5 #2
—Pues nada, el hombre salió de allí con la boca medio arreglada y supongo que ellas le harían el trabajito de rigor a mi suegro.
Ya está. Y lo otro que ocurrió es que un tiempo después, no sé, pongamos dos o tres meses más tarde, Juan Carlos, el vecino, necesitaba algo que les había prestado.
Ya os he dicho que se llevaban bastante bien.
Creo que era algún tipo de utensilio de jardín.
Un cortacésped, una manguera o algo así.
No lo sé. Fue a la casa y allí no le abría nadie.
Todo estaba en silencio. Nos dijo que no había ni siquiera perros por allí.
Así que se coló por un agujero que él sabía que habían abierto los perros en la alambrada de la zona boscosa a base de años de excavación.
Según le contó a Miguel, ya dentro, deambuló por la parte delantera, que es un solar horrible lleno de mierda, y al no encontrar lo que fuera que buscase se dio una vuelta por allí. No sé si habéis visto el sitio.
—No —dijo Ingrid.
—No, yo tampoco. Luis se encargó del tema del perro.
—Bueno, pues ellas tienen una finca enorme.
Enorme de verdad, de esas que se miden en hectáreas.
Como ya ha contado Ingrid, en la entrada hay una cancela doble.
Al pasar la segunda reja, ya te encuentras con toda la zona asquerosa de solar, que está llena de cubos, sacos y cosas así, y que termina en la casa.
Y detrás del edificio empieza un enorme bosque que se une a la sierra.
Toda esa parte es preciosa. Dice mi marido que no sabe cómo han conseguido tantísimo terreno.
Bueno, el caso es que Juan Carlos, antes de marcharse con las manos vacías, dio una vuelta a la casa.
Y al llegar a uno de los laterales, vio unas ventanas muy pequeñas, como ojos de buey, a ras de suelo.
—Ventanas de sótano —dijo Ingrid.
—Exacto. Al pasar junto a ellas, notó movimiento.
E instintivamente, se agachó. Cuando la vista se le acostumbró al contraste entre la claridad del día y la oscuridad del sótano, identificó lo que se movía: una persona.
Estaba al fondo, por lo que no podía distinguirla bien.
Se retiró, caminó unos metros y se asomó a la siguiente ventana, desde donde pudo ver perfectamente al padre, desnudo por completo y atado a un poste metálico que iba del suelo al techo, y que según le dijo Juan Carlos a mi marido cuando se lo contó, era posiblemente una barra de esas de hacer estriptis.
El padre, por lo visto, decía cosas, ya que Juan Carlos podía verle los gestos de desesperación y los movimientos de la boca, pero el sótano estaba muy bien aislado y no escuchaba absolutamente nada.
Le contó a Miguel que el cuerpo del hombre era prácticamente un saco de huesos, infestado de moscas, con costras de suciedad por toda la piel.
—¿De verdad? —preguntó Ingrid.
—Eso dijo Juan Carlos. Desde luego, el hombre lo contaba muy afectado.
—Joder, es que es horrible.
Jutta asintió. Matilde puso la taza vacía de su té encima del plato vacío de su tostada.
—Completamente horrible. Por lo visto, Juan Carlos se fue de allí muy impresionado.
—Lógicamente —dijo Jutta.
—Pero no sabía qué hacer. Le quedó como un remordimiento.
Lo comía por dentro la imagen de aquel hombre.
Y un día, mientras pilotaba un avión sobre Suecia, pensó en que aquel lugar que desde las alturas parecía diminuto, era la tierra donde nació aquel hombre encadenado y sucio que ya iba dejando de parecer un hombre para convertirse en un puñado de sarmientos secos y sucios, en los restos de una poda.
Dice que se lo imaginó de niño. Jugando, diciendo cosas inocentes.
Haciendo que sus padres se rieran con sus ocurrencias.
Durmiendo feliz y a salvo. Así que llegó a Madrid, aterrizó, cogió el coche y se fue directo al cuartelillo de La Umbría a denunciar aquello.
—¿Y qué ocurrió? —preguntó Ingrid.
—No lo sabemos. Pero aparentemente, nada.
—¿Nada?
—Esas tienen mano en todas partes, hacedme caso —intervino Jutta.
—Pues no lo sé —dijo Matilde—, pero, que nosotros sepamos, ahí no pasó nada. Y lo más raro viene ahora.
Ingrid puso cara de visto-lo-visto-no-me-quiero-ni-tan-siquiera-imaginar-qué-va-a-ser-lo-más-raro y Jutta dijo «madre mía» mientras negaba con la cabeza despacio, a un ritmo parecido al de un aspersor de jardín. Matilde continuó.
