Una fábula sueca 9
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Las suecas tardaron algo más de un mes en volver al consulado a entregar la documentación.

Durante ese tiempo, Ingrid seguía inmersa en el cúmulo de altibajos que era su vida en aquellos años en los que apenas ocurría nada tibio.

«Me pasan solo cosas buenas o cosas malas», le dijo un día tomando un café a la Princesa Peruana, una mujer increíblemente hermosa a quien su marido sueco le había quemado la cara con ácido antes de suicidarse y que de vez en cuando acudía al consulado únicamente con el objetivo de mermar su soledad.

Por un lado, los hoteles habían recibido una subvención europea (cosa buena) que Berta e Ingrid iban a emplear en reparar definitivamente el maltrecho sistema de calefacción del Odysseus; además, la embajada de Suecia le había comunicado que estaba invitada a una cena de gala en homenaje a los cuerpos diplomáticos en el exterior que se celebraría en Estocolmo el próximo otoño, algo que a Ingrid le hizo muchísima ilusión (cosa buena).

Camilla parecía algo más extrovertida gracias a Miriam, su amiga de padres insoportables (cosa buena), mientras que Gabriel había recibido un nuevo encargo que lo tenía bastante ocupado y de mejor humor (cosa buena).

Ingrid había empezado a hacer deporte y se sentía con mucha más energía (cosa buena), a lo que se sumaba que un nuevo vecino que había llegado de Barcelona le decía cada vez que se cruzaban que estaba muy guapa (cosa buena, por qué no).

Por último, la embajada le había sustituido el dichoso ordenador de los pasaportes por uno de última generación (cosa buenísima).

Por el contrario, Adam había comenzado, por primera vez en su vida, a traer suspensos, y estaba empezando a mostrar su nueva personalidad preadolescente (cosa mala, al menos para Ingrid).

El cuarto de baño que les habían construido los albañiles de La Umbría apenas un par de meses antes tenía humedades y grietas (cosa mala), y la empresa de construcción no paraba de darles largas con desprecio y mala educación (cosa mala, y encima irritante).

Pero, sobre todo, dos cosas malas condicionaron la realidad de Ingrid, la de aquel momento y la que estaba por venir.

Por un lado, Ingrid sacó a relucir una de las aristas más afiladas de su personalidad, esa obstinación tenaz de ser radicalmente independiente, de no reclamar ayuda hasta que no fuera imperiosamente necesario, lo cual era algo que la había llevado en ocasiones a conseguir grandes logros y a reforzar su espíritu libre y persistente, pero que en aquella ocasión la condujo a lamentarse durante horas una tarde de noviembre; la tarde en la que, pala y tijeras en mano, echó al contenedor de basura los restos inertes de lo que había sido su exuberante rosal.

Al poco de la visita de las suecas, las hojas empezaron a palidecer levemente.

Unos días después, los capullos de donde brotaban aquellas rosas carnosas que llenaban los jarrones de todas las habitaciones, cebados y reverberantes durante años, se convirtieron en bolas pastosas que se secaron y se disolvieron como terrones de sal.

Las espinas se reblandecieron y se fueron desprendiendo hasta caer sobre la tierra del parterre, como si el rosal hubiese depuesto sus armas, y los tallos se llenaron de manchas blanquecinas que supuraban una sustancia transparente que olía a putrefacción vegetal, a repugnante fermento.

Y durante ese proceso de pasión y muerte, Ingrid ignoró todas las advertencias de Gabriel, que la apremiaba a llamar al jardinero que vivía apenas dos calles más abajo.

Ignoró también todos los consejos y advertencias de los invitados que acudían a las cenas y comentaban «Eh, ¿qué le está pasando al rosal?

», e ignoró a sus hijos que decían cada vez que volvían de la calle: «Mamá, el rosal huele que apesta».

Lo ignoró todo porque para ella aquello era una especie de guerra personal contra aquel vaticinio que habían formulado las suecas al despedirse y, sobre todo, contra aquella hiriente comparación del rosal con sus hijos.

