16
Ian abandonó la alcoba de Brianna y se dirigió a la de su esposa. Desde que la había encerrado en ella, no había pasado ni una sola vez para ver cómo se encontraba. Estaba enfadado con Erin, pero, tras leer la carta de Kylian, había decidido perdonarla.
Se encontró con Meg, que salía de la habitación. La niña, al verse descubierta, sintió miedo y se apresuró a disculparse.
—Lo siento, mi laird . Solo quería saber qué tal se encontraba la señora Erin.
Ian la observó desde su altura. La pequeña temblaba de miedo esperando un castigo por desobedecer su orden de no visitar a Erin.
—¿Y qué tal se encuentra mi esposa? —preguntó con una sonrisa tranquilizadora, al tiempo que se acuclillaba para quedar a la altura de la niña.
—Sufre mucho. Mor dice que no se va a morir, pero yo no opino lo mismo —dijo, comenzando a sollozar—. No deja de temblar y sudar. Además, he escuchado que le duele el estómago y se niega a comer o beber.
El laird se extrañó. La última vez que le había preguntado a Agnes por el estado de su esposa, en la cena del día anterior, la criada le había comentado que la señora estaba mejor. ¿Qué había sucedido durante esa noche para que ahora estuviese enferma?
Abrazó a la niña para darle consuelo y se levantó con ella en los brazos.
—Si tan preocupada estás por Erin, mandaré llamar a Maura, la curandera.
—Hazlo, por favor, mi señor —le pidió entre lágrimas.
—Está bien —dijo, dejándola en el suelo—. Busca a Angus y a Hugh, y diles que vayan a buscarla.
Meg salió corriendo e Ian entró en la alcoba de su esposa.
Se la encontró tal y como le había contado la niña: sobre la cama, sudorosa y tiritando.
Mor, al verlo entrar, se levantó de un salto.
—Buenos días, mi señor —lo saludó mientras el laird cubría con rapidez la distancia que lo separaba de su esposa.
—¿Qué…? ¿Por qué está así? —preguntó, arrodillándose junto al lecho. Tomó la mano de Erin y se la llevó a los labios para depositar un beso en el dorso.
—No me corresponde a mí informaros, mi señor.
—¡Déjate de remilgos y dime ahora mismo qué le ocurre a mi esposa! —gritó, molesto.
Mor se sobresaltó al escuchar los gritos del laird .
—Su esposa… —dudó unos instantes— está…
—¿Está cómo? ¡Habla ya, demonio de mujer! —volvió a exigirle.
La doncella tomó aire profundamente y lo soltó al tiempo que contestaba al jefe del clan:
—Su esposa está encinta, mi señor. Está esperando un bebé.
Ian no daba crédito a lo que escuchaban sus oídos. Aunque bien podría ser lo que afirmaba la doncella. Habían yacido casi todas las noches desde que contrajeron nupcias. Por lo tanto, Erin estaba embarazada.
Fue tal la alegría que sintió en el pecho que lo inundó de felicidad. Soltó una carcajada y le dio gracias a Dios por bendecir su matrimonio con un vástago.
—¿Para cuándo nacerá mi hijo?
—No lo sé, laird . Los embarazos suelen durar diez lunas.
Ian calculó el tiempo.
—Entonces, nacerá para Beltane o unos días después.
Fiona entró en la alcoba en ese momento.
—¿Qué le pasa a Erin? He visto a Meg llorando. Buscaba a Angus o a Hugh por encargo tuyo, para que busque a Maura. Dice que Erin se va a morir.
Mor puso los ojos en blanco mientras pensaba que la pequeña era muy cabezota. A pesar de que ella le había afirmado que su señora no iba a fallecer, la niña pensaba lo contrario.
—Está encinta, madre —dijo Ian, contento—. Vamos a tener un hijo.
Fiona se acercó más a la cama.
Erin no tenía buen aspecto. Su piel estaba demacrada y tenía una capa de sudor pegada a ella. Además, pequeñas convulsiones sacudían su cuerpo.
—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó, suspicaz.
—He sido yo, mi señora —contestó Mor.
—¿En qué te basas para afirmar que mi nuera está embarazada?
—Bueno, lleva un par de días sintiendo náuseas y esta noche ha vomitado varias veces. No quiere comer y…
—Eso podrían ser síntomas de un embarazo, sí —la interrumpió—, pero la sudoración y los temblores no creo. Al menos, cuando yo estuve encinta, no los tuve. Y no conozco a ninguna mujer que los haya padecido. Debe ser otra cosa. Le pediré a Angus que se dé prisa en traer a Maura.
Dicho eso, salió de los aposentos con urgencia.
Ian miró a Mor. La doncella vio en sus ojos una especie de resquemor.
—¿Por qué me has dicho que mi esposa está esperando un bebé?
—Mi señor, yo… pensé… que así era —tartamudeó por el nerviosismo.
El joven estuvo a punto de reprenderla, pero se contuvo.
—Busca a Marjorie y que suba un cubo de agua para limpiarle el sudor de la piel —dijo sin embargo.
—Sí, laird .
Mor abandonó la alcoba y fue a cumplir la orden de su señor sin demorarse.
Cuando Ian se quedó a solas con Erin, se inclinó sobre sus labios y depositó un beso en ellos.
—Mi amor, no te preocupes. Maura llegará enseguida y te ayudará con lo que sea que te afecta.
Erin abrió los párpados con pesadez.
—Ian —musitó con voz apenas audible. Sus párpados volvieron a cerrarse.
—No te esfuerces, mi amada Erin.
