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La propuesta estuvo en el aire una semana en la que Ingrid tuvo larguísimas conversaciones con Gabriel, conversaciones similares a las que surgieron tras la oferta que Sebastián San Juan le había hecho a Gabriel cuando vivían en Mölle (tira, afloja, pro, contra, sí, no, pero, tú, yo) y que había removido y agrietado por completo la tierra que Ingrid y Gabriel pisaban, algo que aún palpitaba en el aire cada vez que las cosas se ponían serias, una especie de «por ti lo dejé todo» que se decía sin decirse.
Las conversaciones con Gabriel se solaparon con las reuniones con Berta, que se lo tomó bastante bien tras el impacto inicial.
Al final, le propuso a Ingrid redistribuir los beneficios «en un setenta-treinta» que compensaría la mayor presencia laboral que ella asumiría si Ingrid decidía aceptar el consulado.
Ingrid hizo cálculos con Gabriel: el sueldo del consulado, el sueldo de profesor y el treinta por ciento de los beneficios de los hoteles les daba de sobra para vivir holgadamente.
—No te arrepentirás —dijo Therese cuando la recibió en Madrid un mes después para que iniciase su curso de formación en protocolo, diplomacia y función administrativa.
La propia Therese fue la encargada de impartir parte de los módulos formativos durante aquellas tres semanas de julio del 89 en las que Ingrid se hospedó junto a Gabriel, que estaba de vacaciones, en un pequeño apartamento que había dentro de la embajada.
El acto de aceptación de los nuevos cónsules fue embriagador: etiqueta, mayordomos, autoridades, cuberterías imposibles, copas de champagne con un centímetro de oro rodeando el borde y lámparas de araña cuyos destellos le provocaban a Ingrid una especie de excitación infantil.
Lo que más le llamó la atención fue ver la soltura con la que se comportaba Therese Lindgren en aquel ambiente diplomático, dándole un giro más a su sofisticación, ya de por sí innata, convertida en un animal social que parecía funcionar por una especie de pulsión que Ingrid no comprendía pero admiraba.
Y por otro lado, la conmovió en extremo la imagen de Erik, el amante agazapado entre las sombras, en cuarto o quinto plano, contemplando a Therese con deseo ansioso y a su marido con un intrigante velo de admiración y desprecio al mismo tiempo.
Todo acabó con un baile que hizo sentirse a Ingrid torpemente vulgar y con una noche de sexo con Gabriel en la que ambos dieron rienda suelta a ciertas cosas que no sabían que llevaban dentro.
Al día siguiente volaron de vuelta a Granada tras unas semanas sumidos en un lujo que les pareció pretencioso y artificial, como si el mundo de 1989 se hubiera fusionado con algún siglo de emperadores y palacios, con un siglo radiante y decadente al mismo tiempo.
Los primeros meses fueron duros para Ingrid, ya que la apertura de un consulado en Andalucía provocó que gran parte de la comunidad sueca, que solía postergar e incluso abandonar ciertas gestiones administrativas por no desplazarse hasta Madrid, se lanzó en masa a solventar todo aquel papeleo atrasado.
Así que Ingrid se vio de inmediato desbordada con toda aquella carga de trabajo repentina que se entremezclaba con la atención asfixiante que demandaba Adam y con los remordimientos por haber dejado sola a Berta en un momento tan crucial para la empresa.
Y fue en esos meses de locura y tensión, a principios del año noventa, cuando aquella chiquilla, Hilda, llamó al timbre.
Años después, cuando Ingrid consultó la agenda porque pensaba que ellas, las putas y brujas, podrían haber tenido algo que ver con la visita de Hilda, apenas pudo recordar su rostro.
Le venía a la cabeza, de forma borrosa, una muchacha rubia y menuda que arrastraba una gran mochila y que a Ingrid le recordó a un molusco transportando a cuestas su hogar.
Leyó de nuevo la anotación de la agenda, aquellas palabras apuntadas once años atrás: «10 de febrero.
Viene una muchacha, Hilda. Apenas es una niña.
Asustada. Aterrada. Casa. Policía». Al leer aquella letra de una Ingrid más joven, de una Ingrid desbordada por la repentina responsabilidad que le supuso el cargo de cónsul, sintió un pinchazo que solamente podía ser el eco de un remordimiento silenciado a conciencia, prácticamente a presión, que intentaba aflorar de su escondite remoto.
