8
—Estaba abierto abajo —dijo l a alta.
—Abierto —replicó la otra.
Todo lo que Ingrid acertó a pensar en el primer segundo en que las tuvo delante fue que eran ellas.
«Son ellas». Por fin. Y eso le causó un alivio inmediato.
Solamente le faltaba saber cuál era cuál.
La primera impresión era universalmente inequívoca: la alta era lista; la baja, lenta.
Ambas vestían ropas horteras —estampados, volantes— y atrevidas al mismo tiempo —muslos al aire, escotes—.
Iban muy juntas, como dos pájaros acurrucados sobre un cable eléctrico bajo la lluvia.
—Mi marido habrá dejado la cancela abierta al marcharse —dijo Ingrid sin convicción alguna: Gabriel jamás se había olvidado de cerrar la cancela—. ¿Vienen por el pasaporte? ¿El del padre de…? —Ingrid no supo a cuál mirar de las dos.
Contestó l a alta, que parecía ser la portavoz. Tenía una gran melena rubia y rizada y los rasgos finos, ligeramente afilados.
—Somos hermanas.
—Ah, entonces el padre de ambas. Pues como les dije…
—Bueno, en realidad es el padre de Elina —dijo la alta, sonriendo y mirando a la otra—. Somos como hermanas. Yo fui quien llamó ayer porque ella es muy tímida, pero es su padre. Le hace falta renovar el pasaporte.
—Pasaporte —replicó Elina.
—Vale, de acuerdo, no importa —dijo Ingrid—. Ya le comenté que…
—No, no, cariño, por favor —cortó la alta—. No nos llames de usted, que nos vas a hacer parecer viejas.
—Sí, claro, de acuerdo. Bueno, pues tenéis que rellenar un…
—¿Cómo era tu nombre, perdona? —dijo la alta interrumpiendo de nuevo a Ingrid.
—Ingrid. Ingrid Sørensen.
—Qué bonito, nos encanta el nombre de Ingrid, ¿verdad, Elina?
—Ingrid —replicó Elina.
—Yo soy Katja. Y ella, como te he dicho, es Elina. Oye —dijo Katja dando un pequeño paso hacia el interior del rellano—, tienes una casa preciosa.
Ingrid atajó el movimiento cortando el paso y diciendo:
—Esta no es la oficina consular. La tengo en la otra parte de la casa. —Ingrid sonreía, pero su cordialidad sonaba forzada—. Pero como habéis encontrado la cancela abierta, habéis entrado a la zona familiar. Los formularios y la documentación están en el consulado.
Ellas no dijeron nada, pero sus pies iban moviéndose hacia adentro en distancias y tiempos casi imperceptibles.
—Si queréis podemos dar la vuelta por el jardín y vamos al consulado. Allí os explico todo bien.
Katja y Elina siguieron en silencio. Ingrid se sorprendió a sí misma diciendo:
—También podéis pasar y me acerco en un salto a por los papeles.
—¡Claro, perfecto! —dijo Katja invadiendo el rellano y entrando al salón.
—Perfecto —musitó Elina.
—Bueno… está bien… —dijo Ingrid con timidez, arrastrada por la fuerza invasiva de Katja y haciéndose a un lado—. Pues pasad y sentaos donde queráis. Yo vuelvo en seguida.
Ingrid salió al jardín y apretó el paso para llegar al consulado y coger dos formularios 113 (siempre lo entregaba todo por duplicado, por si acaso) y un dosier con las instrucciones de renovación de documentos que había elaborado ella misma. Entró de nuevo al salón apenas un minuto después.
—¡Pero, cariño! —exclamó Katja al verla entrar—. ¡Qué hogar tan maravilloso! Es precioso, precioso de verdad.
—Gracias —dijo Ingrid sonriendo. Su respiración era entrecortada a causa de la prisa que se había dado.
—Precioso —replicó Elina.
Elina se había sentado en un sillón individual que había junto a la chimenea y escrutaba el salón, que estaba lleno de detalles, objetos decorativos, libros y pinturas, de una manera casi científica, con los ojos muy abiertos tras sus enormes gafas, cuyos cristales delataban una altísima graduación.
Katja permaneció de pie, de brazos cruzados, y reparó en que Ingrid se había fijado en las gafas de Elina y en su mirada torcida y dificultosa.
Dejó de observar una fotografía de Camilla que había sobre una balda entre dos ventanas y, sin perder en ningún momento la sonrisa, le dijo a la cónsul:
—Tiene una degeneración visual intratable —hizo mucho énfasis en el término «intratable»—. Se apaña, pero le cuesta mucho ver de lejos.
—Vaya —dijo Ingrid—. Lo siento.
—No, mujer, tranquila. Es algo… suyo. De ese tipo de cosas que definen a una persona.
—Ya —dijo Ingrid en tono neutro—. ¿Nos sentamos y os explico el papeleo?
—Claro, cariño —dijo Katja.
Aunque Ingrid la miró, Elina esta vez no dio la réplica.
Ingrid explicó de nuevo el procedimiento, recalcando que la foto cumpliese el estándar sueco y señalando con su minuciosidad habitual las entidades bancarias que colaboraban con la embajada para que no perdieran el tiempo acudiendo a otras.
Pero Katja desvió la conversación en cuanto pudo.
Le preguntó por sus hijos, por su trabajo, por Suecia; e Ingrid, sorprendida por la simpatía de Katja y la candidez de Elina, que ya parecía algo más lúcida, como si hubiera salido de un trance nuboso, entró completamente al trapo de la voluntad de conversación de las suecas.
