Una fábula sueca 3 #4
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Por instinto, Karl se agachó, pero el hombre no corría en dirección a las cancelas, sino que se dirigía a toda prisa hacia un lateral del muro donde se alzaba una zona de setos altos.

El hombre se escondió detrás de la vegetación mientras se seguían escuchando gritos de varias mujeres que provenían de un punto concreto ubicado en la parte alta de la casa.

Algunas palabras eran españolas, mientras que otras le sonaban a Karl a una lengua eslava.

Cuando vio al hombre salir del arbusto reseco comprendió que lo que había llevado en las manos era el uniforme de la Guardia Civil que ya llevaba puesto.

El hombre miró a la casa con aire asustado, escupió al suelo y se encaramó a la tapia, que era muy alta y tenía pocos puntos de apoyo por los que trepar.

Mientras buscaba la manera de agarrarse a la pared, la puerta volvió a abrirse y entonces salió la tromba negra como una gran nube de tormenta.

Antes de sucumbir al miedo, Karl contó uno, dos, tres, cuatro.

Al quinto rottweiler, dejó de contar. Más de una decena de perros completamente fuera de sí se lanzaron hacia el agente que intentaba agarrarse de algún modo a la tapia, y la brisa tibia y aún vacía de la mañana se llenó de rugidos furiosos, de babas y de espumarajos colgantes, de dientes que se desplazaban en dirección a aquel hombre desesperado a tal velocidad que el movimiento constituía una forma de violencia en sí mismo.

El agente era más ágil de lo que Karl había imaginado a simple vista y consiguió trepar un buen trecho, de tal modo que el estruendo de mandíbulas negras se quedó debajo de él como un enorme banco de pirañas esperando a que alguien les lance el siguiente trozo de algo que poder triturar.

Karl, presa de un pánico paralizante, atinó a pensar en cómo se sentiría aquel hombre que trepaba por su vida, y que finalmente consiguió llegar hasta la parte alta del muro, cuyo perímetro estaba coronado por trozos de vidrio afilados que en su momento habían sido clavados en el cemento fresco, y que el agente tuvo que agarrar de manera inevitable para poder saltar a la parte exterior de la finca.

Karl vio cómo las manos se le llenaban de sangre de manera casi mágica, sangre brillante que se deslizaba por las mangas del uniforme como si Dios le hubiera enviado uno de esos castigos bíblicos inmediatos y fulminantes.

La última imagen que Karl tuvo de aquel hombre fue cómo desaparecía tras la tapia dejando un rastro de palmas sangrientas en la parte alta y parduzca del muro.

Volvió la vista hacia la caravana y vio a Rose, con el rostro lívido y la misma expresión vacía que él.

Comprendió que también había visto la escena.

Y tras un minuto de calma tensa, los perros se dieron la vuelta. Lo primero que hicieron fue establecer contacto visual con Karl, que no sabía qué pensar, qué decir y, por supuesto, no tenía ni la menor idea de qué hacer.

La jauría lo tuvo muy claro: presa de una excitación atávica, todos los perros corrieron en tropel hacia la cancela.

Hacia Karl.

—¡Karl! —gritó Rose—. ¡Karl!

Él empezó a notar un tenue cosquilleo en la vejiga cuando aquella docena de bocas babeantes que rugía con un estruendo de huracán desatado chocó en masa contra las rejas.

Las mandíbulas oscilaban arriba y abajo y los ladridos mantuvieron a Karl paralizado hasta que Rose bajó la ventanilla y le gritó con fuerza:

—¡Karl, joder!

Fue ahí cuando Karl se dio cuenta de que las enormes cabezas de los rottweilers no cabían entre los huecos de las rejas.

Su mente se puso en marcha. Corrió hasta la parte trasera de la autocaravana, donde había un compartimento que era una especie de trastero.

De ahí sacó la caja de herramientas y buscó una llave de tubo del número catorce y un destornillador plano.

—¿Qué haces? —dijo Rose. Tuvo que levantar la voz para que sonase mínimamente superpuesta a los rugidos de los perros.

—Desbloquear el cierre —respondió Karl mientras metía el destornillador en un agujero que atravesaba la llave de tubo y giraba con dificultad un tornillo al que accedió tras retirar la tapa del mecanismo—. Debería bastar con… esto… un poco más… ¡ahora!

Karl soltó la llave y el destornillador y empujó la cancela, que cedió con cierta reticencia oxidada, hasta introducirla por completo detrás del muro.

Miró a los perros, que, completamente fuera de sí, chocaban las cabezas contra la reja que vibraba emitiendo sonidos roncos y metálicos. Karl subió a la autocaravana y arrancó.

—Mierda —dijo a modo de saludo.

Cuando empezó a echar marcha atrás se dio cuenta de que, con las ventanas cerradas y la música puesta, el ladrido de los perros no solo era casi imperceptible, sino que contemplar esa feroz masa animal rugiendo mientras dentro de la autocaravana sonaba Wild World de Cat Stevens era algo extrañamente bello y poético.

La mañana había madurado y el sol proyectaba sobre los cristales de la caravana una burbuja de luz otoñal del color del pan tostado.

Presa de la ansiedad, Karl descendió de aquella zona montañosa a una velocidad excesiva, con la vejiga apretada.

No pudo evitar sentir un cosquilleo en la barriga cuando se cruzaron con un coche de la Guardia Civil que subía hacia la urbanización.

Ni Rose ni Karl dijeron nada más.