Una fábula sueca 2 #3
4%

2 #3

Ella lo llamó «el efecto maleta». A partir de la estancia de Saúl en Mölle empezaron a llegar artistas españoles sin descanso.

Al principio, de uno en uno. Más tarde, en grupos organizados que Sigrid, la dueña de la carnicería que había enfrente del Ithaka, definía como «barbudos en furgoneta».

Según decían todos ellos, Saúl Martín, un pintor que empezaba a estar muy de moda y que ya daba conferencias y montaba exposiciones por toda España, proclamaba incansablemente que no había en el mundo un sitio para inspirarse mejor que aquel.

Que «llegar al Ithaka es sentirse Ulises», decían que decía.

Y como no hay lugar en el que guste más la aparición de un mesías que en el mundo del arte, empezaron a seguir sus pasos.

Pintores, cineastas, fotógrafos… Hasta que, mil noventa y seis días —bisiesto mediante— después de que Horace se marchara de vuelta a Estocolmo —amante mediante—, llegó al Ithaka un grupo de amigos, cinco navegantes extraviados en busca de las musas: dos escultores y tres pintores.

Ingrid no los había visto porque entraron al hotel en su día libre, así que fue Helsa quien los recibió.

La noche siguiente, un matrimonio de franceses llamó a la recepción para quejarse del ruido que había en la habitación contigua.

Ingrid escuchó los golpes en cuanto llegó al pasillo de la segunda planta y tuvo que aporrear la puerta un buen rato porque la persona que ocupaba la habitación armaba tal estruendo que era imposible que la escuchase.

Empezó a enfadarse en grados crecientes, y para cuando los golpes cesaron, Ingrid sacudía la puerta con una furia completamente desaforada, dispuesta a hacer parar a esa persona como fuese.

Pero no contaba con que, detrás de aquella puerta, iba a aparecer la viva encarnación de su deseo.

Aquel torso desnudo, aquellos brazos sudorosos e impregnados en polvo de yeso, aquella barba negra y descontrolada.

—Disculpa —dijo, sosteniendo una espátula en la mano y sin dejar hablar a Ingrid a quien, por otra parte, no le salía la voz del cuerpo—. Creo que estoy haciendo mucho ruido.

Era imposible calcular cuantas sustancias empezó a bombear el cuerpo de Ingrid en ese momento, delante de aquel hombre de talante fehacientemente despistado, ajeno a su encanto, ajeno al mundo, ajeno a todo lo que no fuese la fuerza por consumar su creatividad irrefrenable.

Solamente acertó a decir, mirando la escultura a medio hacer que había delante de la cama:

—Qué preciosidad.

El escultor miró hacia atrás. Su barba y sus ojos tenían el color tibio de los cereales tostados.

—¿Te gusta?

—Mucho. ¿Qué es? —preguntó tras recuperar la compostura.

—Aún no lo sé. Ahora solamente es una forma. Estoy pensando en qué puede ser. —Se giró hacia Ingrid y le preguntó—: ¿Qué podría ser?

Ingrid escrutó aquella forma sugerente y después miró a aquel hombre a los ojos. Sabiendo que estaba completamente perdida, respondió lo primero que le vino a la cabeza:

—El viento.

Y esa noche fue la primera que durmieron juntos.

Tres días después, la nave que había llegado a Ítaca con cinco viajeros retornó a casa con uno menos, pues Gabriel se quedó en Mölle con el firme propósito de enamorarse con calma.

Y así transcurrió un año. Un año en el que Gabriel aprendió sueco y ayudó a Ingrid en el Ithaka haciendo de cicerone y traductor de los artistas españoles que, todo sea dicho, empezaron a disminuir considerablemente.

«Todo pasa», decían algunas noches mientras repasaban el menguante libro de reservas en la terraza, mientras tomaban una copa de vino tinto y se exploraban mutuamente con la fuerza de quienes se entregan sin freno a una pasión, de quienes saltan a hacer acrobacias sin que les coloquen una red que los libre de la caída, de quienes cruzan la jungla de noche solamente para contemplar el amanecer en la montaña.

Además, Ingrid habilitó para Gabriel una sala en el hotel a modo de taller, donde él podía trabajar en sus esculturas, que por aquel entonces todas trataban sobre el mismo tema: el viento.

Ingrid disfrutaba muchísimo de verlo crear, de ver cómo en su labor escultórica se combinaba el uso sudoroso y apabullante de la fuerza bruta con la delicadeza artística del detalle.

Y así, la vida hizo lo que suele hacer: ir pasando, hasta que, cuando llevaba año y medio en Mölle, el Centro Cultural del pueblo invitó a Gabriel a exponer sus obras en la sala principal durante un mes.

Ingrid y Gabriel se volcaron en la preparación de la muestra con una ilusión de­saforada y, evidentemente, fue un gran éxito.

Todo el mundo acudió a la inauguración vestido con sus mejores galas; hubo champagne, admiración por el artista y aplausos tras los discursos.

