Una fábula sueca 7
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Esa noche Ingrid daba una cena en casa, así que tuvo que invertir gran parte de aquel día nuboso de noviembre en efectuar todos los preparativos.

Y lo hizo con su mente debatiéndose entre la atención que le requería la organización del evento —que era importante para ella porque acudiría un diplomático belga acompañado de su mujer y un combinado de amigos de Ingrid y Gabriel como relleno— y la dispersión a la que tendía su cabeza tras la conversación con aquella mujer de tono seco y afilado.

Sobre las doce de la mañana terminó las gestiones consulares que tenía programadas para ese día y se puso a elaborar una lista de las tareas que le faltaban por hacer de cara a la cena.

Al mismo tiempo, sus pensamientos volaban como una cometa arrastrada sin compasión por un temporal de levante: analizaba cada palabra de lo que conseguía recordar de la conversación, intentaba averiguar la procedencia del acento —que claramente no era sueco central—, imaginaba la edad o el aspecto de la mujer…

¿Por qué le había preguntado sin venir a cuento si tenía hijos?

Mientras se maquillaba frente al espejo del cuarto de baño, se miró fijamente a los ojos a medio sombrear y le preguntó en voz alta a su reflejo:

—¿Por qué me ha preguntado, sin venir a cuento, si tengo hijos?

Antes de la hora de comer fue al centro comercial en el que siempre hacía la compra.

Tenía el teléfono del encargado de la sección de pescadería y lo llamaba con antelación cada vez que necesitaba salmón, que por aquel entonces no era algo muy habitual en los supermercados.

Lo había telefoneado la semana anterior para encargarle varios lomos de salmón marinados, una docena de filetes finos y una lata de huevas.

Una vez en el centro comercial, también se llevó de la pescadería unos cuantos trozos amarfilados y cremosos de bacalao noruego y dos latas de paté de erizos.

Dejó las bolsas apartadas en la pescadería y fue a comprar el resto de las cosas que llevaba anotadas en la lista: quesos, encurtidos, vinos, verduras, chuletas de cordero lechal, pan de centeno y los ingredientes para la salsa de alcaparras y romero con la que acompañaría los filetes de salmón.

También fue al puesto de flores y compró un gran ramo variado en el que predominaban los tonos blancos y rosas.

Almorzó en uno de los restaurantes de los pasillos exteriores del centro comercial intentando escribir en su cuaderno el borrador de un informe consular que debía enviar a Estocolmo la semana siguiente.

Desconcentrada y dispersa, pagó el sándwich, se compró un café para llevar y volvió al puesto de pescado a recoger su compra.

Cuando salió al aparcamiento, el cielo estaba completamente negro y descargaba una lluvia fina que repiqueteaba en los aleros metálicos del edificio.

Ingrid condujo los veinte kilómetros que distaban entre Granada y su pueblo escuchando las noticias en la radio sin prestarles la más mínima atención.

Ya en casa, colocó la compra, repartió las flores —a las que sumó un puñado de rosas de su enorme rosal, el orgullo de su jardín— entre los jarrones del recibidor y del comedor, encendió algunas luces bajas que tenía colocadas por todos los espacios, pasillos incluidos, y subió la calefacción; hacía una tarde más fría de lo habitual en esa época.

Antes de ponerse a hacer nada, se preparó un té negro muy fuerte y se lo tomó con parsimonia sentada en el Rincón, escuchando a Nina Simone a través del equipo estéreo y viendo caer aquella lluvia microscópica que dejaba puntitos en los cristales similares a cabezas de alfiler sin cuerpo.

Su desazón era absoluta y el mundo le parecía un lugar que solamente se podía definir con aquella palabra que tanto usaba su suegra para transmitir decadencia: «desangelado».

Viktor y Elise llegarían a casa a las siete, así que para esa hora debía tener lista la salsa del salmón y decididos los sitios que ocuparía cada comensal.

Viktor y Elise eran una pareja de jóvenes a los que llamaba para que la ayudaran en las cenas y en las recepciones del consulado, ya que la embajada le asignaba para ello un presupuesto catalogado como «eventos y servicios asociados».

Eran encantadores, e Ingrid siempre los llamaba a ellos —en lugar de contratar al catering sugerido por la embajada— porque además de ser extremadamente eficientes y discretos estaban pasando un mal momento: su restaurante se había incendiado y estaban teniendo problemas con el seguro.

Habían acudido a Ingrid unos meses atrás buscando algo de amparo legal, pero el tema era complicado y burocráticamente laberíntico, y mientras siguiera estancado, Viktor y Elise no tenían nada salvo deudas.

Tenían buena presencia, mano en la cocina y gran habilidad como camareros, así que Ingrid los había convertido en plantilla fija del consulado.

Gabriel llegó a las cinco con los niños.

Cuando entraron a la casa, lo hicieron acompañados de una bocanada de aire húmedo y frío, una porción de brisa rápida y turbulenta como la página de un libro que se pasa de repente.

