Una fábula sueca 3 #3
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—Eso está en Los Picos. Es una urbanización. Se llega girando a la izquierda. Al final de la carretera. Son fincas grandes. —Cogió el papelito y miró con atención la dirección. Hizo un rápido e indeterminado gesto bucal y dio otro trago—. ¿Para qué quieren ir ahí?

—Queremos comprar un perro —dijo Karl en un español rudimentario.

El camarero miró a Karl. Hizo amago de decir algo y permaneció un par de segundos más en silencio, como un sistema operativo de ordenador que se traba. Finalmente dijo con una media sonrisa:

—Cierto. Ahí venden perros.

Llegar a Los Picos no era tan sencillo, pues si se seguía el curso natural de la vía hacia la montaña, aunque se empezaban a vislumbrar algunas casas desperdigadas que parecían ser el inicio de la urbanización, el camino llevaba a una enorme masa de agua natural que reflejaba las nubes bajas impregnadas en la luz púrpura del final del amanecer: el lago Mamut.

Se decía que aquella depresión había sido un cementerio de mamuts y que todo el fondo del lago estaba lleno de enormes huesos, una especie de lecho óseo prehistórico que suscitaba —según había leído Rose en la guía Michelin— «una gran cantidad de leyendas y supersticiones locales».

Karl encontró de casualidad el camino que definitivamente los llevó a Los Picos, y al adentrarse en él pudieron comprobar que las casas, en efecto, estaban muy separadas entre sí porque cada propietario tenía lo que podría calificarse como una buena finca.

La carretera transitaba por la urbanización bajo enormes y frondosos plátanos de sombra y se bifurcaba continuamente a lado y lado en nuevos caminos que conducían a las diversas parcelas.

Karl y Rose tomaron una ruta al azar, ya completamente ajenos a las tibias explicaciones del camarero, dispersos ante aquel paisaje cada vez más de montaña, más vegetal, más árido y silencioso.

Pero el azar les sonrió cuando pasaron por delante de una cancela junto a la que había un poste de madera pintado de blanco con el número cuatro.

—¡Es esa! ¡La cuatro! —dijo Rose.

Karl detuvo la autocaravana delante de la cancela, que tenía forma de mariposa y estaba formada por altísimas estacas de hierro afilado que presentaban un estado de oxidación extremo que las hacía parecer carne desollada.

Consultaron el papelito con la dirección y comprobaron que era correcta.

Ingrid había anotado el nombre de la calle y debajo, « parcela 4 ».

Desde el exterior se intuía que la finca era inmensa, de una extensión imposible de calcular a simple vista desde la posición de Karl, que se había bajado de la autocaravana y miraba a través de las rejas, infestadas de escamas rojizas que desprendían un olor ocre y ferruginoso.

Tras la cancela solamente podía verse un solar basto y desolado y algunos árboles que parecían ser el inicio de un terreno boscoso.

A lo largo de todo el solar se esparcían numerosos materiales de construcción y sacos de cemento y escayola que, junto al polvo que levantaba la brisa del suelo, creaban una escena de lugar abandonado y triste.

No había rastro alguno de la casa ni se intuía presencia humana.

El primer sol de octubre envolvía el silencio con un halo pálido y dulzón que de vez en cuando era quebrado por graznidos distantes de aves escondidas entre las ramas. Karl llamó al interfono.

Esperó.

Entonces se dio cuenta de que dentro había otra cancela, a apenas cinco metros de distancia de la que presidía la finca.

—Hay doble reja —le dijo a Rose, que había bajado la ventanilla y que con un gesto interrogativo instaba a Karl a que le diese algún tipo de información. Ella asintió y cerró de nuevo la ventanilla.

Pasados un par de minutos sonó un chasquido sordo proveniente del mecanismo automático y la cancela oxidada empezó a chirriar al tiempo que se introducía sin prisas tras el lateral del muro.

Dos pájaros que Karl no había visto echaron a volar desde la tapia hacia los árboles y en apenas medio minuto la entrada quedó abierta.

Karl dudó si pasar andando, pero en cuanto dio los primeros pasos comprobó que aquello estaba pensado para entrar únicamente en coche, pues la casa estaba ubicada a unos treinta metros tras salvar la segunda cancela, así que volvió a la autocaravana, arrancó y cruzó la primera reja.

En cuanto avanzaron un poco pudieron ver la casa con total claridad y sacar por separado la misma conclusión: era enorme.

Estaba coronada por un inmenso tejado a dos aguas del color del desierto, mientras que la fachada, que mostraba dos plantas llenas de ventanas rectangulares, todas tapadas con cortinas oscuras, había sido de color blanco tiempo atrás, pero en aquel momento presentaba un aspecto pardo similar al humo beis que sale en cúmulos esponjosos de las chimeneas industriales.

En cuando la caravana llegó al espacio intermedio, la primera cancela se cerró.

—¿Y ahora? —preguntó Rose, subiéndose las gafas de sol e inclinándose hacia adelante para mirar hacia la casa a través de la enorme luna frontal.

—Supongo que habrá que esperar —dijo Karl—. Son mecanismos semiautomáticos, así que alguien tiene que darle al botón para que entremos.

Y así pasaron dos, tres minutos. Atrapados entre las dos rejas mientras veían ascender el sol que vertía una luz de sodio amarillento sobre la arena del solar seco y polvoriento que antecedía a la casa y al bosque. Karl bajó la ventanilla y se asomó. Dijo tímidamente:

—¿Hola?

No era una persona que perdiera los nervios con facilidad, pero aquello se convirtió en una de esas situaciones en las que el silencio es una fuente de estrés más que de calma.

—¡¿Hola?! —insistió.

Decidió tocar el claxon. Tímidamente al principio, pero, a medida que lo hacía sonar, la ansiedad se iba adueñando de su cuerpo y su incipiente desesperación terminó por contagiar a Rose.

Pasado un minuto, Karl ya aporreaba el claxon con la rabia de una presa recién capturada.

Finalmente, desbordado por la impotencia, bajó de la autocaravana.

Se dirigió a inspeccionar los cierres de la primera cancela, ya que había vendido miles de cerramientos automáticos en su negocio de Mölle.

Rose puso la radio dentro de la autocaravana y se limitó a mirarse las uñas para llevar aquello con un mínimo del estoicismo, una actitud vital que la definía bastante bien.

Justo cuando Karl llegaba hasta el cierre de la primera cancela y comprobaba que conocía perfectamente el mecanismo, un sonido descomunal, seco y áspero, quebró el silencio, provocándole a Karl un choque nervioso, una convulsión ante lo inconfundible que le resultó aquel estruendo, pues había pasado toda su infancia saliendo a cazar venados con su tío Vikingur: el brutal alarido sordo de un disparo de escopeta.

Tras él, el aire se llenó de chillidos descontrolados de mujer, arañazos sonoros que se acrecentaron poco a poco y se solaparon con el segundo disparo antes de que se hiciera una tregua de silencio.

Dos disparos, gritos y una calma de pájaros asustados y hojas mecidas por la brisa.

Karl miró a la autocaravana, pero Rose tenía los ojos cerrados y movía la cabeza al ritmo de la música, que se escuchaba desde fuera como un eco lejano y amortiguado.

Y de repente, empezó el movimiento en la casa.

Más gritos, muchos golpes. Algo roto, quizá.

La puerta principal se abrió y de ella salió un hombre prácticamente desnudo.

Tenía un frondoso bigote y todo cuanto llevaba puesto era unos calzoncillos con estética de unos veinte años atrás y unas botas desatadas.

Llevaba entre las manos algo oscuro que transportaba como quien sujeta un bebé.