Una fábula sueca 3
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Apenas unos días después de aquella cena somnolienta en la que Gabriel le habló de las putas y brujas, Ingrid recibió la llamada de Karl, un viejo amigo de Mölle con quien nunca había perdido el contacto.

Karl y su mujer Rose habían sido dos fijos en el club de lectura, dos miembros muy activos en aquellas tertulias de los jueves.

Ambos suscitaban en Ingrid una enorme ternura, pues le parecía admirable el afán de aquellas dos personas, que apenas habían estudiado ni leído en toda su vida nada que no fuera la guía de la programación de la televisión por cable por participar activamente de aquel mundo cultural que nacía en Mölle y que les despertaba inquietudes sinceras.

Al principio, Karl y Rose adoptaron la estrategia de pasar por el Ithaka unos días antes de la tertulia con alguna excusa absurda para entrar y hablar con Ingrid.

La más frecuente, además del típico «Cielo, te traemos un buen guiso que Rose ha preparado porque mira cómo te estás quedando de delgada, que a saber qué comes, etcétera», era que mientras paseaban por delante del hotel, Karl había visto algo raro en una ventana o en un toldo —Karl tenía una empresa de ventanas, aluminios y cerramientos—.

Después de comprobar que todo estaba bien, se ponían a charlar con Ingrid en la recepción y poco a poco le sonsacaban sus impresiones sobre el libro que había que comentar el jueves, pues querían llevar a la tertulia algo seguro, algunos comentarios que les diesen tranquilidad para poder hablar en voz alta, ya que no se fiaban de sus propias conclusiones por considerarlas erróneas, torpes y simplistas.

Poco a poco, Karl y Rose se convirtieron en grandes lectores y en dos de los miembros más apreciados de aquellas reuniones por sus perspicaces opiniones y por la sagacidad de sus comentarios sobre aspectos sutiles que a la gran mayoría se les escapaban.

Por todo ello, Karl y Rose fueron, posiblemente, los que más sintieron en el pueblo la marcha de Ingrid a España.

Ingrid siempre pensó que detrás de toda esa amistad y ese cariño quizá podía latir agazapado un sentimiento paternal hacia ella, ya que eran uno de esos matrimonios que parecían sufrir doblemente: por no haber podido tener hijos y, quizás incluso más, por no haber solicitado a tiempo una adopción.

Desde la marcha de Ingrid, Karl había sido el portavoz de la pareja.

Primero mediante cartas postales que enviaba sin falta el día nueve de cada mes y recientemente a través de correo electrónico, pues el gobierno sueco había lanzado un plan de digitalización y Mölle había sido uno de los primeros lugares en recibir Internet de forma globalizada, algo realmente novedoso en pleno año dos mil.

Ingrid ya sabía por los correos electrónicos que Karl había conseguido traspasar la empresa tras haberse jubilado unos meses atrás. Lo que no imaginaba era que iba a cumplir tan rápido lo que él siempre había llamado «el sueño de su jubilación».

—Pues como lo oyes, cielo. —Karl siempre la llamaba así—. El lunes de la semana pasada nos entregaron la autocaravana. Hemos pasado unos días preparándonos y mañana salimos para España.

—¡Qué alegría! —Ingrid se había pasado años en Mölle escuchando el gran plan de Karl y Rose: la autocaravana con la que recorrerían Europa «sin destino, solo navegando»—. ¿Vendréis a Granada?

Karl soltó una carcajada.

—¡Cielo, por Dios! ¿Cómo íbamos a perder la oportunidad de comprobar con nuestros ojos cómo te trata ese español barbudo?

En los días posteriores, Karl y Rose iban llamando por teléfono a Ingrid a medida que se acercaban a España, y a Ingrid le hacía mucha gracia que se fuesen parando en los lugares donde había algo universalmente típico por hacer o comer.

Finalmente, tras comprar una cámara de fotos en Andorra, comer butifarra y calçots en Barcelona y almorzar una paella en la Malvarrosa un domingo a medio día, le dijeron a Ingrid que llegarían a Granada al día siguiente.

Ingrid estaba muy ilusionada ante la perspectiva de aquel reencuentro.

Porque casi siempre que el pasado interfiere en el presente lo hace para causarnos inquietud, a veces incluso para hacernos daño, pero en este caso se aproximaba el pasado bueno, el de los años felices del Ithaka.

Ingrid insistió en que se quedasen en su casa, que tenía dos habitaciones para invitados, pero la respuesta de Karl y Rose, ilusionados ante su nueva condición de viajeros, siempre fue:

—¿Es que acaso no llevamos nuestra casa?

En aquella época la vida social de Ingrid y Gabriel estaba en su punto culminante.

Los niños habían crecido y los trabajos de ambos se sustentaban sobre la interacción con otras personas, sobre todo en el caso de Ingrid, pues en ella se juntaban todos los contactos de su condición de diplomática con los que derivaban del mundo del turismo.

