Una fábula sueca 2
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Después de la cena en la que Gabriel le dio aquella referencia, aquellas dos palabras que el capataz con manos de Goliath había puesto en su boca, Ingrid tardó un tiempo en atar cabos.

A veces, al igual que ocurre cuando se quiere hacer un nudo de pesca sencillo entre dos sedales de grosor muy diferente, resulta complicado asociar y entrelazar lo fino con lo grueso, lo trivial con lo trascendente, por muy evidente que pueda ser su relación.

Ingrid siempre fue un alma urbana, una stockholmer de raza que amaba aquella ciudad compuesta de islas domadas desde la Edad de Piedra, aquel entramado de agua y reflejos de luces plateadas y aquella densa humedad de la zona vieja.

Ingrid amaba Estocolmo, sobre todo en esa época en la que su corazón aún luchaba contra la mordaza que conseguiría romper apenas un tiempo después.

Adoraba ir en bicicleta hasta Långholmen, una isla verde y arenosa desde donde contemplaba el anguloso perfil de la ciudad mientras leía en estricto orden de publicación todas las novelas de William Faulkner, sentada en un banco que alguien sin ningún tipo de sentido común había colocado medio escondido tras unos matorrales y al que Ingrid llamaba «el banco secreto» o directamente «mi banco», ya que jamás vio a nadie más en aquel frondoso rincón de la isla.

Era un lugar creado para ella y para William Faulkner, rodeados de insectos nerviosos en verano, de niebla helada en invierno.

Con el dinero que aún quedaba en sus cuentas universitarias y el extra que Ingrid conseguía llevando la contabilidad de algunos comercios de Mölle, apenas tardaron un año en terminar la reforma de la casa, llevada a cabo casi exclusivamente con sus propias manos.

La licencia de hotel tardó un mes en llegar, los primeros clientes, dos meses, y el intento de Horace de destrozarle el corazón a Ingrid enamorándose de una mujer de treinta y ocho años, se demoró seis meses más.

Pero nadie contaba con que un corazón cuya voz es más poderosa que la voz de su cabeza es prácticamente indestructible.

Horace regresó a Estocolmo e Ingrid se quedó en Escania, sola, despeinada por el viento del Báltico y gobernando aquel hotel de fachada rojiza y vistas a un acantilado lleno de enormes aves marinas en el que Gabriel se alojaría tres años después.

Pero tres años es mucho tiempo. Mil noventa y seis días, para ser precisos, bisiesto mediante.

Durante ese tiempo, Ingrid se convirtió en una habitante de pueblo, en una de esas personas que van saludando por su nombre a todo aquel con quien se cruza mientras camina por las calles estrechas y ventosas al tiempo que, sin detenerse, le hace un comentario del tipo: «Eh, August, ¿qué tal tu rodilla?

» o «Me encantó la mermelada, Lena, pero la próxima vez me la cobras o no te la acepto, ¿eh?

». En lo relativo a su corazón roto, solamente hizo una cosa: no pronunciar nunca más el nombre de Horace.

«Lo que no se nombra, se olvida», se repetía constantemente.

Además, Ingrid fundó un club de lectura que se reunía todos los jueves por la noche en una cervecería poco iluminada que había enfrente de su hotel.

Al principio fue un auténtico fiasco, pero cuando Ingrid comprendió que quizás William Faulkner no era la mejor puerta de entrada a la lectura rural recreativa, empezó a encargar y a distribuir en la recepción del hotel libros de escritores suecos que por entonces empezaban a escribir novela negra, historias sencillas y atractivas que animaron a algunas personas del pueblo a interesarse por los carteles que Ingrid colgaba en todas partes.

Varios vecinos empezaron a acudir a la cervecería a hablar sobre el asesinato y el asesino, sobre el pobre policía estresado y sus traumas.

El boca a boca hizo el resto, y aquellas charlas de los jueves se convirtieron en todo un acontecimiento social en Mölle, hasta el punto de que hoy, décadas después, se celebra allí un prestigioso festival nacional de literatura en el que ya nadie recuerda a Ingrid.

El hotel, al que Ingrid cambió el nombre en cuanto Horace lo abandonó —eliminó aquel nombre sin alma elegido por Horace para llamarlo Ithaka, una palabra que le recordaba a hogar, a regreso, a esperanza marítima y rocosa—, con la maleta en una mano y una mujer de treinta y ocho años en la otra, iba cada vez mejor.

Lo había redecorado con mucho esmero y, todo sea dicho, con bastante mejor gusto.

También inauguró en una salita anexa a la recepción una pequeña librería donde vendía los libros del club de lectura y una selección de grandes novelas —Sthendal, Flaubert, Woolf, algo de Thomas Mann y una preciosa edición ilustrada de Casa de muñecas que se convirtió en su gran best seller —, empezó a ofrecer desayunos, compró una bañera de hidromasaje e incluso instaló en el sótano una sauna de quince metros cuadrados, lo que hizo que la clientela del Ithaka, durante esos mil noventa y seis días —bisiesto mediante—, fuera creciendo progresivamente mientras Ingrid forjaba aquel rasgo de su carácter que se quedaría con ella para siempre: su férreo talante de alma libre.

