Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 17 #2
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El joven le dio un beso en la oreja donde había vertido todas esas palabras.

De ahí pasó a la mejilla, que había perdido la palidez mortal de esos días y ahora lucía sonrosada.

Recorrió con pequeños besos esa parte de su bello rostro hasta que llegó a sus labios y los acaparó.

Bebió de ellos como si estuviera sediento y acabase de encontrar un manantial.

Los degustó a placer hasta que metió la lengua en la boca de su esposa para danzar con la de ella, una danza sensual que provocó jadeos y que les erizó toda la piel.

Sus corazones latían con frenesí y una descarga de energía sexual se apoderó de ellos.

Ian rompió el beso de forma abrupta.

—No debo tomarte —gimió a poca distancia de la boca de Erin.

—¿Por qué?

—Porque todavía no estás recuperada del todo —respondió, pegando su frente a la de ella. Cerró los ojos e intentó calmar su respiración alterada.

—Por supuesto que lo estoy —afirmó la joven.

—No, no lo estás. Ahora mismo no podría tratarte con la delicadeza que necesitas. Me comportaría como un animal salvaje y te dañaría —contestó, abriendo los ojos mientras se despegaba de su frente.

—Si he sobrevivido a un envenenamiento, podré sobrevivir a una mañana de lujuria y placer con el bruto de mi esposo. —Le sonrió para convencerlo—. Además, tú sabes ser dulce y delicado cuando la situación lo requiere —añadió.

—En este momento te juro que no podría serlo —repitió él.

—Entonces —giró con él y lo empujó para que cayera sobre la cama. Acto seguido, se subió a su regazo—, yo tomaré el mando, mi señor.

Erin buscó bajo el kilt de Ian su erección y, cuando la halló, se empaló en ella.

El joven laird abrió los ojos, asombrado ante el descaro y la fuerza que demostraba su esposa en aquel momento, y se dejó hacer.

Erin subía y bajaba por su dureza, con las manos apoyadas en el torso de su marido.

Sin dejar de mirarlo, se mordió un poco el labio inferior.

Ese gesto hizo que Ian se encendiera todavía más.

Llevó las manos hasta las caderas de Erin y la acompañó en su vaivén.

La sangre corría enloquecida por sus venas, llevando la dicha a cada rincón de sus cuerpos. Erin se inclinó hacia delante para rozar con la pelvis de su esposo ese punto que la hacía estremecer de gozo.

En la alcoba resonaban los ruidos de los dos, amándose, como si el mundo fuera a acabar ese mismo día. Poco a poco, fue extendiéndose el aroma picante del sexo.

Aumentaron el ritmo hasta que llegaron al éxtasis y estallaron de placer.

Erin cayó desmadejada sobre el firme pecho de Ian y él la rodeó con sus brazos.

El duro torso del laird subía y bajaba con la respiración errática, lo que hacía que ella se moviera al mismo compás.

Una vez que sus corazones se calmaron, Ian reclamó su boca con un dulce beso.

—¿Qué te dije? ¿Lo soportaría o no? —comentó ella.

El joven se rio.

—Ay, mi hermosa y cabezota mujer. —Suspiró y la miró unos instantes, perdido en sus azules ojos, antes de añadir—: Te amo.

—Yo también.

—No sé qué hubiera sido de mí si llego a perderte.

—Soy una mujer fuerte. Resistí hasta que llegó Maura para sanarme. Debemos dar gracias a Dios por tenerla.

Ian asintió y la apretó todavía más contra su pecho.

—¿Sabes? Maura no quiso que le pagara por sus servicios. No quería monedas ni plata ni nada. Solo me pidió una cosa.

—Después de lo mucho que nos ayudó, se la darías, por supuesto.

—Todavía no he podido hacerlo. Debo esperar hasta Beltane.

—¿Hasta Beltane? ¿Por qué?

—Porque me pidió que le diera permiso a Brianna para desposarse con ese malnacido de Kylian MacDougall cuando regrese de Irlanda.

—No te habrás negado, ¿verdad? —contestó—. Brianna me mostró ayer la carta que le escribió su amado, y creo que sus palabras son sinceras. Debes permitir que se amen. Tu hermana merece ser feliz.

—Voy a ser cauto —replicó Ian—. Esperaré a que el bastardo regrese y comprobaré si es un hombre honorable y de paz, como dice en su carta.

—El tiempo le dará la razón.

—Otra cosa es que el rey lo perdone.

—Rezaremos para que así sea.

Erin se inclinó sobre sus labios y los besó. Luego movió un poco las caderas para recordarle que su miembro aún estaba en el interior de su cuerpo. Aquel movimiento endureció la virilidad de Ian.

Pero el rugido del estómago de Erin les dijo que no podían entretenerse más. La señora del castillo debía alimentarse.

Los dos se rieron mientras se levantaban del lecho y recomponían sus ropas.

—¿Se sabe algo de la persona que ha intentado acabar con mi vida? ¿Hay algún sospechoso? —volvió a preguntar ella, antes de abandonar la alcoba.

—Maura y Marjorie sospechan de alguien de Dunvegan.

Sin embargo, no me han dicho de quién se trata.

Dicen que deben tener pruebas antes de hacer ninguna acusación.

Yo no desconfío de nadie del castillo, pero nunca se sabe.

