2 #2
Tras un «Tranquila, suele pasar» que sonó preparado por parte de Tomi, quien parecía acostumbrado a que su pasado y su presente no ensamblaran con facilidad, le contó a Ingrid —que llevaba algo de prisa porque quería llamar a Helga para controlar cómo iban las cosas por Mölle— que ahora trabajaba para la universidad en el departamento de relaciones internacionales.
—De hecho —dijo a la vez que, por algún motivo, señalaba su maletín de piel—, me voy en unos días a España.
Voy a hacer promoción de Suecia entre el profesorado de la Universidad de Granada, para fomentar que soliciten estancias aquí, que nos visiten más.
¡Por fin me marcho al sur! —dijo Tomi, posiblemente haciendo una referencia a sus años hippies que Ingrid no entendió.
Aun así, Ingrid también sonrió y lo miró en silencio con los ojos entornados mientras su cabeza procesaba ideas. Veinte, treinta segundos.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó Tomi al final.
—¿Te apetece un café? —De repente, a Ingrid se le había quitado toda la prisa.
Y así fue cómo la maleta con los mil doscientos folletos del Ithaka voló apenas unos días después a España.
Ingrid se ofreció a pagarle la facturación, pero Tomi dijo que solamente la llevaría con él a cambio de dos cosas: su número de teléfono y la promesa de una cena juntos.
Ingrid aceptó y le apuntó el número de Mölle —que era el del hotel— en una servilleta y le dijo sonriendo:
—No obstante, lo tienes mil doscientas veces en esa maleta.
Esa cena nunca tuvo lugar, e Ingrid la recordaría mucho tiempo después, demasiado tarde como para intentar ponerse en contacto con Tomi y cumplir con aquella promesa que el tiempo había borrado como si fuera una minúscula pisada en la orilla de una playa solitaria y ventosa.
Dos días más tarde se despidió de sus padres, que prometieron visitar Mölle un mes después, cuando Ölle terminase un tratamiento de rehabilitación del hombro por la caída que había sufrido en el aparcamiento de un supermercado.
Después recogió sus cosas, echó un vistazo a su habitación a modo de despedida y cogió el tren a Escania; como Odiseo, regresó a Ítaca más tarde de lo esperado.
De vez en cuando pensaba en aquella maleta llena de folletos y la imaginaba como esas sondas espaciales que la nasa envía al cosmos simplemente para que lleguen lo más lejos posible, para que quizás colisionen con algo, para que transmitan a la fría inmensidad que hay alguien haciéndose preguntas en un diminuto rincón.
Y justo cuando se había olvidado de la maleta, esta dio sus frutos.
Pasados unos meses de calma en los que Ingrid se compró un pequeño bote de pesca, consiguió llevar al club de lectura Las uvas de la ira, enseñó a sus padres con ilusión toda aquella vida que llevaba en Escania junto al mar y se acostó con un huésped noruego que la trató como —según le contó a Helsa al día siguiente— «una cosa donde meterla», Ingrid recibió una llamada que sonaba lejana, impregnada en esa frialdad distante con la que suenan las voces de los astronautas cuando hablan con Houston.
La voz remota explicó en un inglés torpe y robótico que su nombre era Saúl, Saúl Martín, y que llamaba desde España porque había llegado a sus manos un folleto del hotel.
Ingrid tardó unos segundos en caer en la cuenta de que la sonda espacial había sido encontrada por alguien en mitad de la oscuridad del universo.
—Verá —dijo—, soy pintor. Y lo que me interesa es… ¿Me escucha?
—Sí, sí —dijo Ingrid.
—Ah, vale, disculpe, creía que se había cortado. Pues como le decía: me gustaría reservar una habitación en su hotel. Pero querría pedirle, específicamente, que sea la misma que aparece en el folleto. La que tiene justamente esas vistas a la bahía. ¿Cree que es posible?
Ingrid abrió el libro de reservas.
—No hay problema —dijo—. Se me queda libre el sábado.
—La llamo en un rato —dijo el pintor.
Y en efecto, llamó a los diez minutos para explicar que ya había conseguido un vuelo y un coche de alquiler y para solicitar la reserva de la habitación para diez días, de sábado a miércoles. Concluyó con un:
—Tengo que pintar esa vista como sea.
Durante los cinco días que faltaban para que llegara el pintor de voz lejana, Ingrid se sintió muy emocionada ante la idea de que allí, en su Ithaka, se fuese a pintar un cuadro.
Le parecía algo hermoso y a su vez —Ingrid no podía distanciarse de su sentido práctico de las cosas— útil para la promoción del hotel.
