3 #2
—Bueno, cielo —dijo Karl—. La vida son épocas. Y el consulado, por lo que veo, va fenomenal, ¿no?
—Me encanta —dijo Ingrid—. Viajo, conozco gente, ayudo a toda la comunidad sueca… Es fantástico. Si el sueldo fuese más alto, me plantearía incluso vender mi parte de la empresa.
En ese momento, Gabriel se levantó, visiblemente serio, y se retiró a dormir argumentando que tanto hablar en sueco le causaba dolor de cabeza.
—¿Todo bien? —preguntó Rose con aire discreto cuando Gabriel se hubo marchado.
—Sí, no te preocupes. Creo que últimamente está un poco… —Ingrid hizo una pausa para elegir una palabra que no parecía atreverse a usar— frustrado con su trabajo. El mundo de la cultura y del arte es complicado. Injusto y complicado.
Al día siguiente, Ingrid y Gabriel discutieron porque Karl le había intentado hacer un encargo a Gabriel.
Un busto de su mujer. Gabriel se lo había tomado mal, como un gesto de caridad ante un pobre escultor muerto de hambre, y pasaron casi una hora de reproches en voz baja para que nadie los escuchara.
Las discusiones entre ellos no eran algo frecuente, pero Ingrid estaba últimamente muy irritable ante la susceptibilidad de Gabriel cuando salía cualquier tema relacionado con el trabajo.
Esa noche, la penúltima de Karl y Rose en Granada, Gabriel no bajó a cenar.
Pero la noche siguiente, la de la de la despedida, Gabriel parecía haber cambiado por completo su actitud y se mostró extrovertido y agradable.
Ingrid y él ofrecieron una barbacoa inmensa, todos bebieron vino caliente con especias y Karl y Rose les dieron a los niños un montón de juguetes que habían comprado aquella mañana en Granada.
Fue a mitad de esa última cena. Ingrid ya les había entregado sus pasaportes nuevos y hablaban sobre Sevilla, el próximo destino de los viajeros. Gabriel, que conocía la ciudad, planificó un itinerario y fue entonces cuando Karl hizo el comentario.
—Lo único que nos falta es un buen perro —dijo mirando a su mujer con aire de plenitud.
Adam, que estaba sentado entre Karl e Ingrid y masticaba un perrito caliente a rebosar de kétchup, sorbió un trago de su Fanta de limón y le dijo a Ingrid:
—Mamá, a ellos les pegaría tener un perro como el de Ruud.
—¡Es verdad! —dijo Camilla, que ya había terminado su perrito y mojaba un par de dedos en los restos de kétchup que quedaban en su plato de plástico—. Ese perro sería perfecto para ellos.
—¿Qué perro es? —preguntó Rose.
—Pues la verdad es que no sé la raza. —Ingrid se giró hacia Gabriel—. Cariño, ¿qué es el perro de Jutta?
Gabriel tecleaba un SMS en su teléfono móvil. Levantó en la cabeza y dijo:
—Un rottweiler .
—¡Me encantan! —dijo Rose.
—¿Cuáles son? —preguntó Karl.
—Sí, hombre —dijo Rose—. Como ese que tenía Lindstrom, el chico de transportes. Esos que tienen las cejas amarillas.
—Ah —dijo Karl—. Sí, sí. Muy bonitos. Imponen, ¿eh?
—Pues lo cierto es que os iría muy bien con vuestro nuevo… aire —señaló Ingrid.
—Pues sí —respondió él sonriendo y atusándose el bigote herradura con una mano cóncava.
Ingrid señaló al interior de la casa.
—Por lo que me dijo mi amiga Jutta, hay un criadero no muy lejos de aquí. Suelen tener camadas disponibles casi siempre. ¿Queréis que la llame y le pregunte?
Rose y Karl se miraron. Es posible que un vestigio de ese instinto paternal que los poseía estuviera haciendo de las suyas.
—Sí —contestó Rose—. Por qué no.
Así que Ingrid entró en casa, encendió un par de luces, se sentó en el sofá con una cerveza en la mano y llamó a casa de Jutta y Pablo.
Jutta era una de las mejores amigas de Ingrid.
Era holandesa, casada con un profesor de Literatura, y podría pensarse que Ingrid y ella se conocieron en los ámbitos internacionales de Ingrid, pero en este caso el consulado y los hoteles no tuvieron nada que ver: Ingrid y Jutta chocaron sus coches en una rotonda unos años atrás, y como no se ponían de acuerdo en quién tenía la culpa de las dos, aparcaron y se fueron a un bar a beber cerveza y chupitos de tequila.
Desde entonces se veían prácticamente cada fin de semana, ya que tanto los maridos como los niños habían encajado muy bien.
Fue Ruud, su hijo de doce años, quien descolgó el teléfono.
—Hola, Ruud, soy Ingrid. ¿Está tu madre?
—Hola, Ingrid. —Ruud era un chico muy maduro y espabilado, socialmente muy adelantado a su edad—. Pues ha ido a urgencias con Sandra. —Se refería a su hermana.
—¿Qué ha pasado?
—Nada, tranquila. Se ha torcido un tobillo en el entrenamiento. Tenía pinta de ser un buen esguince.
