Una fábula sueca 1
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Una fábula sueca

Una fábula sueca

Por Nicolas Diez

© inepub.com

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«Putas y brujas». Esa fue la primera referencia que Gabriel tuvo de ellas, unos meses antes de que todo ocurriera.

Fue a través de los albañiles que habían contratado para hacer una pequeña obra en el jardín.

Ingrid y él habían decidido instalar un aseo junto a la piscina, algo pequeño donde poder ir al baño o quitarse el cloro sin tener que atravesar toda la casa dejando aquellos irritantes senderos de gotas y pisadas.

Así que se pusieron en contacto con una empresa de reformas que les había recomendado Michael, un vecino inglés con el que de vez en cuando salían a pasear por la zona montañosa que se levantaba tras la urbanización, y la obra empezó dos semanas después de la fecha de inicio que le habían prometido.

Fue al segundo o tercer día de trabajo, mientras los albañiles se tomaban un descanso y se comían aquellos bocadillos de tres palmos que acompañaban con un litro de cerveza que bebían directamente de la botella y a los que seguían un par de cigarros.

Un cúmulo de nubes veloces bajaba de la sierra y empezaba a atravesar el pueblo, dejando el jardín en una especie de penumbra irreal.

Gabriel bajó para charlar un poco con ellos, básicamente para preguntarles cómo iba la obra, plazos, dificultades y demás, más que nada porque Ingrid le había encargado que los tuviera controlados.

Pero el capataz, un tipo recio y velludo, de bigote, cuello y manos descomunales, mientras apuraba su litro de cerveza y fumaba mirando extrañado hacia las nubes, como el chamán que espera una revelación de algún dios de nombre imposible, sacó a las primeras de cambio el tema de que Ingrid, la mujer de Gabriel, era sueca.

—Su mujer es sueca, ¿verdad? —preguntó en cuanto Gabriel se puso a su lado, apoyándose sobre el muro exterior de la casa.

—Sí —contestó él—. Es sueca, pero ya lleva muchos años aquí.

En cuanto terminó esa frase, Gabriel pensó en que con ese «pero» parecía intentar exculparla de algún tipo de acusación y barajó la posibilidad de hacer alguna aclaración, pero el capataz no le permitió defender a su mujer de lo que fuera que se la estuviera acusando porque continuó diciendo que en La Umbría, el pueblo donde estaba la sede de la empresa de reformas, también había unas suecas. Lo dijo tal cual:

—Allí también hay unas suecas, ¿sabe?

Gabriel asintió con indiferencia, intentando dirigir de una vez el tema hacia la obra, pero el capataz continuó, diciendo con cierto regusto sarcástico y oscuro:

—Todo el mundo las conoce. A las suecas, ¿sabe?

Y ante un nuevo «ajá» indiferente de Gabriel, que ya pensaba en rendirse y subir a casa a seguir trabajando, aquel tipo con manos de coloso y sonrisa oscura, sonrisa del barroco tardío, de pintura negra de Goya, de gótico sureño, de soldado yugoslavo, apagó el cigarrillo en una jardinera, cerró con parsimonia la botella de cerveza enroscando el tapón rojo que entre sus manos parecía un minúsculo dedal, y le proporcionó a Gabriel los dos primeros datos sobre ellas, unos meses antes de que todo ocurriera:

—Son putas, las suecas. —Hizo una pausa, miró de nuevo al cielo y finalmente se giró hacia Gabriel para decir—: Y brujas, ¿sabe?

Gabriel no dijo nada más. Posiblemente hiciera algún gesto confuso, pero decir, no dijo nada.

Dándose la vuelta, el capataz echó definitivamente a andar con aire pesado hacia las cajas de azulejos que se acumulaban bajo la buganvilla, atiborrada de flores de un color violeta sanguíneo, y Gabriel lo escuchó musitar una última frase, una especie de oración jaculatoria que parecía poner fin a la conversación, sellándola bajo los nublos rápidos de octubre:

—Son brujas, las suecas.

Esa misma noche habló de ello con Ingrid durante la cena.

No era un tema que Gabriel hubiera sacado delante de los niños, pero Ingrid llamó a media tarde diciendo que el acompañamiento a la delegación japonesa se iba a alargar y que llegaría muy tarde a casa.

Desoyendo aquel «cena tú con los niños que a saber a qué hora llego porque esta gente no parece tener fin», Gabriel les preparó unas tortillas con cebolla y queso a Adam y a Camilla, les dio una infusión de melisa con menta, les leyó la mitad de una historia de aquel libro de fábulas suecas que los niños adoraban y los metió en la cama sobre las nueve.

Después bajó a la cocina, se abrió una lata de cerveza rubia casi congelada y preparó una cena fría a base de salazones y fiambres que acompañó con encurtidos en vinagre y una pequeña ensalada verde bien cargada de pepino fresco.

Cortó algo de pan y lo llevó todo a lo que la familia llamaba «el Rincón» (una esquina del salón con una pequeña mesa redonda y un par de sillones junto a una cristalera.

Al ser una casa en altura, desde el Rincón podía verse el porche en primera instancia y, a partir de este, la entrada a la casa, la calle y el pueblo con la sierra al fondo).

