla?
—Perfecto —sentenció Ingrid.
Martha, la profesora de Bellas Artes que había conocido el lunes en la exposición, llamó el jueves por la mañana para confirmar su asistencia.
Dijo que no iría acompañada porque su marido tenía un evento con su empresa y pasaría el fin de semana sola.
Ingrid se puso muy contenta por contar con una artista entre sus invitados, máxime tratándose de una mujer que le pareció tan sumamente agradable.
Ese sentirse exultante por la gente que convocaba era algo muy de Ingrid en aquella época, un comportamiento que Gabriel calificaba —siempre para sí mismo— de «acumuladora social»: tener gente que acudiera a sus eventos, gente de éxito, culta, de cierta posición; era para ella algo irresistiblemente excitante y que colmaba sus sueños de matriarca.
Esa misma tarde, Berta también confirmó su asistencia junto a Andrés.
—¿Has sido convincente? —le preguntó Ingrid con sorna.
—Por supuesto, cariño. Le he dicho que la cotilla de mi socia está deseando cotillearle sin ningún tipo de compasión o reparo, y que, además, lo que nos importa no es su presencia en sí, sino que vamos a someterlo a la inexorable y necesaria «prueba de la gente».
Le ha encantado la idea. Simplemente me ha dicho: «Pon fecha y hora».
—Sí, señor. Un hombre como Dios manda —dijo Ingrid entre risas ante las ocurrencias de su socia—. Pues veniros para las ocho, ¿vale? Es la mejor hora para el cotilleo.
El viernes, Ingrid apenas se puso trabajo en la agenda.
Unas pocas llamadas a primera hora que solo sirvieron para apaciguar su conciencia y no verse a sí misma como una funcionaria vaga.
Pasó el resto del día excitada, llevando a cabo los preparativos para la cena del sábado.
Tenía grandes perspectivas, pues la nómina de invitados era magnífica: irían Naoko y Esteban, una pareja absolutamente encantadora —ella había sido diplomática japonesa y ahora trabajaba para El Corte Inglés en temas de importación y Esteban, marchante de vinos, era una persona que encajaba excepcionalmente bien con Gabriel—; Jutta y Luis; Carla, la conversadora; Michael, el vecino de la casa de atrás; y también Martha, Berta y Andrés.
Un horizonte de satisfacción social que la mantuvo todo el día enérgica, optimista, excepcionalmente motivada en todo lo que hizo: bajar a hacer la compra, preparar la casa, llamar a Viktor y a Elise para que vinieran al día siguiente a ayudarla y acometer una docena de pequeñas tareas que se veían interrumpidas continuamente por un pensamiento que Ingrid se esforzaba en soterrar cada vez que emergía del oscuro subsuelo en el que se agazapaba: «Deberías encargarte del sobre de las suecas».
Gabriel llegó muy pronto del trabajo, algo que extrañó a Ingrid, ya que los viernes solía tomar algo con los compañeros a la salida de las clases.
—Qué pronto llegas —dijo tras oír la puerta del salón y sin mirar la entrada de Gabriel, pues estaba concentrada acomodando flores en un gran jarrón.
Gabriel no medió palabra. La agarró por detrás y ella notó su pene, duro y decidido, apretarse contra una de sus nalgas.
—Pero…
—He venido a follarte —le dijo Gabriel al oído.
Ocurrió de inmediato, al instante. En apenas una décima de segundo, Ingrid, que en cualquier otro momento se hubiera muerto de risa ante aquella frase de semental barato, sintió de repente que su cuerpo entero se inundaba de algo que solamente podía calificarse como oleadas de pasado, de ecos de sus años en Mölle, de la pasión de otro tiempo que justo en ese momento era capaz de recobrar por algún tipo de proceso que se escapaba a su entendimiento.
Aunque quizá no sea preciso decir que aquello ocurría en su cuerpo, pues Ingrid notaba más bien que era algo espiritual, un sentimiento de trascendencia al tiempo, un golpe de nostalgia tan grande, tan verdadero, que lo único medianamente lógico que pudo hacer fue entregarse a la pasión que venía a visitarla directamente desde su juventud.
Gabriel e Ingrid hicieron el a mor espoleados por una sed salvaje, ansiosos, con afán de romper el sofá, el salón entero, la casa si fuera preciso.
Al terminar, aunque aquel sentimiento de recobrar el pasado fue desapareciendo del interior de Ingrid, se sentía drogada, poseída por algo semejante a la trascendencia.
No lo comentó con Gabriel, simplemente le dijo: «Me ha encantado».
Gabriel respondió con sequedad y subió las escaleras camino de la habitación y del baño de matrimonio.
Obviamente, Ingrid era absolutamente incapaz de imaginar los motivos que habían llevado a Gabriel a actuar así. De hecho, nunca los llegaría a saber.