—Por un lado, Juan Carlos le contó todo esto a mi marido, pero él no me lo contó a mí porque aún teníamos que ir a La Umbría a recoger el perro y no quería meterme miedo, y también porque ellas se llevaban muy bien —dijo Matilde haciendo un gesto de comillas con los dedos— con mi suegro.
Pero Juan Carlos le dijo después a mi marido que, pasado un tiempo desde la denuncia, las vio una tarde-noche merodeando por su puerta.
Según Juan Carlos, iban vestidas con unas ropas poco habituales.
Ya os he contado que normalmente ellas van medio en pelotas.
Aquella noche llevaban una especie de túnicas o de togas.
También me contó que llevaban unas velas, unos farolillos o algo así; Juan Carlos no estaba muy seguro porque las veía desde la casa, que está lejos de la verja de entrada, que es donde ellas se pusieron.
Dijo que las vio hacer algo en el suelo, no sabe si hicieron marcas o algo por el estilo, pero cuando ellas se fueron y él salió a comprobar lo que habían hecho, no fue capaz de encontrar más que un leve rastro de un polvo que no supo identificar y que olía remotamente a fósforo.
Y no sabemos mucho más. Por lo visto, y esto nos lo contó mi suegro, unos días después, ellas volvieron a casa de Juan Carlos.
No sabemos si hablaron, discutieron, se pelearon…
no sé. El caso es que no volvimos a saber de Juan Carlos.
Vaya, ni nosotros…, ni nadie. —Matilde miró a Ingrid para rematar con un seco—: Nunca más.
—Pero ¿cómo va a ser eso? ¿No habéis denunciado? ¿O buscado familiares o algo así?
—Ten en cuenta que, debido su profesión, Juan Carlos pasaba mucho tiempo fuera.
A veces incluso meses, porque además tenía una especie de relación con un hombre en Francia.
Algo libre y sin compromiso, para de vez en cuando.
Es otra de las piezas sueltas que nos ha regalado mi suegro en alguna borrachera.
Pero no, nadie denunció porque, cuando llevábamos cosa de un año sin verlo y ya sí que empezábamos a preocuparnos, nos enteramos de que había vendido la casa.
Así que nos imaginamos que había decidido cambiar de vida.
Y lo dejamos tranquilo, suponiendo que algún día volvería.
Miguel lo ha llamado alguna vez. Pero nada.
Ya no debe tener ese número, porque sale siempre apagado.
Matilde hizo una pausa a la espera de algún comentario, pero Ingrid y Jutta guardaron un silencio que transmitía abatimiento y una especie de pesadumbre de justificación ambiental.
—Y falta lo nuestro, que ocurrió entre la denuncia y la desaparición de Juan Carlos.
—El cachorro —dijo Ingrid.
—El cachorro —confirmó Matilde—. Nos enteramos por mi suegro que los perros ya se podían recoger.
Ellas apremiaron a Pepe para que fuéramos allí pronto, ya que tendríamos entre más cachorros para elegir.
Así que fuimos al día siguiente de que ellas llamaran.
Recuerdo que era sábado y que los niños estaban muy emocionados.
Total, que nos plantamos allí. —Matilde levantó la vista y sonrió—.
La casa es… no sé. Es… de esos lugares que influyen en el ánimo.
Pasamos la famosa doble cancela y aparcamos en un lateral del solar.
Como os he dicho, todo estaba lleno de trastos y de sacos de cemento, grava y cosas así.
Asqueroso. Pero para asqueroso, el interior.
Nos llevaron a una especie de cuadra y nos explicaron que allí era donde tenían las hembras cuando parían.
Abrieron la puerta y salió la hembra, y detrás todos los perritos.
Ellas dijeron que lo ideal era que los niños jugasen un rato con los cachorros mientras los adultos tomábamos un café dentro.
Y que cuando hubiéramos terminado el café, los niños sabrían perfectamente cuál elegir.
Qué queréis que os diga, a mí me daba mucha cosa dejar a los niños allí, pero Miguel ya iba con ellas para adentro.
No sé. Tenían algo. Como un magnetismo para los hombres.
Así que tiré para dentro detrás de ellos.
—¿Y qué tal? —quiso saber Ingrid.
—Pues mira, la casa era horrible. Hortera, siniestra. Con esa decoración. Con esos cuadros. Qué horror. Estaba bastante sucia y olía muchísimo a perro. Recuerdo que era mayo y que tenían puesto el árbol de Navidad, con luces y todo. Ahí, brillando a media mañana. Casi en verano.
—¿Y ellas?