Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 18 #2
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—¡Noticias de mi familia! —exclamó, contenta.

La joven dama agarró la misiva y rompió el lacre, impaciente por saber de su familia y de su clan.

La leyó con rapidez porque sabía que no podía entretenerse demasiado; el juicio estaba a punto de comenzar.

—Es de mi hermano William. ¡Elspeth ha dado a luz a una niña! Ella y el bebé, a la que han puesto el nombre de Marsali, se encuentran bien. ¡Qué magnífica noticia! —exclamó Erin, que no cabía en sí de gozo.

—Enhorabuena —dijo Fiona.

—Felicidades, mi amor —añadió Ian.

—¿Cuándo podremos visitarlos? Estoy impaciente por conocer a mi sobrina.

—Mañana prepararemos el viaje y partiremos al día siguiente. ¿Te parece bien?

Erin afirmó con la cabeza y una gran sonrisa en el rostro.

—Debemos bajar al salón —intervino Fiona—. Ya está todo preparado para el juicio.

—Recuérdame que conteste a esta carta para informar a mi familia de nuestra próxima visita cuando acabe el proceso contra Agnes —le pidió Erin a su esposo.

C uando Agnes entró en el salón custodiada por dos guardias, la gente comenzó a murmurar. No podían creer que esa jovencita a la que conocían desde siempre hubiera atentado contra la esposa de su laird . Ian tuvo que pedir silencio. Una vez que los asistentes enmudecieron, empezó el litigio.

El laird se levantó del asiento de cuero que ocupaba y habló:

—Expongo aquí que la acusada, Agnes, infligió dolor y sufrimiento con el propósito de provocar la muerte de la señora de Dunvegan, Erin MacLeod, envenenándola durante varios días.

Que fue descubierta por Marjorie y que acabó con su vida.

También hirió a Maura y Braden por el mismo motivo.

¿Hay alguien que se ofrezca para defenderla?

Tras unos minutos de silencio sepulcral, Ian prosiguió:

—Bien. Que pasen los testigos.

Entonces Irvin, Hugh, Lynette y las otras dos criadas que habían presenciado el acuchillamiento de la curandera y el del muchacho entraron en el salón. La gente les abrió paso para que pudieran llegar hasta donde estaba Agnes.

Los testigos se colocaron en un lado del salón, frente a la acusada, con el jefe del clan en el medio.

Hugh fue el primero en hablar.

—Cuando Irvin y yo fuimos a Portree para buscar a Maura y que sanase a la señora, vimos en el bosque a Agnes cortando la corteza de un tejo.

Días más tarde, cuando la señora Erin ya estaba recuperada, Angus y yo salíamos de la estancia privada del laird cuando nos encontramos a Braden, el hijo de Irvin, tirado en el suelo del salón con una herida en el costado.

El muchacho nos contó que había una pelea en los aposentos de los sirvientes, que Agnes estaba intentando asesinar a Maura y que Lynette, Thyra, Alya —así se llamaban las otras dos criadas— y él habían intentado detenerla.

Braden se tiró encima de la acusada para derribarla y esta le cortó.

—Irvin, ¿confirmas que esto es cierto? —preguntó Ian.

—Puedo confirmar que es cierto que Hugh y yo vimos a Agnes en el bosque cortando la corteza de un tejo cuando nos dirigíamos hacia Portree en busca de la curandera Maura.

Lo que sucedió en las alcobas de la servidumbre no lo puedo afirmar ni desmentir, porque no estuve presente, mi laird .

Pero lo que sí puedo confirmar es que la acusada hirió a mi hijo.

Él mismo me lo contó cuando fui a verlo y también me relató lo sucedido.

—Está bien. Lynette, ¿puedes contarnos que ocurrió cuando llegasteis a los aposentos de Agnes?

La cocinera relató paso a paso lo sucedido. También contó las sospechas de Marjorie y Maura sobre que Agnes había envenenado a lady Erin con algunas hierbas y con la raspadura de la corteza de tejo, y que habían hallado varias bolsitas bajo el jergón de la alcoba de la acusada.

En ese momento, Thyra y Alya se acercaron al laird y depositaron en sus manos esas bolsas de las que hablaban.

—Marjorie y yo lo probamos, mi señor, después de una pequeña disputa que tuvimos en la cocina.

Marjorie me acusó de mala cocinera y las dos probamos el caldo.

Efectivamente, estaba repugnante. Sin embargo, el de la olla no.

Ese tenía buen sabor. Marjorie dedujo que Agnes le había echado algo a la sopa en el trayecto de la cocina a la alcoba de la señora.

También contó que Braden había enfermado por ingerir el caldo de sopa que le había sobrado a lady Erin.

Después, continuó relatando cómo habían encontrado el cuerpo sin vida de Marjorie, cómo dejaron inconsciente a Agnes y la llegada de Hugh a los aposentos de la criada.

La acusada se mantenía impertérrita, escuchando todo. Parecía que las acusaciones no iban dirigidas a ella. Incluso Ian detectó un par de veces que esbozaba una sonrisa, como si se sintiera orgullosa de sus fechorías.

—Bien. Podéis retiraros —ordenó el laird —. Que pase Mor, la doncella de lady Erin.

Erin, que hasta ese momento había permanecido sentada al lado de su esposo, observó a Agnes.

Todavía no lograba entender cómo había sucedido todo y el porqué de tanta inquina hacia ella.

Mientras Mor avanzaba por el espacio que le habían abierto los allí congregados, se inclinó hacia el oído de Ian y le susurró:

—¿Puedo hablar con Agnes? Desearía comprender sus motivos.

—Ya te lo dije: está enamorada de mí, y ese amor la ha cegado y la ha llevado a la locura.