Gabriel había hecho bastantes amistades en el entorno del arte, así que en aquellos años todo eran reuniones, cenas, quedadas, charlas junto a la gran chimenea de su salón, saunas multitudinarias —habían instalado una grande en su propio sótano— y un ir y venir permanente de amistades de todo pelaje y nacionalidad que compartían su admiración por lo buenos anfitriones que eran Ingrid y Gabriel, y que cumplían a rajatabla la regla básica de su casa: llevar «un plato de comida por grupo y un litro de bebida por persona».

Así que Ingrid despejó con mucho gusto su agenda social durante los días que Karl y Rose iban a pasar en Granada y preparó, tal y como hacía con cada visita diplomática, lo que ella llamaba «el pack completo»: Alhambra, paseos, tapas, flamenco y lo que surja.

El reencuentro fue muy emocionante para Ingrid.

Karl y Rose tenían un aspecto juvenil a pesar de haber envejecido, se los veía ostensiblemente relajados y mostraban una inesperada estética de rock duro: cazadoras oscuras, pañuelos en la cabeza, camisas de franela y botas negras.

Karl incluso se había dejado uno de esos bigotes en forma de herradura que le daba un aspecto de habitante de un club de moteros.

Parecían dos personas que uno podría encontrarse en un área de servicio del Medio Oeste comiendo una hamburguesa doble a las nueve de la mañana.

Llegaron el lunes por la tarde, aparcaron la autocaravana enfrente de la casa de Ingrid y Gabriel y allí pasaron una semana que todos recordarían después como maravillosa.

En principio no tenían intención de quedarse tanto tiempo, ya que no querían comprometer a los anfitriones, que eran dos personas ocupadas, pero aprovecharon que estaban en un consulado para renovarse sus pasaportes y obtener unos nuevos con caducidad indefinida.

Durante el día, Ingrid los acompañaba a Granada —Ingrid y Gabriel vivían en un pueblo a veinte kilómetros de la ciudad— después de atender sus obligaciones consulares, y hacían algo de turismo.

Tras el almuerzo, Karl y Rose recogían a los niños del colegio y pasaban la tarde con ellos.

Adam y Camilla se sentían muy cómodos en su compañía, y aquellas tardes de juegos, meriendas y caprichos fueron para ellos una especie de vacaciones extrañas.

Por las noches, como era octubre y aún hacía buen tiempo, Gabriel preparaba una gran barbacoa y todos cenaban juntos en el jardín.

Allí charlaban sobre Suecia, sobre las nuevas vidas que todos estaban viviendo, sobre los proyectos personales de Ingrid y sobre la carrera de Gabriel.

—Sí, claro. Sigo con las clases. —Gabriel bebía una cerveza y el sol ya se había puesto tras los setos del jardín, por lo que estaban casi a oscuras, apenas iluminados por las luces anaranjadas de las farolas de la calle.

Era una de las primeras noches que Karl y Rose estaban allí—.

Y hago algunos trabajos particulares de escultura.

Ya sabéis, encargos y cosas así que van saliendo.

—Qué bien, ¿no? —dijo Rose.

—Pero, cariño, no seas modesto —dijo Ingrid acariciándole un antebrazo a Gabriel—. Cuéntales lo del encargo que te han hecho.

Gabriel lanzó a Ingrid una mirada fría que Karl y Rose no supieron interpretar.

Ellos no sabían que la pasión de su vida, la escultura, estaba empezando a frustrarle porque no había llegado a la gran cima que tanto ansiaba y veía como sus años se diluían entre clases a niñatos egocéntricos y encargos absurdos de nuevos ricos que se creían algo parecido a los Medici, y que a ojos de Gabriel no eran más que una panda de horteras acomplejados.

—Sí, bueno —dijo dando un trago a su cerveza—.

No es nada. Un tipo con pasta ha perdido la custodia de su hija por darle una paliza a su exmujer cuando estaba drogado.

—Gabriel miró a Karl con una especie de sonrisa irónica—.

Fue a su casa de madrugada, entró con su antigua llave y le partió varios huesos con una fusta para caballos.

—Gabriel miró ahora a Rose, que se echaba una mano a la boca—.

Pues el tipo me ha encargado una escultura de la niña para ponerla en la entrada de su finca. Para no olvidarse de ella.

Todos guardaron silencio. Era una especie de buena noticia insertada en un horror. Como cuando uno de esos perros rescatadores salva a alguien bajo las ruinas de un descomunal terremoto. Karl cambió de tema echándole un brazo por encima a Ingrid, que encendía una gran vela de citronela.

—Por lo que veo, a ti te va genial, cielo.

—Pues sí, la verdad es que no me puedo quejar.

Los hoteles funcionan bien, aunque el Odysseus nos está dando algunos problemas.

Está en una zona árida y las instalaciones son antiguas, pero mi socia es toda una fiera.

No obstante —dijo mientras Rose le servía un poco más de vino—, tengo un poco de cargo de conciencia por no aparecer tanto por allí como antes.

Prácticamente me estoy limitando a hacer unas llamadas y a poner la mano a final de mes.