Se sentó a esperar a Ingrid apurando la cerveza y mirando las luces pálidas y gaseosas del pueblo, sumiéndose en el letargo tibio que amodorra al mundo en las noches de otoño.

Desde que Ingrid había aceptado el consulado aquello se repetía más o menos una vez al mes, como si los diversos países del mundo hubieran establecido turnos secretos en alguna asamblea fantasma.

Normalmente en torno a los días quince o veinte del mes, cuando se rematan las agendas para el mes siguiente, alguna delegación diplomática solicitaba una visita oficial a la cónsul sueca para tratar algún asunto trascendental que exigía de manera relativamente urgente un despacho en Granada.

Y claro, ya que viajaban, ya que activaban la maquinaria diplomática, pedían —«más que nada por estrechar y estimular las relaciones de cordialidad entre nuestros países»— entradas para la Alhambra, alguna cena con espectáculo flamenco, quizá un baño árabe o un buen paseo por el Albaicín; eso sí: añadiendo siempre la coletilla «en caso de que nuestra labor diplomática nos deje tiempo para ello, por supuesto».

Ingrid, por supuesto, ya sabía por experiencia que la tarea diplomática les iba a dejar tiempo.

Muchísimo tiempo. Así que llamaba con diligencia al Patronato de la Alhambra para sacar las entradas, reservaba las mejores mesas en las zambras flamencas del Sacromonte y diseñaba con meticulosidad los itinerarios de los paseos, teniendo en cuenta que pasasen por comercios de sedas y de artesanía que pudieran interesar a las consortes, por mezquitas en caso de tratarse de cónsules musulmanes e incluso por locales de comidas de sus países, como el bar de sushi al que llevó a los japoneses aquella noche de octubre, la noche en que supo por boca de su marido sobre las putas y brujas.

Toda aquella disciplina, aquella atención y dedicación a cada cosa que hacía, independientemente de si se tratase de una labor ingrata o no, era algo que Gabriel admiraba de ella: que su éxito no tuviera una clave, sino un método sustentado sobre los cimientos de la persistencia.

Y a cambio, ella admiraba de Gabriel su dulzura espontánea, aquella imprevisible y dócil manera que tenía de tratarla.

Como aquella noche, cuando la hizo sonreír mientras subía las escaleras del porche agotada y arrastrando un dolor de pies sordo y afilado y, justo antes de llegar a la puerta, esta se abrió y su marido apareció con una copa de vino, un «por fin estás aquí», una mesa puesta en el Rincón con ternura y torpeza, y una cena que no le apetecía pero que le desbordaba el corazón.

—Gracias, cariño —dijo ella, derrumbándose en sus brazos de escultor.

Pero claro, esto fue meses antes de que todo ocurriera.

Antes de que Gabriel se las mencionara, a las suecas, hablaron de muchas cosas: del dolor de muelas de Adam, al que iban a llevar al dentista al día siguiente; de los japoneses, completamente descolocados con el espectáculo flamenco al que Ingrid los había llevado y cuyos rostros se habían enrojecido de forma incendiaria, según Ingrid en una especie de divertida capilaridad causada por la descomunal cantidad de vino tinto que habían metido en sus pequeños cuerpos nipones; del trabajo de Gabriel, que se encontraba algo estancado y le rondaba la preocupación de no acabar La hija a tiempo; de Berta, la socia de Ingrid, que la había llamado esa mañana diciendo que se había estropeado la caldera de uno de los apartamentos del Odysseus y que tocaba lidiar (una vez más) con el seguro; y finalmente, ya con un par de vinos aletargando aún más sus mentes agotadas, a raíz de que Ingrid sacara el tema de la obra del jardín mientras se asomaba desde su asiento y miraba el porche oscurecido, Gabriel le habló de que el capataz parecía tener algún tipo de fijación con las suecas.

—¿Putas y brujas? ¿Y dice que son suecas? —Gabriel asintió e Ingrid se echó a reír—. Pues tengo que saber quiénes son, porque hay pocos suecos en la provincia que se me escapen.

—Eso es lo que he pensado —dijo Gabriel—. Que deben de estar en el censo, o incluso habrán tenido que solicitar aquí algún papel, ¿no?

—¿Te interesan? —preguntó Ingrid con una sonrisa provocativa.

—Creo que al capataz le interesan más. —Gabriel se acercó a Ingrid y la besó mientras le acariciaba un pecho y se decepcionaba ante la esponjosa rigidez del sujetador—. Además, yo ya tengo mi sueca.

Lo que Ingrid no sabía era que, con respecto a las suecas de las que el capataz hablaba, se encontraba en un punto intermedio, en una especie de cámara de aire entre dos muros.

Porque en aquel momento, antes de que todo ocurriera, Ingrid ya había oído hablar de ellas, solo que no caía en la cuenta.

Sabía de ellas incluso por más de una vía, pero no era capaz de asociar lo que sabía a aquellos dos adjetivos sin rostro ni cuerpo proporcionados por el albañil de manos elefantiásicas.

Y luego está la otra parte del muro, la de delante.

Ingrid iba a volver a saber de ellas en apenas unos días por Klaus, por Matilde e incluso por sus propios recuerdos y, aun así, a pesar de todo, tardaría un tiempo en relacionarlas con las mujeres del capataz, las suecas de La Umbría, las putas y brujas.

Pero aún faltaban meses para que todo ocurriera.