—Aun así, me gustaría oírlo de su boca.

—Está bien, mi amor. Pero será después de que declare Mor.

Cuando la doncella de Erin estuvo en el lado que correspondía a los testigos, contó cómo la señora del castillo había enfermado poco a poco. Al acabar su declaración, Mor abandonó el salón.

Erin se alzó de su asiento y se dirigió hacia Agnes. Se detuvo a apenas dos metros de ella.

—¿Por qué lo hicisteis? Siempre he sido gentil con vos. No logro comprender el motivo de tanta inquina.

La criada la miró con soberbia, pero también con odio.

—Me quitaste lo que era mío.

—No os he quitado nada —contestó Erin, a pesar de saber que se refería al amor de Ian, algo que nunca había tenido. Pero quería que Agnes confesase delante de todos el motivo de su intento de asesinato.

—¡Me robaste al hombre que amaba! ¡Mi laird ! ¡Ian MacLeod! —gritó fuera de sí.

Erin contuvo el deseo de retroceder ante sus gritos, pero eso la haría parecer débil y la esposa del laird no debía serlo. Aguantó estoicamente los berridos de la criada, sin dejar de mirarla con tristeza.

—Yo no os robé nada. El laird MacLeod me eligió para ser su esposa —se defendió con voz tranquila, aunque por dentro estaba temblando—. Decidme entonces, ¿quisisteis acabar con mi vida porque mi esposo estaba enamorado de mí y no de vos?

—¡Sí! ¡Maldita sea! ¡Sí! —ladró Agnes.

—¿Y qué hubiera pasado si, al morir yo, el laird se hubiera casado con otra mujer?

—¡Habría acabado con su vida también y con la vida de todas las esposas que tuviese después de vos!

¡Siempre os he odiado! ¡Y no me arrepiento de todo el daño que os he causado!

¡Cuánto disfruté destrozando vuestros vestidos y destripando a ese maldito gato gordinflón al que teníais tanto cariño!

¡Y cuando planeé con los asnos de Rupert MacDonald y Murray MacDougall vuestro secuestro y asesinato!

¡Si esos idiotas hubieran cumplido con su parte, ahora estaríais muerta!

¡Pero, como no lo hicieron, decidí encargarme personalmente de acabar con vuestra vida!

—gritó a pleno pulmón. Se detuvo un instante para inspirar y añadió en tono más bajo, aunque pudieron escucharla todos los presentes—: Si no fuera por la entrometida de Marjorie, esa vieja de Maura y el maldito muchacho, nada me habría detenido en mi plan de haceros desaparecer de la vida de mi amado Ian.

No me quedó más remedio que matar a Marjorie e intentarlo también con Maura. Pero la suerte no estuvo de mi lado.

Erin cerró los ojos un momento. Sus palabras escocían como la sal en una herida.

Ella era la causante de todo lo malo que le había ocurrido desde que llegó a Dunvegan.

Cuando hizo alusión a la muerte de Ebie, reabrió la herida en su corazón, y sintió deseos de abofetearla, pero los reprimió.

También cuando la escuchó declarar que ella había matado a Marjorie y el intento de asesinato de Maura junto con el ataque a Braden.

Sin embargo, había conseguido lo que se proponía. Ahí estaba su confesión, delante de todo el clan.

Cuando abrió los ojos, centró la mirada en el rostro de la criada.

—Tenéis mi compasión y mi perdón.

—¡No quiero vuestro perdón! ¡Quiero que mueras, maldita perra!

Intentó lanzarse contra Erin, pero los guardias la sujetaron con fuerza para que no lo lograra.

Varias personas empezaron a gritar, pidiendo la horca para la acusada.

Erin regresó a su asiento y miró a su esposo.

—Ya he obtenido lo que me proponía. Puedes dictar sentencia.

Ian la observó, fascinado por su inteligencia. Había logrado que Agnes confesase su culpa y sus intenciones para las futuras esposas en caso de que las tuviera. Pero él sabía que eso no sucedería, porque si perdía a Erin, jamás se desposaría con otra mujer.

También el asesinato de Marjorie, el intento de acabar con la vida de la curandera y con Braden, el secuestro de Erin, la muerte de Ebie…

¿Cómo había estado tan ciego respecto a Agnes?

Ella siempre había sido dulce y amable con todos los del castillo, y cumplía con sus tareas a la perfección, sin ninguna queja.

Cuando Erin llegó a Dunvegan, Agnes se había mostrado cortés y respetuosa con ella, pero estaba claro que el amor no correspondido la había enajenado.

Observó a la criada un momento. Respiraba con agitación. En sus ojos se reflejaban la locura y el odio. No vio ningún atisbo de arrepentimiento por el daño infligido. Sintió pena por ella, pero debía recibir su castigo.

Se alzó de su asiento y pidió calma a las personas que estaban en el salón.

Cuando se hizo el silencio, proclamó:

—Declaro a Agnes culpable de todas las acusaciones y la condeno a morir en la horca. Guardias, llevadla al patio, donde será ajusticiada.

Mientras los soldados la sacaban al exterior, muchas personas estaban estupefactas. Conocían a Agnes desde que nació y, si no fuera porque ella había confesado, jamás hubieran creído lo que había hecho.

—Si no te importa, amor mío, no deseo presenciar el ahorcamiento de Agnes, por lo que me retiraré a nuestra alcoba para contestar a la carta enviada por mi hermano Will y anunciarle nuestra próxima visita. Deseo que envíes al mensajero más rápido del clan para que salga cuanto antes hacia Duntrune.

—De acuerdo. Ve —concedió Ian. La besó en los labios un instante antes de salir al patio del castillo.