—Ian —volvió a llamarlo—, perdóname.
—Shhh, calla. No debes pedir perdón. Soy yo el que tiene que hacerlo. He sido demasiado cruel contigo, y no te lo mereces. Acepta mis disculpas, por favor.
La dama tragó saliva con dificultad y asintió. Intentó abrir los ojos, pero le pesaban tanto que no pudo.
—A partir de ahora, seré yo quien vele tu descanso —susurró Ian—. Duerme, mi amor.
Angus y Hugh emprendieron la búsqueda de Maura en cuanto recibieron la orden.
Salieron galopando sobre sus monturas como si el castillo estuviera en llamas.
Cruzaron el bosque con cuidado de no darse con ninguna rama y llegaron al claro.
Lo atravesaron con rapidez hasta llegar al otro lado, donde estaba la casita de la curandera.
—¡Maura! —llamó Hugh.
No hubo respuesta.
—¡Maura! —grito esta vez Angus.
Desmontaron y se acercaron a la puerta de la casita. Tocaron varias veces y siguieron llamando a la anciana, pero no obtuvieron nada. Parecía que la curandera había salido.
—Preguntaremos en el pueblo —comentó Angus, subiéndose de nuevo a su corcel—. A lo mejor está atendiendo a alguien.
Hugh asintió y los dos espolearon sus monturas.
Mientras cruzaban el bosque, a varios metros vieron a Agnes.
La criada portaba un cuchillo en la mano, con el que cortaba un trozo de la corteza de un tejo.
Ninguno de los dos le dio importancia a ese hecho ni se detuvieron a preguntarle qué hacía allí en vez de estar en Dunvegan ocupándose de su trabajo.
Agnes oyó el galopar de los caballos y se resguardó detrás del tejo, sin saber que los hombres de Ian ya se habían percatado de su presencia.
Cuando los vio pasar de largo y salir del bosque, siguió con la tarea de cortar la corteza del tejo.
Después, cogió varias hojas y los frutos rojos del árbol.
Contenta con su tarea, marchó hacia Dunvegan tarareando una canción.
Angus y Hugh llegaron al pueblo. Se dirigieron hacia la plaza y preguntaron por la curandera.
—Estuvo aquí hace dos días. Ethel, la esposa del herrero, parió a su cuarto hijo y Maura estuvo asistiéndola en el alumbramiento —les informó el panadero—. Pero no sé dónde estará ahora. ¿Habéis ido a su cabaña?
—Sí, hemos ido y no está.
La mesonera se acercó a ellos.
—He oído que estáis buscando a Maura.
—Así es. ¿Sabes dónde podemos encontrarla?
—Partió hacia Portree ayer. Su hermana está muy enferma y ha ido a cuidarla.
—¿Cuándo regresará? —preguntó Angus.
La mesonera se encogió de hombros.
—Supongo que cuando su hermana fallezca. He oído comentar que le ha salido un gran bulto en el seno y que está muy débil. Ya no se levanta de la cama. No creo que la pobre mujer viva mucho tiempo.
Los hombres del laird se miraron un momento. Después, se despidieron de la tabernera, tras agradecerle la información, y cabalgaron hasta el castillo.
—Mi laird —dijo Angus—, Maura está en Portree. Al parecer, su hermana está muriéndose y ella ha ido para asistirla en sus últimos días.
Ian sintió pena por la mujer, pero su esposa la necesitaba también. Era urgente que la atendiera.
—Hugh, ve a buscarla. Llévate a Irvin. Regresad lo antes posible.
—Sí, mi señor.
—Angus —Ian se giró hacia él—, tú te quedarás en Dunvegan por si te necesito.
—Sí, laird .
Ian despachó a sus hombres y regresó a la alcoba con Erin.
Mor ya la había aseado con la ayuda de Marjorie. En ese momento, terminaban de cambiarle el camisón por uno limpio. La doncella peinaba el rojizo cabello de su señora mientras la otra criada recogía todo lo que habían usado para quitarle el sudor de la piel.
—Traeré otro cubo y más paños limpios por si se necesitan otra vez —le dijo Marjorie a Mor.
—Bien —aceptó la doncella en voz baja para no molestar a Erin.
—¿Cómo está? —quiso saber el laird .
—Al moverla para limpiarle la espalda, ha vomitado otra vez, mi señor. También murmuraba cosas sin sentido y no deja de temblar. Pero no ha abierto los ojos ni una sola vez. Estoy muy preocupada por ella. ¿Cuándo vendrá la curandera?
—Maura está en Portree. Ya he mandado a dos hombres a buscarla.
—Espero que no tarden mucho —suspiró Mor.
—Ese es mi deseo también.
Ian se sentó en la cama junto a Erin y se inclinó hasta que sus labios tocaron la frente de su esposa.
—Resiste, amor mío. Maura llegará pronto para curarte del mal que te aqueja —musitó.
Agnes llegó a su alcoba y sacó del bolsito lo que había recogido en el bosque.
Cogió el mortero que mantenía oculto debajo de su jergón y vertió en él unos pocos frutos rojos, tres o cuatro hojas de tejo y un trozo de la corteza del árbol.
Después, lo machacó todo con la maza de madera hasta que lo convirtió en polvo.
Acto seguido, repartió el polvo en varios saquitos, que escondió junto al mortero. Se quedó con una bolsita y subió a la cocina.
—Quiero un poco de caldo para llevarle a la señora Erin —le pidió a Lynette.
La cocinera corrió a cumplir su petición.
—¿Cómo se encuentra nuestra señora? —preguntó Lynette.