Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 18
94%

18

Braden subió corriendo las escaleras, cruzó la cocina deprisa y, cuando llegó al salón, se desplomó. La herida que le había infligido Agnes había dañado su cuerpo seriamente y la carrera le había restado fuerzas.

Por suerte, Angus y Hugh salían en ese momento de la estancia privada de Ian después de hablar sobre unos asuntos del clan. Se dirigieron hacia el muchacho con prisa y Angus lo cogió en brazos. Reparó en su ropa manchada de sangre y en la palidez de su piel.

—¿Qué te ha pasado, muchacho? —preguntaron los dos a la vez.

—Agnes ha intentado asesinar a Maura —dijo con un hilo de voz.

—¿Dónde? —quiso saber Hugh.

—En su alcoba. He saltado sobre ella para detenerla y me ha herido.

Angus y Hugh se miraron.

—Ve a ver. Yo me ocupo del chico —le ordenó Angus a su compañero de armas.

Hugh se marchó deprisa hacia la zona donde estaban las alcobas del servicio.

Angus llevó a Braden hasta la gran mesa del salón y lo depositó allí.

—Pronto estarás bien —dijo, examinando el corte—. Tu primera herida de guerra —bromeó con el muchacho para animarlo.

Ian salió de su estancia privada al escuchar voces en el salón y, cuando vio a Angus con Braden, se acercó raudo para saber qué había ocurrido.

Angus le relató lo poco que sabía.

El laird se enfureció.

—Presiona esa herida para que no sangre más.

Vio que Freya llegaba al salón con una escoba para barrerlo. La criada había retomado su anterior ocupación en el castillo tras la liberación de Brianna.

—Freya, ve a buscar a mi madre. ¡Rápido! —le ordenó.

La joven dejó la escoba y salió corriendo para encontrar a Fiona.

Ian miró entonces a Braden.

—Pronto estarás recuperado —dijo animando al muchacho—. Has demostrado ser valiente al intentar detener a Agnes. Serás un gran guerrero. Espero contar contigo si tenemos que librar alguna batalla más.

—Sí, laird —contestó Braden, sintiéndose orgulloso por las palabras de su señor.

Freya regresó al salón con Fiona. Detrás de ella caminaban Erin, Brianna y Mor. La doncella llevaba de la mano a Meg, con la que habían estado jugando hasta que las avisaron de lo que sucedía.

La niña se puso a llorar en cuanto vio a su hermano herido.

—¿Se va a morir? —preguntó entre lágrimas.

—No, cielo. Lady Fiona le curará —contestó Mor, abrazándola contra su cuerpo.

—¿Qué ha pasado? —preguntaron las otras mujeres.

Ian las puso al corriente de lo acontecido.

En ese momento, Hugh regresó con Maura en los brazos, malherida. Tras él caminaban Lynette y las otras dos criadas con Agnes, que seguía maniatada, pero ya había recobrado el sentido.

El laird comenzó a dar órdenes.

—Hugh, lleva a Maura a los aposentos de los invitados. Brianna y Erin, ocupaos de ella. Angus, tú igual con Braden. Mi madre irá contigo para curarlo.

Se giró hacia Agnes mientras el resto cumplían sus mandatos.

—¿Qué has hecho, perra desgraciada? —la interrogó con furia.

Se acercó a ella y la agarró del cuello.

Las criadas que la sujetaban por los brazos la soltaron y retrocedieron varios pasos. Ian, con un gesto, les indicó que volvieran a sus quehaceres en la cocina. Lynette se marchó con ellas. Freya observaba todo con el rictus serio de siempre.

—Por tu bien, espero que Maura y Braden sobrevivan —siseó.

—Todo lo he hecho por ti, mi amado —contestó Agnes con la voz estrangulada, pues las manos de Ian seguían en torno a su garganta. En su mirada, el joven vio un punto de locura.

—No me llames así. No soy tu amado, soy tu laird —mordió cada palabra—. Freya, ve a buscar a Irvin.

Cuando la criada abandonó el salón, Ian dejó caer las manos del cuello de la criada y la agarró de un brazo. Luego, la obligó a caminar hasta la mesa y la sentó en uno de los bancos.

—Ian, te amo. Siempre te he amado. Todo lo que he hecho ha sido por nosotros, para que podamos estar juntos —repitió Agnes.

—¡No hay un nosotros! —le gritó, perdiendo la paciencia—. ¡Y nunca lo habrá! ¡Voy a mantenerte encarcelada hasta que decida qué hacer contigo! ¡Maldita perra!

Irvin llegó al salón.

—Mi señor, Freya me ha contado que Agnes ha herido a mi hijo. ¿Dónde está? ¿Puedo verlo?

—Mi madre está ocupándose de él, pero no te preocupes, se recuperará. Puedes ir a verlo. Estará en alguna alcoba de las que tenemos para los invitados. Yo voy a llevar a esta desgraciada a una celda.

Irvin salió corriendo en busca de su hijo.

Erin y Brianna lavaron las heridas de Maura y se las cosieron. Las dos estaban acostumbradas a esos menesteres debido a tantos años de guerra. De vez en cuando, les había tocado remendar la carne y la piel de algún familiar o de alguien del castillo.

Sin embargo, tenían poca experiencia en cauterizar las heridas con una daga calentada en el fuego.

—¿A qué esperáis? —las apremió la anciana—. Hacedlo de una vez.

—Tememos hacerte daño, querida Maura —respondió Brianna.

—¿Podrás soportar el dolor? —quiso saber Erin.

—Por supuesto que lo soportaré. Seré vieja, pero sigo siendo fuerte, así que dejaos de remilgos y hacedlo.