A partir de entonces, y gracias a dos periodistas que estuvieron donde había que estar en el momento preciso, Gabriel empezó a tener lo que suele conocerse como una carrera .

El primero era un cronista de arte de un periódico de Malmö que se alojó con su esposa en el Ithaka durante un fin de semana en el que intentaron —sin éxito— arreglar su matrimonio.

El sábado por la tarde, después de discutir con su mujer por cuarta vez ese día, dio una vuelta por el muelle, entró en el centro cultural y quedó muy impresionado por la obra de Gabriel.

—Me ha dicho —le dijo Gabriel a Ingrid aquella noche, en la cama— que quiere hacer una reseña de la exposición en su periódico.

—¿Te imaginas —dijo Ingrid con ojos de ilusión, sentándose a horcajadas sobre su abdomen— que te invitan a exponer en el Moderna Museet?

No hizo falta imaginárselo durante mucho tiempo.

Apenas dos semanas después, el Museo de Arte Moderno de Malmö llamó a Gabriel para solicitarle el catálogo fotográfico de sus obras —tuvieron que prepararlo entre Ingrid y él a toda prisa, carrete velado mediante— porque pensaban que podrían encajar en una exposición temporal que iba a titularse «Europa i Skåne».

Todo salió de maravilla: el museo eligió tres esculturas de Gabriel y cinco días después aparecieron en el Ithaka varios empleados en una gran furgoneta para llevarse las piezas a Malmö.

Ingrid y Gabriel asistieron a una inauguración lujosa, de regusto intelectual-urbano-cosmopolita en la que conocieron a decenas de personas, Henning Mankell (pre-Wallander) incluido, todas amables, todas con las mejillas arreboladas y los ceños levemente fruncidos, según Gabriel, «de tanto pensar».

Después se emborracharon en un bar del puerto e hicieron el amor sin protección en un minúsculo callejón sin salida mientras volvían al hotel, adonde regresaron tan embriagados que se quedaron dormidos con la ropa puesta.

El segundo periodista que estuvo cuando y donde había que estar se llamaba Joaquín Gil y trabajaba para la sección de cultura de El País Semanal.

Había ido a Malmö a hacer un reportaje sobre Ingmar Bergman y, en su día libre, un miércoles que se había reservado para hacer un poco de turismo antes de volver a Madrid, se topó con las tres esculturas expuestas de Gabriel.

Ya en España, según le contaron más tarde a Gabriel, Joaquín tuvo que cubrir una exposición en Granada y le comentó a Sebastián San Juan, dueño de la prestigiosa academia Artium y comisario de la muestra que Joaquín tenía que reseñar, que se les había fugado un granadino de talento a Suecia.

Y Sebastián San Juan, persona curiosa y tenaz como pocas, se puso en contacto con Malmö.

Y cuando el museo de Malmö lo remitió a Mölle, al hotel Ithaka, una sonrisa iluminó su rostro: el propio Sebastián había sido uno de los primeros en alojarse allí, un par de años atrás, por recomendación de su querido Saúl.

Durante aquella estancia en el Ithaka, Sebastián se había prendado perdida y silenciosamente de Ingrid, y se había marchado de allí con la certeza de que algún día un compatriota viajero conseguiría la mano de aquella luminosa Penélope.

Así que se moría de ganas por conocer al afortunado Ulises.

Llamó a Gabriel y le solicitó el catálogo, Gabriel se lo envió por correo aéreo y no tuvieron más noticias hasta que, a finales de junio, Sebastián San Juan apareció por segunda vez en el Ithaka, dispuesto a sufrir el dolor por la contemplación de su amada y el gozo por el descubrimiento de su nuevo artista.

La oferta generó la primera desavenencia entre Ingrid y Gabriel.

Tras una semana de observación del método de trabajo de Gabriel y de compartir largas conversaciones sobre el arte y la creación, el prestigioso Sebastián San Juan le ofreció dos cosas: una exposición temporal en su prestigiosa galería y una plaza como profesor en su prestigiosa academia a partir de septiembre.

Así que Gabriel se vio acosado por la fuerza del prestigio e Ingrid y él tuvieron que enfrentarse a lo que parecía un hachazo entre ellos, conscientes del calibre de la oportunidad y también de lo implicaba aquello para Ingrid y su hotel.

Hubo un enfado y una reconciliación, un tira, un afloja, unos pros, unos contras, unos quizás y algunos ojalás, hasta que finalmente tomaron una serie de decisiones encadenadas que pueden resumirse de manera básica en que Gabriel aceptaría todo lo propuesto por Sebastián, pondrían el Ithaka en venta y se mudarían a España, al menos «para probar».

Y allí Ingrid, después de efectuar la venta, en una especie de camino de vuelta, intentaría montar algo similar: un hotel donde intentar llamar la atención del turismo sueco.

En un principio, para Gabriel el plan eran todo luces, y para Ingrid, todo sombras, bultos siniestros que intentó esconder tras aquella montaña de ilusión que se intuía en el horizonte de su vida en común.