Una fábula sueca 5
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En la cafetería del Hospital Clínico San Cecilio había un ruido constante de cucharillas que se mezclaba con el aire viciado y tibio de hospital, con la luz gaseosa de los fluorescentes encendidos en plena mañana y con las caras lánguidas e indescifrablemente tristes de los familiares de los enfermos, que comían sin ganas mientras miraban al gotelé de la pared.

Aquella mezcla le causó a Ingrid un pellizco superficial de desazón mientras esperaba a Jutta y a Matilde.

Llegaron unos minutos tarde porque, según explicaron mientras se sentaban y le hacían un gesto al camarero para que les trajese algo que él ya supo identificar, habían tenido que asistir a una operación de urgencia a un muchacho de veintiséis años que había terminado muriendo por algo relacionado con una arteria y un coágulo.

Acto seguido pasaron a charlar animosamente de otras cosas.

—No lo entiendo —dijo Ingrid—. No entiendo cómo acabáis de ver morir a un crío y estáis tan tranquilas.

—Inmediatamente se dio cuenta de que aquello podía sonar como una crítica hacia una especie de cinismo personal y no como lo que era: una alabanza a su entereza profesional.

Así que añadió—: Os admiro mucho. Me parece increíble. Yo no podría.

—No es nada fuera de lo común —dijo Matilde—. Es lo que nos mueve a todos a hacer lo que hacemos: pura supervivencia.

Después de ponerse al día durante los primeros minutos del desayuno —Ingrid tenía con Matilde el tipo de relación cordial y de media distancia que se tiene con la compañera de trabajo de una buena amiga— fue Jutta la que encaminó la conversación.

—Como ya te he comentado —le dijo a Matilde mientras se ponía azúcar en el té—, Ingrid está interesada en las suecas del criadero de La Umbría.

—Me ha dicho Jutta que tú sabes algunas cosas sobre ellas.

—¿Algunas cosas? —preguntó Matilde sonriendo con aire irónico y manteniendo acto seguido una pausa que, de haber sido hecha en televisión, podría calificarse como «dramática». Después continuó—: Sé mucho sobre ellas. Demasiado. Y la verdad es que no quiero saber nada más.

Jutta sonrió porque ya conocía algunas de las «cosas». Ingrid esbozó una mueca de atención y, ante el silencio de Matilde, comentó de forma resumida lo que les había ocurrido a Karl y a Rose cuando habían ido a La Umbría a comprar el perro.

—No me extraña —dijo Matilde con gesto airado—. No me extraña para nada.

—Cuéntale, cuéntale —la animó Jutta.

—Yo las conocí de rebote —se arrancó finalmente Matilde—.

Mi marido juega en una peña de fútbol. Ya sabes: va algunos domingos, se jode un poco más las rodillas y libera la escasa testosterona que le queda revolcándose por los suelos con un puñado de barrigones.

—Ingrid y Jutta rieron—. Pues bueno, por allí por el fútbol solía ir, aunque muchas veces no aparecía porque era piloto de avión, un hombre que era vecino de las suecas allí en La Umbría.

Su finca lindaba con la de ellas por el lado de más acá.

—Matilde hizo un gesto con las manos convexas que intentaba ilustrar la situación limítrofe de las parcelas—.

Este hombre que os digo, Juan Carlos, que además de revolcarse con mi marido era cliente y muy amigo de mi suegro, fue quien las terminó denunciando.

—¿Por qué? —preguntó Ingrid.

—Todo a su tiempo —intervino Jutta—. Que aún quedan muchas vueltas.

—Sí —dijo Matilde mostrando de nuevo esa sonrisa sarcástica—.

Desde luego que quedan vueltas. Bueno —siguió a la vez que colocaba muy despacio la taza de té sobre el platito circular que le hacía de base—.

El caso es que Juan Carlos se las solía encontrar por el bosque cuando salía a pasear y se paraba a charlar con ellas.

Incluso caminaban un rato juntos, según nos contaba cuando lo veíamos con mi suegro.

Juan Carlos y mi suegro solían quedar bastante para tomar algo.

—¿De hace cuánto tiempo estamos hablando? —preguntó Ingrid.

—Pues si Káiser, nuestro perro, tiene ahora tres años… Pues un poco más. Cuatro años, más o menos. No creo que llegue a cinco.

—Vale —dijo Ingrid.

—Juan Carlos siempre contaba que eran muy agradables, incluso de más. Que siempre estaban, como él decía, «en modo tonteo». Y doy fe. Esas mujeres son dos guarras sin remedio.

—¡Hala! —exclamó Jutta. Ingrid se echó a reír poniéndose la mano en la boca.

—¡Si es que es la verdad! —dijo Matilde encogiéndose de hombros—.

Bueno, a lo que vamos. Que un día de esos que se encontraron en el bosque, Juan Carlos les alabó el magnífico ejemplar de rottweiler que llevaban.

