Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 19
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Ian y Erin se detuvieron un momento para contemplar Duntrune, construido en lo alto del acantilado norte del lago Crinan.

Erin se emocionó al ver que nada había cambiado.

Sus robustos muros se mantenían fuertes, protegiendo el bastión como siempre.

El lago seguía bañando con sus aguas azules el acantilado.

El valle continuaba con su verdor y sus florecillas diseminadas por doquier.

La joven inspiró profundamente para llenarse los pulmones de los aromas que le traían tantos recuerdos de su niñez.

Recordó cuando encontró a Ebie junto con sus amigas Brianna, Ishla y Elisabeth.

Cómo entre todas decidieron ponerle ese nombre.

Todos los años pasados con el gato hasta su muerte.

La herida en su corazón comenzaba a cicatrizar, pero sabía que nunca se olvidaría de él.

Había sido un miembro más de su familia.

Ian observaba a su esposa, emocionada, perdida en sus recuerdos.

—¿En qué piensas, amor mío?

—En Ebie. En el día que lo encontré en el glen . En cómo le pusimos el nombre entre todas. Son tantos recuerdos… —Suspiró.

—Podemos tener otro gato cuando regresemos a nuestro hogar —le propuso él.

—No. No deseo sufrir otra vez por la muerte de un animal querido.

—¿Tampoco querrás tener otro halcón cuando muera este? —preguntó, señalando al ave rapaz que Erin portaba en su mano enguantada.

—No, tampoco.

—Está bien. Como desees.

Erin acarició el pico del halcón y lo soltó para que volara. El ave planeó sobre el valle y llegó hasta el castillo.

Brianna y Fiona se acercaron a ellos.

—¿Qué hacemos aquí detenidos? —quisieron saber.

—Solo estaba recreándome con la belleza del paisaje en el que pasé mi infancia y parte de mi juventud.

—Hay muchos recuerdos felices por estos lares —dijo Brianna.

—Sí, es cierto. Pero basta ya de contemplar el glen y Duntrune. Estoy deseando ver a mi familia —añadió Erin.

Todos continuaron su camino a lomos de sus monturas hasta que llegaron a la fortaleza, donde los esperaban los miembros del clan Campbell.

Durante el viaje hasta Duntrune, Erin les hizo prometer a todos que guardasen el secreto de lo acontecido en Dunvegan: sus vestidos destrozados, el robo del cofre con las joyas de la familia —recuperado después—, el secuestro, la muerte de Ebie y el atentado contra su vida —que se había llevado por delante la de Marjorie—, los sucesos que ocurrieron después, el juicio a Agnes y su posterior castigo.

No deseaba que sus familiares conocieran esos hechos porque no quería preocuparlos.

Además, eso pertenecía al pasado; un pasado reciente sí, pero era un tiempo que no deseaba recordar ni remover, porque ya no tenía solución.

Y ella seguía viva, sin ninguna secuela física.

A partir de ese momento, debía centrarse en su presente, porque todo lo que había sucedido le había demostrado que, en cualquier momento, la vida puede cambiar.

Seguiría construyendo el presente junto a Ian para crear un futuro para los hijos que tendrían, algo que los dos deseaban con fervor.

Cuando accedieron al patio de la fortaleza, ya los esperaban Colin y Marion, los padres de Erin, junto con su hermano mayor, Niall; su esposa, Caitrina, y sus hijos, Kenneth y Rory.

La joven se bajó enseguida de su yegua y corrió a reunirse con ellos.

Primero, abrazó a sus padres y los llenó de besos al tiempo que les contaba lo mucho que los había echado de menos.

Después, fue el turno de saludar a su hermano, a su cuñada y a sus sobrinos, también con besos y abrazos.

Fue un momento de tanta emoción que Erin no pudo retener sus lágrimas de alegría por la vuelta a su hogar.

—Tía Erin, ¿podemos jugar un rato con Ebie? —le preguntó su sobrino Rory.

—Me temo que no. Ebie murió hace poco. Era muy viejecito ya y su vida acabó —le contestó con tristeza, al tiempo que acariciaba los rizos pelirrojos de su sobrino, tan iguales a los de ella.

Todos se apenaron por el fallecimiento del gato y le dieron el pésame a la joven.

Después, los Campbell continuaron con la bienvenida a los MacLeod. También saludaron a Mor, que los había acompañado. La doncella estaba muy contenta por el reencuentro con sus anteriores señores y su familia.

Colin Campbell ordenó a varios mozos de cuadras que llevasen los caballos de los MacLeod al establo y que los atendieran debidamente.

—Y bien, ¿dónde están mi sobrina y sus felices padres? Estoy ansiosa por verlos —comentó Erin.

En ese momento, como si los hubiera invocado con el pensamiento, apareció Will con su esposa, Elspeth, que portaba en sus brazos al nuevo miembro del clan.

Los hermanos se abrazaron con fuerza. Luego, Erin besó a su cuñada y se quedó mirando embelesada a su sobrina.

