16 #2
—Creo que en pocos días estará recuperada. Las fiebres que padece no son tan graves —contestó Agnes.
—Dios te oiga —dijo la cocinera con una sonrisa por las buenas noticias—. ¿Y lady Brianna? Según me ha contado Freya, sigue enferma.
—De lady Brianna no sé nada.
Agnes cogió el cuenco con el caldo que le había servido Lynette y salió de la cocina.
Caminó unos pasos y se detuvo para comprobar que no había nadie a su alrededor.
Como estaba completamente sola, sacó la bolsita con los polvos y vertió todo el contenido en el líquido caliente.
Metió un dedo y, aguantándose la quemazón, lo removió.
Luego, se limpió ese dedo en la falda y continuó su camino hacia los aposentos de Erin.
Al llegar, tocó con los nudillos en la puerta. Cuando oyó la voz del laird permitiéndole el paso, entró.
—Traigo un poco de caldo para mi señora, laird . Está calentito y le sentará bien.
—Gracias, Agnes —respondió Ian, tomando el cuenco de las manos de la criada.
Agnes se retiró a un lado de la alcoba mientras comprobaba cómo el laird hacía lo posible para que su esposa se bebiera algo del líquido.
Erin entreabrió los labios y tomó un trago. Hizo una mueca de asco y se negó a tomar más.
—No… No quiero… —protestó con voz débil.
—Mi amor, debes tomar más. Esto te ayudará —le aconsejó Ian.
La dama abrió los párpados con mucho esfuerzo y volvió a negarse.
—No, por favor… Ian, no…
—Está bien. Lo dejaremos para más adelante.
Miró a Agnes y le hizo un gesto con la cabeza para que abandonase la habitación.
La criada salió con rapidez, al tiempo que escondía una sonrisa de victoria.
Aunque no se bebiera todo el caldo, con las dosis que le había suministrado esos días, había debilitado tanto a Erin que solo le faltaba la estocada final. Y ese final estaba cerca. Lo presentía.
Cuando por fin Brianna pudo abandonar su alcoba, fue a ver a Erin. Se la encontró en un estado lamentable. Sintió una angustia que le atenazó la garganta y le oprimió el corazón.
—¿Qué le sucede? —preguntó a Ian, aproximándose al lecho con rapidez.
—No lo sé. He mandado a Irvin y a Hugh a buscar a Maura, pero está en Portree y no sé cuándo regresarán.
—Rezaremos para que lleguen pronto —comentó Brianna.
Erin, al oír la voz de su amiga, la llamó con un murmullo.
Brianna se sentó en la cama y le acarició la mejilla.
—Estoy aquí.
Erin intentó decir algo más, pero le sobrevino una arcada y empezó a vomitar.
Ian la enderezó para que no se atragantara con el vómito al tiempo que ponía debajo de su boca un cubo para recoger el líquido maloliente que salía de su garganta.
A pesar de su rapidez, no pudo evitar que un poco de vómito cayese en la sábana.
Mor se apresuró a empapar un paño en el agua que tenía en una palangana y limpió la mancha, aunque no pudo quitarla del todo y tampoco el mal olor que se había adueñado de la alcoba.
Brianna se dirigió a la ventana para abrirla y airear los aposentos, a pesar de la lluvia que caía sobre Dunvegan. Tras unos minutos, la cerró y regresó a la cama, donde se sentó de nuevo junto a Erin.
—Es mejor que no hables —le dijo. Luego miró a su hermano y preguntó—: ¿Cuánto tiempo lleva así?
Mor contestó por él:
—Dos o tres días, mi señora.
Brianna se sorprendió.
—Freya no me ha comentado nada.
La doncella de Erin se encogió de hombros sin saber qué contestar.
—Estabas confinada en tu alcoba. Tenías prohibidas las visitas y cualquier información —le recordó Ian.
Brianna lo miró con enojo, pero asintió.
En ese momento llegaron Meg y Braden. Querían saber en qué estado se encontraba la señora del castillo. La pequeña Meg se echó a llorar cuando vio que Erin no había mejorado nada en el tiempo que ella había estado sin verla. Braden la abrazó para consolarla.
