Una fábula sueca 4
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Pasaron unos días en los que Ingrid se empezó a sentir como una exploradora que hubiese caído sepultada bajo un alud de nieve compacta y prehistórica en la falda de una montaña cualquiera.

Adam necesitó cuatro nuevas visitas al dentista porque había algo en su dentadura (según la primera doctora) o quizás en su mandíbula (según la segunda doctora) que afectaba a su mordida y que a todas luces era un caso poco frecuente y que necesitaba un estudio más detallado para abordarse (según ambas doctoras).

Camilla había tenido problemas en el colegio e Ingrid tuvo que ir varias veces a hablar con el director y el jefe de estudios, dos personas que, a juicio de Ingrid, irradiaban un tibio halo de mediocridad y que lo único que hicieron con sus gestiones fue agravar el problema social de Camilla, una niña que por algún motivo no encajaba en el colegio y solía ser objeto de todas las crueldades que se le ocurrían a un grupo de compañeras socialmente insaciables.

Por otro lado, Gabriel estaba muy raro, se mostraba ligeramente ausente e Ingrid lo había sorprendido un par de veces hablando por teléfono muy bajito y colgando con rapidez en cuanto ella había entrado a la cocina.

La propia Ingrid, tendente a la hipocondría de manera moderada, creía tener un bulto en el pecho que le empezaba a generar una especie de angustia residual, como un programa de ordenador que consume recursos en segundo plano.

También estaba el tema de los hoteles: el Odysseus había necesitado una reparación urgente en el sistema de calefacción de la cual el seguro solamente se había hecho cargo de una parte, pero en lo relativo a los clientes no podía quejarse porque estaba remontando las malas cifras iniciales, mientras que el St. James había sufrido destrozos causados por un grupo de hoolingans del Manchester United que había viajado a Granada para asistir a un partido de Europa League.

Ingrid también se había enterado por su hermano de que su madre estaba desarrollando algo parecido a una adicción leve al Diazepam.

Y, para completar el alud: su queridísima Therese Lindgren había decidido poner fin a su carrera diplomática; Ingrid no había quedado muy conforme con la obra del aseo junto a la piscina; Berta, su socia, había roto con su pareja y estaba últimamente eludiendo algunas responsabilidades; y el ordenador con el que tenía que hacer los pasaportes no paraba de estropearse, tanto que Ingrid le dio un golpe fruto de la frustración en un lateral de la CPU y desde entonces emitía un ronco zumbido de ventilador barato que sacaba de quicio a Ingrid, fanática del silencio absoluto y que se sentía condenada a una vida llena de ruido de fondo.

Adam, Camilla, ella misma, Gabriel, su madre, la cpu , Berta.

Todo se convirtió en un estruendo que culminaba en el sueño recurrente de prácticamente cada noche: aquella chiquilla, Hilda, o más bien su melena de trigo húmedo y esponjoso, saliendo de casa de Ingrid abandonada, inalcanzable por mucho que Ingrid estirase el brazo a través de la verja, por mucho que la llamase con una voz que no le salía de la boca hasta que despertaba con los labios secos y el pecho empapado en un sudor tibio y fresco al mismo tiempo, un sudor que se deslizaba por sus pechos al ritmo de su corazón desbocado.

Y lo malo de estar bajo un manto de nieve es que hay una gran parte del mundo que no se ve y que no se oye.

Pero las metáforas, como las promesas de los amores de verano, terminan siendo volátiles porque la vida es más poderosa que ellas, y todo lo que Ingrid había eludido bajo el peso del frío se abalanzó sobre ella con la violencia que solo puede mostrar esa criatura salvaje y oscura cuyo nombre ha sido dulcificado bajo la palabra «realidad».

Ingrid se había olvidado por completo de la conversación con Ruud, tampoco había llamado a Jutta para preguntarle por el percance deportivo de Sandra y además —algo que luego le resultaría más grave y que excusaría para sí misma con el argumento de que la comunicación siempre la iniciaba él—, no llamó a Karl para preguntarle por la adopción del perro o por su viaje.

Pero fue Karl quien la llamó a ella, dos semanas después.

—Te juro que hemos tardado en superar el susto. Diez días por lo menos. Rose ha estado… aterrada.

—Por Dios, Karl. No sabes cuánto lo siento. No sé ni qué decir. Es…

—No, no, cielo. Ya te he dicho que tú no tienes nada que ver en esto, que solamente echaste una mano, como siempre. Fue cuestión de mala suerte y ya está. Faltaría más.

—Sí, si eso ya lo sé. Pero no me deja más tranquila. —Ingrid hizo una pausa, pensó, se sobrepuso a un momentáneo hálito de emoción, quizás un leve inicio de llanto ahogado, y preguntó de forma retórica:

—¿Adónde? ¿Adónde os mandamos?

Así que después de colgar con Karl, que le contó que finalmente habían adoptado un cachorro de bodeguero andaluz de una protectora que habían visto desde la carretera, llamó a Jutta y, sin apenas mediar preámbulo alguno, le dijo:

—Háblame del criadero de perros de La Umbría.