—Es igualita que tú —dijo Elspeth—. Marsali, te presento a tu tía Erin.

La joven dama temblaba de emoción. Aquel ser diminuto, tan frágil, con la carita sonrosada y varios mechones de color rojo en la cabeza, la conmovió tanto que no pudo reprimir las lágrimas.

—¿Puedo cargarla en mis brazos, por favor? —le pidió a su cuñada.

—Por supuesto que sí. No tienes que preguntarlo —respondió, entregándole a la niña—. Puedes tenerla siempre que quieras.

Erin acunó a la pequeña del clan con ternura y amor. No podía apartar los ojos de aquella personita tan maravillosa que la miraba también con sus ojos claros como el cielo en un día despejado. La niña estaba tranquila. Se sentía segura entre los brazos de su tía.

Ian se acercó a ellas. Marsali lo miró y, acto seguido, comenzó a llorar.

—Ya la has asustado —lo riñó su esposa.

—Igual que hacía contigo cuando eras pequeña —intervino su hermano Will—. Aléjate de mi hija, MacLeod, o lo lamentarás —añadió, burlón.

—No puedo creer que algo tan precioso lleve tu sangre, Campbell —le respondió con otra broma.

—Pues así es —contestó el otro, feliz. Alzó el mentón con orgullo y lo retó—: Cuando tengas hijos, también llevarán mi sangre, la que comparto con mi hermana, así que cuídalos bien o te las verás conmigo.

—Dejad vuestras chanzas para otro momento —intervino Marion—. Entremos en el salón. La mesa ya está dispuesta para comer. Después, podéis retiraros a vuestras alcobas para asearos y descansar.

Cuando la tina con agua caliente estuvo llena, Ian y Erin se metieron en ella. Los dos suspiraron de placer al sentir cómo sus músculos cansados por el viaje se relajaban.

El laird de los MacLeod rodeó a su esposa con los brazos y con las piernas, y la pegó más a su cuerpo. Ella pudo sentir su duro torso y su erección.

—Parece que estás listo para darme placer —murmuró la joven.

—Así es —musitó en su oreja. El aliento que salió de su boca hizo que todo el vello corporal de Erin se erizase excitado.

—Puedes comenzar cuando desees —lo tentó ella.

Ian acarició el cuerpo de su mujer con lentos movimientos de sus manos.

Primero, fueron los senos los que recibieron las atenciones del laird .

Los masajeó con gusto mientras besaba la nuca de su esposa con ardientes besos, que hicieron que los pezones se le endurecieran.

Ian los atrapó entre los dedos y jugó con ellos antes de descender hacia el vientre.

Cuando llegó al ombligo, lo tocó con suma delicadeza, pero pronto sus manos viajaron más abajo, en dirección a los rizos de su pubis. Se entretuvo con ellos mientras Erin jadeaba entre sus brazos.

—Más, por favor, necesito más —le pidió su esposa.

—Ya voy, amor.

Llegó hasta el punto donde se localizaba el centro del placer. Pasó por esa zona varias veces hasta que lo sacó de su escondite. Cuando lo notó duro contra las yemas de sus dedos, se afanó más aún en frotarlo. Quería que su esposa estallara de placer.

Erin gemía cada vez más fuerte. Notaba cómo un calor delicioso se apoderaba de ella. Un remolino de sensaciones estaba a punto de explotar. Con cada pasada de los dedos de Ian en la zona más erógena de su cuerpo, la llevaba más alto. Solo un poco más y tocaría el cielo.

—Más fuerte, Ian —gimoteó, suplicando por el placer que sabía que estaba a punto de conseguir.

El joven la tocó con más rudeza hasta que logró que ella sucumbiera al éxtasis.

Erin arqueó la espalda mientras jadeaba de placer. Con la cabeza apoyada en el hombro de su esposo, aguantó el torrente de sensaciones que se apoderó de su cuerpo. Justo en ese momento, notó que Ian le introducía un dedo en su interior, preparado para continuar dándole placer.

—Ian —susurró con la respiración agitada todavía—, no quiero tu dedo. Necesito tu verga dentro de mí. Ahora.

—Tus deseos son órdenes para mí, querida esposa —contestó él con la voz ronca por la excitación.

Agarró el cuerpo de Erin por la cintura y la alzó un poco para poder llenarla con su erección. Cuando la colmó, los dos comenzaron una danza sensual, que los llevó de nuevo a estallar de placer. El aroma de aquel acto carnal se extendió por toda la alcoba.

El agua de la tina salpicó por todos lados, pero a ellos no les importó. Estaban dedicados únicamente a amarse.

—¿Cuándo piensas dejar encinta a mi hija, MacLeod? —preguntó Colin Campbell mientras cenaban.

—¿Qué te hace pensar que no lo esté ya? —replicó Ian.

El laird Campbell miró a Erin. En realidad, todos los que estaban en la mesa cenando con ellos la observaron, expectantes, a la espera de su respuesta.

Erin enrojeció hasta las raíces del pelo, pero mantuvo la compostura.