He ordenado a mis hombres que estén al acecho por si esa persona que quiere verte muerta lo volviera a intentar.

A Erin la recorrió un estremecimiento al escuchar que alguien deseaba su muerte.

—Quienquiera que sea no lo conseguirá —afirmó el laird al notar que su amada esposa temblaba—. Te protegeré con mi cuerpo, con mi vida y con mi alma. Y, cuando descubra al culpable, se lo haré pagar con un buen castigo. Lo juro.

Marjorie entró en los aposentos de Agnes y echó un vistazo a toda la estancia. Solo había un jergón, una pequeña jofaina con agua para asearse y un pequeño baúl, donde supuso que guardaba las pocas pertenencias que tendría la criada, así que no sería difícil encontrar alguna prueba.

Se dirigió primero el arcón. Lo abrió y revolvió con cuidado la ropa que contenía.

Solo encontró un vestido muy gastado, una camisa limpia y unas botas que habían visto tiempos mejores.

En el fondo del baúl encontró una bolsita de tela, pero al abrirla no halló nada.

Como su búsqueda no dio frutos, caminó hasta el jergón.

A Agnes le quedaba poco para llegar al bosque cuando recordó que no llevaba el cuchillo para cortar más corteza de tejo, así que dio la vuelta y desanduvo el camino.

Llegó a Dunvegan poco después de haber salido de la fortaleza y se dirigió a su alcoba con premura.

Si alguien la descubría en los pasillos de la servidumbre en vez de estar limpiando el salón, la reprenderían y le harían saber al laird que había descuidado sus tareas.

Abrió la puerta de su dormitorio y, al entrar, se encontró con Marjorie, que cruzaba en ese momento la alcoba.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Agnes, enfadada.

—He venido a buscar pruebas. Sospecho que tú eres la causante del envenenamiento de lady Erin —contestó Marjorie, enfrentándose a ella.

—¿Yo? No me hagas reír —disimuló—. ¿Qué motivos podría tener yo para desear la muerte de la señora?

—Siempre has estado enamorada de nuestro laird y, como él se ha casado con otra, quieres eliminarla. Estás celosa —la acusó.

Agnes soltó una carcajada histérica. No entendía cómo la habían descubierto. Sin embargo, no iba a dejarse atrapar tan fácilmente. Disimularía un poco más para conseguir librarse de la entrometida de Marjorie.

—Qué imaginación tienes —comentó—. Pero hay un error en tu cuento. El laird jamás se desposaría con una criada como yo.

—Sabes bien que algunos hombres, al enviudar, buscan a otra mujer para que les caliente la cama mientras encuentran a otra esposa que sustituya a la fallecida.

—Algunos, tú lo has dicho —replicó Agnes—. Sin embargo, no creo que Ian sea un hombre de esos.

Aunque en el fondo de su corazón deseaba que así fuera. Una vez enterrada Erin, su mayor deseo era que Ian corriera a sus brazos buscando consuelo. Antes de casarse otra vez. En caso de que eso sucediese, tenía intención de librarse de la segunda esposa como había hecho con la primera.

«Todavía no te has librado de Erin», le recordó su mente.

«Tendré que idear otro plan para asesinarla», pensó al segundo siguiente.

—Y yo no te creo a ti —dijo Marjorie—. Estoy segura de que fuiste tú quien envenenó a la señora Erin con algunas hierbas que debiste coger del bosque. O con la corteza de tejo. Sé que es venenoso.

Agnes intentó mantener la calma al verse descubierta. Caminó hacia el jergón donde dormía y se sentó en él.

—Ah, ¿sí? ¿La corteza de tejo es venenosa? No tenía ni idea —respondió mientras buscaba con disimulo el cuchillo que escondía bajo su lecho.

—No te hagas la tonta. Todos sabemos por estos lares qué plantas son venenosas y cuáles no —la acusó. Se acercó a ella hasta que sus rodillas se tocaron.

—En verdad, no sé de qué me estás hablando —siseó entre dientes, cansada de las acusaciones de la otra.

Marjorie, con un rápido movimiento, la agarró del pelo para levantarle la cabeza y que la mirase a los ojos.

—Tarde o temprano te descubriré, y pagarás por todo el mal que has hecho.

—Nunca lo descubrirás —murmuró, antes de clavarle el cuchillo en el estómago.

El cuerpo de Marjorie cayó hacia un lado. Agnes vio como abría la boca para pedir ayuda o para delatar a gritos lo que estaba sucediendo en ese momento en los aposentos de los criados.

Sin embargo, fue más rápida que Marjorie. Sacó el cuchillo que había clavado en su vientre y le cortó la garganta para impedir que las palabras salieran de ella. La sangre manó a borbotones, ensuciándole el vestido.

Maura tuvo el presentimiento de que algo iba mal. Dejó de masticar el trozo de queso y cerró los ojos. Respiró profundamente para conectar con esa parte de su alma que le indicaba lo que ocurría en esos momentos. Siempre había tenido ese don y su intuición no fallaba nunca.

Abrió los ojos y se levantó del banco de madera en el que estaba sentada, en la cocina.

—¿Te encuentras bien, Maura? —le preguntó Lynette—. Estás pálida.

—Marjorie —murmuró la anciana—. Algo terrible le ha sucedido.

Dicho eso, abandonó la cocina con una rapidez que dejó a Lynette pasmada.