Brianna y Erin se miraron unos instantes.

—De acuerdo. Tú sujétala y yo le pondré la daga —dijo Brianna.

Erin abrazó el pequeño cuerpo de Maura por detrás y sujetó la mano donde tenía la herida. Mientras, Brianna se acercó a la chimenea donde estaba el puñal. Lo sacó y se giró hacia ellas.

—¿Preparadas? —preguntó.

En el momento el que ambas afirmaron, Brianna colocó el metal candente contra el dedo seccionado de Maura.

La anciana aulló de dolor y Erin la abrazó más fuerte al tiempo que le susurraba palabras de ánimo.

El olor a carne quemada se extendió por la habitación y a Erin le provocó una arcada. Sin embargo, la aguantó.

Unos instantes después, Brianna retiró el puñal y Maura se desmayó por el dolor.

Las dos jóvenes se asustaron.

—¡Ay! ¡La hemos matado! —dijo horrorizada Erin.

—No creo —replicó Brianna, rezando para que Dios no se la llevara todavía.

En ese momento, Fiona entró en la alcoba.

—Madre —se dirigió a ella con rapidez—, creo que ha perdido la consciencia.

—Suele pasar —comentó Fiona—. Quedos tranquilas. En poco tiempo, la recobrará.

Las dos damas suspiraron aliviadas.

—¿Qué tal está Braden? —quiso saber Erin.

—Es un muchacho fuerte. La herida no era tan grave como me ha parecido en un principio. Ahora está con su padre, Meg y Mor.

El laird estaba reunido en su sala privada con Angus, Hugh, Fiona y Brianna. Erin se había quedado cuidando de Maura.

Poco antes, sus hombres habían llevado el cuerpo inerte de Marjorie a una de las alcobas para que la amortajasen y poder enterrarla.

Tras hacer algunas averiguaciones, descubrieron las bolsitas con hierbas y la corteza de tejo bajo el jergón de la habitación de Agnes.

Se las mostraron a la curandera cuando esta recobró el sentido y ella les confirmó que servían para fabricar venenos.

Comenzaron a atar cabos y tuvieron la certeza de que la criada había estado envenenando a Erin poco a poco.

Ian no pudo controlar su furia y, con el brazo, barrió todo lo que estaba sobre la mesa. Volcó la silla y gritó de rabia.

—¡Voy a matar a esa perra!

Fiona y Brianna se alarmaron.

—Tranquilo, hijo.

—Cálmate, Ian.

—Mi señor, entendemos su malestar e indignación, pero las decisiones hay que tomarlas en frío —dijo Angus.

—¿Crees que no lo sé? —gritó el joven—. La estrangularía con mis propias manos. Le daría más de cien latigazos hasta que tuviera la espalda en carne viva. Le sacaría los ojos de las cuencas. Le cortaría cada uno de los dedos de las manos. Le sacaría el corazón para echárselo a los cerdos.

—No puedes hacer eso —comentó Fiona.

Ian los observó uno por uno.

—Ya sé que no puedo hacerlo. Todo el clan se volvería contra mí si me ensañase con ella de esa manera. Pero tampoco puedo dejar que siga viviendo, aunque sea encerrada en la cárcel por el resto de su vida.

—Lo que ha hecho Agnes ha sido una traición —intervino Brianna—. Ha intentado asesinar a la esposa del laird . Deberías ahorcarla.

—Eso mismo estaba pensando yo —comentó Hugh.

—Primero, tendré que someterla a un juicio en el que estarán presentes todos los miembros del clan y, luego, dictaré sentencia —les informó Ian mientras intentaba controlar su rabia—. Pero esa maldita perra desgraciada pagará con su vida por el ultraje que le ha hecho a mi esposa.

Al día siguiente, dispusieron el salón para el juicio.

Cuando llegó la hora, dos carceleros fueron a buscar a la presa.

La gran estancia estaba a rebosar de gente.

Todos se habían enterado ya de lo sucedido.

Y todos opinaban de igual modo: Agnes debía morir para pagar por sus crímenes.

A pesar de que Erin había sobrevivido, la criada había acabado con la vida de Marjorie, por lo tanto, no podía quedar impune.

Y también debían juzgarla por el ataque a Maura y Braden, que se recuperaban de sus heridas satisfactoriamente.

Un momento antes de bajar al salón para dar comienzo al juicio, el laird y su esposa estaban hablando en su alcoba.

—No puedo creer que Agnes sea la culpable de todo esto —se lamentó Erin.

—Su amor por mí la cegó. Se volvió loca. Yo tampoco imaginé que esto podría pasar. La conozco desde que éramos niños —comentó Ian con pesar.

La rabia del día anterior había dado paso a la tristeza por todo lo sucedido.

—Yo también estoy loca de amor por ti y no por eso voy asesinando a la gente —dijo Erin, abrazándolo.

El joven bajó la cabeza y reclamó la boca de su esposa, que se entregó al beso con idéntica pasión.

—Saber que he estado a punto de perderte —susurró Ian sobre sus labios— me mata.

—Sigo aquí, contigo.

—En el mejor lugar del mundo: entre mis brazos —contestó él en voz baja, antes de apoderarse de nuevo de su boca.

En ese momento, sonaron unos golpes en la puerta.

Ian gruñó por tener que interrumpir su beso con Erin y ella sonrió.

—Adelante —dio permiso para entrar a la persona que estaba al otro lado.

Fiona entró en la alcoba. En su mano portaba una carta.

—Es para ti, Erin. Tiene el sello de los Campbell.