Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 15 #2
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Las palabras de Kylian parecían sinceras.

Lo que indicaba sobre que debía obedecer al laird de su clan aunque no estuviera de acuerdo con sus decisiones era verdad.

Y su último comentario sobre que lo único que deseaba era desposarse con Brianna y vivir junto a ella, en paz y armonía, como informaba en algún lugar del texto, esperaba que no fuera una falacia.

Porque si fuera un embuste, le rebanaría el pescuezo por engañarla de esa forma tan mezquina.

También comentaba que estaba dispuesto a jurar lealtad al rey Robert Bruce y a él, como laird de su clan. Si estaba dispuesto a renunciar al clan MacDougall para unirse a los MacLeod, debía ser cierto que amaba a Brianna y que deseaba desposarse con ella.

Supuso que Kylian sabría que el clan MacDougall no vería con buenos ojos que abandonase a los suyos para unirse a un clan enemigo. Eso pondría en riesgo su vida y la de su hermana.

Para un hombre que deseaba vivir en paz, era una utopía, algo sumamente complicado y difícil de lograr, puesto que él estaba seguro de que los MacDougall se vengarían de algún modo por la traición de uno de los suyos a su propio clan.

Por un instante se compadeció del pobre enamorado.

Pero si, como decía en su carta, regresaba a Escocia con buenas intenciones, no tendría más remedio que ayudarlo. Si era cierto que solo quería amar a Brianna el resto de su vida, lo apoyaría.

Sin embargo, Kylian debía demostrar que todo lo que decía en su carta era cierto.

Así que, como faltaban varios meses para Beltane, tendría que esperar antes de tomar una decisión.

—Manda a alguna de las criadas para que me llene la tina con agua caliente. Quiero bañarme antes de ir a ver a mi hermana.

—¿Vais a darle la carta?

—No. Solo voy a dejar que la lea, pero la carta estará en mi poder hasta que ese bastardo malnacido regrese a Escocia y compruebe que son ciertas cada una de las palabras que ha escrito en ella.

—Voy a buscar a Agnes para que os prepare el baño, laird .

—No. Agnes está ocupándose de mi esposa. Manda a Marjorie.

Angus asintió con la cabeza y se fue en busca de la otra criada.

Erin durmió mal esa noche. De madrugada había vomitado varias veces. Tenía un dolor en el abdomen que no se le pasaba. Estaba sudorosa y el corazón le palpitaba arrítmicamente. Se sentía confusa. No lograba discernir si era de noche o de día.

Mor había permanecido a su lado todo el tiempo. La animaba con palabras como que las mujeres cuando están encinta suelen tener esos problemas los primeros meses, pero que, pasado el tiempo, volvían a encontrarse bien.

Agnes llegó con la infusión que Mor le había pedido previamente.

—Tomadla, mi señora. Os aliviará el malestar que sentís —le aconsejó la doncella.

Erin intentó sentarse en la cama para tomar la bebida que le ofrecían, pero su cuerpo no dejaba de temblar y no pudo hacerlo.

—Me siento muy débil —dijo con voz apenas audible.

—Os ayudaré a tomarla —respondió Mor—. Agnes, ayúdame a recostarla contra el cabecero de la cama para que pueda dársela.

La criada cumplió la petición de la doncella con diligencia.

Erin abrió la boca y tomó un pequeño sorbo.

—Está malísima. No quiero beber más —protestó.

—Pero debéis tomarla. Aunque no tenga buen sabor, os beneficiará. Seguro que después de beberla os encontraréis mejor, mi señora —comentó Agnes, ante la mirada de aprobación y gratitud de Mor.

La doncella le agradecía aquel gesto y sus ánimos para la señora de Dunvegan.

Erin accedió dócilmente a tomar otro trago.

—No quiero más. Por favor, no me hagáis beber más. Está asqueroso y no me siento nada bien.

Decir aquellas palabras supuso un duro esfuerzo que la dejó agotada.

—Solo otro poco más, mi señora —insistió Agnes.

Pero Erin se negó a abrir la boca.

—Llévatela —le ordenó Mor—. La dejaremos descansar de momento.