—Vaya por DSios —dijo Ingrid con voz afectada—. Bueno, mañana llamaré a tu madre para preguntar cómo ha ido. Oye, Ruud, ¿tú sabes dónde comprasteis el perro?
—Mmm. Fue mi padre el encargado de recogerlo, pero el teléfono del sitio tiene que estar aquí, en la agenda. ¿Te lo miro? Creo que la mujer que nos lo vendió era sueca.
—¿Sueca? ¿En serio?
—Sí, creo que sí. —Ruud guardó silencio unos segundos mientras se le escuchaba revolver papeles al otro lado del teléfono—. Mira, aquí lo tengo. Apunta, Ingrid.
Ingrid anotó el número, muy extrañada porque Jutta no le hubiese comentado que la dueña del criadero fuese sueca.
Más adelante, cuando hablaron después del alud de nieve, Jutta le dijo que fue su marido quien llevó todo el tema del perro, y que probablemente el hecho de que fueran suecas se lo había comentado a Ruud como anécdota, pero no a ella.
Jutta pensaba que la criadora de rottweilers era española «porque en España, por defecto, la gente es española».
Esa noche Karl llamó al criadero y, efectivamente le atendió una voz con marcado acento sueco.
Karl se identificó como compatriota y cambiaron de idioma.
La mujer, que hablaba con una lentitud que a Karl le pareció cercana al retraso mental, le dijo que tenían diez cachorros disponibles de dos hembras distintas.
Que unos eran más caros que otros porque tenían «más apellidos».
La verdad es que a Karl le hubiera valido cualquier chucho, pero a Rose realmente le gustaban aquellos perros que costaban, según Karl, «como tres ventanas con cierre decente».
Así que le pidió la dirección a la mujer, la anotó en un papel y quedó en pasar al día siguiente a primera hora.
—¿Podrá atendernos usted tan temprano? —preguntó Karl antes de colgar.
—No se preocupe —dijo la mujer con aquella lentitud que podía confundirse perfectamente con una lesión indeterminada quizás provocada por algún accidente cerebrovascular—. No solemos dormir mucho.
Extrañado, Karl se despidió y le enseñó la dirección a Ingrid y a Gabriel. El sitio parecía estar en una urbanización grande y apartada, en una zona montañosa cercana a un pueblo muy tranquilo que se llamaba La Umbría.
—Os pilla más o menos de paso camino a Sevilla —le dijo Gabriel a Karl. Ya estaban dentro de la casa tomando una copa antes de dormir. Los niños se habían acostado hacía un rato e Ingrid había puesto un CD de David Bowie a volumen muy bajo—. ¿Queréis que os acompañe?
—No, tranquilo, tiene pinta de ser fácil —dijo Karl—, y vosotros estáis muy ocupados. Ya os hemos robado bastante tiempo esta semana. Mañana temprano nos pasamos por allí Rose y yo, ¿verdad, amor?
Rose sonreía. Empezaba a notarse la ilusión que le hacía la idea de tener ese cachorro porque ponía aquella mirada tan suya, aquella mirada que Ingrid conocía tan bien y que para ella representaba la viva imagen del amor entendido como ese sentimiento absoluto del que hablan los libros sagrados.
Al día siguiente, tras el desayuno y los abrazos, Karl y Rose, mapa Michelin en mano, se pusieron en marcha.
Su autocaravana era de un tono crema similar al helado de vainilla, con unos grandes paneles de madera cálida en los laterales.
Al subirse, mirando a la familia que los despedía, Karl bajó la ventanilla, tocó el claxon y gritó:
—¡Sin destino, solo navegando!
Rose asomó la cabeza tras el voluminoso cuerpo de su esposo y gritó:
—¡Os queremos!
La familia se quedó en la entrada de la casa haciendo gestos de despedida, agitando las manos y sonriendo.
Desde la acera veían alejarse la enorme autocaravana, mientras la aurora se intuía como un velo púrpura que asomaba tras la sierra.
Era la misma acera en la que, meses más tarde, ellas trazarían aquellos extraños símbolos imborrables, aquellos jeroglíficos siniestros con los que Ingrid soñaría recurrentemente el resto de su vida. Ellas, las putas y brujas.
Karl y Rose llegaron a La Umbría apenas media hora después.
Era un pueblo luminoso y frío situado en una pequeña llanura al pie de tres enormes montañas encadenadas, cuya urbanidad se articulaba en torno a una avenida principal —en realidad una carretera nacional con el estatus de «travesía»— de la que salían a lado y lado unos pocos barrios de piedra y casas blancas.
La mayoría de los comercios estaban o bien en el pequeño núcleo histórico o bien en la propia carretera principal.
Karl y Rose se detuvieron en una gasolinera a tomar un café.
El bar de la gasolinera estaba abarrotado de camioneros y de pueblerinos bebiendo café mezclado con alcohol.
Karl se animó y pidió una cerveza y unos huevos con chorizo.
Rose le dijo que apenas eran las ocho de la mañana y fingió un enfado que se disipó en unos pocos minutos.
Cuando terminaron, Karl le preguntó al camarero si les podía indicar cómo llegar a la dirección que ponía en aquel papelito con la letra impoluta de Ingrid.
El hombre hablaba con frases muy cortas y, entre una y otra, daba tragos a un vaso lleno de un líquido que tenía el color, la textura y el olor del whisky.