Así que se desvivió abonando y reforzando la tierra con materia orgánica y lombrices, pulverizando las hojas con plaguicidas naturales en primer lugar y con químicos cuando ya se intuía el desastre, aplicando remedios caseros que buscaba con desesperación en Internet y podando, retirando, amputando la putrefacción a medida que iba invadiendo aquel rosal que durante años había sido el gran coloso sobre el que se vertebraba el jardín, el habitante primigenio sobre el que recaía el origen, puesto que era la primera planta que Gabriel y ella habían plantado en su nuevo hogar, la misma semana en la que se mudaron, deseosos de establecerse en un nuevo territorio que necesitaba elementos que lo convirtieran en propio.

Aquel rosal era una constante, algo seguro a lo que agarrarse durante aquellos años de crianza, de trabajo intenso y de laberintos emocionales de ese pedregal al que llamamos «mediana edad».

Y al cabo de tres semanas de agonía, sus restos malolientes y livianos, prácticamente sin peso, acabaron una tarde de noviembre en un contenedor cuyo hedor hacía que la gente que caminaba por la acera cruzara la calle para evitarlo.

Ingrid se había planteado aquello como una guerra, pero nunca tuvo opciones de victoria.

Inmediatamente fue presa de remordimientos, tanto diurnos (leves, angustiosos) como nocturnos (intensos, palpitantes), ya que en su interior reverberaban los ecos de aquel: «Las plantas son como los hijos. Hay que estar muy pendientes de ellas».

No obstante, el duelo por la pérdida del rosal duró poco, ya que fue interrumpido a los pocos días por una llamada a las dos de la madrugada.

La segunda de las cosas malas que hemos anticipado.

Mientras Ingrid, insomne, alimentaba en la cama la ansiosa resaca de su derrota mirando la luz cambiante de la luna proyectada sobre la pared lateral de la habitación, en Estocolmo su madre había bajado a la cocina a coger un vaso de agua y había rodado escaleras abajo.

La llamaban del hospital. Nora se había roto las dos muñecas al apoyarse y la mandíbula al golpear el suelo con la cara.

Con las mismas, Ingrid pidió a Suecia uno de los pocos favores personales que solicitaría en toda su carrera como diplomática; un favor que, todo sea dicho, le sería cobrado con creces, ya que Ingrid era ese tipo de persona a la que, de base, se le piden cosas; pero en el momento en el que asumía una deuda, fuese del valor que fuese, Ingrid era alguien de quien poder abusar.

Así que gracias a la intervención de una cadena de personas que se activó en cuanto llamó a Estocolmo, Ingrid volaba apenas unas horas después rumbo a Suecia en clase business , angustiada por no haber sabido interpretar los peligros que entrañaba la soledad de su madre en aquella casa de escaleras y esquinas y aún triste a causa del recuerdo de su rosal.

Tomó varias decisiones durante aquel vuelo lleno de turbulencias.

En primer lugar, a rey muerto, rey puesto: plantaría otro rosal.

Y si el anterior le había servido como símbolo de que todo tiene un origen que nunca debe olvidarse, independientemente de cómo transcurra la vida, el nuevo también serviría de recordatorio, de emblema de una nueva enseñanza que Ingrid pensó tal cual mientras sorbía un té negro de sobre a diez mil metros de altitud: «Recuerda que el mundo tiene una cara hostil dispuesta a entrar en tu casa».

La segunda decisión que tomó Ingrid antes de aterrizar fue la de pedirle a su madre que fuera a vivir con ellos una temporada.

No ya por las lesiones con las que iba a tener que lidiar, que parecían ser bastante incapacitantes, sino porque Ingrid había llegado a la conclusión de que tenía abandonada por completo a Nora, a quien entregaba migajas de su cariño a través de llamadas tibias, breves y protocolarias cada diez o doce días; a quien no visitaba ni tampoco pedía que viajase a España «por temporadas», como hacían los padres de la mayoría de las mujeres suecas que conocía en Granada.

Posiblemente, si su padre hubiera estado vivo, habría sido diferente.

Pero Ölle había muerto hacía cuatro años de un infarto fulminante que solamente le permitió amagar una mueca de sorpresa con los labios y poner cara rara antes de desplomarse sobre el asfalto descastado y sucio del aparcamiento de un Mc­Do­nald´s.

Era un pérdida que probablemente Ingrid no había procesado bien, pues se escudó detrás de absurdas frases hechas —«es ley de vida, las cosas son así, etcétera»— para evitar un duelo necesario que nunca llegó, por lo que había desarrollado secuelas basadas en la pena: sentía una especie de desasosiego universal cada vez que, algunas madrugadas de domingo, pensaba en su padre como una sombra, como un nombre desprovisto ya de significado, como una fotografía olvidada en el aparador de una casa en ruinas, como un olor, un tacto y una voz que una vez habían sido su seguridad y que ahora se encontraban dentro de ese fondo negro y silencioso que todos imaginamos con ansiedad al evocar nuestra propia muerte.

