Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 17
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A la mañana siguiente, Braden se encontraba mal. Había vomitado varias veces durante la noche y se sentía muy débil. Lynette se lo comentó a Marjorie y las dos pensaron lo mismo: Agnes había echado algo en el caldo de la sopa que había hecho enfermar tanto al muchacho como a la señora del castillo.

Decidieron acorralar a la criada y someterla a un interrogatorio, pero esta lo negó todo.

En ese momento, vieron a Irvin y Hugh, que regresaban a Dunvegan con Maura. Despacharon a Agnes y fueron a atender a los recién llegados.

—Maura, no sabes cuánto nos alegramos de que estés aquí por fin —dijo Lynette, al tiempo que abrazaba a la anciana.

Marjorie la saludó del mismo modo.

—¿Cómo se encuentra tu hermana? —preguntó Marjorie.

—Falleció al poco de llegar a Portree. No pude hacer nada por ella. La enfermedad que padecía estaba muy extendida y estaba tan debilitada que no pudo luchar contra ella.

Las dos le dieron el pésame por la muerte de su familiar.

—No perdamos más tiempo —comentó la anciana—. Llevadme hasta lady Erin.

Marjorie le ofreció su brazo y la curandera se agarró a él para caminar.

Mientras subían las escaleras, Marjorie le comentó sus sospechas respecto a Agnes.

—Necesitarás pruebas —dijo Maura.

—No sé cómo, pero las encontraré. Además, el muchacho de Irvin, Braden, se tomó un poco del caldo de la sopa que le sobró anoche a lady Erin y esta mañana se encuentra indispuesto. Ha vomitado varias veces y le duele mucho el estómago. Tiene sudores y está débil.

—Por lo que me han comentado Hugh e Irvin, son los mismos síntomas que aquejan a la señora Erin, además de pequeñas convulsiones y confusión. Deseo verla cuanto antes. Aceleremos el paso —pidió la anciana—. Luego atenderé al muchacho.

Cuando llegaron a la alcoba de Erin, se encontraron allí con Brianna, Fiona, Mor, Meg e Ian.

—Aquí hay demasiada gente. Le estáis robando el aire a nuestra señora. Marchaos todos —ordenó—. Excepto tú, Marjorie. Me ayudarás.

—No me moveré del lado de mi esposa —replicó Ian.

—Joven laird , obedeceréis igual que el resto —lo enfrentó Maura.

Ian abrió la boca para replicar, pero la curandera alzó un dedo y lo silenció con una mirada severa.

—Aquí no tenéis nada que hacer —dijo la anciana—. Ya habéis velado bastante a vuestra esposa. Id al salón y alimentaos bien. Estáis más delgado que la última vez que os vi, mi señor.

El laird aceptó a regañadientes.

—Deseo que me mantengáis informado en todo momento sobre el estado de mi esposa —dijo, antes de abandonar la alcoba.

Una vez que se quedaron a solas con Erin, la anciana la examinó.

Levantó cada uno de sus párpados y comprobó que tenía las pupilas dilatadas. Después, colocó su oreja en el pecho de Erin para escuchar su corazón. A continuación, palpó con los dedos el abdomen de la señora. Esta se quejó entre murmullos.

—Mi señora, es necesario hacer todo esto. Debo evaluar vuestro estado antes de preparar algún brebaje curativo. Sospecho que os han estado envenenando —expresó al ver el sudor que cubría su piel.

Cogió las manos de Erin y comprobó las uñas. Las tenía azules, al igual que los labios, lo que indicaba falta de oxígeno. A todo eso debía sumar el hecho de que, a cada poco, el débil cuerpo de la joven dama se veía afectado por pequeñas convulsiones y estaba demasiado adormilada.

Marjorie pensó que Agnes era la culpable, pero sin pruebas no podía acusarla de nada, como bien le había indicado la curandera. Además, Braden había enfermado al beber el caldo que había en el cuenco de Erin.

—Ve a la cocina y súbeme una jarra con agua caliente y una copa —le ordenó a Marjorie.

La criada salió inmediatamente de la alcoba para cumplir con su mandato.

Erin abrió los ojos con mucho esfuerzo y en voz muy baja, casi en un susurro, le agradeció a Maura que estuviera allí intentando sanarla.

—No debéis hablar, mi señora. Es mejor que guardéis vuestras fuerzas.

Se dirigió a la mesa que había en la habitación y puso sobre la madera una bolsa con varias hierbas y flores.

También sacó un pequeño mortero de madera.

Echó en él algunas flores y varias hojas de un tono verde azulado.

Lo machacó todo con una maza y esperó a que Marjorie llegara con lo que le había pedido.

Cuando la criada entró en la alcoba, le pasó la jarra de agua caliente para que la curandera terminase de preparar el brebaje curativo.

Maura vertió el contenido del mortero en la jarra.

Lo removió un par de veces y, con un filtro, sirvió un poco en la copa. Se acercó a la cama.

— Lady Erin, os he preparado un remedio. Debéis tomarlo. Os hará bien.

Marjorie ayudó a Erin a incorporarse. Maura puso la copa en los labios de la joven dama para que bebiera.

Erin dio un pequeño trago.

La anciana le hizo una señal a Marjorie para que la tumbase otra vez.

—Debemos administrarle este remedio cada poco tiempo. No podrá tomar nada más que el brebaje que he preparado. Cuando su mejoría sea visible, empezaremos a darle caldos y fruta triturada. Después, podrá comer carne.