—Tranquila, hermanita. Se pondrá bien. Padre ha ido con Hugh a buscar a Maura. Seguro que regresarán enseguida y Maura la sanará.
—Salid de la alcoba —les ordenó Ian—. Erin necesita descansar.
—Quiero quedarme —replicó Meg, con las lágrimas surcando sus mejillas.
—Por favor, laird , permítanos estar con ella un rato más. Le prometo que no haremos nada que perturbe su paz. Meg dejará de llorar ahora mismo. —Braden miró a su hermana, que continuó llorando en silencio.
—De acuerdo —aceptó el joven laird, cansado. No tenía ganas de discutir y menos, con un par de críos.
Agnes cogió la bandeja con la cena de la señora y, cuando salió de la cocina, aprovechó para verter más polvos en el caldo de la sopa. Lo removió con la cuchara y continuó su camino.
Al pie de las escaleras se encontró con Marjorie.
—Dame la bandeja. A partir de ahora, seré yo quien se encargue de la comida de la señora Erin.
Un rato antes, Ian le había ordenado que bajo ningún motivo dejara que Agnes accediera a la habitación de su esposa.
La había descubierto en un par de ocasiones con una sonrisa en los labios mientras observaba el sufrimiento de Erin.
Estaba plenamente convencido de que Agnes se alegraba del malestar de su joven esposa debido a su rechazo.
Aún recordaba la conversación que había mantenido con ella hacía varios días.
Agnes pensaba que podrían ser amantes, pero el laird no estaba dispuesto a ello.
Amaba a su esposa y no rompería su juramento de fidelidad.
La criada, con toda certeza, estaba celosa de su señora y por eso se alegraba del malestar de Erin.
—¿Por qué?
—El laird me lo ha ordenado.
—¿Por qué? —preguntó Agnes otra vez.
—Yo no cuestiono las órdenes de mi laird . Me limito a cumplirlas sin objetar nada.
Marjorie agarró la bandeja y se dirigió a la alcoba de Erin. Mientras la criada se alejaba, Agnes pensó que a partir de ese momento le resultaría más difícil seguir envenenando a Erin. Tendría que ser rápida, antes de que Marjorie fuera a la cocina para recoger los alimentos y bebidas de la señora.
Marjorie accedió a los aposentos de Erin.
—Le traigo la cena, mi señora —le informó, a pesar de que la joven se encontraba en la cama con los ojos cerrados. De vez en cuando, pequeños temblores sacudían su cuerpo.
Ian, que no se había movido de su lado en todo ese tiempo, se levantó y caminó hacia la criada.
—Gracias, Marjorie. Yo me encargaré de dársela.
—Huele de maravilla. Estoy segura de que la sopa estará sabrosa —comentó ella.
Sin embargo, como había ocurrido las otras veces, Erin se negó a beber más después del primer sorbo. Con voz apenas audible, protestó por el mal sabor del caldo.
Ian le devolvió el cuenco a Marjorie.
—Dame la jarra de agua. A ver si quiere beber —le pidió.
Cuando acercó el agua a los labios de Erin, le susurró:
—Bebe, amor mío.
—No quiero más sopa.
—Es agua.
Erin abrió la boca y bebió un largo trago. Después de un rato, su esposo le preguntó si deseaba beber más y ella aceptó. Tomó otro pequeño trago y expresó su deseo de dormir.
—Llévate la bandeja a la cocina. Por esta noche, no creo que coma nada más. Pero deja aquí la jarra de agua, por si acaso.
Marjorie hizo lo que su laird le pidió. Cuando salió de la alcoba, cogió el cuenco con el caldo de la sopa y lo olisqueó.
—Pues no huele nada mal. ¿Por qué a lady Erin le resulta tan repugnante? —dijo, hablando consigo misma.
Para comprobarlo, bebió un poco de la sopa. En cuanto sintió el mal sabor, lo escupió.
—Puaj, que asco —murmuró—. Con razón la señora Erin se niega a tomarlo. ¿Qué habrá hecho Lynette? Su comida siempre está exquisita —se extrañó.
