10
Fue esa sensación que conocemos todos. Ese ácido que sube del estómago, ardiente, hasta la parte alta del pecho.
Esa opresión que poco a poco satura los pulmones como una bocanada de hollín.
Ese golpe de adrenalina que nos enrojece las mejillas y activa nuestras alarmas más primitivas.
Ingrid lo sintió de inmediato, en cuanto Nora señaló con el yeso de la mano izquierda hacia la mesa del salón, donde había un sobre cerrado, y le dijo con una despreocupación que a Ingrid le resultó apabullante:
—Se acaban de marchar Katja y Elina. Ahí está la documentación del pasaporte de Hans.
Aquello pilló a Ingrid muy desprevenida y, tras el golpe ansioso que saturó todo su cuerpo, lo único que le dijo a su madre fue:
—¿Qué?
—Sí. —Nora hablaba con naturalidad y buen humor mientras intentaba alinear con los pies las cestas de mimbre donde guardaban las mantas que se echaban por encima cuando se sentaban en el sofá—. Han venido a dejar esos papeles. Sabes de quien te hablo, ¿no?
—Sí, claro. Claro que lo sé. —Ingrid no miraba a su madre, no podía levantar la vista del sobre que reposaba sobre el cristal de la mesa.
—Qué simpáticas son esas dos. Elina parece un poco boba, pero aun así creo que es buena gente. Katja es la que me ha caído fenomenal. Qué energía tiene esa mujer.
Era ese tipo de situación en la que una persona habla con indiferencia, con alegría, casi recreándose en lo que dice, sin darse cuenta de que la otra persona está impresionada y casi paralizada por la conversación, una conversación que es intrascendente e incluso agradable para la primera interlocutora.
En este caso, Nora seguía hablando y hablando mientras que Ingrid era incapaz de dejar de mirar al sobre:
—¿Y te ha contado Katja…
Mirada al sobre.
—… el pobre está muy mayor…
Sobre.
—… estuvieron casadas…
Sobre. Más sobre.
—… y para colmo viuda…
Sobre.
—… pues por lo visto con los perros sacan algo, pero…
Sobre. Siempre sobre.
—… no sé, las dos solas, y Elina parece tener problemas…
Y, en ese momento, la palabra «problemas» hizo de resorte, como esas contraseñas que se insertan en la cabeza de los animales amaestrados para que dejen de atacar con fiereza y se echen patas arriba como un gatito.
—Mamá…
—… pero, vamos, que yo creo que ellas lo que deberían hacer es…
—¡Mamá!
Nora se paró en seco. Dejó las cestas —indomables por otra parte; se estaba dando cuenta de que no podía colocarlas bien sin utilizar las manos, y en concreto sus pulgares oponibles, inutilizados por la rigidez de los yesos— y se giró hacia Ingrid.
Percibió de inmediato el gesto atónito de su hija.
—Cariño…, ¿qué pasa?
—Mamá —dijo Ingrid recuperando la calma—. No me gustan esas mujeres.
Adam había entrado en el salón un instante antes. Venía de la calle comiéndose una manzana.
—Pero, Ingrid… —dijo Nora con aire sorprendido—. Si son encantadoras…
—Mamá piensa que son brujas —comentó Adam mientras atravesaba el salón y entraba en la cocina.
—¡Adam! —protestó Ingrid.
—¡Es cierto! —La voz de Adam era ya lejana, posiblemente iba cruzando el patio interior camino de su habitación.
—¿Esas dos? —preguntó Nora con una sonrisa.
—No, mamá. Eso son cosas del niño, no le hagas caso. Simplemente… no me gustan. —Nora guardó silencio, invitándola a justificar su respuesta—. No sé, no me dan buena espina. Me parecen retorcidas, como si escondieran algo. Ya está.
—Pues a mí me parecen encantadoras.
—Sí, y entiendo por qué lo dices, mamá. La otra vez que vinieron hasta me tomé una cerveza con ellas, pero hay algo que no me cuadra. —Ingrid caminó hacia su madre, se agachó, colocó correctamente las cestas con las que Nora llevaba minutos batallando y añadió—: Que no me gustan, mamá.
—¿Sabes? —dijo Nora caminando hacia el Rincón y dejándose caer sobre uno de los sillones—. Te has vuelto desconfiada.
—Mamá —intentó protestar Ingrid.
Pero Nora la atajó:
—Y creo que deberías darles el pasaporte. Que lo firme el padre en su casa y ya está. ¿Qué tiene de malo hacer una excepción con un anciano inválido? ¿Qué va a hacer con el pasaporte? ¿Huir de la justicia al extranjero? ¿Un hombre impedido y sus cuidadoras, una boba y la otra medio ciega?
—Oh, no, mamá. —Ingrid abrió los brazos con gesto de desesperación—. ¿A ti también? —Miró de frente a Nora para lanzar un último—: ¿Tú también?
Simplemente, Ingrid no podía creer aquello, y echó a andar hacia la cocina con un vaso sucio que recogió de la mesa baja que había frente al televisor, dejando a Nora allí sentada. Sus pasos, rápidos y airados, rezumaban resentimiento.
—¡¿Yo también qué?! —gritó Nora.
