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Fue el tiempo quien se encargó de mezclar las luces y las sombras.
Sorprendentemente, el Ithaka se vendió en apenas unos meses.
Gustaf, el hermano de Helsa, harto de la vida en el mar y respaldado económicamente por su familia, decidió comprarlo y seguir con el negocio de forma similar a como lo venía haciendo Ingrid; además, abrió en la planta baja un pequeño restaurante de guisos marineros que apoyaba su menú en el bacalao local.
Años después, cuando Ingrid y Gabriel volvieron a Mölle y se alojaron en el Ithaka, sintieron el desagradable zarpazo del desencanto que provoca el reencuentro con lo idealizado: nada brillaba igual.
La pátina de encanto de aquel lugar se había desvanecido.
«No cambian los lugares, cambiamos las personas», se repitió Ingrid, echada sobre la cama de la segunda planta del viejo Ithaka, una cama en la que se había arrastrado a aquella pasión sin medida unos años que ya empezaban a ennegrecerse.
Por otra parte, la carrera de Gabriel como escultor nunca terminó de despegar.
Su acogida en la galería de Sebastián San Juan fue tibia y sin entusiasmo por parte del ambiente cultural de la ciudad.
Por contra, toda la escuela de artes comenzó a valorar de inmediato sus dotes como profesor, y el número de matrículas empezó a crecer a partir de que el boca a boca comenzara a trabajar en su favor.
Es decir, todo discurría justo al revés de lo que Gabriel deseaba, pues su sueño pasaba por ser respetado y conocido como un escultor egocéntrico e inaccesible que daba algunas clases de manera provisional, por acercarse al vulgo más que nada.
Esta inversión de sus deseos supuso para Gabriel el nacimiento de una frustración que únicamente dejaba salir cuando se emborrachaba y se definía a sí mismo como «un fracaso de artista, el típico profesor que nunca llegó a nada».
El nuevo hotel de Ingrid, el Ítaca, logró un éxito rotundo.
La idea inicial fue exactamente la misma porque si en Escania —razonó Ingrid— había funcionado, en un lugar realmente turístico y solicitado como Granada el fracaso sería impensable.
Así que llevó a cabo la misma operación: compró una casona antigua con vistas a Sierra Nevada y destinó el dinero sobrante de la venta del Ithaka al arreglo integral del edificio y a comprar un minibús para excursiones.
Con su persistencia habitual, Ingrid se puso en contacto con toda la comunidad nórdica de la provincia de Granada, que resultó ser más amplia de lo esperado, y poco a poco su radio de influencia fue creciendo hasta convertir el Ítaca en una referencia, en un punto de encuentro de suecos, noruegos y finlandeses —también daneses y alemanes—, no solo a escala local, sino a nivel de toda Andalucía.
Más o menos al año de su apertura, en 1986, ocurrieron tres cosas que cambiaron la vida de Ingrid y que nos llevan por fin al año noventa, a la primera vez que supo algo de las putas y brujas sin saber que se trataba de ellas.
Lo primero fue la aparición de Berta, la mujer más lista que Ingrid había conocido en su vida.
Se alojó en el Ítaca durante tres noches para espiar el modelo de negocio de Ingrid, ya que ella intentaba hacer algo similar con su hotel, el St. James, que estaba destinado a británicos —Berta había nacido y crecido en un barrio residencial del norte de Southampton— y que se ubicaba en el centro de Granada.
Tras el espionaje, se sentó con ella en la recepción y le arrojó sin ningún tipo de ambages una retahíla de argumentos para que se hicieran socias.
Al principio, todo aquello le sonó a Ingrid a retórica de vendedora, algo así como un timo hostil similar a la televenta, pero Berta sacó documentos —cuentas bancarias, hojas de gastos, balances— sin pudor alguno e hizo una propuesta en firme: comprar un tercer hotel, un inmenso refugio medio abandonado en pleno parque natural de Sierra Nevada que ya tenía más que visto, y convertirlo juntas «en un resort de naturaleza y nieve».
Por entonces, Ingrid estaba embarazada de Adam, y cuando el pequeño cumplió seis meses, Ingrid y Berta firmaron juntas la compra de aquella locura en la montaña a la que Gabriel —a quien no le hacía gracia el proyecto pero que no pudo oponerse dado el infalible instinto de su mujer— llamaba «el Overlook granadino» en referencia al siniestro hotel de El resplandor, pero que ellas llamaron Odysseus por continuar con las referencias homéricas; un lugar, todo sea dicho, que no tardaría en darles más preocupaciones que otra cosa.