Aunque la petición la sorprendió por lo inesperado y por el tono afilado impropio de su amiga, Jutta inmediatamente atinó a imaginar que, como las criadoras de los rottweilers eran suecas, unido a lo poco —aunque suficiente para formarse una opinión desfavorable— que sabía de ellas a través de una compañera de trabajo, Ingrid había podido tener algún problema de índole consular o administrativo con las susodichas, por lo que contestó:

—¿Ya te ha pasado algo con ellas?

Y entonces fue Ingrid la sorprendida. En un silencio que duró tres, cuatro segundos, analizó la respuesta de Jutta, cuyo «ya» —remarcando a juicio de Ingrid algo así como que era cuestión de tiempo que ocurriese algo— y cuyo «ellas» —que también a juicio de Ingrid establecía una unidad identitaria compacta y plural— la inquietaron y le hicieron sentir un rápido escalofrío ante el recuerdo de lo que le había contado Karl: disparos, la caravana atrapada, perros rabiosos intentando llegar a ellos a través de la reja. Un agente de la ley que huye.

—Envié a unas personas a comprar un perro y tuvieron una experiencia horrible. Horrible…

Su pensamiento seguía fluyendo a través del mismo cauce: disparos, gritos, agente, tapia, vidrios rotos, sangre en las manos. «Y menos mal», se decía continuamente. «Menos mal que Karl conocía el mecanismo de aquel cierre». Agente, disparos. Dos. Dos disparos.

—¿A quién se le ocurre? —preguntó Jutta.

—Joder, Jutta. Tú compraste el perro ahí, ¿no? Además, fue Ruud quien nos dio la dirección del sitio.

Jutta hizo una pausa.

—¿Ruud? ¿Mi Ruud?

—Yo se la pedí —dijo Ingrid, quitándole la culpa al niño—. Llamé hace un par de semanas. Vosotros estabais con Sandra en el hospital o algo así. Por cierto, ¿cómo está?

—Bien, bien —respondió Jutta—. Una tontería. —Se la notaba pensar mientras hablaba—. Pues el caso es que el niño no me ha dicho nada.

—No tiene importancia —dijo Ingrid—. Lo que quiero saber es adónde mandé a mis amigos y a qué viene ese «a quién se le ocurre».

—Mira, no conozco mucho el tema. Pero Matilde, mi compañera, sí.

Ella las conoce. Y, por lo poco que me ha contado alguna vez, si llego a ser yo la que te coge el teléfono ese día, ten por seguro que no te mando allí.

Eso está claro. De hecho, Matilde me habló de ellas una vez que nosotros ya teníamos el perro; de haberlo hecho antes, tampoco…

Espera un momento, Ingrid. —La voz de Jutta se atenuó—.

Sí, Sandra, dime. Claro, claro que sí. Voy, espera.

Ingrid, cariño, te tengo que dejar. Si quieres hablamos más tarde.

—¿A qué hora tienes el descanso mañana? —preguntó Ingrid con avidez.

—A las once y media, ¿por qué?

—¿Está Matilde de turno?

—Sí, estamos las dos de mañana. Esta semana y la que viene.

—Nos vemos en la cafetería a las once y media. Tenemos que hablar de ese sitio. Esto no va a quedar así.

Cuando colgó, Ingrid se sentía realmente agraviada, insultada, avergonzada por lo que les había ocurrido a dos personas que gozaban de su cariño, y por eso quería saber más sobre aquel lugar frío y desolado donde había gritos, disparos y huidas a las ocho de la mañana.

Aquella noche Gabriel había salido con la gente de la escuela de arte a celebrar una jubilación, así que dio de cenar a los niños, les leyó una historia del libro de fábulas suecas y bajó a la cocina, donde se preparó un plato de queso con un poco de salmón mientras escuchaba algo de jazz en el equipo de música.

Se sentó a cenar viendo una película ya empezada mientras bebía vino tinto a un ritmo mayor del habitual, quizá fruto de un estrés que subyacía bajo su enfado por el incidente del criadero.

Llevaba tres cuartos de la botella, estaba ya tumbada de lado, medio amodorrada por el sueño y el vino cuando un personaje de la película, una mujer que fumaba un cigarro y miraba una puesta de sol rosácea, casi fluorescente, le dijo a un muchacho que parecía ser su hijo: «Se necesita darle algo de sangre al diablo para que nos haga caso».

Y dado el carácter práctico y simbólico de Ingrid, es posible que si no hubiese estado bajo la influencia del vino y del sueño embriagador que la envolvía como una densa manta de lana, hubiera reflexionado sobre esa frase que —precisamente esa noche— parecía un anticipo de lo que estaba por venir; pero la consciencia aletargada de Ingrid no daba para más y, sin escuchar la respuesta del hijo, que también miraba la puesta de sol que iba cobrando un tono pomelo oscuro, Ingrid apagó la televisión y se durmió.