Nora se alegró tanto de ver a Ingrid que se echó a llorar y a decir «niña, niña» continuamente.

Pero como tenía las manos enyesadas, no podía secarse las lágrimas.

Ingrid, una vez que la hubo abrazado y calmado, tuvo que ir al baño a coger un poco de papel para secárselas.

Allí estaban las cosas de su madre, que parecía haber tenido la entereza de coger una bolsa de aseo antes de subir a la ambulancia, con las dos manos y la mandíbula rotas.

Era algo muy de Nora, esa fortaleza práctica, ese afán por ahorrarse problemas en un futuro próximo.

La bolsa estaba abierta y medio desparramada porque las manos de Nora eran dos enormes pinzas gruesas como las de los robots de las cadenas de montaje, e Ingrid no pudo evitar fijarse en que en su interior, a medio salir, había algo que la impresionó mucho: una caja de Prozac.

Fue entonces cuando tuvo que secar sus lágrimas antes de salir a secar las de su madre.

En el hospital pasaron un día completo, en el que Ingrid volvió a llamar a la cúpula diplomática para solicitar un segundo billete de vuelta, lo cual le fue nuevamente concedido casi en el acto, con el único coste de convertirse en deudora inmaterial en un grado superior al que ya lo era.

Y a su madre, ni siquiera se lo preguntó: se lo impuso. Simplemente le dijo algo como:

—Mamá, te vienes a España conmigo.

Nora se quedó pensando un par de segundos, como procesando con especial cuidado las palabras que acababa de escuchar, a las que contestó con un receloso y seco:

—¿Por qué?

Ingrid le dio la vuelta a la argumentación lógica de que Nora era la que necesitaba ayuda, contándole a su madre que era a ella, a Ingrid, a quien le hacía falta tenerla a su lado.

Nora aceptó sin hacer muchas preguntas ni requerimientos, dejando reposar aquella confesión de su hija durante unas horas para abalanzarse en el momento preciso, en ese instante de debilidad que solamente saben ver las madres en el corazón de sus hijas.

E indagó. Indagó en el interior de Ingrid, quien se sorprendió a sí misma mostrándole a su madre pedazos de su interior a los que ni la propia Ingrid se había asomado, básicamente la maraña de incertidumbres frías que nublaban su mundo emocional.

Hablaron durante un par de horas, ambas se emocionaron, rieron y se agarraron de la mano.

Cuando la conversación se agotaba al mismo tiempo que sus cuerpos, exhaustos a la una de la madrugada, Nora solamente dijo una cosa:

—Tendremos que pasar por casa. Hay que hacer la maleta y cerrar el gas.

Nora había mantenido la casa de Estocolmo con esa dignidad de gobernanta implacable que Ingrid había heredado, aunque se notaba el paso del tiempo y la presencia de una única persona a cargo de una casa grande y antigua.

Pasaron dos días ordenando y preparando la casa para el golpe que le asestaría la ausencia, y una mañana nubosa de diciembre, Ingrid y Nora tomaron el vuelo facilitado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Suecia con escala en Madrid.

Fueron días de alegrías. Ingrid se alegró de volver a respirar el olor de su hogar, un olor a pino, a algodón, a lumbre fresca, más notorio e intenso por los días de ausencia.

Nora se alegró mucho de ver a los niños, algo recelosos con una abuela a quien conocían de manera exclusivamente protocolaria, pero a quienes se ganó en apenas un par de tardes en las que hizo lo único que necesitan los niños: escucharlos.

Gabriel, a pesar de sus reticencias iniciales, también estaba contento de tener a su suegra con ellos, ya que su presencia parecía haber mejorado el ambiente de la casa y, además, los niños estaban plenamente atendidos, lo que le dejaba más libertad, el principal objeto de deseo de Gabriel en aquellos momentos.

Finalmente, Katja y Elina se alegraron de que, cuando fueron a entregar la documentación, casi un mes después de lo acordado, la única persona que hubiera en la casa fuese aquella señora cándida e inocente que llevaba las dos manos enyesadas.