Una fábula sueca 6
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Entiéndase que el tono de Ingrid en la siguiente conversación es amable y cercano.

Es el tono de una persona que ayuda a los demás, colaboradora, empática, deliberadamente atenta y compasiva.

Flexible, moderada, permisiva. Es el tono de una mujer aliviada porque su hijo mayor está recibiendo un tratamiento que (gracias a la tercera doctora) está calmando sus problemas de mandíbula.

Es el tono de una madre esperanzada que ve cómo su hija de nueve años, retraída y tendente a una melancolía solitaria claramente adulta, ha hecho una amiga en el colegio, una niña recién llegada a la clase y a la ciudad que parece haber encajado —«gracias a Dios», piensa Ingrid cada día, un agradecimiento meramente retórico que en realidad poco o nada tiene que ver con Dios— a la perfección con su hija, y por eso Ingrid hace todo lo que está en su mano para estimular esa amistad: lleva a Camilla en coche a la casa de la niña forastera, invita a sus padres forasteros a las cenas que suele dar en casa y aguanta su pedantería castellano-central por el mero y feliz hecho de ver a su hija tener a una amiga en su habitación compartiendo juguetes, libros, disfraces y confidencias.

Y experimenta tal ternura por verla contenta, haciendo cosas tan de su edad, que a Ingrid le resulta cercana al dolor por algún motivo que no comprende.

El tono de Ingrid es educado, cosmopolita, a la altura de quien sostiene una responsabilidad diplomática; un tono de quien vive en una felicidad conyugal con flecos, con dudas e incertidumbres, pero que comprende y asume que lo conyugal implica un vaivén, una lucha, un regusto minúsculo de constante amargura.

Un espacio donde lo único que la asusta en lo referente a su hermético marido es esa nueva tendencia al secretismo, al subterfugio, a intentar ocultar algo indeterminado que parece estar haciendo o tramando.

Y por eso el tono de Ingrid en la siguiente conversación —conversación que tuvo lugar una mañana de finales de noviembre— puede que sea también algo inseguro, quizá carente de una confianza que ella creía inmutable, una confianza granítica en su marido que ahora tiembla ligeramente como tiemblan las velas que iluminan los palios de las vírgenes tristes, arrebujadas en sus mantos bordados y mecidas bajo la brisa de la primavera.

Es el de Ingrid un tono prudente, quizás nacido de una nueva forma de prudencia que brotó de la conversación que tuvo unas semanas atrás en el hospital, una charla en la que Matilde narró sin inmutarse todas aquellas barbaridades que dejaron una muesca en su alma sensible, en su carácter incapaz de concebir la maldad.

Una muesca que la llevó a conducir hasta La Umbría después del trabajo cinco o seis veces en esas semanas muertas, sin un motivo concreto salvo quizá la fuerte impresión que le causó el episodio de Karl y Rose y el relato de Matilde.

Pero los viajes no fueron consumados: todas las veces se dio la vuelta antes de llegar, sudando tibiamente, y quizás por eso el tono de Ingrid en la siguiente conversación sea un poco sudoroso y tibio.

Un tono inocente, pacífico. Un tono de no querer pisar lo fregado, de no querer traspasar ninguna línea invisible.

Un tono de empresaria atosigada, de madre orgullosa, de esposa dubitativa, de cónsul entregada y de oyente asustada.

Y entiéndase que el tono de su interlocutora es un tono seco, astringente, tenazmente rígido.

Es el tono de alguien que hace mucho tiempo tomó la decisión de no dejarse doblegar por el mundo, de doblegarlo ella misma en caso de ser necesario, de no rendirse ante nada ni ante nadie, de aprender a llevárselo absolutamente todo a su terreno para tener un control pleno de cada situación; un tono de aire triste, serio, pausado; un tono quizá amenazante, quizá de una inteligencia que pudiera confundirse con una amenaza; un tono plomizo de hija huérfana, de mujer viuda, de perfecta manipuladora, de gestora de adversidades, de persona que se califica a sí misma con lo que para otros serían insultos y a lo que añade «a mucha honra»; un tono triste, gris azulado, frío, crepuscular, nórdico; el tono de alguien que toma decisiones sin pensarlo mucho, que no entiende de muescas en el alma porque todo lo que tiene por alma es una gran muesca, un profundo socavón de fosa abisal, de lecho magmático, de huracán fuera de control.