Continuó su camino hasta la cocina y, al llegar, buscó a la cocinera.
—¿Desde cuándo cocinas tan mal? —quiso saber Marjorie.
Lynette se mostró ofendida.
—Yo no cocino mal. El laird y todos los habitantes del castillo me han felicitado varias veces por mi buen hacer y por los deliciosos guisos que preparo.
—Pues este está asqueroso —replicó Marjorie, señalando el cuenco.
—Embustera.
—Si no me crees, pruébalo.
Lynette agarró una cuchara y tomó un poco de caldo. Cuando sintió el mal sabor en la boca, lo escupió como había hecho Marjorie poco antes.
—No lo entiendo. ¿Por qué sabe tan repugnante?
—Eso mismo me he preguntado yo —comentó Marjorie.
Entonces Lynette tomó una cucharada del caldo que aún tenía en la olla y lo probó.
—Este sabe bien.
Marjorie cogió una cuchara, la metió en la olla y se la llevó a la boca.
—Así es —confirmó.
—¿Qué habrá pasado? —quiso saber la cocinera.
—¿Agnes siempre le sube la comida a lady Erin?
—Desde que está enferma de fiebres, sí. Siempre —corroboró Lynette.
—¿Alguna vez has visto que Agnes hiciera algo con la comida de la señora?
—¿Algo como qué?
—No sé. Escupir dentro, orinar en la sopa…, cualquier cosa.
Lynette se asustó ante las ideas de Marjorie.
—No, jamás la he visto hacer nada. Además, ¿qué motivos tendría ella para estropear los alimentos de la señora?
—Es bien sabido que desde niña está enamorada del laird . Supongo que estará celosa y habrá hecho algo para causar malestar a lady Erin —comentó Marjorie, perspicaz.
Lynette se llevó una mano al pecho.
—Me niego a creer que Agnes le desee algún mal a la señora. No sé si estará celosa o no. Además, desde que lady Erin llegó a Dunvegan, Agnes se ha mostrado gentil con ella.
—Quizá estuviera fingiendo —rebatió Marjorie—. Por si acaso, la mantendremos vigilada, porque algo está ocurriendo con la comida de la señora. Sale bien de la cocina y, cuando llega a la alcoba, está repugnante.
Lynette asintió.
—A partir de ahora, seré yo y solo yo quien manipule los alimentos de lady Erin. Cuando estén listos, los probaré y, si están en buenas condiciones, los subiré a los aposentos de la señora —acordó Marjorie.
—Me parece bien.
En ese momento llegó Braden. Al ver el cuenco con la sopa, lo agarró y bebió un trago.
Lynette y Marjorie se quedaron asombradas por su rapidez. A ninguna le dio tiempo a detener al muchacho.
—¡Qué asco! —soltó Braden—. ¿Qué has hecho con la cena, Lynette? ¿Por qué sabe tan mal?
—¿Quién te ha dado permiso para beberlo? —lo riñó Lynette.
—Tengo hambre —se excusó el muchacho.
—La próxima vez, te aguantarás y pedirás las cosas con gentileza —lo reprendió Marjorie.
Braden aceptó con una mueca.
—¿Podría tomar un poco de estofado, por favor? —preguntó, mirándolas a ambas—. ¿Y pan y queso?
—Eso está mejor —dijo Lynette—. Ven, siéntate y cena. ¿Dónde está Meg?
—Aún sigue en la alcoba con la señora. No desea separarse de ella.
—Dame un poco de estofado, pan y una manzana, y se lo llevaré para que cene —le pidió Marjorie a Lynette.
La cocinera lo hizo enseguida y Marjorie salió de la estancia.
Después, sirvió a Braden, que empezó a comerse el estofado como si se lo fueran a quitar en cualquier momento. Lynette sonrió al ver el ansia con el que comía el muchacho.
—Si continúas alimentándote así, pronto te convertirás en un jovencito fuerte y apuesto.
—¿Crees que algún día seré un guerrero tan feroz como nuestro laird ? —preguntó él con ilusión.
—Estoy segura.