Y ellas se quejaron porque, a pesar de ser uno de sus mejores perros, no ganaba en los certámenes porque tenía un diente partido.

Por lo visto, el tema dental es lo primero que miran los jueces caninos.

Ingrid interrumpió:

—Ellas son dos, entiendo.

—Sí, claro —dijo Jutta.

—Y lo curioso es que a veces dicen que son hermanas.

Otras veces dicen que son amigas y otras, que son primas.

Así que nadie sabe lo que son ni quiénes son.

Pero mucha gente las conoce. —Ni Ingrid ni Jutta la cortaron, así que Matilde continuó—: Total, que Juan Carlos, como os he dicho, era muy amigo de Pepe, mi suegro, y da la casualidad de que, además de dentista al uso, Pepe era veterinario, así que tenía el título de odontología canina.

Juan Carlos y él se conocían de toda la vida y se llevaban muy bien, así que les sugirió a las suecas que se pasaran por la clínica a ver si podía hacerse algo con la dentadura del perro.

Matilde se quedó callada. Nueva pausa dramática.

—¿Y? —preguntó Ingrid.

—Que fueron. Y a mi suegro otra cosa no, pero las mujeres…

las mujeres lo volvían loco. Así que aparecieron estas dos en minifalda y con esos maquillajes que llevan siempre.

Se le metieron en la consulta y le dijeron, ojo, le dijeron, no le preguntaron, que él le iba a arreglar la dentadura al perro.

Y que ellas le iban a pagar de una manera alternativa: le iban a regalar un cachorro de rottweiler con pedigrí y le iban a hacer algo que nadie le había hecho ni le haría jamás.

Todo esto se lo contó mi suegro borracho perdido a mi marido una tarde de Navidad…

¡A su hijo! —recalcó Matilde con indignado énfasis.

—Por lo visto —dijo Jutta— es lo que hacen. Ellas nunca pagan con dinero, ¿no?

—Eso se dice —continuó Matilde con una mueca de fría certeza—.

Desde luego, con mi suegro no soltaron un duro por el arreglo del perro.

Cuando Pepe le dejó al animal la boca como nueva, se arrodillaron y se la chuparon las dos a la vez.

Tal cual. Mi suegro cuando bebía tenía la boca como un buzón de correos, así que se lo terminó contando a Miguel, incluyendo detalles que nos vamos a ahorrar.

Y en este punto entramos nosotros. Porque mi suegro no quería el cachorro, con lo otro le iba bien, y nos dijo que lo cogiéramos nosotros.

A mí no me hacía especial ilusión, pero Miguel y los niños se empeñaron, así que fue mi marido quien se puso en contacto con ellas.

Nosotros obviamente no sabíamos nada de lo que había pasado con mi suegro.

Lo supimos hace relativamente poco, esta Navidad pasada.

El camarero trajo dos tostadas con tomate y virutas de jamón serrano por encima.

Las tres mujeres volvieron repentinamente al mundo físico e Ingrid se dio cuenta de que toda la clientela había cambiado por completo y pensó durante unas pocas décimas de segundo en lo mucho que la desconcertaban los lugares tan de paso, tan sin luz, tan sin alma como aquel. Matilde continuó.

—Tuvimos que esperar un par de meses a que nacieran los cachorros y tres meses más para que nos lo pudieran entregar.

En aquella época no tenían tantas hembras como ahora.

—Matilde mordió la tostada y se limpió las migas de las comisuras de la boca con la servilleta—.

Y en ese tiempo de espera pasaron un par de cosas con ellas.

Por un lado, volvieron al poco tiempo a la consulta de mi suegro, esta vez con su padre.

No sabemos si era el padre de una o de las dos.

O de ninguna. Pero ambas lo llamaban pappa .

El hombre, según contaba Pepe, tenía unos dolores de cabeza insoportables que lo llevaban a gritar y a maldecir en sueco constantemente.

Venía sucio, delgado, prácticamente parecía un indigente.

Dice mi suegro que olía a basura húmeda y se empezó a referir al él como «la cucaracha», algo que no nos hacía gracia a nadie.

Pepe le hizo unas radiografías y le exploró la boca.

La tenía podrida. Completamente. Así que decidió sacarle unas cuantas muelas y pincharle antibióticos a ver si aliviaba presión sobre los nervios que le causaban el dolor.

Dice mi suegro que en cuanto hizo salir a las suecas para operar al padre, el hombre se puso a hablarle en sueco con de­sesperación, como pidiendo ayuda, casi con lágrimas en los ojos.

Pero claro, Pepe no entendía nada, y creo que ni quería entender, así que lo anestesió y le quitó las muelas.

Dijo que eran bolas marrones completamente empapadas en pus.

—¡Ah! —dijo Jutta con cara de asco—. ¡Que estamos comiendo!

—Vale, vale —dijo Matilde.

—Sigue, por Dios —inquirió Ingrid, que estaba realmente intrigada.