8 #2
Katja cogió los tres botellines vacíos de Carlsberg e hizo intento de llevarlos al interior de la casa.
—No, tranquila —dijo Ingrid arrebatándoselos con sequedad, lo que provocó un tintineo de vidrios—. Ya los llevo yo.
En ese momento, con las tres mujeres de pie e Ingrid rodeando con las manos tres cervezas, la puerta del salón se abrió y Gabriel entró. Llevaba su cartera de piel colgada y las gafas de sol aún puestas. Puso cara de sorpresa y saludó.
—¡Vaya! —dijo Katja en sueco—. No solamente tienes buen gusto para la decoración, cariño.
—Cariño —dijo Elina.
—Gracias, por la parte que me toca —dijo Gabriel también en sueco, sonriendo con picardía y soltando el bolso en un rincón del salón.
—Además de guapo, inteligente —dijo Katja tendiéndole la mano—. Katja.
—Gabriel —dijo Gabriel sin dejar de sonreír. Aquello le hacía mucha gracia, y se lo hizo saber a Ingrid con miradas cómplices que ella interpretó correctamente y que expresaban toscamente un «¿Ves como todo estaba en tu cabeza?».
—Gabriel —replicó Elina.
—Ella es Elina —dijo Katja.
—Encantado —dijo Gabriel dándole la mano.
—Elina —dijo Elina.
A Ingrid empezaba a no gustarle aquella situación, así que volvió a dejar los botellines vacíos sobre la mesa baja del salón e intentó poner fin a la conversación.
—Bueno —dijo—. Tengo que ir a hacer mis llamadas. Gabriel, tú tenías que ir al banco, ¿no?
Por el contrario, a Gabriel la situación parecía divertirle muchísimo y miraba a Ingrid con aire juguetón. Pensó en decir algo como «No, tranquila, puedo quedarme un rato a tomarme una cerveza con mis admiradoras», pero supuso que aquello no sentaría muy bien a Ingrid, así que dijo:
—Sí, cierto. Si me disculpáis —dijo mirando a las suecas—, voy a coger unos papeles y me marcho antes de que me cierren la oficina.
—No, no, perdonad vosotros. Os hemos robado mucho tiempo. —Katja cogió los documentos consulares de la mesa—. Ha sido un placer, de verdad. Sois encantadores. Vamos, Elina.
—Vamos —dijo Elina.
—Katja —dijo Ingrid cuando las dos mujeres ya atravesaban el jardín—. Avísame cuando vayáis a traer los papeles para que no vengáis para nada. Hay veces que estoy fuera, haciendo visitas y cosas así.
—Sí, claro —dijo Katja—. Yo te llamo, no te preocupes.
Ya casi salían por la cancela cuando Ingrid, dándoles alcance, dijo:
—Y recuerda que tiene que venir el padre para firmar la solicitud de renovación.
—¿Qué? —dijo Katja mientras se paraba en seco.
Elina no dijo nada, pero Ingrid intuyó una mueca amarga en la mirada de expectación que clavó sobre Katja. El cielo estaba lleno de nubes trasquiladas que desperdigaban por el aire filamentos blandos y grisáceos. Detenidas las tres justo en la frontera entre el jardín y la calle, Ingrid explicó:
—Claro, mujer. Todas las solicitudes de documentación consular son de carácter personalísimo. El padre de Elina… ¿Cuál era su nombre?
—Hans —contestó Katja.
—Eso, Hans. Pues debe venir aquí tanto a entregar los formularios como a firmar el pasaporte cuando ya esté preparado. Normalmente pasan unas tres semanas entre la solicitud y la entrega.
El rostro de Katja parecía haber cambiado en un lapso de apenas un minuto. Pero dicho cambio no estribaba solamente en la emoción que trasmitía su gesto, sino que sus facciones parecían haber mutado físicamente. Sus rasgos se habían afilado y sus ojos emitían un brillo pálido y energético.
—Verás, cariño. Como ya te hemos dicho, Hans está prácticamente impedido. Le cuesta mucho andar. El pobre casi no puede moverse.