Porque Ingrid se dio cuenta de que apenas la escuchó, de que no la tomó en serio, de que le dio a aquella niña asustada una taza de té y la dirección de la comisaría, de que la suma de ambas cosas constituía algo parecido a un empujón.
En definitiva, Ingrid tomó conciencia, once años después, de que no supo tratar a Hilda como se merecía y sintió que la inundaba el peor sentimiento que puede sentir una persona que se debe a los demás: la negligencia.
Con la agenda en la mano, salió al porche y miró la verja de la casa.
Intentó recordar el rostro de aquella chica, de Hilda, pero se dio cuenta de que no lo estaba recordando: lo estaba inventando en ese momento.
Entró de nuevo en casa y se sentó en el sofá.
Cerró los ojos. Pensó en aquella mañana fría y luminosa.
Allí estaba la muchacha sin rostro y allí estaba Ingrid, desbordada, ofreciéndole una taza de té de supermercado y deseando que se marchase.
—Lo siento, pero no veo en qué puedo ayudarte.
—Verá, es que… todo… —Ingrid recordaba a Hilda casi incapaz de hablar, desorientada—. Todo es muy raro. Muy raro. No puedo… César…
—Necesito que te expliques mejor, Hilda. Dices que es una casa que se ofrece para alojar jóvenes que viajan con mochila, bicicleta y cosas así. Que lo viste en una revista. Que llamaste.
—Sí. Llamé. Y vine, y allí… allí. César… César…
—¿Tienes pasaporte, Hilda?
—Sí, aquí lo tiene, espere… Tiene que estar…
—No, no. No lo necesito. Solo quiero averiguar cómo puedo ayudarte.
Hasta el momento, Hilda solamente había mirado al suelo. Tras un minuto en silencio, se enjugó con la manga de su sudadera color mostaza dos lágrimas que se habían acumulado en la parte inferior de sus ojos y levantó la cabeza para mirar a Ingrid y decirle:
—Creo que algunas de esas personas han desaparecido.
En ese momento sonó el teléfono diplomático.
Ingrid esperaba una llamada de Therese Lindgren, que estaba en San Petersburgo y necesitaba saber los datos de un pasaporte retenido que Ingrid tenía en su poder.
Además, justo al mismo tiempo, alguien llamó al timbre del consulado, que estaba al otro lado de la casa —Ingrid hizo una pequeña reestructuración para dejar una zona de la casa aislada del resto, que tenía dos habitaciones: una era despacho de la cónsul y la otra una especie de salita para reuniones— y al que se accedía por la parte contraria al jardín.
—Mira, Hilda. Tienes documentos, hablas español y puedes valerte por ti misma. ¿Llevas dinero?
—Sí. —Hilda sollozó. Su voz sonaba cada vez más nasal a causa de un exceso de mucosidad líquida que se entreveía en sus orificios nasales.
—Pues ten. —Ingrid anotó en una tarjeta la dirección de la comisaría—.
Creo que deberías ir a la Policía. Cuando salgas por el jardín, baja la calle en dirección al bosque y gira a la izquierda en la rotonda.
La comisaría está al final del camino. Creo que si te ha pasado algo en esa casa, es mejor que se lo cuentes a ellos.
En ese punto, los recuerdos de Ingrid volvieron a emborronarse, así que cerró la agenda de 1990 para devolver aquel párrafo al mundo del pasado y salió de nuevo al porche.
Once años atrás el teléfono sonaba, ella se desesperaba y aquella chiquilla completamente aterrada se marchaba sin darse la vuelta, sin apenas musitar una palabra, sin recibir el calor ni la atención que buscaba.
«César», pensó Ingrid. «¿Quién sería?». Miró la calle vacía y a tenor de aquel recuerdo triste y difuso, Ingrid se dio cuenta de que aquella melena rubia, tono cerveza pilsen, que cerraba la cancela y se perdía tras el seto podía haber estado en manos de las brujas, y que ella, Ingrid, la cónsul responsable de la comunidad sueca, la matriarca sonriente que ayudaba y recibía los elogios unánimes de todo su rebaño, la había abandonado cuando más la necesitaba.
Todavía faltaba algo más de un mes para que todo ocurriera, pero, de repente, asaltado por aquel recuerdo, el mundo de Ingrid se enrareció.