La criada salió de la alcoba y vació el contenido del cuenco, tirándolo por la ventana del corredor.

La joven dama se sentía muy cansada. Notaba que a cada minuto que pasaba las fuerzas la abandonaban y se cernía sobre ella un estado de inconsciencia y aturdimiento.

Se tumbó en el lecho y cerró los ojos al tiempo que de sus labios escapaba un suspiro.

Después de un tiempo, Mor susurró.

—Meg, sal de tu escondite.

La niña se había colado en la alcoba cuando Agnes le había llevado el cuenco con la infusión y se había resguardado en una esquina esperando no ser descubierta. Pero Mor había notado su presencia desde el primer momento.

Meg se acercó hasta la cama donde yacía Erin.

—¿Por qué tiembla tanto? —preguntó en un susurro—. ¿Tiene frío? —añadió.

Mor sonrió a la niña.

—No, no tiene frío. Está… —Buscó la palabra adecuada, pero no la encontró.

—Las gentes del pueblo y del castillo dicen que la señora está enferma de fiebres. Lady Brianna también, pero no me dejan verla. Tampoco a la señora Erin, por eso me he colado detrás de Agnes cuando ha venido a traerle la infusión.

La doncella amplió su sonrisa.

—No está enferma. Está esperando un bebé —dijo en voz baja.

La pequeña abrió mucho los ojos por la sorpresa. Miró a Erin, sudorosa y tiritando encima del colchón, y después dirigió la mirada a Mor.

—¿Se va a morir? —preguntó, asustada.

—No, no se va a morir. Las mujeres cuando se quedan encinta sufren estos males durante los primeros meses. Después, mejoran notablemente.

—Mi mamá murió cuando yo nací —recordó Meg con pena—. No quiero que lady Erin muera —añadió, con las lágrimas llegando a sus ojos.

Mor abrazó a la niña.

— Lady Erin no se va a morir. Solo está esperando un bebé, que nacerá fuerte y sano, y ella seguirá viva para cuidarlo y darle todo su amor.

—Promételo —le pidió la pequeña.

—Te lo prometo, Meg.

Ian entró en los aposentos de Brianna y esta se levantó del asiento donde estaba.

—¿Qué traes ahí? —quiso saber, mirando la mano de su hermano.

—Noticias de tu amado.

—¿De Kylian? ¿Qué le ha ocurrido? —preguntó con ansiedad.

Cruzó la habitación con paso rápido y le arrebató la misiva.

Leyó las palabras de Kylian con avidez. A medida que iba leyendo su carta, su corazón se calmaba. Su amado estaba vivo. Había llegado a Irlanda en buen estado y le reiteraba su promesa de regresar a Escocia para desposarse con ella.

Cuando terminó, volvió a leerla. Después, aplastó el pergamino contra su pecho y suspiró de alivio.

—Gracias, Dios, muchas gracias, señor del cielo y de la tierra —musitó—. Protégelo mientras esté en Irlanda y también cuando regrese a Escocia.

—Devuélveme la carta —exigió su hermano.

—No. —Brianna escondió la misiva a su espalda—. Es mía.

—Dame la carta y te dejaré salir de tu alcoba.

La joven dama pensó unos instantes.

—¿Para qué la quieres? Está dirigida a mí. Es de mi amado. Debería conservarla yo, no tú.

—Necesito tenerla en mi poder para comprobar si es cierto todo lo que dice en ella el día que ese malnacido del que te has enamorado regrese a Escocia.

—Sus palabras son sinceras y su promesa también. Kylian cumplirá su palabra —lo defendió Brianna con orgullo.

—Ya lo comprobaremos. De momento, dame la carta. La guardaré en mi sala privada, bajo llave.

Como vio que su hermana se mostraba reticente a entregársela, añadió:

—Te dejaré leerla una vez al día hasta que tu amado Kylian regrese.

—¿Me das tu palabra?

—Palabra de MacLeod.

Brianna le devolvió el pergamino.

Ian miró a Freya, que había permanecido en silencio todo el tiempo.

—Ayúdala a asearse y que baje al salón para desayunar.

La criada asintió con un gesto de cabeza y se dispuso a cumplir su orden.