El tono de la interlocutora de Ingrid en la siguiente conversación es desértico, es lento, casi cetácico, pausado y con un regusto triste, como el que emana de la melodía de un tango callejero que suena durante un anochecer de Buenos Aires; es un tono de quien ha renunciado a ciertos escrúpulos por necesidad, de quien tiene pensamientos sangrantes, de quien sueña con aquellos episodios lejanos de su infancia; de quien tiene un gran secreto guardado.

Es el tono de alguien a quien se le podrían aplicar innumerables tópicos trillados: que no le tiembla la mano, que no le duelen prendas, que es fría como un témpano, que jamás va a permitir que alguien le pise lo fregado.

Es el tono de una extranjera en todas partes, el tono de unas manos manchadas permanentemente de tierra y ocasionalmente de sangre.

Un tono que inició la llamada en sueco diciendo:

—¿Hola?

—Hola, buenos días. Ha llamado al Consulado de Suecia en Andalucía. ¿Puedo ayudarle en algo?

—Quiero un pasaporte.

—Estupendo, entonces sí que puedo ayudarle. ¿Se trata de una renovación o de un pasaporte nuevo?

—Es una renovación, sí. Es para mi padre.

—Ah, muy bien. Su padre vive aquí en España, entiendo.

—Así es. Pero está un poco mayor.

—Estupendo, no hay problema. No se preocupe.

Pues lo que tienen ustedes que hacer es rellenar el formulario 171 y traerlo al consulado junto con una fotografía de su padre y el pasaporte antiguo.

Cuando me lo entreguen todo, yo les doy una hoja de tasas, ustedes la pagan en el banco y en un par de semanas les entrego el pasaporte nuevo.

No es muy complicado. —Ingrid hizo un esfuerzo por mostrarse amable ante la fría neutralidad de aquella voz sin cuerpo.

—Vale.

La línea soportó unos quince, quizá veinte segundos de silencio.

—Recuerde —continuó Ingrid— que la fotografía debe tener el tamaño administrativo sueco, que es diferente al español. Dígalo en la tienda de fotografía donde se haga su padre las fotos. Cualquier tienda especializada conoce las medidas. Solo acuérdese de decirlo.

—Vale. No hay problema.

—Si quiere, me puede dar su dirección y le envío por carta el formulario 171.

Silencio.

—¿Tiene usted hijos?

—¿Disculpe?

—Hijos. Que si tiene algún hijo.

—Sí, bueno, tengo dos, pero no veo qué relevancia…

—Perfecto —cortó la mujer—. Hace usted bien. Es bueno. Es bueno tener hijos. —Hizo una pausa en la que se escuchó un cuchicheo indeterminado y apenas audible para Ingrid—. ¿Estará usted mañana en el consulado?

—Sí —contestó Ingrid. Pensó en su agenda y prosiguió—. Tengo un compromiso a las doce, así que para tareas administrativas estaré desde las nueve hasta las once y media.

—No es necesario que envíe los formularios. Mañana nos pasamos por allí nosotras a recogerlos. Adiós.

—Sí, claro, no hay problema. ¿Sabe usted dónde…

No hizo falta continuar porque Ingrid le estaba hablando al tono intermitente y lejano de línea telefónica, así que colgó.

Y en cuanto colgó, lo supo. No había estado tan segura de nada en toda su vida.

Hay situaciones donde no hay nada tan revelador como una sutileza puramente lingüística, gramatical, y ese «nosotras nos pasamos», ese femenino plural tajante e inexorable era la constatación de lo que Ingrid supo sin que nadie se lo dijera: que eran ellas. Y que al día siguiente irían a su casa.