—Me encargaré personalmente de la comida de lady Erin —le prometió Marjorie.

—Tráeme queso y pan. Y una jarra de cerveza. Estoy hambrienta.

—¿No deseáis comer nada más? Lynette ha hecho hoy un asado de venado que huele de maravilla y seguro que sabrá mejor.

—De momento, trae lo que te he pedido. Mi viejo estómago necesita poco alimento. Más tarde, probaré el sabroso asado de Lynette. Y tráeme otra copa para darle este remedio al muchacho. Si dices que tomó el mismo caldo que la señora y sus síntomas son los mismos, se habrá envenenado.

Cuatro días después, Erin se encontraba mucho mejor. Todos en el castillo se alegraron y comentaron lo buena curandera que era Maura. Ian se lo quiso agradecer con monedas de plata, pero la anciana se negó. Sin embargo, le propuso otra opción.

—Mi pago será que permitáis a lady Brianna amar a quien ella elija.

El laird frunció el ceño y la observó, perspicaz.

—Vos sabéis algo que no queréis contarme —afirmó más que preguntó.

—Lo único que sé es que lady Brianna y ese joven deben estar juntos para ser felices. Si valoráis la felicidad de vuestra hermana, dejad que lo ame.

—Cuando llegue el momento, ese bastardo deberá demostrar su valía, su honor y su amor por Brianna. Solo así consentiré que mi hermana se despose con él —dijo con determinación.

Maura lo miró como a un niño pequeño con una rabieta.

—Está bien. Pero, si no dejáis que la pareja se ame, no obtendré mi pago y estaréis en deuda conmigo el resto de vuestra vida —comentó al cabo de un rato.

—¿Me estáis amenazando, Maura? —quiso saber Ian, jocoso.

—No es una amenaza, laird : es una recomendación. Por vuestro bien, espero que hagáis lo que os he aconsejado. De lo contrario, pesará en vuestra conciencia hasta el último día de vuestra vida.

El señor del castillo y la curandera se midieron con la mirada unos instantes más hasta que ella comentó:

—Iré a ver qué tal está Braden, mi señor.

Maura abandonó la estancia privada de Ian y se dirigió hacia la cocina.

Al llegar, se encontró con el muchacho comiendo como si el mundo fuera a acabarse.

Masticaba los alimentos con los carrillos llenos y aún no había tragado lo que tenía en la boca cuando se metió otra cucharada de estofado de jabalí.

—Come más despacio, Braden, o te atragantarás —le recomendó Lynette.

Maura sonrió. El muchacho estaba en perfectas condiciones. Le había costado menos recuperarse que a Erin porque a él había ingerido menos veneno.

Marjorie y ella seguían sospechando de Agnes, pero necesitaban pruebas para denunciarla ante el laird .

Se sentó a la mesa donde estaba Braden y le pidió a Lynette que le sirviera un poco del estofado que con tanta ansia estaba devorando el muchacho.

Marjorie llegó en ese momento con la bandeja vacía de la señora del castillo.

— Lady Erin se lo ha comido todo —exclamó contenta Lynette.

—Está recuperándose bien —añadió Marjorie.

—Me alegro muchísimo —comentó la cocinera, feliz porque su señora estuviera mejor.

—Yo también me alegro —dijo Marjorie. Se giró hacia Maura y se acercó a su oído—. He visto a Agnes ir al bosque. Ahora que está fuera de Dunvegan, voy a colarme en su alcoba para buscar alguna prueba.

—Date prisa, y no olvides dejarlo todo como estaba para que no sospeche que alguien ha estado rebuscando entre sus cosas —le aconsejó la anciana en voz baja.

Marjorie asintió y se dirigió a los aposentos que ocupaba la servidumbre del castillo.

Ian subió a su alcoba y, al entrar, se encontró con Mor ayudando a vestirse a Erin.

—Ya me ocupo yo, Mor —le dijo.

La doncella abandonó la estancia con discreción. Sabía que los esposos querían estar un tiempo a solas y ella no deseaba incomodarles.

Erin le mostró una gran sonrisa.

—¿Cómo te encuentras hoy, amor mío?

—Mucho mejor que ayer.

—Date la vuelta. Te ayudaré con las cintas del vestido.

Ella hizo lo que le había pedido su esposo.

Ian no pudo resistir la tentación de acariciar su nuca. A Erin la recorrió una sacudida de placer y emitió un suave ronroneo.

—No sabes cuánto he extrañado tus caricias —gimió en voz baja.

—Yo también. Añoraba tu piel, tus sonrisas, tus besos —dijo mientras le ataba las cintas. Cuando acabó, la giró para ponerla frente a él—. Debo pedirte perdón.

Erin lo miró extrañada.

—¿Perdón por qué?

—En nuestro enlace, prometí que te protegería, y no ha sido así —dijo, mortificado.

—Tú no sabías que esto iba a suceder —declaró ella con dulzura.

—He tenido tanto miedo de perderte…

Ian la abrazó con tanta fuerza que Erin notó el golpeteo del corazón de su marido en su propio pecho.

—En las batallas que he librado jamás sentí un temor tan grande como en estos días, cuando agonizabas en nuestro lecho y lo único que yo podía hacer era agarrarte de la mano mientras esperaba a que Maura llegase.