5 #3
—Ellas bien. Muy bien. Ya te he dicho que son gente que se maneja de fábula con los demás.
Son de esa clase de personas que sacan partido de todo.
Y para saber hacer eso, hay que tener habilidades.
Con nosotros fueron muy simpáticas en todo momento.
Nos hicieron un café, nos preguntaron por nuestra vida y nos contaron algunas cosas, sobre todo acerca de criar perros.
Y en lo del cachorro llevaban toda la razón: terminamos el café, salimos al solar, dimos la vuelta hasta la cuadra y los niños vinieron gritando de alegría y con Káiser en brazos.
El resto de cachorrillos los seguían dando saltitos y se enredaban en sus piernas.
Recuerdo perfectamente la imagen. —Matilde sonrió—. Como si fuera una foto.
El camarero se acercó a recoger los platos y las tazas vacías. Matilde le pidió un vaso de agua, petición a la que se sumaron Ingrid y Jutta. El hombre trajo los tres vasos de inmediato, en apenas treinta segundos en los que ninguna dijo nada.
—No obstante —continuó Matilde tras beber más de medio vaso de agua—, salimos de allí un poco desolados.
Primero, por el ambiente en sí. Pero sobre todo porque, justo antes de montarnos en el coche, les preguntamos por el padre de los perritos.
Y ellas, con toda la naturalidad del mundo, allí, delante de los niños, soltaron: «Ayer lo enterramos en el bosque».
Los críos se quedaron helados. «¿Por qué?
», les preguntó Miguel. Y ellas respondieron: «Porque el perro se ha muerto».
Entonces, Susana preguntó, con toda su inocencia: «¿De viejo?
». «No —dijeron—. Era joven, pero se cayó de aquel muro y se partió una pata.
Cosas que pasan». Así que nos montamos en el coche en silencio y pensativos.
Los niños no sé, pero Miguel y yo nos temíamos, como después confirmamos, que en el mundo de los perros de exhibición, romperse una pata podía salirle muy caro al perro en cuestión.
—¿Crees que lo mataron?
—No lo creo. Lo sé.
—¿Por tu suegro?
—Sí, claro.
—Joder.
—Total, que cuando volvíamos a casa, en el coche todo era silencio.
Káiser se durmió en brazos de Susana y Miguel y yo íbamos pensativos.
Y de repente, va el niño y pregunta: «¿La gente come pienso de perro?
». Miguel y yo nos miramos extrañados y le dijimos que no, que las personas comen comida de persona.
«¿Por qué preguntas eso, cariño?», le digo.
Y el niño contesta: «Porque el viejo que había en el sótano estaba comiendo pienso de perro».
—No —dijo Ingrid—. No, no, no.
—Pues sí —dijo Jutta.
—No me lo puedo creer —insistió Ingrid.
—¿De dónde iba a sacar eso el niño? —preguntó Matilde—.
Nos contó que un cachorro se había alejado y que había tenido que ir tras él.
Y que había visto unas ventanas que daban «a un suelo, abajo».
Y que en ese suelo había un viejo «comiendo bolitas de perro, las mismas que tenían los cachorros en la cuadra».
—Os quedaríais… —Ingrid hizo un gesto con las manos y el rostro con el que parecía querer indicar sorpresa/espanto.
—Imagínate. Ten en cuenta que Miguel ya sabía todo lo de Juan Carlos y algunas cosas que le había contado su padre.
Así que él ya iba teniendo una visión más amplia.
Y al poco tiempo, como ya os he contado, desapareció Juan Carlos.
Y entonces fue cuando Miguel me contó todo lo que sabía.
Pero claro, de todo lo demás, de lo del pago a mi suegro en sexo, como ya te he dicho, nos hemos enterado hace muy poco. La Navidad pasada.
—¿Las has vuelto a ver?
—Pues mira, la verdad es que las hemos evitado. De vez en cuando nos han llamado para preguntar por el perro, para ver si podían llevarlo a certámenes de belleza.
—Es que Káiser es precioso —dijo Jutta.
—¿Y qué les decís cuando llaman? —preguntó Ingrid.
—Al principio, que no podíamos. Que nos íbamos de fin de semana o algo así.
Pero como insistían en que ellas se hacían cargo, que se llevaban a Káiser y lo traían el domingo sin que tuviéramos que hacer nada, lo boicoteamos.
Engordamos un poco a Káiser a propósito.
Un día lo vieron y no volvieron a decir nada más.
Matilde introdujo un silencio que anticipaba el declive de la historia. Ingrid preguntó:
—¿Y tu suegro? ¿Sigue en contacto con ellas?
Matilde soltó una risa sardónica:
—Ya quisiera él. —Y, tras una pausa, hizo una aclaración—: Murió en febrero.
—Vaya, lo siento.
—Bueno, a todos nos toca.
Ingrid se quedó pensativa porque de repente le vino a la cabeza aquella premisa que hizo suya y que interiorizó como una plegaria sanadora y capaz de consolarla en los primeros tiempos de Mölle para dejar atrás a Horace: «Lo que no se nombra, se olvida».
Tuvo que susurrarlo en voz baja sin darse cuenta porque Matilde le dijo:
—¿Qué, Ingrid?
Y ella dijo tímidamente:
—Que no nos has dicho sus nombres.
Así que Matilde dijo los nombres e Ingrid los anotó mentalmente.
Sin caras, sin voces, sin miradas y sin pelo: solo sonidos, letras, sílabas que introducían a Ingrid en el terreno inexacto de la abstracción lingüística.
Jutta miró el reloj y apremió a Matilde.
Ingrid les dijo que se subiesen a su planta, que ya se encargaba ella de pagar.
Se dieron besos y se prometieron una quedada «de verdad».
Asediada por el turbio entrechocar de cucharillas, Ingrid sacó su agenda y apuntó los dos nombres en ella.
Se levantó, pagó y se marchó de aquel lugar tenazmente inhóspito.