Si contamos con que el primer embarazo de Ingrid y el posterior nacimiento de Adam fue el siguiente evento importante, el tercero llevaba el nombre de Therese Lindgren.
Therese era en aquel momento la cónsul general de Suecia en España, toda una eminencia de la diplomacia europea que eligió el Ítaca durante cuatro noches intersemanales para resolver la tensión sexual que arrastraba desde hacía un par de años con su secretario.
Llegaron de Madrid en coches separados, reservaron habitaciones separadas y mantuvieron una discreción digna de una pareja de espías.
Durante años, Ingrid y Therese bromearon sobre cómo Therese y su amante desbarataban cada mañana una de las habitaciones para que las chicas de la limpieza no sospechasen que en ella no dormía nadie.
Uno de esos días, durante el desayuno, Therese se acercó a Ingrid, que por entonces estaba aún embarazada de Adam, y le preguntó en un sueco exquisito y refinado:
—¿Niño?
—Pues sí —respondió ella sonriendo y sirviéndole la taza de café. Therese siempre bajaba a desayunar muy temprano y su secretario lo hacía un rato después—. Qué buen ojo tiene usted.
—Mi hermana tiene seis hijos y acerté el sexo de los seis. En uno de ellos —Therese volcó el azucarillo muy despacio en el café—, la ecografía me contradijo. Obviamente, la ginecóloga estaba equivocada.
—Vaya —dijo Ingrid mirándola—, es impresionante.
—¿Te tomas un café conmigo? —preguntó la cónsul mirando el salón de desayuno aún vacío.
—Tengo diez minutos —dijo Ingrid—. Y la verdad es que esto —dijo a la vez que se tocaba la barriga y se sentaba a cámara lenta frente a Therese— ya empieza a pesar.
Por supuesto, el café duró más de diez minutos, pues se extendió hasta que Ingrid no tuvo más remedio que irse a exprimir los zumos que demandaban con vehemencia una pareja de alemanes que eran la representación física y tangible de la palabra «prepotencia».
Ese día, Ingrid y Therese almorzaron juntas, y cuando Ingrid preguntó por el hombre que la acompañaba, Therese, echándose a reír y a punto de atragantarse con la espuma de la cerveza que bebía mirando a la sierra, dijo:
—No sé de qué me habla, señora. Sus hormonas de embarazada le juegan malas pasadas.
Pero para cuando llegaron los postres, Therese ya le había contado a Ingrid todo sobre su desastroso matrimonio, perfecto e idílico a los ojos del mundo, y todo sobre la pasión que había perdido en algún punto del pasado nuboso y opaco, una pasión que necesitaba recuperar con urgencia para sentirse viva.
—Para no volverme definitivamente loca.
Esa noche fue con su secretario a cenar a la casa que Ingrid y Gabriel acababan de comprar —que ya era la casa en altura a la que acudirían años después las putas y brujas—, y Therese, durante los años que duró aquella amistad, siempre le agradeció a Ingrid aquella invitación, aquel rato en el que Erik —pongámosle nombre de una vez al secretario— y ella se sintieron libres de prejuicios, ajenos al mundo, absurdamente acaramelados como dos adolescentes con el juicio completamente desbaratado.
La amistad entre Ingrid y Therese cristalizó de manera extraordinaria.
Tras la vuelta de Therese a Madrid comenzaron a llamarse unas tres veces por semana, y aquellas llamadas parecían servirles a ambas como algo parecido a una terapia psicológica.
En ellas expresaban sus inquietudes, sus miserias, sus alegrías y sus miedos, ya que la una sabía perfectamente, como si se conociesen desde niñas, cómo aconsejar a la otra y viceversa.
Adam nació, Ingrid compró junto a Berta el Odysseus y un par de años después, cuando la empresa hotelera marchaba a la perfección, ya que el Ithaka y el St. James eran todo beneficios y el Odysseus se encontraba en la fase final de la reforma, Therese apareció en casa de Ingrid a ofrecerle un consulado.
El sueldo era muy discreto, pero a Ingrid la idea la atrajo desde el primer momento; no obstante, se vio obligada a mostrar reticencias por toda la incertidumbre que aquella oferta acarreaba en su ya de por sí inestable realidad.
—Gran parte de la comunidad sueca de Andalucía te conoce y te respeta. Eres perfecta para que acudan a ti cuando lo necesiten. Siempre ayudas a todo el mundo, ¿no?
—No sé —contestaba Ingrid a todos los argumentos de Therese—. No sé. Tengo una empresa, una socia, un bebé… No sé.