Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 17 #3
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Maura bajó las escaleras para dirigirse a los aposentos de la servidumbre. Conocía bien el castillo, ya que muchas veces había tenido que acudir a curar a distintas personas de las que habitaban en él.

Cuando llegó a la alcoba de Agnes, estaba sin resuello. Se detuvo un momento para tomar aliento y se recostó en la pared.

La criada salió de su habitación y se topó con la anciana.

—Maura —pronunció con voz dulce—, ¿te encuentras bien? Te noto algo sofocada.

—Solo me he detenido un momento para tomar aliento.

—¿Qué haces aquí, en el corredor de los criados? No hay nadie enfermo ni que necesite de tus cuidados ni remedios, que yo sepa.

En ese instante, la curandera reparó en una pequeña mancha de sangre en la barbilla de la criada.

Agnes se había cambiado de ropa y se había lavado, pero no había eliminado del todo el rastro del asesinato de Marjorie.

—Te buscaba a ti —dijo la anciana.

—¿A mí? ¿Para qué? —se sorprendió Agnes.

—Te necesitan en la cocina —mintió.

La criada hizo una mueca. Le extrañaba que la necesitasen en la cocina, porque ella se dedicaba a otras tareas en el hogar de los MacLeod. Solo acudía a la cocina cuando tenía que servir la mesa para la comida o la cena, y puesto que el almuerzo ya había pasado…

En ese preciso instante se dio cuenta de que Maura también sospechaba de ella, al igual que Marjorie.

—He olvidado coger algo en mi alcoba. ¿Me acompañas y luego subimos juntas a la cocina? —le propuso Agnes.

—Claro. Tú delante.

—Sería de mala educación que te diese la espalda. Los ancianos deben ser los primeros.

—Descuida. No se lo contaré a nadie. Por una vez…

La curandera le guiñó un ojo y esbozó una sonrisa que pretendía ser cómplice.

Pero Agnes no dio su brazo a torcer.

—Insisto —replicó, empezando a impacientarse.

—Yo insisto más.

—Basta ya de bobadas —gruñó Agnes. Agarró a la curandera por un brazo y la metió en su alcoba—. Sé por qué estás buscándome.

Maura echó un vistazo a la estancia. En el suelo aún había restos de sangre, pero no veía el cuerpo de Marjorie por ningún sitio.

—¿Qué has hecho con ella? —preguntó la anciana.

—La he matado por entrometida y a ti te haré lo mismo.

Maura vio cómo sacaba un cuchillo. Se imaginó que sería el mismo con el que había asesinado a Marjorie, aunque estaba limpio. En ese momento, se dio cuenta de que había ropas sucias en una esquina de la estancia, casi tapadas con una manta.

—¿Dónde la tienes? —quiso saber la curandera.

—Preguntas demasiado —contestó Agnes, cerniéndose sobre ella—. Y por eso vas a morir.

La criada atacó a Maura, pero ella alzó los brazos para protegerse. Le hizo un corte profundo en la tela del vestido que llegó a tocar la carne. Del brazo, empezó a manar sangre.

Maura aulló de dolor, más lo aguantó. Propinó una patada en la espinilla de Agnes, y esta también se resintió por el golpe.

—Maldita vieja. Acabaré contigo —siseó la criada.

Alzó de nuevo el brazo para descargar otra cuchillada directa a la cabeza de la anciana. Sin embargo, esta se cubrió con las manos y el cuchillo le seccionó un dedo. Maura gritó tanto y tan alto que la oyeron hasta en la cocina.

Todos paralizaron sus tareas y, cuando escucharon otro grito de dolor, Lynette y Braden acudieron al pasillo de los aposentos de la servidumbre para averiguar qué sucedía.

Mientras, Agnes había tirado al suelo a Maura y se disponía a clavarle el cuchillo por tercera vez. Pero la anciana, a pesar del dolor, seguía peleando con ella. Intentaba quitársela de encima, pero no podía. Se revolvía como si estuviera ardiendo en una hoguera y tuviese que escapar.

—Estate quieta, maldita vieja —siseó de nuevo, intentando clavarle el cuchillo en el corazón.

Como Maura no dejaba de moverse bajo ella, se lo clavó en el hombro justo en el momento que llegaban Lynette, Braden y dos criadas más que trabajaban en la cocina.

Al ver el dantesco espectáculo, entraron en tropel en la alcoba para detener a Agnes. Braden se tiró sobre ella para derribarla y se llevó un tajo en el costado que le hizo gemir, pero consiguió su propósito: liberar a Maura.

Lynette y las otras dos mujeres sujetaron a Agnes, a pesar de que esta intentaba alcanzarlas con el cuchillo.

—Braden, ¿estás bien?

—Sí, ha sido un rasguño —mintió el niño, cubriéndose el corte con una mano.

—Ve a buscar al laird —le pidió.

El muchacho salió corriendo y Lynette observó a Maura.

Estaba cubierta de sangre. Del dedo que Agnes le había seccionado no paraba de manar sangre. También del tajo que tenía en el brazo y el hombro.

—Te recuperarás —animó a la anciana.

Agnes continuaba revolviéndose entre las tres que la tenían sujeta hasta que una de ellas, la más corpulenta, le dio un puñetazo en la sien y la dejó inconsciente.

Le quitaron el cuchillo y la maniataron con un trozo de tela.

Lynette se acercó entonces a Maura.

—¿Puedes levantarte?

—Sí, pero necesitaré ayuda.

Mientras la cocinera la alzaba, le preguntó qué había ocurrido.

—Marjorie y yo sospechábamos que Agnes fue quien envenenó a lady Erin.

Marjorie bajó aquí para buscar pruebas, pero tardaba tanto en regresar que tuve un mal presentimiento.

Por eso vine a esta alcoba. Al llegar, Agnes me atacó.

—Se saltó la parte en la que había tenido la conversación en el pasillo y cómo la criada la había metido por la fuerza en sus aposentos.

—¡Dios mío! ¡Qué horror! ¡No puedo creer que Agnes haya sido capaz de hacer todo lo que dices!

—Tú misma has visto cómo ha intentado acabar con mi vida.

—¿Dónde está Marjorie? —preguntó Lynette, echando un vistazo alrededor de la estancia.

Una de las otras dos mujeres se acercó hasta el montón de ropa cubierta con una manta. Agarró la manta y tiró de ella para descubrir lo que se ocultaba debajo.

El cuerpo de Marjorie, cubierto de sangre, yacía sin vida.