En ese momento, Gabriel llegó de la calle con Camilla. Venían abrigados y sonreían con placer ante el golpe tibio que les dio la calefacción al entrar al salón. A él se le borró la sonrisa en cuando escuchó a Ingrid gritar —algo inaudito— desde la cocina:
—¡Que a ti también te han calentado la cabeza!
—Pero bueno —dijo Gabriel, incrédulo, mientras colgaba la chaqueta en el perchero que había en la entrada y se quitaba los zapatos—. ¿Qué pasa aquí?
—Pasa —Ingrid apareció de nuevo en el salón desde la cocina— que tus amiguitas han vuelto y le han metido en la cabeza a mi madre lo mismo que a ti. Que les entregue el pasaporte, que el padre está muy mayor, que por favor, que pobrecitas…
Gabriel miró a Nora. Intentaba sonreír para quitar algo de tensión a la situación, pero era difícil hacerlo sin que pareciese que se estaba riendo de su mujer. Nora hizo un amago de hablar, pero Gabriel se anticipó.
—Nora, es mejor dejar este tema, créeme —sentenció.
Nora no replicó a Gabriel.
—Entonces —dijo, ahora mirando a Ingrid—. Dejamos el tema. Lo que tú hagas, bien hecho está, hija.
—Gracias —dijo Ingrid volviendo a la cocina—. Muchas gracias —añadió su voz ya lejana.
Pasaron unos días en los que Ingrid se acogió a algo a lo que todos recurrimos cuando en una situación concurren el miedo y el hastío: al autoengaño.
Y ello la llevó a representar un teatro cuyo único espectador era ella misma, y cuya actriz, ella misma también, hacía como si se hubiera olvidado de la documentación que las suecas le habían dejado a su madre.
Puso el sobre en un cajón del salón —algo impensable en ella, que daba registro de entrada, clasificación y archivo exhaustivos a cualquier documento consular— y se abandonó a sus tareas habituales, a ese verdadero teatro que es la realidad que nos envuelve.
Porque la semana fue realmente de locos.
Las suecas habían estado en su casa el lunes por la tarde, mientras Ingrid acompañaba a unos diplomáticos franceses a una exposición de pintura de profesores de la Facultad de Bellas Artes donde también exponían catedráticos invitados de La Sorbona.
Allí había coincidido con Saúl Martín, el primero de los muchos que peregrinaron a su hotel de Mölle, a quien saludó con mucho cariño, siempre instalada en el recuerdo de aquellos tiempos lejanos de barcos de vela y playas azules de Escania que a él también le despertaban en su interior algo luminoso.
Hablaron además sobre el cuadro de Helsa que Saúl le había regalado a Ingrid y que presidía su despacho en el consulado junto a la obligada fotografía de los reyes de Suecia, afables y augustos por igual.
Saúl le presentó a una compañera llamada Martha que a Ingrid le cayó bien al instante.
Con solo unos minutos de conversación, Ingrid se dio cuenta de su sagacidad y de que Martha tenía esa inteligencia innata que tanto anima una conversación.
Alentada por el par de copas de champán que los camareros le habían puesto en las manos casi sin que se diera cuenta, Ingrid invitó a Saúl y a Martha a la cena que daba el sábado en su casa.
Saúl se excusó de inmediato: tenía una cita con Esther, una mujer a la que estaba conociendo.
Ambas mujeres sonrieron. Por su parte, Martha anotó el teléfono de Ingrid y quedó en llamarla el miércoles a más tardar, ya que tenía que consultar con su marido si tenían el sábado libre.
A mitad de semana se acercó hasta el Odysseus, pues por fin habían comenzado las obras del sistema de calefacción, que les llevaba dando quebraderos de cabeza desde la apertura del hotel.
Ingrid pasó allí dos mañanas junto a Berta supervisando el inicio de las obras.
Para llevarlas a cabo y mantener el negocio abierto al mismo tiempo, Ingrid había ideado la estrategia de cerrar solamente una mitad del hotel —pues cada mitad dependía de una bomba de gasoil diferente— y, cuando esta estuviera lista, cerrar la otra y acometer la segunda obra.
Hacerlo así era bastante más caro, pero mantener parte del hotel abierto daría los beneficios suficientes como para compensar las habitaciones cerradas.
Así que, en ese par de días, Ingrid aprovechó para hacer de gobernanta y revisó registros informáticos, agenda, cuentas, limpieza, cocina…
Toda una auditoría que terminó con una conclusión que le expuso a Berta mientras tomaban una cerveza en la terraza, mirando a Sierra Nevada y recibiendo la luz ámbar del sol de mediodía:
—Eres increíble, Berta. El hotel funciona como un reloj.
Berta empezó a explicarse con frases de modestia británica que Ingrid no escuchó porque su atención se desvió hacia el jardín.
Allí, en una esquina, se reunían los albañiles para hacer el descanso, apartados de la vista de los clientes del hotel.
Y entre ellos, Ingrid distinguió al capataz de manos gigantes que había liderado la nefasta obra de su cuarto de baño.
Era inconfundible. Sin dejar de mirarlo, Ingrid cortó lo que estaba diciendo su socia con un suave:
—¿Me disculpas un momento?
—Sí, claro. —Berta miró hacia donde miraba Ingrid, a los hombres que descansaban a la sombra, y añadió—: ¿Todo bien?
—Sí, sí, tranquila. Vuelvo enseguida.