Así que se lo fue contando absolutamente a todo el mundo.
A los dueños de las tiendas donde compraba, a los repartidores que le llevaban el pescado o la leche y a los participantes del club de lectura.
Por ello, el sábado que Saúl aparcó su Ford de alquiler al final de la calle Harastolvägen, todo el mundo sabía que aquel tenía que ser el pintor.
Lo que nadie esperaba es que fuese tan joven, ya que la palabra «pintor» por algún motivo había generado en el pueblo la imagen colectiva de señor de mediana edad, quizás rondando los cincuenta, melenudo y extravagante.
Pero de aquel Ford se bajó un muchacho de veintitantos a quien los niños que empezaron a arremolinarse en torno a su condición de forastero ayudaron a llevar hasta el hotel, a modo de minúsculos porteadores, un enorme caballete y varias maletas pesadas que sonaban al moverse como si estuviesen llenas de cachivaches de buhonero.
Obviamente Ingrid también se sorprendió, y quizás se decepcionó un poco, porque la obra de un pintor tan joven —pensó— no debía de ser muy relevante.
No obstante, la presencia de unos rasgos morenos y arabescos en el hotel siempre era algo agradable.
Saúl pasó dos días casi encerrado en su habitación y pidió que nadie entrara para nada, ni siquiera para limpiar.
Necesitaba concentrarse. A partir del tercer día, Saúl empezó a salir.
La gente lo veía pasear por la bahía, muy despacio, escuchando el melancólico murmullo del mar y contemplando cada detalle como si quisiera recordarlo para siempre.
A veces se sentaba en la playa, sobre la arena templada al sol, y allí dibujaba en un cuaderno durante más de dos horas.
En uno de esos ratos fue cuando conoció a Helsa, que bajó a la playa a comprobar si el bote de su hermano estaba bien amarrado, ya que había pronóstico de temporal y Gustaf estaba en Malmö cerrando un trato con un mayorista de pescado.
—Tu cuadro está quedando precioso —le dijo Helsa a Saúl en su magnífico inglés, ya que su madre había vivido durante quince años en Londres y había criado a Helsa y a Gustaf en inglés.
Saúl levantó la vista del cuaderno y preguntó:
—¿Mi cuadro?
—Sí, el que estás pintando. —Helsa sonrió—. Tengo poderes psíquicos. Ya sabes, el don de la traslación psíquico-sensorial. Así que he podido echarle un vistazo.
Saúl sonrió también.
—Está bien —dijo—. Dime qué aparece en él. Traslada tu psique hasta allí ahora mismo.
—Espera. —Helsa se puso la mano en la frente, se orientó hacia el Ithaka y cerró los ojos—.
Voy… voy… Abro la puerta… Sí, ya lo veo.
No es exactamente esta bahía, pero se parece mucho.
La esquina izquierda aún no está pintada, pero la parte derecha sí que tiene muchos detalles.
Agua que rompe en las rocas, una gran nube color violeta y un barco al fondo.
El barco todavía no tiene la vela pintada.
Hay una boya roja flotando en el mar. Una cresta de espuma la tumba hacia la derecha.
Saúl puso cara de extrañeza. Helsa no pudo seguir con aquello y se echó a reír a carcajadas.
—Soy la que limpia el hotel —dijo—. Vengo de hacerte la cama.
Nunca se llegó a saber si hubo algo entre ellos.
Ni siquiera Helsa dijo una sola palabra a Ingrid durante sus largas charlas de los sábados por la noche tras el turno de tarde del hotel, medio borrachas y con la lengua suelta.
Solo trascendió una cosa de la cantidad de horas que Saúl y Helsa pasaron juntos esos pocos días: ella apareció en el cuadro.
Salía de perfil en aquella parte izquierda que aún estaba sin pintar, caminando por la arena contra el viento que arremolinaba su melena de color maíz, casi blanca en las puntas.
Décadas después, cuando ya Ingrid era cónsul en España y Saúl un pintor famoso a nivel internacional, coincidieron en una exposición de sus cuadros en la Alhambra.
Se reconocieron, se abrazaron, e Ingrid le contó al pintor que Helsa había muerto dos años después de su estancia en Mölle.
Apenas unos días más tarde llegó un paquete al consulado que contenía aquel cuadro frío y luminoso que Saúl pintó en el Ithaka, colocado en un marco sobrio y bien elegido y acompañado de una nota que decía: «Aquí siempre vivirá».
La primera vez que las suecas, las putas y brujas, entraron en casa de Ingrid, aquel cuadro ya presidía su estudio, una habitación abuhardillada que tenía el estatus de consulado honorífico de Suecia en Andalucía.