Eso la hizo desarrollar un tesón rocoso y tenaz que, aplicado a su negocio, se tradujo en una infatigable promoción del Ithaka.

Grabó cuñas publicitarias para las emisoras de radio locales, puso anuncios en periódicos y revistas, escribió cartas a empresas turísticas en las que incluía fotografías polaroid con las vistas del hotel e incluso contrató una avioneta que llevaba grabado el nombre del hotel, el logotipo —un barco griego cuyo mástil formaba una «I»— y el teléfono de reservas, que se paseó por la costa de Escania un tormentoso sábado de agosto y que probablemente no alcanzara a ver ni un solo huésped en potencia.

Transcurrida una buena porción de esos mil noventa y seis días, Ingrid tuvo que volver a Estocolmo a presentarse al examen de la licencia para manipular y servir alimentos en el hotel.

Preparó el temario, preparó su ánimo para reencontrarse con la ciudad, una ciudad habitada por Horace y la mujer que en su pensamiento siempre tendría treinta y ocho años, y preparó una maleta mediana que llenó con mil doscientos folletos del Ithaka que había encargado a una imprenta de Malmö.

Eran trípticos en los que aparecían fotografías de las vistas del hotel (portada), de las habitaciones y zonas comunes (interior) y del pueblo con los acantilados al fondo (contraportada).

Llegado el día, dejó a Helsa a cargo del Ithaka —Helsa fue su gran amiga en aquel tiempo en Mölle, una rubia fuerte y nerviosa que moriría apenas dos años más tarde fulminada por un tumor en el páncreas y a la que Ingrid lloraría hasta quedarse sin lágrimas, seca como una esponja abandonada al sol— y se plantó en Estocolmo con una nueva mirada, más ancha y comprensiva, que la llevó a volver a casa de sus padres con la humildad de quien abandonó el hogar y retorna buscando la calidez de Ítaca y la reconciliación con quienes se quedaron allí, siempre esperando los regresos.

Ölle, su padre, le dio un abrazo impregnado de aquel olor mentolado de su aftershave que Ingrid solo podía definir como el aroma de «lo seguro», mientras que Nora sollozaba y decía constantemente «mi niña, mi niña ha vuelto».

Esa noche, echada sobre la cama de la universitaria que ya no era, pensando en cómo y por qué se marchó de allí, Ingrid se vio fuertemente impresionada por la certeza de que un corazón desatado puede ser el motor que nos lleve a los lugares que ni tan siquiera soñábamos con visitar, y al mismo tiempo epicentro de las mayores injusticias que cometamos en la vida.

Aprobó el examen y tuvo que esperar una semana en Estocolmo a que le expidieran la licencia, ya que si se solicitaba el envío postal el trámite circulaba por, según le había dicho la funcionaria de Sanidad, «cauces diferentes», algo que Ingrid tradujo como «burocracia lenta y desesperante».

Así que aprovechó la semana para reencontrarse con la ciudad, con los cafés bohemios del Södermalm, con las calles adoquinadas del Gamla Stan, con sus adoradas librerías de segunda mano, con el bullicio de los tranvías y, por supuesto, con «su banco» de Långholmen, al que iba todas las tardes a leer aquel manoseado ejemplar de Las palmeras salvajes.

Era julio de 1985 e Ingrid, al contemplar la vista marítima y calmada de Estocolmo, sentía que la ciudad ya no era la misma; pero consiguió reconducir ese pensamiento para llegar a la conclusión de que quien había cambiado era ella.

«Los lugares no cambian, cambiamos las personas», pensó mientras se montaba en la bicicleta y empezaba a pedalear rumbo a la casa que desde ese día empezó a llamar «la casa de mis padres» en lugar de «mi casa».

Dos días antes de regresar a Mölle, mientras volvía a casa de sus padres de visitar una exposición temporal de Louise Bourgeois en el Moderna Museet, un muchacho cruzó la calle y la interpeló.

A Ingrid le costó reconocer a Tomi Hintikka, un compañero finlandés de la universidad con quien había tenido bastante relación en los primeros cursos.

Tomi estaba completamente cambiado; parecía otra persona.

Ella lo recordaba como un hippie desarrapado, una bola de pelo rubio y lacio, siempre colocado, y no como aquel tipo trajeado y en perfecta forma física que le dijo:

—Eh, Ingrid, ¡Ingrid! ¿Qué tal?

Ante la reticencia de su antigua compañera de estudios, que entornaba los ojos en un gesto de desconfianza mientras aceleraba el paso, Tomi tuvo que señalarse el pecho con la palma de la mano y decir con el tono simple y exageradamente amigable con el que se les habla a los niños:

—Soy yo, Tomi. Tomi Hintikka. De la facultad. ¡Tomi!

—¡Madre mía, Tomi! —dijo Ingrid sonriendo y echándose una mano de afectación al mentón—. ¡No te había reconocido!