Tras los saludos, besos y los qué tal os ha ido el día, los niños subieron a asearse y a descansar, e Ingrid, nerviosa y con un discurso deslavazado, le contó a Gabriel la conversación telefónica que había tenido por la mañana con la mujer de tono desértico y pedregoso.

Es conveniente señalar que Gabriel no se había tomado muy en serio la gran inquietud con la que Ingrid había vuelto a casa tras la conversación con Matilde, y por su parte, Ingrid se sentía algo molesta porque parecía que la intranquilidad que le infundían aquellas dos mujeres extrañas le hacía mucha gracia a su marido.

—No creo que sean ellas, ¿por qué iban a serlo? ¿Le has preguntado el nombre?

—No me ha dado tiempo. Era una mujer muy cortante. Apenas he podido preguntarle nada.

—Bueno, cariño, ya sabes que la malafollá granaína se le pega a todo el mundo. Incluso a los suecos —dijo Gabriel en tono de burla y agarrando a Ingrid con ternura por la espalda.

—No sé. No sé. La mujer del teléfono no me ha dado buena espina.

Gabriel soltó a Ingrid y se puso frente a ella.

—Mira, es mejor que no te agobies con todo esto. Y si son ellas, que no van a serlo, pero si lo son, pues tú le haces su pasaporte y listo. Tome su pasaporte, hasta luego. Que tengan un gran día, señoritas —dijo Gabriel con aire teatral, como lanzando un pasaporte invisible al viento.

—Anda, ayúdame a poner la mesa —dijo Ingrid.

Ya en la cena y desesperado ante el ritmo lento y cansino de la velada, Gabriel decidió animar el ambiente sacando el tema de las suecas, que apasionó a la concurrencia de inmediato.

Contó el relato de los albañiles, la visita de Karl y Rose a la casa de La Umbría y la conversación con Matilde, e Ingrid tenía que ir matizando continuamente la narración de su marido porque se desviaba de forma claramente tendenciosa, intentando crear la imagen de dos prostitutas que se enfrentan con dureza a la hostilidad de la vida, y de una mujer, Ingrid, medio paranoide y presa de una suerte de manía persecutoria.

Aquel duelo de narradores que se pisaban las historias, como dos juglares que recitan dos versiones distintas de un mismo cantar de gesta, generó obviamente opiniones de toda índole entre los invitados, cuya variedad fue poco a poco polarizándose entre los que contemplaban a las suecas según la visión que aportaba Gabriel, es decir, como dos mujeres extrañas, posiblemente dadas al vicio extremo y a las que Ingrid debía quitarse de en medio haciéndoles un trabajo consular rápido y eficaz, un trabajo sueco, y entre los que no encontraban madera suficiente —algo exageradamente difícil en casa de Ingrid— para tocar y disipar aquel vendaval de brujería y superstición que sentían en su interior gracias al relato de su anfitriona.

—¡Pero cómo se puede alimentar a un hombre mayor con comida de perro!

—exclamó airadamente Nicolette, la esposa del diplomático belga, tras lo cual dio un elegante sorbo a una copa de cava rosado para continuar preguntando al aire pero mirando de reojo a Gabriel—. ¿Quién es capaz de hacer eso? ¿Quién?

—A ver —replicó Mateo, un arquitecto que trabajaba con Gabriel en la escuela de artes—.

Tened en cuenta que estamos hablando de un niño que se asoma a una ventana oscura.

¿No podía estar ese hombre comiéndose un tazón de cereales?

¿De crispis de esos de chocolate? ¿No podía estar acaso ese hombre tomando un desayuno rico en hidratos de carbono y enriquecido con un indecentemente alto número de vitaminas?

Gabriel se echó a reír.

—¿Y el testimonio del vecino? —replicó Ingrid, airada—. Un vecino que, te recuerdo, ha de-sa-pa-re-ci-do.

Elise entró en el comedor con un una nueva botella de cava y un plato lleno de uvas.

—¡Elise! —dijo Gabriel—. Elise seguro que las debe conocer, si tan famosas son entre la comunidad sueca. Elise, ¿tú las conoces? ¿A las temibles brujas suecas de La Umbría?

Elise sonrió, y mientras colocaba la fuente con las uvas en el centro de la mesa, contestó con aire amable y tímido:

—Pues no, señor. No las conozco.

— Voilá! —dijo Gabriel mirando a Ingrid.

—No sé qué quieres demostrar, la verdad —replicó Ingrid con un tono serio y que pretendía hacer de contrafuerte a su pensamiento lógico y sereno, pensamiento que, por otra parte, según ella lo veía, se estaba poniendo seriamente en duda en aquella mesa.

Aquello se iba poco a poco trivializando y nadie era capaz de entender que estaba algo afectada por la llamada que había recibido aquella mañana.

Y nada más. No era la obsesión neurótica que pretendía achacarle su marido, pero sí sentía una desazón con la que nadie parecía empatizar.

Simplemente era eso: desazón. Pero la sociedad es insaciable y no se conforma con los sentimientos tibios: su meta es siempre llevarnos a un extremo.