Sin entrar en detalles, les contó su juventud en Mölle, sus dudas sobre el traslado a España, sus éxitos con los hoteles y la aparición de Therese Lindgren en su vida.
Ellas la escucharon aportando comentarios tiernos, empáticos y compasivos que alentaron la voluntad de Ingrid por seguir hablando.
Un rato después, estaban tomando un té de zarzamoras que a Ingrid le enviaban cada mes desde Estocolmo, y, una vez terminado el té, Ingrid abrió tres botellines de cerveza Carlsberg.
En cuanto Katja dio el primer trago a la cerveza, emitió un «ahhh» de placer. Después miró a Ingrid y dijo:
—Vale. Hablemos de hombres.
Elina se echó a reír tapándose la boca con inocencia. Ingrid sonrió.
—No te fíes —dijo Katja—. Ahí donde la ves, es una auténtica zorra.
Ingrid se quedó callada y como ambas se echaron a reír, ella también lo hizo.
—Es broma, mujer. Estamos siempre bromeando. Quédate con eso.
—Broma, sí —replicó Elina.
—Las dos hemos estado casadas —continuó Katja—. Aunque por motivos diferentes.
Ingrid no supo interpretar ese comentario.
—¿Motivos? —preguntó extrañada.
—Todo amor tiene sus motivos, cariño. Elina se casó por conveniencia. Yo por amor verdadero, o quizás por algo que se le parecía. No lo sé.
—Ramesh —dijo Elina.
—Que sí. Que voy, pesada. Ella se casó con un pakistaní porque en aquel momento necesitábamos dinero para salir de Suecia. Y Ramesh tenía dinero, pero necesitaba entrar en Suecia. Éramos como el Ying y el Yang. Cada parte tenía lo que a la otra le faltaba. Así que lo casamos con Elina.
—Ramesh —dijo Elina.
—¿Cuánto tiempo estuvieron casados? —preguntó Ingrid por preguntar algo.
—Los seis meses que hacían falta para arreglar papeles, hacer transferencias y todo eso. Pero oye, que esta lo disfrutó de lo lindo, ¿eh? Ese tío tenía una polla como no hemos vuelto a ver en nuestras vidas.
Las tres se echaron a reír, aunque Ingrid lo hizo porque pensó que era lo que la situación demandaba, pero imaginarlas compartiendo a un joven pakistaní —según lo evocaba Ingrid, de piel tostada, delgado, quizás con las costillas marcadas y el entrecejo poblado, enarbolando un gigante y velludo miembro erecto— le resultó una imagen siniestra.
—¿Y el matrimonio por amor? —preguntó Ingrid.
—Ay, cariño. Mi Joaquín. El mayor hijo de puta que me he cruzado nunca. Y cómo lo quería.
—Ramesh —dijo Elina.
—No, ahora me toca a mí —replicó Katja mirando severamente a Elina y dando un trago a la cerveza—. Ya está bien de Ramesh.
—Vale —dijo Elina mirando al suelo.
—Mi Joaquín era picador. Picador de toros.
—Ingrid sintió curiosidad de inmediato, pues en el imaginario femenino sueco el toreo es terreno fértil para la fantasía—.
Por supuesto, era un puto sinvergüenza. —Katja emitió un amago de suspiro—.
Lo que yo he disfrutado y sufrido con ese hombre no lo sabe nadie.
Qué hombre —concluyó Katja mirando a ninguna parte.
—¿Ya no estáis casados?
—No, cariño. Está metido en un nicho en un pueblo de Sevilla. Un pueblo minúsculo y lleno de polvo y cabras donde pega el sol más fuerte del mundo.
—Vaya, lo siento.
—Nada, mujer. El muy gilipollas se puso a torear borracho en una fiesta.
Lo hacían continuamente. Un ganadero juntaba en la finca a veinte sinvergüenzas y un puñado de putas.
Bebían, se drogaban y toreaban. Pues allí se lo llevaron por delante.
La cornada le entró por la ingle y le salió por mitad del pecho.
No sabes lo mal que lo pasé. Aquel cabrón era irresistible.
Tenía el culo como esto —dijo dando dos palmadas en la superficie de la mesa.
—Joaquín —dijo Elina. Katja pareció no haberla escuchado.
—Eso sí, me quedó una pequeña pensión y la nacionalidad. Que no está mal. Y con lo que dejó en su cuenta, compramos la casa de La Umbría, un par de perros y un par de gatos. Criamos perros, ¿sabes?
Ingrid puso cara de sorpresa.
—¿En serio?
—Sí, y también gatos.
—Gatos —dijo Elina.
—A ella es que le gustan mucho los gatos. ¿Y a ti?
—Pues no soy muy de animales, la verdad. Pero diría que los gatos también. —Elina sonrió—. En mi hotel de Mölle tenía una gata preciosa que iba y venía.
—Nosotras tenemos gatos egipcios tradicionales.
—¿Y los perros?
— Rottweilers . Es la mejor raza que existe. Esos perros tienen dos cosas increíbles. La primera es que entienden exactamente lo que su dueño quiere que hagan.
—¿Y la segunda? —preguntó Ingrid.
—Pues que lo hacen, cariño.
La conversación se ralentizó y Ingrid miró el reloj. No fue por descortesía, ya que se sentía a gusto, sino porque a las doce tenía que hacer unas llamadas a Suecia.
—Elina —dijo Katja—. Ya hemos entretenido demasiado a esta mujer. Levanta.
—No, no —dijo Ingrid—. Es que necesito hacer unas llamadas dentro de un rato.
—Eres una mujer ocupada. Y nosotros aquí quitándote tiempo. Perdona.
—No, de verdad. Ya os dije que hasta las doce estaba tranquila.