—Entiendo —dijo Ingrid usando su registro más dulce, pero al mismo tiempo sin poder dejar de evocar la imagen que Matilde había sembrado en su cabeza, la de Hans atado a una barra de estriptis alimentándose a base de comida de perro—.
Sé que es complicado, pero no hay otra manera.
Si queréis, cuando ya lo tengáis todo listo, podéis traerlo en coche hasta la puerta y yo bajo a recoger los formularios y a que me firme la solicitud. Lo podemos hacer así.
—A ver —el tono de Katja se agudizó, como si hubiera adquirido propiedades metálicas—. Es que… es realmente difícil. Hans está fatal últimamente y, cariño, esto… —hizo una pausa emotiva— va a ser muy difícil.
—Difícil —dijo Elina.
—Ya, lo entiendo. Pero es que no hay otra…
—¿Y no podría hacerse una excepción? —cortó Katja—. ¿Que trajésemos nosotras los documentos rellenos y firmados por Hans?
En ese punto, Ingrid empezó a irritarse.
Era muy seria y metódica con los procedimientos consulares, y jamás se había salido un milímetro de lo que marcaba cada protocolo, ya fuese un trámite sencillo como la renovación de un pasaporte o uno complejo como la repatriación de un cadáver, donde suele haber gente nerviosa y emocionalmente inestable con la que tratar.
Ingrid siempre había sido una persona de naturaleza comprensiva, era algo inherente a ella, pero tenía muy claro que esa naturaleza no debía interferir con la seriedad en los protocolos establecidos.
—Katja, no es posible.
Ingrid notaba cómo la mandíbula de Katja se iba apretando y cómo Elina movía la punta de un pie con nerviosismo, como si quisiera cerciorarse de que el insecto que estaba matando estuviese bien destrozado.
En ese momento, Gabriel salió de la casa.
Se había cambiado la ropa que había llevado al trabajo por una camisa de cuadros y un pantalón vaquero.
Llevaba unas gafas Ray-ban que le daban un aire atractivo.
Katja se giró hacia él en cuanto lo vio bajar la escalera.
—¡Gabriel! —lo llamó, y se volvió hacia Ingrid diciendo en voz alta—: Aquí está nuestro caballero. Seguro que sale en nuestra ayuda.
A Ingrid aquello empezaba a no gustarle, pero Gabriel bajaba la escalera sonriente y con ese gesto blando que solía dedicarles a las mujeres.
«Putas y brujas», pensó Ingrid.
—¿Qué sucede aquí?
Ingrid intentó hablar, pero la voz de Katja, crecida como una rambla desbordada, se impuso a la suya.
—Pues que nuestro pobre Hans está prácticamente incapacitado. Está tan mayor… —Ingrid no podía dar crédito a aquel aire teatral de niña caprichosa—. Y le estamos pidiendo a Ingrid que haga una excepción.
—Verás —cortó Ingrid—. Es que no hay excepción posible. El procedimiento marca que…
Pero fue Gabriel quien la cortó a ella.
—¿Qué tipo de excepción? —preguntó mientras se acercaba a las tres mujeres. Era incapaz de borrar de su rostro una sonrisa constante. Ingrid lo fulminó con la mirada.
—Padre —dijo Elina.
—Le estamos pidiendo a tu mujer que nos deje presentar los documentos a nosotras —y añadió con voz lastimera mirando a Ingrid—: ¿Es que la diplomacia no contempla casos de extrema necesidad? ¿De incapacidad o algo así?
Gabriel miró a su esposa, y esta atajó su mirada con un gesto grave y punzante que Gabriel conocía muy bien lo que significaba: «No serás capaz». Pero Gabriel dijo:
—Bueno, Ingrid. Podrías llamar a la embajada y preguntar si puede hacerse una excepción. Quizás sea un caso de fuerza mayor.
Ingrid no contestó, simplemente se limitaba a mantener su mueca de agresividad contenida, así que Gabriel añadió:
—¿No, cariño? Total, no perdemos nada.
Ingrid reaccionó y dijo:
—No. No perdemos nada.