—No creo que sea un tema adecuado para tratar en estos momentos —dijo con una inclinación hacia sus sobrinos Kenneth y Rory.

—Es cierto, suegro —convino Caitrina, la madre de los niños—. No es un tema apropiado.

—¿Por qué no? Tarde o temprano, habrá que instruirlos en cómo se hace para tener descendencia —intervino Niall.

Esa respuesta fue premiada por un pisotón de su esposa por debajo de la mesa.

—¡Ay! —se quejó el hermano mayor de Erin.

—Si yo digo que no es adecuado, no lo es, y punto —respondió Caitrina.

Ian empezó a reírse.

—Tu esposa te tiene dominado, Campbell —se mofó de él—. Más vale que la obedezcas o esta noche dormirás al raso.

—Tú no hables muy alto —intervino Erin—, o compartirás el campo con él.

Las mujeres se rieron al oír cómo la joven esposa advertía a su marido.

Erin fijó la mirada en su padre, que estaba disfrutando con la conversación y las chanzas entre unos y otros.

—Padre, no debéis preocuparos. Seguro que dentro de poco estaré encinta.

—Brindo por eso, hija.

Colin alzó su copa. El resto de los comensales se apresuraron a levantarla también.

—Por los futuros descendientes de los clanes Campbell y MacLeod —dijo el laird .

Después, cada uno bebió de su copa y continuaron cenando mientras charlaban animadamente.

Más tarde, cuando Elspeth estaba dando de mamar a Marsali, Erin se quedó hechizada por aquella imagen. Había tanta ternura y amor en ella que deseó con toda su alma tener un bebé.

—Si ya has terminado de cenar —escuchó la voz de Ian en su oreja—, podemos retirarnos a nuestra alcoba y hacer el amor tantas veces como quieras para tener un bebé como Marsali.

Ella desvió la mirada hacia los ojos de Ian. En ellos vio que anidaban la pasión y el deseo ardiente que sentía.

La joven sonrió al mismo tiempo que asentía con un movimiento de cabeza.

Durante los siguientes días disfrutaron de la compañía de todo el clan Campbell.

Erin estaba enamorada de su sobrina y parecía que la niña también de ella, porque cuando aparecía en su campo de visión o la tomaba en brazos, la pequeña no dejaba de sonreír y de mirarla.

Sin embargo, cuando veía a Ian, comenzaba a llorar.

—No lo entiendo —protestó el highlander —. No le hago nada, ni siquiera le hablo.

—Es que tienes un físico imponente —contestó Erin con una sonrisa—. A mí, de pequeña, también me dabas miedo, recuérdalo.

—Pero ella es un bebé —replicó Ian, sin llegar a comprenderlo.

—Tranquilo, mi amor. Con el tiempo perderá ese miedo que tiene ahora y te querrá tanto como yo —le consoló la joven.

—Espero que a nuestros hijos no les suceda lo mismo —deseó el laird MacLeod.

—Estoy segura de que no —lo tranquilizó Erin.

—Dejad de parlotear —comentó Brianna, que estaba con ellos—. Deberíais estar haciendo el amor. Deseo tener sobrinos ya.

—Estamos en ello, hermanita. Sin embargo, no es tan fácil como piensas.

—Por eso lo digo. ¿Qué hacéis aquí perdiendo el tiempo? Idos a vuestra alcoba.

Erin soltó una carcajada.

—No te preocupes, Brianna. Tarde o temprano, serás tía. Pero ahora déjame disfrutar de mi sobrina. Pasará mucho tiempo hasta que vuelva a verla —dijo, devolviendo la atención a la niña que acunaba en sus brazos.

—Es hora de que Marsali se duerma —dijo Elspeth.

—¿La puedo dormir yo? —le pidió Erin.

Su cuñada vio tanto anhelo en los ojos de la joven que le concedió lo que le pedía.

Erin comenzó a cantar una nana en gaélico mientras mecía al bebé en sus brazos. Poco a poco, los ojitos de Marsali fueron cerrándose. La dulce voz de su tía era como un arrullo que envolvía al bebé, de una manera segura y cómoda, y creó una conexión entre ellas que jamás se rompería.

Dos días más tarde, partieron hacia la isla de Skye, de vuelta al hogar del clan MacLeod. La despedida fue triste. Erin no deseaba abandonar Duntrune y, por tanto, a su familia, pero debía hacerlo. Ahora su hogar estaba en Dunvegan, junto a Ian y el resto del clan.

Ian y Erin prometieron que los visitarían otra vez en san Andrés, a finales de noviembre.

Para devolverles la visita, los Campbell pasarían con ellos Hogmanay, la fiesta de las hadas que se celebraba en Año Nuevo.

Al ser el clan MacLeod los guardianes de la bandera de las hadas, todos los años organizaban el festival de fuego, tradición heredada de sus antepasados celtas y vikingos.

Y así emprendieron el camino que los llevaría hasta las Tierras Altas de Escocia, con un montón de promesas por cumplir.