Una fábula sueca 7 #2
18%

7 #2

Carla, una vecina soltera que trabajaba como redactora en un periódico local y que además publicaba libros de ensayo sobre ética y medios de comunicación, a la que Ingrid solía invitar con frecuencia a las cenas porque su nivel de conversación era sencillamente excepcional, fue la encargada de cambiar de tema y desviar aquella extraña discusión hacia algo más práctico como la reforma del sistema educativo que acababa de anunciar el gobierno.

El diplomático belga se interesó por el tema y comparó la situación educativa española con la de su país, pero lo hizo de una forma tan superficial e infantil que hizo que los demás perdieran interés por el tema casi de inmediato.

Ingrid pasó el resto de la cena sumida en una confusión turbia, en una naciente resaca emocional que la hacía sonreír sin ganas y soltar frases aleatorias y de sintaxis primaria para hacer ver a sus invitados que no se había desconectado de la conversación, frases como «totalmente de acuerdo» y «por supuesto que sí», todas ellas emitidas junto a un tosco y tibiamente sonriente asentimiento de cabeza.

Por su parte, Viktor y Elise recogieron la mesa, ofrecieron café y sirvieron los licores.

El diplomático belga pidió unas rodajas de limón para acompañar su ron Santa Teresa, y cuando la pareja se retiró a la cocina a preparar los limones y a rellenar una de las cubiteras con un buen puñado de hielo americano que Ingrid guardaba en un arcón congelador, fue Viktor quien le preguntó a Elise, que cortaba limón sobre una tabla emitiendo un seco y perfecto clac-clac-clac:

—¿Por qué les has dicho que no las conocemos?

Pero Elise se limitó a colocar las rodajas perfectas, como soles diminutos, en una pequeña fuente transparente, a darles un mínimo orden geométrico con los dedos y a atravesar la puerta de la cocina sonriendo de camino al diplomático belga, extendiendo la bandeja como una ofrenda preciosa.

El resto de los comensales, animados por los licores que perfumaban el aire del salón con un dulzor etílico, charlaban en pequeños grupos fragmentados.

El ambiente auditivo se llenó con palabras como «inflación», «resort», «inversión», «producto», «pinacoteca», «bodega», «El Corte Inglés», etcétera.

La cena concluyó sobre las doce y los invitados se marcharon contentos y aletargados, arrebujándose en sus abrigos antes de salir al porche helado en donde ululaba un ave nocturna escondida en alguna parte.

Elise y Viktor fueron los últimos en salir.

Ingrid les dio dinero para el taxi —no tenían coche y, a pesar de su insistencia en coger el último autobús, Ingrid siempre se imponía y les daba un billete de dos mil pesetas para que bajaran en taxi al pueblo donde vivían— y fue a la cocina a comprobar si faltaba algo por recoger.

Conectó el lavavajillas, enjuagó una copa de vino que había encontrado en un rincón de la encimera y juntó las ascuas de la chimenea al fondo para que se extinguieran con la calma de la madrugada.

Cuando subió, Gabriel se estaba lavando los dientes.

Ella se puso un camisón de algodón azul cielo y se aplicó crema hidratante en la cara.

Gabriel se acercó a ella y la abrazó por detrás, apretando el pene erecto sobre sus nalgas.

—Necesito acostarme, cariño —dijo Ingrid con un tono cuidadoso y dulce—. ¿Te importa que lo dejemos para otro día?

Gabriel la soltó sin decir nada. Se dio la vuelta, salió del cuarto de baño y se echó en la cama.

Sin mirarlo, ella sabía perfectamente la expresión que tenía su rostro en ese momento: la viva imagen de la pasivo-agresividad.

Ingrid terminó de asearse y fue hasta la cama.

Gabriel se había echado cara a la pared, como un niño que simula estar dormido.

—Lo último que necesito hoy es que te enfades conmigo —dijo Ingrid mirando la espalda de su marido, que permanecía rígida.

—…

—¿No me vas a contestar? ¿En serio?

Gabriel se dio la vuelta. Su gesto era de rabia acumulada.

—¿Por qué? —preguntó con agresividad—. ¿Por qué estás tan afectada, joder? ¿Por qué te dan miedo dos locas que consiguen cosas a base de mamadas? ¿Por qué, Ingrid?

Ingrid permaneció en silencio. Mirándolo. Intentando insuflarse calma. Serenidad. Pausa. Pero no pudo, y por primera vez en su vida, le dijo a su marido:

—Vete a la mierda.

—Perfecto —dijo él—. Eso haré.

Y no ocurrió nada más. Ambos se durmieron y, a la mañana siguiente, se pidieron perdón de manera rutinaria, como obligados por un adulto con capacidad de mando sobre ellos.

Gabriel se fue a la escuela de arte, los niños bajaron a la parada del autobús e Ingrid se sentó en el Rincón a tomar café y a reflexionar sobre el descontento, la infelicidad y la nefasta estructura de la vida contemporánea.

Envió un par de faxes y llamó por teléfono a La Valetta para cotejar los datos de un pasaporte falso que había sido intervenido en un barco pesquero.

Y cuando por fin tuvo un respiro para colocar el lavavajillas, sonó el timbre. Pero no era el timbre de la cancela de la calle, sino el de arriba. El de la puerta de la casa.