8 #3
—¡Ay, Ingrid, muchas gracias! ¡Muchas gracias, de verdad! —exclamó Katja. Su rostro se relajó. Elina sonrió.
—Ahora vengo —dijo Ingrid secamente y echando a andar hacia el consulado.
—¡Gracias, cariño! —le gritó Katja mientras la veía alejarse.
Se hizo el silencio. Gabriel no sabía si seguir su camino hacia el banco o si quedarse a contemplar el desenlace. Como aquello le divertía más, decidió darles un poco de conversación a las famosas suecas.
—Entonces… —dijo—. Vosotras criais perros, ¿no?
Resulta que Katja y Elina eran —quizás sería más preciso decir «no les quedaba más remedio que ser»— de ese tipo de personas que, cuando ven un camino, deciden esperar la oportunidad para explorarlo en lugar de lanzarse a recorrerlo sin conocer sus peligros.
Por eso se mordieron la lengua y no preguntaron «¿Y cómo sabes tú eso?
», sino que se limitaron a tomar nota mental y a contestar:
—En efecto. Rottweilers . Y también criamos gatos egipcios. ¿Sabes qué nos gusta de los gatos egipcios?
Gabriel se encogió de hombros. Katja prosiguió:
—Que son unos increíbles vigilantes.
—¿En serio? —preguntó Gabriel.
—Y no solo eso. Si uno los adiestra correctamente, son capaces de comunicar muchas cosas de las que han visto. En Tailandia los empleaban para vigilar los templos. Son… —Katja pensó—. Como tener una cámara.
—Vaya —dijo Gabriel con una sonrisa—, no lo sabía. A mí me gustan más los gatos que los perros, la verdad.
—Dan menos trabajo.
—Sí, y no solo eso —dijo Gabriel—. Me transmiten bastante paz, con esa calma y esa elegancia.
Katja hizo amago de añadir algo, pero se paró en seco y miró con gesto más serio a la escalera, por donde ya bajaba Ingrid de vuelta.
—¿Sabes algo? —preguntó sin esperar a que Ingrid llegara a la verja.
Ingrid no habló hasta que llegó abajo. Miró con aire cansado a Katja y dijo:
—Bueno, pues en la embajada me han dado autorización para que vosotras os encarguéis del papeleo, dadas las circunstancias.
Katja y Elina sonrieron.
—¿Ves como no era tan descabellado, mujer?
—Eso sí —puntualizó Ingrid con tono tajante y sin entrar al trapo de lo descabellada o no que había sido la propuesta—.
Es obligatorio que Hans recoja el pasaporte en persona.
—Miró a Elina—. Mantengo lo que os propuse.
Si queréis, traedlo hasta aquí abajo y yo os lo acerco todo. Será cuestión de un momento.
Las suecas se mostraron agradecidas y acordaron con Ingrid que la llamarían unos días después para hacer entrega de la documentación. Sonrieron a Ingrid con calidez, a Gabriel con una ostensible picardía y dijeron antes de salir por la puerta:
—Cuidad bien de ese rosal.
Era un rosal majestuoso cebado de rosas en plenitud, y gozaba de una salud excelente.
—¿De este? —preguntó Ingrid extrañada, desesperada porque aquellas dos mujeres no se marchaban de su casa.
—Sí —respondió Katja mientras salía a la calle. Antes de dejar atrás la cancela y perderse bajo un cielo de nubes pesadas, añadió—: Las plantas son como los hijos: hay que estar muy pendientes de ellas. ¡Hasta pronto!
Elina musitó algo ininteligible que fue devorado por la luz pálida que descendía de la borrasca en ciernes.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Gabriel tras cerrar la cancela.
—¿Estás de broma? ¿Eso? ¡Dirás que qué ha sido todo ! ¡Todo! Y en especial tu numerito de la embajada. —El tono de Ingrid era amargo y agresivo. Imitó la voz de Gabriel para decir—: «No perdemos nada por hacer una excepción, ¿verdad, cariño?»
Y sin más, echó a andar escaleras arriba.
—¡Eh, eh! ¿Qué pasa? —preguntó Gabriel abriendo cada vez más las manos, como un predicador.
—Pues pasa que yo soy la cónsul y llevo mi trabajo a mi manera. Y que yo no me meto en tus esculturas ni en tus proyectos ni en tus clases. Porque respeto que las lleves a tu manera. ¿Tan difícil es de entender?
Ingrid no esperó la respuesta. Subió las escaleras, entró en casa y se fue al consulado a hacer las llamadas que tenía en su agenda.
Por la noche, Ingrid y Gabriel se pidieron perdón, se abrazaron desnudos en la cama e hicieron el amor a la luz de dos velas de jengibre situadas sobre las mesillas de noche.
Mientras charlaban antes de dormirse y Gabriel daba pequeños tragos a un botellín de cerveza, fue Ingrid quien, mientras se limpiaba el semen de entre las piernas con un pañuelo de papel, dijo:
—¿Sabes lo que más me jode de todo esto?
Gabriel se incorporó y se echó de lado, apoyado sobre el codo izquierdo. La luz de las velas hacía que su barba pareciese del color de la cerveza rubia.
—¿Qué, cielo?
—Que ha sido entrar por la puerta y crear desavenencias entre nosotros. No me dan buena espina. Nada de buena espina.
—Bueno, mujer —dijo Gabriel antes de apagar su vela y sumir la habitación en una penumbra que únicamente se diferenciaba de la oscuridad por un tenue titilar de las últimas sombras, secas y débiles—. Tú limítate a hacer tu trámite, y hasta luego. ¿No?
Ingrid hizo un ruido tibio de asentimiento, sopló su vela y se giró hacia su lado de la cama.
Por la mañana, el rosal enfermó.